José Luis Hereyra Collante - rodelu.net
30 de marzo de 2005
-
 
Roberto Samur Esguerra
José Luis Hereyra Collante
A modo de despedida a lo más caro de mis afectos en esta tierra sabanera, y en homenaje a la inteligencia y la estética eternas, retomo una obra literaria que, en mi concepto, es una de las verdaderamente importantes de nuestra región y a la cual, considero, estamos en mora de reconocer su grandeza, belleza y universalidad: la obra de Roberto Samur Esguerra.

 Desde el lanzamiento de “El remolino”, novela de Roberto a la cual tuve el honroso encargo de presentar, señalaba que el universo samuriano está enclavado entre las corralejas raizales sabaneras y su mundo interior, iluminado éste a destellos por los violentos crepúsculos del mar –leit motiv subyacente– donde la hondura de ese universo personal se confunde con el corazón humano universal. En ese momento me ha asaltado siempre, frente a esta obra, el tenue pero firme recuerdo del Shakespeare de los sonetos en ese famoso verso que dice: “Yo no te quiero con mi corazón; yo te quiero con el corazón de mi corazón”, porque la literatura de Roberto Samur no se queda en la oscilación simplista de un frío e impersonal movimiento que tienda sólo hacia lo armónico simple, sino que profundiza en los abismos del alma humana hasta confundirse con los abismos del infinito universo, en una danza sincrónica de verdadera cosmogonía-agonía. Porque en el universo samuriano, como en la vida misma, la cosmogonía sí deviene agonía a causa del amor. Del amor como enclave, pieza faltante de ese rompecabezas donde la búsqueda, al completarse, sería la esquiva, la inasible, la inalcanzable, la huidiza felicidad de la pareja humana, en un eros angustioso, aniquilante y agónico, tal como se muestra en la propia vida. Pero, he aquí la diferencia con tanta literatura blandengue, anémica, cobarde: en la obra de Roberto Samur, por el contrario, el lirismo carga hermosura en su pujanza y  fuerza, el dolor que no cede en soluciones fáciles, el desgarramiento que no se doblega jamás al sentimiento y esencialidad últimos de la obra. El eros recorre la amplitud total de la vida, desde la ilusión inicial hasta la desdicha y la amargura últimas, reveladoras de lo irrecuperable. Pero, en lugar de entrega, hay una decisión y un estoicismo que afrontan los riesgos, acobardantes para otros, del abismo. 

En su novellette “En enero siempre llueve”, la destrucción irreparable de la muerte marca dolorosamente al escritor, quien re-crea la histórica desgracia del derrumbe de nuestra corraleja mayor en ese aciago enero de 1980, en una crónica diseccionadora, al estilo de la gran para-literatura de Capote, Talese y Mailer. No queda nada por fuera: ni la realidad politiquera de un feudalismo que se perpetúa en la ignorancia y la corrupción, ni la descomposición implacable del alma social. Ni su hondo lirismo natural deja de representar, con belleza asombrosa, lo inconfesable, lo irrepetible y lo lacerante de la tragedia, a la cual nos hace asistir como ante una subyugante sinfonía de la muerte: “Cuando dejó de llover se escuchó el único trueno. No era igual a los demás truenos mundanos. Fue un impacto seco, compacto, seguido de un estropicio sin forma del que salían redobles de tambores de la madera rota; sonidos de platillos del zinc retorcido; estridencia de trompetas de los alaridos profundos; compases de sordinas de los quejidos ahogados; sonidos de trombones de los chapaleos de la muerte…En el costado sur de la plaza, donde el abuelo advirtió la tragedia, desaparecieron, como por encanto,  ocho edificios de madera de tres pisos cada uno, atestados de gente, dejando en la inmensa y otrora imponente torta de colores un boquete de terror por donde se esfumaba la vida.” 

Buen viento y buena mar a este inmenso escritor y verdadero señor, Roberto Samur Esguerra, quien ha enriquecido nuestras vidas con su ser modesto, fino, ético y generoso; con su obra sincera, densa, bella, muy humana, donde los miedos son vencidos al enfrentarlos, en una clara invocación del fuego prometeico, devenido en vida, belleza y esperanza para la especie humana.

22 de marzo de 2005

José Luis Hereyra Collante
Escritor colombiano
jlhereyra@hotmail.com
 
CULTURALES