| Página12
de Argentina - 2 de abril de 2005
El teólogo
Ruben Dri, sobre un papado polémico
Lejos
del Concilio Vaticano II
Reportaje:
Alfredo Ves Losada
“El papado de Juan Pablo II sepultó
las ideas democráticas que impulsó el Concilio Vaticano II
al interior de la Iglesia y recuperó la obediencia como valor fundamental.
Después de la caída del Muro de Berlín comenzó
a mirar las aristas negativas del neoliberalismo capitalista, un sistema
que abrazó fuertemente cuando el comunismo era el gran enemigo y
al que nunca dejó de defender”, aseguró a Página/12
Rubén Dri, filósofo, teólogo y docente de la Universidad
de Buenos Aires.
–¿Qué significado
tiene este papado en términos históricos?
–Ha significado la aplicación
de un proyecto muy ambicioso, un proyecto político-religioso de
poder, que incluía desmontar la democratización al interior
de la Iglesia que había promovido el Concilio Vaticano II. Esto
logró reestructurar una Iglesia jerárquica, monárquica,
infalible, suplantando el diálogo por la imposición, recuperando
como valor fundamental la obediencia.
–Cómo se desplegó
ese proyecto?
–Con una tarea de remoción
de los obispos más comprometidos con los derechos humanos, con la
defensa de las mujeres y de los homosexuales, y con los sectores populares
del Tercer Mundo, en especial de América latina. Eso implicó
perseguir o coptar a los teólogos de la liberación y en general
a todos los críticos de la dogmática fundamentalista. Al
mismo tiempo, se dio poder a organizaciones de derecha como el Opus Dei.
–Existe, sin embargo, la idea de
que se trata de un Papa conservador, pero muy preocupado por las cuestiones
sociales y las condiciones de vida en el Tercer Mundo.
–Sucede que dentro de esa Iglesia
jerárquica, piramidal y monárquica el papado de Juan Pablo
II, al mismo tiempo, es de fuerte signo y base populista por el gran carisma
personal que él tiene. Es una gran personalidad, con mucha muñeca
política y muy carismática que ha llegado a los países
más pobres. Pero no hay que olvidar que al principio, el enemigo
era el comunismo, no el hambre, y en general, los análisis que se
hacen por estas horas olvidan que él se alió con el neoliberalismo,
con (Ronald) Reagan y Margaret Thatcher para celebrar la caída del
Muro de Berlín, y propuso en los países pobres economía
de libremercado.
–¿Qué significa un
cambio de papado en el presente de la Iglesia?
–Sin dudas vendrá un período
de transición, como sucedió cada vez que hubo un papado tan
importante y tan extenso como éste.
–¿Esto va a abrir un debate
sobre el carácter vitalicio del papado?
–El derecho del pontífice
a renunciar existe, pero no se han planteado casos como éste en
el que una persona está en un estado tan crítico y quiera
–o lo obliguen– a continuar. Pero creo que el debate más profundo
que debería darse es el de la autoridad papal como está concebida.
El Papa es hoy el Dios en la Tierra, tiene todo el poder y no debe rendir
cuentas a nadie, y creo que eso tiene que hacer crisis en algún
momento.
–La Iglesia ha pedido perdón
por hechos como la Inquisición. ¿Cree que en el futuro se
disculpará por la postura antiabortista de este papado, o por su
oposición al uso de preservativos?
–A lo mejor dentro de cien años
pedirá perdón por estas cuestiones. La Iglesia tendrá
que arrepentirse sin dudas y dar marcha atrás en temas sensibles
como la postergación de la mujer, con fundamentos totalmente falsos.
El Papa ha pretendido tener fundamentos bíblicos para decir que
la mujer no puede ser sacerdote, cuando en todo caso tampoco hay argumentos
de ese tipo que digan que los hombres pueden ser sacerdotes.
–¿Qué significó
Juan Pablo II para la Argentina?
–Puede tener un papel histórico
como su visita en la Guerra de Malvinas o su intervención en el
conflicto de Beagle. Aunque con respecto a Malvinas no tengo del todo claro
qué papel cumplió. Pero por otra parte, ha servido para mantener
un tipo de Iglesia en el país que no se decide a tener un cambio
y una apertura hacia los sectores populares, una Iglesia que sigue manteniendo
una nunciatura de derecha con obispos como (Héctor) Aguer, o un
Episcopado castrense como el que tenemos. |