| Página12
de Argentina - 7 de abril de 2005
Los cinco
minutos de Juan Pablo II
Ariel
Dorfman *
Cuando recuerdo
a Juan Pablo II, lo que me surge es sobre todo un incidente en su vida
que no tardó más que cinco minutos. Aquellos minutos no tienen
nada que ver directamente con lo que más lo caracteriza a lo largo
de su vasta carrera: no se trata de su rol decisivo en derrumbar la Muralla
de Berlín, ni de aquellas plegarias –las primeras de un papa– en
una sinagoga y una mezquita y una iglesia luterana; ni tampoco su crítica
a la invasión de Irak o su antagonismo a las fuerzas más
progresistas de su Iglesia. Aquello que me viene a la memoria, y que resumen
para mí tanto el carisma como las contradicciones de su largo reinado,
fue un diálogo que sostuvo en abril de 1987, exactamente dieciocho
años antes de su propia muerte, con cien mil jóvenes chilenos
en el Estadio Nacional de Santiago en los tiempos en que el general Pinochet
malgobernaba mi país.
Me encontraba todavía exiliado
en esa época, pero he recogido de múltiples participantes
los vaivenes de ese intercambio verbal que Juan Pablo II mantuvo con aquellos
adolescentes que, debido a su visita, por fin tenían una coyuntura
para manifestarse abiertamente en un país que los había ignorado
durante tantos años.
Pese a que el Papa había
aparecido fotografiado con el dictador en el balcón del Palacio
Presidencial, la juventud de Chile abrazó fervorosamente el mensaje
de paz que el Supremo Pontífice traía al país. De
manera que cuando Juan Pablo II les preguntó, en un excelente castellano,
si renunciaban a los demonios de la avaricia, la respuesta fue un sí
estrepitoso, y cuando los volvió a interpelar, si acaso estaban
dispuestos a renunciar también a los demonios de la violencia, el
sí que se escuchó fue aún más ensordecedor.
Y fue entonces que el Jefe de la Iglesia Católica se entusiasmó,
puede haberse equivocado al no darse cuenta de cómo habían
sobrevivido la represión aquellos febriles adolescentes. Puesto
que quiso saber si la multitud de jóvenes estaba pronta a renunciar
a los demonios del sexo y sobre ese punto tampoco hubo, según me
cuentan, la menor vacilación. Desde adentro de los genitales y la
sangre galopante de esos cien mil cuerpos, desde lo más profundo
de las cien mil gargantas, se oyó un No irrevocable y categórico.
No es extraña tan unánime
respuesta. En una patria donde no tenían trabajo; donde el temor
era su maestro y la educación, un desastre; donde el espacio público
se mantenía bajo el control de fuerzas armadas rígidas y
censurantes, esos jóvenes habían logrado amparar una sola
zona íntima que podían llamar plenamente suya. Esa era su
transitoria identidad, su placer contra la muerte: el amor carnal, el contacto
con el otro, la otra, el susurro de las manos mutuas en la oscuridad. Y
no estaban dispuestos a entregarle su canto de libertad a nadie. Ni a sus
padres, ni a sus profesores, ni a su gobierno. Y tampoco, por mucho que
lo idolatraran, al Papa.
Y ahí estaban yuxtapuestos,
en aquellos mínimos cinco minutos, los dos lados de un único
Papa, la paradoja central de su existencia. La misma voz que sistemáticamente
rechazaba la violencia que amenaza con asolar a la humanidad, que deploraba
la insaciable búsqueda de ganancias que devora a los pobres del
planeta, que requería de los poderosos que fueran los guardianes
de los pájaros y las aguas y los débiles y los extraviados
y los niños, sí, esa voz también provenía de
un hombre que era incapaz de manejar con madurez nada que tuviera que ver
con la sexualidad humana, un hombre ciego para enfrentar los deseos y las
apetencias que fluyen gloriosa y confusamente desde aquellas comarcas que
existen de nuestra cintura para abajo. El mismo Papa que defendía
el derecho de todos nosotros a elegir democráticamente a nuestros
gobernantes (aunque él fue autoritario adentro de su propia Iglesia,
particularmente en América latina, donde frenó el desarrollo
de la Teología de la Liberación), no podía entender
que esa democracia tenía que incluir necesariamente el derecho a
seleccionar cómo hemos de amar y cómo nos vamos a reproducir
y con quién y cuándo y por qué.
Qué lástima que el
Papa se haya creído el cuento de que era infalible. Podría
haber aprendido algo de los cien mil hombres jóvenes y mujercitas
vehementes que ardían por unirse a Dios y a la vez se incendiaban
de ganas por juntarse con la piel y los labios y el calor de su muy humana
y sumamente vecina pareja. Fue una oportunidad perdida. En esas respuestas
discordantes, aquellas voces que decían que sí y aquellas
voces que después clamaron que no, en esa vocación por luchar
en contra de la injusticia y aquella simultánea certeza de esos
jóvenes desamparados de que no podían aceptar el juicio papal
de que el sexo fuera un demonio o que el cuerpo pudiese sobrevivir en la
soledad, Juan Pablo II perdió una ocasión maravillosa para
verse y reconocerse en el imperfecto espejo del amor que le entregaron
como un regalo de bienvenida y despedida en aquel Estadio bajo los Andes.
* El último libro de Ariel
Dorfman es Memorias del Desierto. |