| Clarín
de Argentina - 2 de abril de 2005
Historia
El cristianismo
¿era antiimperialista?
Las enseñanzas de Jesucristo
llegaron a plasmarse en un movimiento de rebelión contra el Imperio
Romano, afirma Rubén Dri. Para José Pablo Martín,
la hipótesis es improbable.
José
Pablo Martin
El movimiento antiimperial de Jesús
(Biblos, 2004), nos invita a volver a una difícil cuestión:
¿cómo pensar la historia de un Imperio que primero persigue
al cristianismo y después lo abraza? ¿Qué coherencia
guarda esta abrazo con la enseñanza de Jesús? La respuesta
de Dri es tajante: Jesús vino a anunciar y a organizar el Reino
de Dios en contra del Imperio romano, con un concepto nuevo de poder que
no es dominación sino servicio. Pero la Iglesia, en el siglo IV,
dogmatizó su enseñanza y así por motivos políticos
Iglesia e Imperio se unieron. Dri conoce bien el problema hermenéutico
de los evangelios, que no nos dan evidencias históricas sino el
resultado de la fe de la comunidad de Jesús, en redacciones que
distan varias décadas de los hechos. Así, mediante una deconstrucción
de los textos, en este caso del evangelio de Marcos, nos describe el movimiento
de "los militantes del Reino", en una dirección antiimperial.
¿Es sostenible la interpretación
de Dri? La redacción de los evangelios y de los textos de Pablo
datan de la segunda parte del siglo I y comienzos del II. Si la intención
del movimiento original de Jesús se hubiera orientado en contra
del Imperio en forma directa, lo sabríamos del conjunto de la literatura
cristiana del siglo I, al menos como cuestión explícita tratada
por los primeros cristianos, lo sabríamos por la investigación
epigráfica y por los datos de la administración romana. Es
difícil que una orientación de tal importancia hubiera quedado
oculta para todos los demás menos para un conjunto de discípulos-militantes
que tenían las claves de interpretación (p. 217).
La literatura cristiana del siglo
I no muestra en su conjunto que haya existido una interpretación
antiimperial del movimiento de Jesús, ni siquiera como minoritaria
entre las iglesias. El apóstol Pablo, que Dri cita en varias ocasiones,
propone una fe comunitaria que no entra en conflicto político
con el Imperio, y recomienda orar por las autoridades y obedecerles. Y
aun suponiendo que la cláusula que manda obedecer al gobierno romano
—el capítulo 13 de Romanos— haya sido interpolada, la interpolación
es de al menos dos siglos antes de Constantino, el emperador que abrió
las puertas del poder a la iglesia.
Hacia el año 90 se escribe
una carta desde Roma a la comunidad de Corinto, llamada de Clemente,
en la que se exhorta a la homonoia, la armonía social, en
la que se pone como modelo la jerarquía del ejército romano,
y se califica la stasis, sedición o revuelta, como el obstáculo
principal de la vida comunitaria. El contexto deja ver que la revuelta
no era contra el Imperio, sino una pelea de facciones dentro de la comunidad.
Pues bien, este documento fue incluido en las colecciones del Nuevo Testamento
de muchas iglesias antiguas, en la misma colección comunitaria donde
estaba el evangelio de Marcos. Esta Carta incluye oraciones por los gobernantes
imperiales, lo que también aparece en la documentación de
la liturgia arcaica. Quizá los apocalipsis constituyen el género
literario donde más aparece la actitud antiimperial.
De hecho en el Apocalipsis de
Juan existe una inmensa alegoría de la destrucción por
combate del Imperio, y ésta es la razón por la que dicho
apocalipsis fuera resistido por muchas comunidades y fuera aceptado por
toda la Iglesia cristiana recién en el siglo V, cuando la interpretación
alegórica le quitó la significación política
directa. En este caso podemos hablar de una minoría fuertemente
antiimperial, pero no por el camino de la militancia en el orden político,
sino por la espera de un acontecimiento cósmico suprahumano comandado
por ángeles, lo que es exactamente lo contrario de una posición
política, si por política se entiende una acción deliberativa
del hombre. Por otra parte, mayor aceptación tuvo en los siglos
primeros el Apocalipsis de Pedro, que después de haber compuesto
colecciones locales del Nuevo Testamento, quedó fuera de él
a partir del siglo IV.
En este apocalipsis, que nunca fue
considerado heterodoxo, aparece claramente una disyunción entre
este tiempo y el tiempo después de la muerte y el juicio, donde
serán premiados o castigados los buenos y los malos, incluidos los
malos gobernantes romanos que persiguen a la Iglesia. Es un antecedente
literario de la Divina Comedia de Dante. Su esquema ayuda a despolitizar
la mente del cristiano, en cuanto la resolución entre la justicia
y la injusticia se da en otro mundo, no en éste. Este apocalipsis
muestra una posición distanciada de la hipótesis de un castigo
histórico al imperio romano, lo que concuerda con la Carta de
Clemente antes mencionada.
Distancia de la rebelión
Entonces, si la interpretación
de Dri fuera la correcta, el texto del evangelio de Marcos (cuya redacción
se ubica en las décadas de la rebelión judía y la
represión romana que culmina con la destrucción del Templo
en el 70) debería definir con mayor claridad su posición
política y polémica respecto del imperio. La documentación
cristiana y la independiente muestran que los cristianos, que en ese momento
eran también judíos, se mantuvieron distantes de la rebelión.
Y cuando se da la última gran rebelión judía de la
antigüedad, concluida en el 135, pueden atestiguarse las acusaciones
mutuas que se hacían judíos rebeldes y judíos cristianos
con el cargo de traición o de impiedad, respectivamente. Muy bien
reconoce Dri que los cristianos evitaron toda idea de "toma del poder"
(p. 168).
Sin embargo agrega una hipótesis
personal sobre conversaciones tácticas entre los militantes de Jesús
y los grupos de zelotes o guerrilleros judíos (p. 175). Esta hipótesis,
que tiene una base filológica muy endeble, me parece además
un anacronismo, pues el movimiento de los zelotes no está documentado
para nada en la época de Augusto y de Tiberio, es decir, de Jesús.
Es probable que el surgimiento de los zelotes como "formaciones especiales"
pertenezca a la época del emperador Calígula.
En el siglo II, mejor documentado
para nosotros, la tesis de un movimiento antiimperial en los orígenes
de la comunidad de Jesús se hace más difícil todavía.
Se atribuirá este hecho a la captación por el Imperio de
una fuerza social naciente, pero entonces habría que dejar de lado
la hipótesis de que la desviación ocurre recién durante
el siglo IV, y sobre todo habría que preguntarse sobre la génesis
social del acercamiento entre el movimiento de Jesús y la cultura
del imperio. Los apologistas cristianos del siglo II no se oponen a los
emperadores, sino que los interpelan como a jueces. Arguyen que los cristianos
tienen derecho a adorar a su Dios, en virtud de las mismas tradiciones
y leyes romanas. Entre las acusaciones de las que se defienden no figuran
la stasis o rebelión, sino la desviación teológico
política respecto del culto imperial. La respuesta cristiana no
es "antiimperial", sino favorable al Imperio. Estos abogados teólogos
inauguran una etapa muy importante de la politología universal,
pues les dicen a los emperadores: ¿no se dan cuenta ustedes de que
un solo Dios poderoso les conviene infinitamente más que una corte
de dioses ocasionalmente borrachos y diosas que se hacen trampa entre sí?
Si leemos el Apologeticum
24 de Tertuliano, podemos advertir cuál es la causa de fondo que
lleva a la conjunción del Imperio y de la Iglesia en el siglo IV:
el encuentro de monoteísmo y monarquía. Esta dirección
estaba preparada muchos antes. Hacia el 170, cuando todavía se persigue
a los cristianos, el obispo de Sardes, Melitón, escribe una apología
dirigida a Marco Aurelio, en la que llama gemelos al Imperio y a la Iglesia
porque nacieron al mismo tiempo, en la época de Augusto, y agrega:
"porque desde entonces el poder de Roma ha aumentado en extensión
y en esplendor. Tú eres ahora su sucesor deseado y seguirás
siéndolo junto a tu hijo, si defiendes la filosofía (el cristianismo)
que creció con el Imperio y empezó con Augusto". Si aceptamos
la tesis de Dri deberíamos decir que ésta es la consumación
de la traición a los orígenes, pero agregando: ya en el siglo
II, dos siglos antes de la cristianización del imperio. Si nos inclinamos
por Max Weber diríamos que se trata del desplazamiento del carisma
a la función, es decir, del momento de los profetas y carismáticos
itinerantes al momento de la organización de comunidades con jerarquías
estables.
Forma y fuerza políticas
El libro de Dri tiene además
un sentido político práctico: "trabajar en la reconstrucción
del movimiento popular" (p. 12) después del diciembre de 2001 en
la Argentina. Sin duda que la reflexión sobre los orígenes
cristianos y la lectura crítica de sus textos ayudará al
caminar práctico de los que los leen con fe o sin ella. Los ideales
de Jesús pueden ser puestos en juego para evaluar nuestra posición
práctica frente a imperios y a instituciones religiosas. Debemos
estar de acuerdo con Dri en que el evangelio de Marcos no puede ponerse
como fundamento del poder opresor practicado desde instituciones políticas
o religiosas. Aunque no podemos olvidar las mediaciones sociales y políticas,
si queremos tratar una propuesta novedosa sobre otro concepto de poder,
el que no da paz a los dominadores de "imperios, monarquías, repúblicas"
(p. 171).
Es verdad que una lectura atenta
del evangelio de Marcos puede inspirar la práctica de la justicia,
de la veradad, de la resistencia al opresor, del amor a los desposeídos.
Pero el texto no alcanza para resolver una discusión que dos lectores
del evangelio tuvieren sobre los modos del compromiso político.
Queda siempre abierta la cuestión de la forma política
que cabe darle a la eventual fuerza humanitaria que emerge de la
lectura del evangelio de Marcos.
| Según
Rubén Dri
La más reciente investigación
de Rubén Dri se propone "desentrañar y mostrar el enfrentamiento
del proyecto de Jesús con el Imperio romano". En el prólogo
de su libro explica Dri que siempre le llamó "poderosamente la atención"
y que le "producía un profundo malestar el saber, por una parte,
que el que había asesinado a Jesús era el Imperio romano
y, por otra, el leer en los evangelios que había una tendencia a
disculparlo, haciendo recaer la culpa en las autoridades del pueblo judío".
Dri parte entonces de la hipótesis de que algo en la práctica
y en el mensaje de Jesús debió haber molestado lo suficiente
al representante de Roma en Judea, Pilatos, como para sentenciarlo a morir
crucificado: muerte "reservada a quienes atentaban contra la majestad del
imperio". Y para confirmarla acude a nuevas exégesis del evangelio
de Marcos ("de los canónicos es el que se encuentra, cronológicamente,
más cercano al Jesús histórico"), al que denomina
"el evangelio antiimperial", puesto que, frente al evangelio del máximo
poder existente, la comunidad de Marcos "proclama que los verdaderos anuncios
liberadores son los que vienen del oscuro campesino que fatigó los
caminos polvorientos de la oscura región de Galilea". Dri propone
un nuevo sentido para entender la última Cena; analiza la concepción
del poder que subyace a estos escritos bíblicos y explica por qué
la resurrección puede entenderse como una práctica revolucionaria.
La creencia en la inmortalidad del alma, escribe, es represiva: "Si lo
único que ha de pervivir eternamente es el alma, distinta del cuerpo
y contrapuesta a él, lo lógico es que la preocupación
central sea la de salvaguardar el alma para la eternidad. (...) La resurrección
supone todo lo contrario. Está prometida a la insurrección,
es decir, a la lucha en contra de todo aquello que oprime, humilla, lastima,
somete. La resurrección no se promete a quien se queda tranquilo
en la cama sino al que se pone de pie, enfrenta la opresión de todo
tipo: económica, política, cultural, religiosa, de género".
¿En qué medida, sin embargo, pueden los textos leerse como
el testimonio de una práctica o exhortación revolucionaria?
He aquí la cuestión.
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Otras
fuentes sobre Jesús
Libros
El principio esperanza. Ernst
Bloch, Aguilar, 1979
La comunidad del discípulo
amado. Estudio de la eclesiología juánica. Raymond Brown,
Sígueme,1991
Jesús, vida de un campesino
judío. John Dominic Crossan, Crítica, 1994
La religión de los primeros
cristianos. Gerd Theissen, Sígueme, 2000
El jesús histórico.
Annette Merz, Sígueme, 2000
Internet
Phillip
Berryman: Teología de la Liberación
Adital
Equipo
de investigaciones Rodolfo Walsh
El
cristiano en la vida política
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