l margen del catolicismo, de la cristiandad y de cualquier otra Iglesia, y
ajeno a toda creencia que no sea el misterio de las moléculas en la sangre y la
danza vasta de las partículas elementales, me gustaría sin embargo que los
apostólicos y romanos encontraran en su próximo pontífice a un individuo que les
ayudara a reconciliar sus creencias y su fe con los tiempos actuales.
Me atrevo a suponer que a los católicos les haría bien un papado de la salud,
más que un papa de la enfermedad; un liderazgo espiritual que enfatizara el gozo
y el respeto, y no el dolor y la intolerancia; un pontífice que en vez de
organizar cruzadas contra el Mal, la herejía y el pecado, reivindicara la lucha
contra el hambre, la guerra y las injusticias sociales.
Creo también que para la Iglesia católica, sus feligresías y el resto del
mundo, sería positivo un liderazgo en Roma que no satanice las necesidades y los
deseos de la gente, sino que la comprenda en su diversidad infinita y casi
siempre legítima e inofensiva; un liderazgo que acepte con honestidad los
límites de su ámbito espiritual y no intente legislar, juzgar y condenar
preferencias políticas, vida íntima, orientación sexual, gustos estéticos,
singularidades culturales, opciones de consumo y formas específicas de
organización familiar; que acepte, en suma, el albedrío y la soberanía
individual de cada persona que es el asiento de sus derechos y de sus deberes.
Supongo que el mundo estará mejor si el sucesor de Juan Pablo II, sea quien
sea, renuncia a intervenir en los asuntos políticos de naciones y Estados, acata
las potestades de los poderes terrenales y renuncia a inmiscuirse en ellos, a
convertirse en su cómplice o en su adversario. Si el próximo pontificado
comprendiera y acatara el carácter necesariamente laico de las políticas
económicas, sociales, educativas y de salud de los países, hará la vida más
fácil a sus fieles, evitaría desgarrarlos entre sus creencias espirituales, las
convicciones políticas y las preferencias personales, y contribuiría así a
introducir elementos de armonía en un planeta requerido de ella.
Por lo que hace a la Iglesia católica, sería muy positivo que el siguiente
sucesor de Pedro, en tributo elemental a María, eliminara las barreras infames
que impiden a las mujeres ser ordenadas como sacerdotisas, volverse obispas,
arzobispas, cardenalas y papisas: sería, ése, un obligado primer paso en el
proceso de democratización, apertura y transparencia que El Vaticano está
requiriendo a gritos, y que pasará, además, por el establecimiento de mecanismos
de participación horizontales y de representación democrática de los católicos
-eclesiásticos o seglares- en su Iglesia, la demolición de las actuales
estructuras de poder piramidales, vetustas y mafiosas, y la constitución de
mecanismos de rendición de cuentas y acceso a la información.
Sería deseable, me parece, que el próximo ocupante del trono papal
prescindiera de los lujos insultantes que hasta ahora rodean tal asiento, que
suprimiera el boato proverbial en El Vaticano y que estableciera reglas precisas
para obligar al clero católico, en el resto del mundo, a vivir en forma más
austera, decorosa, decente e igualitaria, al margen tanto de las condiciones de
privación que afectan a numerosos curas de parroquias lejanas y olvidadas como
de los lujos oprobiosos, más propios de narcotraficantes que de arzobispos, en
que arrastran su existencia no pocos jerarcas y funcionarios.
Me gustaría, por último, ver a un papa respetuoso de la ciencia que no
suscribiera tonterías tales como que el Sol gira alrededor de la Tierra o que
los condones son inútiles para prevenir la infección de VIH, y a un pontífice
que se apiadara de los hombres y mujeres de la Iglesia y anulara el celibato
obligatorio. Ah, y que pidiera perdón, en nombre de Roma, por la infame
excomunión de Miguel Hidalgo. Creo que un pontífice con tales características
lograría fortalecer a su institución, extender y profundizar notablemente los
vínculos entre ella y sus feligreses y contribuir a la placidez general del
mundo.
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