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de Argentina - 6 de marzo de 2005
Marea
roja
Eduardo
Montes-Bradley
Se cumplen
pronto 100 años del motín a bordo del acorazado Potemkin,
y 75 del estreno de la versión oficial de los hechos filmada por
Sergei Eisenstein, que exaltó el alzamiento como la gesta festiva
que inició el derrumbe de la tiranía zarista. Largamente
eclipsada por la euforia de las imágenes del cineasta soviético,
la realidad histórica empieza a |
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El verdadero Potemkin rumbo
a constanza
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salir a la
luz, y no autoriza mayores celebraciones. El episodio Potemkin se parece
más a un Via Crucis sangriento y desolador que a una fervorosa utopía
realizada. Radar revela por primera vez el lado oscuro y real del acorazado
más famoso del mundo (fugas, hambre, sangre, mala puntería,
fusilamientos, diásporas) y cuenta todo lo que padecieron sus seiscientos
setenta tripulantes y sus doce mil seiscientas toneladas de hierro cuando
las cámaras de Eisenstein no estaban ahí para filmarlos.
El Potemkin
se desplaza muy lentamente por la bahía de Tendra. Trata de evadir
a las torpederas leales, que no se deciden a dispararle. La escena parece
un juego o un baile. Entretanto, en la ciudad, los cosacos continúan
carneando gente y las columnas de humo se dispersan sobre el continente,
cubriendo los campos de un hollín negro y pegajoso.
Krieger, vicealmirante
de la escuadra, está reunido a bordo del Rotislav, en Sebastopol,
escuchando el informe de los capitanes. Sólo necesita tres buenos
buques que pueda enviar a la bahía para terminar con el Potemkin.
Pero la flota no le responde como debería. En el Catalina II, la
tripulación canta el “Ave María” y el “Padrenuestro”, pero
se niega rotundamente a entonar “Dios salve al zar”. La tripulación
del Alexander II, anclada en Kronstadt, desacata las órdenes, mientras
que en los astilleros de Nikolayev se escuchan tiros desde muy temprano,
sin que nadie tenga la menor idea de quién los dispara. Pero el
problema no es sólo el Potemkin: la flota –o lo que queda de ella
después de la paliza que los japoneses le dieron en Tsu-Shima– está
en peligro.
Finalmente,
Krieger ordena que el Santa Trinidad, el Jorge el Conquistador y el Los
Doce Apóstoles zarpen inmediatamente con instrucción de acabar
con el Potemkin antes de que a otro buque se le ocurra enarbolar el sucio
trapo rojo en lugar del pabellón con la cruz de San Andrés.
El pas-de-deux
entre el Potemkin y las torpederas que filmó Sergei Eisenstein tenía
sentido sólo hasta cierto punto: el motín a bordo más
célebre de la historia del cine no respondía –como lo proclama
el cineasta en la secuencia de la carne agusanada– a un desacuerdo sobre
el menú de la tripulación. Borges estaba en lo cierto: El
acorazado Potemkin “no es un film realista”. Evita la crueldad creando
una atmósfera festiva que busca generar simpatía entre los
espectadores y al mismo tiempo consigue aislar el alzamiento del complejo
engranaje de circunstancias que lo determinaron. El guión de Nina
Agadjanova, mucho más ambicioso, contemplaba todos los hechos vinculados
con los levantamientos de 1905. Al enamorarse del episodio Potemkin, Eisenstein,
en cambio, despoja al film de un sentido histórico trascendente
y lo convierte en ficción, omitiendo el accidentado crucero por
el Mar Negro que el acorazado no tardaría en protagonizar y concluyendo
la aventura abruptamente.
LOS MARINEROS
CAMPESINOS
La decisión
de huir y poner proa a Constanza (Rumania) tuvo que ver con dos activos
participantes de las deliberaciones que tuvieron lugar a bordo, Constantine
Feldmann y Kirill, dos dirigentes de la socialdemocracia ucraniana que
se sumaron a la tripulación del Potemkin desde un principio. Tanto
Feldmann como Kirill aportan el barniz ideológico del que carece
la tripulación. Afanasy Matushenko, protagonista del film de Eisenstein,
es, como la mayoría de sus compañeros, un campesino analfabeto
sin ninguna experiencia política y –lo que es mucho peor– ninguna
experiencia marina.
Al igual que
Fyodor Mikishhin, Josef Dymtchenko y los otros 667 marineros, Matushenko
había sido arrancado de los surcos de Bessarabia para revitalizar
las tropas diezmadas en el Lejano Oriente. Sin la intervención de
Feldmann, es probable que los amotinados se hubieran quedado a enfrentar
los refuerzos que venían de Sebastopol –con lo cual Eisenstein se
habría tenido que conformar con un cortometraje– y hubieran navegado
a la deriva hasta que los encontrara Krieger, o hacia el Bósforo,
donde los esperaban los turcos para mandarlos al fondo. En Constanza podrían
reaprovisionarse y darle tiempo a la Revolución para que ganara
momentum. Feldmann entendía que era cuestión de aguantar,
que tarde o temprano otros buques iban a sumarse.
EL DIA DESPUES
La orden de
poner motores a toda máquina fue impartida por Matushenko al piloto
Alexeev, uno de los tres suboficiales que habían sobrevivido al
sangriento 27 de junio, día del motín. Así como Eisenstein
evitó mostrar lo que realmente había sucedido en Odessa cuando
el Potemkin intentó cañonear el teatro (ver recuadro), su
versión de los hechos hace del golpe de los insurrectos una pícara
osadía marinera. Lo cierto es que la toma del acorazado implicó
el aniquilamiento de toda la plana mayor menos siete oficiales, que permanecieron
once días retenidos en las letrinas por si las moscas, y los tres
suboficiales –entre los que se encontraba Alexeev– que Matushenko consideró
imprescindibles para navegar. El resto fue apuñalado ritualmente
o arrojado al mar, donde sirvieron de blanco para los tiradores que probaban
puntería desde las barandillas de babor y estribor. Borges supone
correctamente: el levantamiento del Potemkin no fue un episodio heroico
desprovisto de crueldad. La frivolidad con la que aparecen los hechos en
la pantalla poco y nada tiene que ver con el baño de sangre que
exigieron.
Durante la
primera noche de navegación en fuga, el Comité Revolucionario
–formado por los líderes del alzamiento y los militantes de Odessa–
redacta un comunicado (el primero de varios) dirigido a la humanidad: “Ciudadanos
de todos los países y de todas las nacionalidades, el gran espectáculo
de la gran guerra por la libertad está ocurriendo frente a vuestros
ojos”. Los amotinados esperaban un vuelco en la voluntad de las tripulaciones
de otros buques; la fuga de Odessa había sido sólo un entreacto
en la guerra revolucionaria: pronto –creían– se les sumarían
otros, y las masas enardecidas los recibirían como héroes.
En otro párrafo, los amotinados intiman al zar a que concluya la
guerra contra Japón y abdique sin más, “convocando a una
asamblea internacional constituyente sobre las bases del sufragio universal,
directo, secreto e igualitario”. El comunicado concluía diciendo
que la tripulación del Potemkin estaba dispuesta a “triunfar o perecer
en el intento”.
EL POTEMKIN
NO SE VENDE
En la madrugada
del 2 de julio, el guardia de turno anuncia que están frente al
puerto de Sulina. Es un amanecer promisorio. Por el momento no hay noticias
de la flota y el horizonte está libre de obstáculos –sobre
todo de humo–, y eso es bueno. Llevan varios días navegando a tres
cuartos de máquina y las calderas piden agua a gritos. En Constanza,
seguramente, podrán reaprovisionarse de carbón y agua dulce;
por el momento habrá que darles de beber lo que hay, y lo que hay
y en cantidad es agua salada.
El Potemkin
llega a Constanza cerca de medianoche y fondea a milla escasa del muelle.
El comandante Negru, responsable de las operaciones navales de la flota
rumana, ignora el saludo de dieciocho cañonazos que sí pone
en alerta a todos los vecinos. Negru decide esperar que aclare. La base
de Constanza disponía de un sistema de comunicación más
sofisticado que el Potemkin, y estaba al tanto de lo que sucedía
y de las advertencias de la flota. Pero Constanza no es Rusia, y Rumania
va a jugar sus propias cartas en el asunto.
En la madrugada
del 3 de julio se presentaron a bordo, con cara de buenos amigos, unos
oficiales en representación de Negru. Los rumanos fueron agasajados
en el camarote que había sido del capitán Golikov, donde
había una buena provisión de vodka y vinos moldavos. La ocasión
llama al brindis y Matushenko descorcha. Poco antes del mediodía,
las partes acuerdan que el Potemkin puede permanecer anclado y que un contingente
de los amotinados desembarque para comprar alimentos y contratar a un médico
que asista a heridos y enfermos. Cuando Matushenko pide carbón y
agua potable, el oficial con más medallas trata de desentenderse
del asunto, argumentando que debe consultarlo con sus superiores. En las
arcas del Potemkin había cerca de 20 mil rublos (casi 6 mil libras)
destinados a esos efectos. La negociación no iba a ser fácil.
A media mañana
se presentó a bordo la comitiva de una embarcación rusa comandada
por el capitán Belvaniety: acababa de anclar y no estaba al tanto
de la situación del Potemkin. Además de no contar con sistema
de comunicación Morse, Belvaniety tenía otra excusa: los
periódicos en Rumania hablaban del tema, pero ni él ni ninguno
de sus tripulantes podía leer rumano. De manera que al pisar cubierta
llegó la sorpresa: en lugar de la formación reglamentaria
con la que debía encontrarse, Belvaniety dio con unos cuantos talargas
bailando Ochichornia y otros tomando sol en cubierta. En eso, Matushenko
apareció de la nada escoltado por un par de lugartenientes revolucionarios.
“Tiene usted exactamente treinta segundos para desembarcar y dos minutos
para regresar a su barco”, dijo. Belvaniety, indignado, exigió saber
dónde estaba el capitán. Matushenko respondió señalando
el fondo del mar.
La tercera
visita del día fue de una delegación del crucero rumano Elisabeta,
anclado en las proximidades, que fueron tan bien recibidos como los primeros
e igualmente convidados a beber vodka en el camarote que había sido
del capitán. Entre la segunda y tercera copa, Matushenko y Feldmann
aprovecharon para llevarse a cubierta a un par de peces gordos con medallas
y estrellas con la idea de comprarles por debajo de la mesa provisiones
de carbón y agua dulce. Pero los oficiales doblaron la apuesta:
ofrecieron derecho de asilo, pasaportes rumanos e inmunidad a cambio de
que les vendieran el Potemkin. Molesto, Matushenko devolvió la gentileza
preguntándoles a los oficiales cuánto querían ellos
por el Elisabeta y todo se fue al garete. Fin del encuentro. Esa misma
tarde llega un comunicado de tierra que advierte a la tripulación
que el Potemkin ya no es bienvenido, y que no habrá para ellos ni
agua ni carbón ni provisiones.
PLAN B
La dirigencia
en pleno se reúne alrededor de un mapa del Mar Negro para analizar
la partida inmediata y los posibles destinos. Alexeev, presente sólo
como referencia en caso de consulta (nadie tenía en claro cómo
leer los mapas), sugiere Eupatoria, pero en Eupatoria no había carboneras.
Kirill propone regresar a Odessa, pero todos concuerdan que sería
un suicidio. Dymtchenko señala sobre el mapa el Golfo de Kerch,
donde la flota solía abastecerse, pero Mikishhin lo supone bloqueado
y el tema queda descartado. Ninguna de las posibilidades parecía
convincente. Entretanto, Feldmann, que se había pasado toda la discusión
hojeando una Guía de puertos del Mar Negro de la biblioteca de Golikov,
propuso Theodosia, que además de puerto carbonero estaba en ruta
al Cáucaso. Feldmann y Matushenko habían discutido la posibilidad
de iniciar un foco revolucionario en la Caucasia en caso de que, como parecía,
la flota no se sublevase para acompañarlos en su marcha triunfal
a San Petersburgo para colgar a Nicolás de las barbas. Se optó
por Theodosia.
Levan ancla
con los motores en marcha cuando un lanchón se arrima a babor con
un mensaje del rey Carol I: una invitación a rendirse. Pero esta
vez el tono era diferente, y además lo firmaba el mismo rey de Rumania,
que les garantizaba que no habría represalias y tampoco los entregaría
a los ruskies. La oferta era interesante, pero Matushenko la juzgó
tardía. Rumania los había despreciado, y eso no se perdona
fácilmente.
UN PUEBLITO
DE MORONDANGA
El Potemkin
llegó a Theodosia en la madrugada del 5 de julio, apenas unas horas
después del mensaje de San Petersburgo advirtiéndoles de
las consecuencias que sufrirían si llegaban a ceder a los pedidos
de la tripulación amotinada.
Hubo intercambio
de señas con banderitas y otras formalidades marineras, hasta que
Kirill y Matushenko fueron invitados a desembarcar para exponer su situación
en el delicioso ayuntamiento local.
Para cuando
llegan los amotinados, el lugar está repleto. Kirill, cebado, aprovecha
y se despacha con un discurso de hora y media que concluye con la solicitud
formal de carbón y agua dulce. El alcalde agradece la presencia
de los marineros y la elegante concurrencia, y promete presentarse esa
misma tarde a bordo con la ayuda requerida.
Poco después
del mediodía, el guardia de turno anuncia que del muelle acaba de
partir el mismo vaporcito que había llevado a Matushenko y Kirill
hasta Theodosia esa mañana: viajan de pie el alcalde, el secretario
del Tesoro y un asistente que abordan y son recibidos por la tripulación
y la dirección del Comité Revolucionario en pleno. El aspecto
de algunos tripulantes da pena: hace días que no comen, y el agua
potable que alcanzan a procesar a bordo no es suficiente.
El secretario
del Tesoro lee el pliego con las provisiones que ofrece Theodosia: carne
en pie y carneada, aceite para motores a combustión, tabaco, fósforos,
vodka, pan y harina, vendajes y periódicos. Queda claro, cuando
termina, que el carbón y el agua dulce quedaron afuera. La mayoría
de los marineros parece recobrar el aliento sólo con la mención
de la carne, el vodka y el tabaco. No Matushenko. “Muy bien”, dijo cruzándose
de brazos, como solía hacerlo. Y agregó: “Tienen veinticuatro
horas para traer lo que nos ofrecen, además del carbón y
el agua dulce que se olvidaron. Si se demoran más de veinticuatro
horas, les volamos el pueblito en pedazos”. (Sic). La delegación
de theodosianos se retiró en su vaporcito y los amotinados se fueron
a dormir una vez más sin probar bocado.
En la madrugada
del 6 de julio, las nuevas circulan de hamaca en hamaca entre los marineros
del Potemkin: los habitantes de Theodosia abandonan su pueblito de postal
para refugiarse en las montañas, llevándose todo lo que pueden.
Algunos van a caballo, otros en burro, muchos a pie: parecen hormigas subiendo
por senderos interminables que se pierden en los bosques. Era la única
alternativa que les dejaban los cañones del Potemkin y las amenazas
del zar.
Aprovechando
el éxodo, Matushenko y Feldmann echaron mano al vaporcito y fueron
a por lo suyo en misión carbonífero-sorpresa. El arrojo les
costó mucho más de lo que estaban dispuestos a gastar: la
partida de cincuenta kamikazes que habían dejado los theodosianos
salió a enfrentar a los intrusos disparándoles desde la costa.
Tres de los amotinados murieron en el acto; el resto tuvo que regresar
a nado hasta las escalerillas del Potemkin. Esas tres bajas fueron mucho
más desmoralizadoras que las sufridas en Odessa cuando regresaba
la partida que había ido a enterrar a Vakulinchuk. Después
de todo, ese pueblito de morondanga en el medio de la nada acababa de costarles
tanto como el entierro del “mártir del Potemkin”.
Ese día
hubo quien habló de volver a Sebastopol y entregarse. La mayoría
seguía sosteniendo que era una locura. Pero seguir a la deriva también
era insensato, y la falta de agua y alimentos causaba estragos. Hasta que
alguien, de golpe, recordó la oferta del monarca rumano, que ya
no parecía tan despreciable.
SUELO BAJO
LOS PIES
El Potemkin
entró por última vez en la bahía de Constanza a las
2 de la madrugada del 8 de julio. Quizá pueda decirse que los estaban
esperando. A poco de haber llegado, una delegación mínima
se presenta a bordo y confirma los términos de la oferta. Al amanecer,
los tripulantes del Potemkin comienzan a desembarcar, agotados después
de trece días sin pisar tierra firme, mal alimentados, sedientos.
En las pequeñas embarcaciones que los acercan a la costa cargan
con todo: vajilla, ornamentos, sanitarios, muebles, herramientas, toallas,
herrajes,libros. Una vez en tierra firme, Matushenko distribuye equitativamente
los 20 mil rublos que no les habían servido para comprar carbón
ni agua dulce.
LA DIASPORA
Cerca de 70
marineros y suboficiales regresaron a Sebastopol para ser juzgados. Siete
de los más comprometidos con la conducción del motín
fueron fusilados y 19 enviados a Siberia. El resto recibió penas
de hasta veinte años de prisión. El Potemkin fue finalmente
restituido a sus “legítimos” propietarios y –en un arranque de zarismo
patológico– rebautizado por Nicolás II como el Pantelymon,
que significa algo así como “campesino maleducado o despreciable”.
Los que optaron por quedarse en Rumania gozaron de una relativa tranquilidad
durante poco más de un año. En la primavera de 1907, Matushenko
aceptó una amnistía que le propusieron los rusos y al llegar
a la frontera fue colgado por traidor.
Richard Hough,
autor de The Potemkin Mutiny, asegura que, en el verano de 1908, Dymtchenko
y treinta y uno de sus camaradas emigran. Con ayuda de la socialdemocracia
alemana llegan a Londres, donde son invitados a dar conferencias y charlas
para una logia conocida como la British Friends of Russian Freedom. Hough,
que alcanzó a entrevistar a veteranos de esa organización
británica que dio apoyo a los revolucionarios rusos, recuerda un
testimonio en particular que echa por la borda cualquier posibilidad de
cerrar el tema para futuros biógrafos. Según la fuente, en
la tarde del 16 de septiembre, veteranos y padrinos se reunieron por última
vez, cantaron canciones en ruso y en inglés, y bebieron vodka y
maltas escocesas. Al día siguiente, los treinta y un orientales
se embarcaron con destino a la Argentina. Richard Hough concluye su investigación
precisamente allí, en las radas de Liverpool. Pero la escena no
deja de ser un buen comienzo para otro crucero. |