ué puede decir un poeta de más de ochenta años a la gente
joven, que no lo haya dicho ya? Poco. Sólo contarles qué satisfecho y bien me
siento, cuando octogenario, veo que mis valores de toda la vida siguen vivos,
presentes, que nunca tuve la tentación de renunciar a ellos, y que los sigo
sosteniendo. Y que toda la vida pude arreglármelas con tan poco, y estar tan
contento.
Que pese a haber vivido bombardeado por la misma publicidad que a todos nos
dice que lo importante es el consumo, que lo que importa es generar riqueza
(monetaria), y que la globalización y el libre mercado son el único camino que
nos queda por delante, sigo pensando que nada de esto es cierto. Que el
Che Guevara fue un proyecto de cambio y no sólo una camiseta, que el
fútbol era un hermoso deporte muchísimo antes de ser un gran negocio, y que no
todos en el mundo son de derechas.
Decirles que Lilian Hellman, la notable escritora norteamericana, cuando se
rescató a sí misma de la pesadilla del macartismo, escribió: ''El liberalismo
perdió para mí su credibilidad. Creo que lo he sustituido por algo más privado,
algo que suelo llamar, a falta de un término más preciso, decencia".
Si los responsables del mundo son todos venerablemente adultos, y el mundo
está como está, ¿no será que debemos prestar más atención a los jóvenes?
Si los extraordinarios beneficios de tanta multinacional (por cierto, sin
excluir a las españolas) se obtuvieron gracias o junto a la corrupción, el
aumento del hambre y la caída de empleo en Latinoamérica, ¿no es momento de
pensar que este mundo de libre mercado, globalización y guerras que son sólo
pantallas para grandes negocios no atraviesa su mejor momento?
Soy un poeta viejo y un viejo poeta, que en lugar de pensar -como muchos de
los de mi generación- que los viejos somos sabios, me pregunto, cada día que
pasa, si el mundo no estará así porque no les dejamos lugar a los jóvenes.
Madrid, 14 de septiembre de 2003 (el día de mi 83º cumpleaños)