| Brecha
de Uruguay - 1 de abril de 2005
Julia
Pastrana:
Esto
también es
la historia
de la mujer
Ariel
Mastandrea
Julia Pastrana
nació en México en 1834. Los primeros científicos
en auscultarla coincidieron en que su origen sólo podía ser
resultado del doloroso encuentro entre un mono y un humano. Hirsuta de
los pies a la cabeza, con especial abundancia de pelaje en la espalda que
iba aumentando conforme llegaba al coxis, tenía un defecto congénito
de la mandíbula, encías protuberantes plenas de excrecencias
y doble fila de dientes, como un escualo. En ese contexto, |
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que fuera uniceja, que tuviera bigote,
patillas, barba y pelo hasta en sus manos, sólo eran otras tantas
graciosas marcas de nacimiento.
Inicialmente empleada como criada
en el hogar de una autoridad mexicana, aprendió hasta la perfección
las labores domésticas. Según las crónicas era “modesta,
servicial y limpia sin pretensiones”. En la doble condición de mujer
y mono que la sociedad de entonces le reconocía, esto no podía
ser sino una excelencia. Pero un “destino tirano” la llevó a los
20 años al mundo del entretenimiento, eufemismo para lo que constituía
el inicio de una carrera como fenómeno profesional de circo. Presentada
como “el híbrido maravilloso o la Mujer Oso” llegó en exhibición
a Estados Unidos en 1854. Fue ocasión para que el médico
neoyorquino Alexander B Mott opinara: “Es uno de los más extraordinarios
seres de los tiempos recientes, un híbrido entre humano y orangután”.
Entre la justificada curiosidad científica,
acaso sólo un hombre la vio como algo más. Su nombre era
Theodore Lent, empresario artístico, hombre en edad de casarse y
vergüenza modélica del género.
Respetuoso de los tratados que abolían
la compra y venta de seres humanos, Lent se adaptó al segundo escenario
lo más cercano posible a sus intenciones: el matrimonio.
Se casó con Julia Pastrana
en 1854. Además de las funciones masivas para el público
lego, Lent se cuidaba de apelar a bolsillos más educados, organizando
sendas tertulias con su peluda cónyuge en persona, como tema de
conversación.
Entre otros notables, el capitalista
y cirquero P T Barnum también pudo ver a la Pastrana. Su comentario
fue breve, circunspecto y la historia lo registró: “This is too
much for the circus”.
En 1859, estando de gira en Moscú,
Julia Pastrana descubrió que estaba embarazada.
El 20 de marzo de 1860 vino al mundo
por apenas 35 horas de vida su único hijo, varón, muy parecido
a su madre y natural del signo de Piscis. Lent dejó a su hijo en
manos de un taxidermista. Julia murió al quinto día del parto.
Fueron las 120 últimas horas para esta mujer cansada de las vergüenzas
del mundo, y nada ociosas para su marido, pues Lent vendió entradas
para presenciar su agonía.
Luego de la muerte de su mujer y
su hijo, los momificó y los vendió a la Universidad de Moscú.
Al poco tiempo se enteró de
que la universidad estaba haciendo negocio por el concepto de visitas públicas
“científicas” a las momias. Presentando el certificado de matrimonio
reclamó a su familia embalsamada, e ingeniosamente los acomodó
en una plataforma: Julia de corsé y vestida como danzarina rusa,
volados de tafetán con motivos búlgaros y el pequeño
clavado por los pies sobre un pedestal luciendo un traje de marinerito.
En 1864, estando de gira con su finada
familia por Suecia, Lent escuchó hablar de un museo de curiosidades
local donde presentaban a una mujer barbuda. Lent se aproximó a
ella, jurando que no lo hacía por razones comerciales, pero no pudo
con su ánimo.
Al fin y al cabo era un hombre enamorado
de mujeres excepcionales.
Poco después solicitaba en
matrimonio a la barbuda. Luego de la boda le escondió los enseres
de afeitar y empezó a exhibir a su nueva esposa como la hermana
escondida de Julia Pastrana. Monógamo, cedió en alquiler
las momias de su ex mujer y su hijo.
En 1880 Lent se volvió loco.
Murió en un asilo pocos años después. La señora
Lent reclamó las momias como legítima herencia conyugal,
pero para venderlas inmediatamente. Luego se afeitó, se casó
con un muchacho 20 años menor que ella, y desapareció del
mapa.
Las momias de Julia Pastrana y su
hijo siguieron cambiando de manos hasta bien entrado el siglo XX. En 1973
el obispo de Oslo canceló su exhibición en Noruega y quiso
darles cristiana sepultura. ¿Quieren enterrar momias? ¡Empiecen
por las de Egipto!, declaró el empresario que por entonces las tenía.
Las momias fueron robadas en 1976. A ella le quitaron el vestido y le rompieron
un brazo. Al niño le quebraron la quijada. En un segundo robo el
pequeño fue abandonado en un basural, donde se lo comieron las ratas.
La momia de Julia Pastrana fue vista
por última vez en 1990 en el sótano del Instituto Forense
de Medicina del Rikshospitalet de Oslo. Le faltaba un brazo. Theodore Lent,
su esposo, arde en el infierno desde hace más de 120 años,
porque -según dicen los que aman ciertas proporciones
de la vergüenza- sobra leña en ese lugar para hacer
justicia, aunque más no sea en la memoria de los pueblos. |