| El
País de España - 5 de abril de 2005
Balance
del pontificado de Juan Pablo II
Las contradicciones
del Papa
Hans
Küng *
En apariencia,
el papa Juan Pablo II, que ha luchado activamente para acabar con la guerra
y la represión, es un símbolo de esperanza para quienes anhelan
la libertad. En realidad, su mandato antirreformista ha sumido a la Iglesia
católica en una crisis de credibilidad histórica. La Iglesia
católica está en una situación desesperada. El Papa
ha muerto y merece toda la simpatía del mundo. Pero la Iglesia tiene
que seguir adelante y, ante la perspectiva de la elección de un
nuevo Papa, necesita un diagnóstico, un análisis sin adornos
y desde dentro. De la terapia ya se hablará más adelante.
Muchos se asombraron ante la resistencia
del jefe de la Iglesia católica, este hombre tan frágil,
parcialmente paralizado, que, a pesar de toda la medicación, casi
no podía hablar. Le trataron con una veneración que nunca
dedicarían a un presidente de EE UU o un canciller alemán
en situación similar. Otros, en cambio, se sintieron engañados
por un hombre del que pensaron que se aferró tercamente a su puesto
y que, en vez de aceptar la vía cristiana hacia la eternidad, utilizó
todos los medios a su disposición para mantenerse en el poder en
un sistema fundamentalmente antidemocrático. Incluso para muchos
católicos, este Papa que, en el límite de su fuerza física,
se negó a abandonar el poder, es el símbolo de una Iglesia
fraudulenta que se ha calcificado y se ha vuelto senil detrás de
su fachada relumbrante.
El espíritu alegre que predominó
durante el Concilio Vaticano II (de 1962 a 1965) ha desaparecido. Su perspectiva
de renovación, entendimiento ecuménico y apertura general
al mundo hoy parece haberse nublado, y el futuro no es nada halagüeño.
Muchos se han resignado o incluso se han apartado, por la frustración
que les provoca una jerarquía encerrada en sí misma. Como
consecuencia, numerosas personas se enfrentan a una alternativa imposible:
seguir las reglas o dejar la Iglesia. Sólo podrá empezar
a haber nuevas esperanzas cuando las autoridades eclesiásticas de
Roma y el episcopado cambien de rumbo y se dejen guiar por la brújula
del evangelio.
Uno de los escasos atisbos de esperanza
ha sido la postura del Papa contra la guerra de Irak y la guerra en general.
Asimismo se destaca, y con razón, el papel que desempeñó
el Papa polaco en la caída del imperio soviético. Pero también
es cierto que los propagandistas papales exageran enormemente su contribución.
Al fin y al cabo, el régimen soviético no se derrumbó
gracias a él (hasta la llegada de Gorbachov, el Papa había
logrado tan poca cosa como ahora en China), sino que se vino abajo por
las contradicciones sociales y económicas inherentes al sistema.
En mi opinión, Karol Wojtyla
no es el mejor Papa del siglo XX, pero sí el más contradictorio,
desde luego. Un Papa con muchas cualidades y que ha tomado muchas decisiones
erróneas. Para resumir su mandato y reducirlo a un denominador común:
su "política exterior" exige a los demás la conversión,
la reforma y el diálogo, pero eso contrasta enormemente con su "política
interior", dedicada a restaurar la situación anterior al concilio,
obstruir las reformas, negar el diálogo dentro de la Iglesia y establecer
el dominio absoluto de Roma. Esta misma contradicción se ve en muchos
ámbitos. Sin dejar de reconocer expresamente los aspectos positivos
de su pontificado, en los que, por cierto, se ha hecho hincapié
de sobra desde las instancias oficiales, me gustaría centrarme en
las nueve contradicciones más llamativas:
Derechos humanos.
De puertas hacia fuera, Juan Pablo
II ha defendido los derechos humanos, pero dentro se los niega a obispos,
teólogos y, sobre todo, las mujeres.
El Vaticano -en otro tiempo enemigo
resuelto de los derechos humanos pero, hoy en día, de lo más
dispuesto a intervenir en la política europea- no ha firmado aún
la Declaración de Derechos Humanos del Consejo de Europa. Antes
tendría que enmendar demasiados cánones del derecho eclesiástico,
una ley absolutista y medieval. El concepto de la separación de
poderes, la base de toda la práctica legal moderna, no existe en
la Iglesia católica. El debido proceso es una entidad desconocida.
En las disputas, un mismo órgano vaticano sirve de abogado, fiscal
y juez.
Consecuencia. Un episcopado
servil y unas condiciones legales intolerables. El pastor, teólogo
o seglar que se ve envuelto en una querella legal con los altos tribunales
eclesiásticos no tiene prácticamente ninguna posibilidad
de ganar.
El papel de las mujeres.
El gran adorador de la Virgen María
predica un noble concepto de feminidad y, al mismo tiempo, prohíbe
a las mujeres que utilicen métodos anticonceptivos y les impide
ordenarse.
Consecuencia. La discrepancia
entre el conformismo externo y la autonomía de la conciencia, que
hace que los obispos se inclinen hacia la postura de Roma y se distancien
de las mujeres, como ocurrió con la disputa sobre el tema de la
orientación en casos de aborto (en 1999, el Papa ordenó a
los obispos alemanes que cerraran los centros de orientación en
los que se daba a las mujeres certificados que luego podían utilizarse
para abortar). A su vez, esto provoca un éxodo cada vez mayor de
las mujeres que, hasta ahora, permanecían fieles a la Iglesia.
Moral sexual.
Este Papa, que tanto ha predicado
contra la pobreza y el sufrimiento en el mundo, es en parte responsable
de ese sufrimiento debido a sus actitudes respecto al control de natalidad
y el explosivo crecimiento de la población.
Durante sus numerosos viajes, Juan
Pablo II ha proclamado siempre su oposición a la píldora
y los preservativos, que manifestó en un discurso pronunciado en
1994 ante la Conferencia sobre Población y Desarrollo de Naciones
Unidas en El Cairo. Por consiguiente, se puede decir que el Papa, más
que ningún otro estadista, tiene cierta responsabilidad por el crecimiento
de población descontrolado en algunos países y la extensión
del sida en África.
Consecuencia. Hasta en países
tradicionalmente católicos como Irlanda, España y Portugal,
la estricta moral sexual del Papa y la Iglesia católica se encuentra
con un rechazo tácito o explícito.
Celibato de los sacerdotes.
Al propagar la imagen tradicional
del cura varón y soltero, Karol Wojtyla es el principal responsable
de la catastrófica escasez de sacerdotes, el derrumbe del bienestar
espiritual en muchos países y los numerosos escándalos de
pedofilia que la Iglesia ya no puede ocultar.
A los hombres que han decidido dedicar
su vida al sacerdocio se les sigue prohibiendo casarse. Ése no es
más que un ejemplo de que este Papa, como otros anteriores, ha ignorado
las enseñanzas de la Biblia y la gran tradición católica
del primer milenio, que no exigía ningún celibato a los sacerdotes.
Si alguien se ve obligado a vivir sin esposa ni hijos debido a su trabajo,
corre gran riesgo de no poder asumir de forma saludable su sexualidad,
lo cual puede desembocar en actos de pedofilia, por ejemplo.
Consecuencia. El número
de vocaciones ha decrecido y falta sangre nueva en la Iglesia. Dentro de
poco, casi dos tercios de las parroquias, tanto en los países de
habla alemana como en otros, no tendrán párroco ordenado
ni celebraciones habituales de la eucaristía. Es un problema que
no pueden ya subsanar ni la afluencia -cada vez menor- de sacerdotes de
otros países (en Alemania hay 1.400 sacerdotes procedentes de Polonia,
India y África), ni el agrupamiento de parroquias en "unidades de
bienestar espiritual", una tendencia muy impopular entre los fieles. El
número de sacerdotes ordenados en Alemania ha descendido de 366
en 1990 a 161 en 2003, y la edad media de los curas hoy en activo es superior
a los 60 años.
Movimiento ecuménico.
Al Papa le gustaba que le considerasen
el representante del movimiento ecuménico. Sin embargo, ha intervenido
mucho en las relaciones del Vaticano con las iglesias ortodoxas y reformadas,
y se ha negado a reconocer ni a sus cargos eclesiásticos ni sus
servicios.
El Papa habría podido hacer
caso de los consejos de varias comisiones ecuménicas de estudio
y haber seguido la costumbre de muchos párrocos locales, que reconocen
los cargos y los servicios de las iglesias no católicas y permiten
la hospitalidad eucarística. También habría podido
moderar el empeño del Vaticano en conservar un poder excesivo y
medieval sobre las iglesias orientales y reformadas, tanto en cuestión
de doctrina como en la dirección de la Iglesia, y habría
podido acabar con la política vaticana de enviar obispos católicos
a regiones en las que predomina la Iglesia ortodoxa rusa.
El Papa habría podido hacer
todo eso, pero Juan Pablo II no ha querido. Al contrario, ha querido conservar
e incluso extender el aparato de poder de Roma. Por eso ha recurrido a
una duplicidad llena de hipocresía: la política de poder
y prestigio de Roma se oculta tras unos discursos pretendidamente ecuménicos
y unos gestos vacíos.
Consecuencia. El entendimiento
ecuménico topó con una barrera después del concilio,
y las relaciones con la Iglesia ortodoxa y las iglesias protestantes han
sufrido una asfixia espantosa. El papado, como pasó en los siglos
XI y XVI, ha demostrado ser el mayor obstáculo para la unidad entre
las iglesias cristianas dentro de la libertad y la diversidad.
Política de personal.
Cuando era obispo sufragáneo,
y luego como arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla participó en el
Concilio Vaticano II. Sin embargo, una vez Papa, ha despreciado el carácter
colegiado de la institución que allí se había acordado
y ha realzado su papado a costa de los obispos.
Con sus "políticas internas",
este Papa traicionó con frecuencia al concilio. En vez de usar palabras
programáticas y conciliadoras como aggiornamento, diálogo,
carácter colegiado, ecuménico, lo que importa ahora en la
doctrina
y la práctica son términos como restauración, enseñanza
magistral, obediencia y vuelta a Roma. El criterio para designar obispos
no es el espíritu del evangelio ni la actitud abierta en temas pastorales,
sino la absoluta lealtad a la línea oficial de Roma. Antes de ser
nombrado, su fidelidad tiene que pasar la prueba de una serie de preguntas
de la curia, y luego queda sellada mediante un compromiso personal e ilimitado
de obediencia al Papa que es una especie de juramento de fidelidad al führer.
Entre los obispos germano parlantes
amigos del Papa están el cardenal de Colonia, Joachim Meisner; el
obispo de Fulda, Johannes Dyba, que murió en 2000; Hans Hermann
Groer, que dimitió de su puesto como cardenal de Viena en 1995 -tras
varias acusaciones de que, años antes, había abusado sexualmente
de unos alumnos-, y el obispo de St. Poeltin, Kurt Krenn, que acaba de
perder su cargo después de que estallara un escándalo sexual
en su seminario. Estos no son sino los errores más espectaculares
de unas políticas de personal desoladoras, que han permitido que
el nivel moral, intelectual y pastoral del episcopado cayera peligrosamente.
Consecuencia. Un episcopado
en general mediocre, ultraconservador y servil que constituye seguramente
la mayor carga de este pontificado tan largo. Las masas enfervorizadas
de católicos en los grandes montajes escénicos del Papa no
deben engañarnos: durante su mandato, millones de personas han abandonado
la Iglesia o se han apartado de la vida religiosa en señal de rechazo.
Clericalismo.
El Papa polaco fue un representante
profundamente religioso de la Europa cristiana, pero sus apariciones triunfantes
y sus políticas reaccionarias fomentan, sin pretenderlo, la hostilidad
hacia la Iglesia e incluso la aversión al cristianismo. En la campaña
evangelizadora del Papa, centrada en una moral sexual totalmente alejada
de nuestro tiempo, se menosprecia especialmente a las mujeres, que no comparten
la postura del Vaticano sobre temas tan polémicos como el control
de natalidad, el aborto, el divorcio y la inseminación artificial,
y están consideradas como promotoras de una "cultura de la muerte".
Con sus intervenciones -por ejemplo en Alemania, donde intentó influir
sobre políticos y obispos a propósito de la orientación
sobre el aborto-, la curia romana da la impresión de tener poco
respeto por la separación legal de Iglesia y Estado. Es más,
el Vaticano, a través del Partido Popular Europeo, está intentando
presionar al Parlamento Europeo para qu e designe a expertos -por ejemplo,
en todo lo relativo a la legislación sobre el aborto- que sean especialmente
fieles a Roma. En vez de sumarse a la mayoría de la sociedad y apoyar
soluciones razonables, la curia romana, con sus proclamaciones y su agitación
bajo cuerda (a través de las nunciaturas, las conferencias episcopales
y los "amigos"), está alimentando la polarización entre los
movimientos pro vida y en defensa de la libertad de abortar, entre moralistas
y libertinos.
Consecuencia. La política
clerical de Roma sirve para fortalecer la postura de los anticlericales
dogmáticos y los ateos fundamentalistas. Y además suscita
entre los creyentes la sospecha de que pueda estar utilizándose
la religión con fines políticos.
Sangre nueva en la Iglesia.
Como comunicador carismático
y estrella mediática, este Papa triunfó especialmente con
los jóvenes, incluso a medida que ha ido envejeciendo. Pero lo consigue,
en gran parte, a base de recurrir a los "nuevos movimientos" conservadores
de origen italiano, el Opus Dei, nacido en España, y un público
poco exigente y leal al Papa. Todo esto es sintomático de su forma
de tratar a los seglares y su incapacidad de dialogar con sus detractores.
Las grandes concentraciones
juveniles de ámbito regional e internacional patrocinadas por los
nuevos movimientos (Focolare, Comunión y Liberación, St.
Egidio, Regnum Christi) y supervisadas por la jerarquía eclesiástica
atraen a cientos de miles de jóvenes, muchos llenos de buenas intenciones
pero, en demasiados casos, sin ningún sentido crítico. En
una época en la que faltan figuras convincentes que les sirvan de
guía, esos jóvenes se rinden a la emoción de un "acto"
compartido. El magnetismo personal de "Juan Pablo Superstar" suele ser
más importante que el contenido de sus discursos, y sus repercusiones
en la vida cotidiana de las parroquias son mínimas.
Tal como corresponde a su ideal de
una Iglesia uniforme y obediente, el Papa considera que el futuro de la
Iglesia reside de forma casi exclusiva en estos movimientos seglares, conservadores
y fáciles de controlar. A ello le acompaña el distanciamiento
entre el Vaticano y la orden jesuita, que está más cerca
de los principios del concilio. Los jesuitas, favoritos de otros Papas
anteriores por sus dotes intelectuales, su teología crítica
y su liberalismo teológico, se han convertido en estorbos dentro
de los mecanismos de la política papal de restauración.
En cambio, Karol Wojtyla, ya cuando
era arzobispo de Cracovia, depositó toda su confianza en el Opus
Dei, un movimiento económicamente poderoso e influyente pero antidemocrático
y hermético, vinculado a regímenes fascistas en el pasado
y que hoy ejerce su influencia, sobre todo, en las finanzas, la política
y el periodismo. El Papa llegó a conceder al Opus Dei un estatuto
legal especial y, con ello, liberó a la organización de la
supervisión de los obispos.
Consecuencia. Los jóvenes
de los grupos parroquiales y las congregaciones (con la excepción
de los monaguillos) y, sobre todo, los "católicos corrientes" no
organizados suelen permanecer al margen de las grandes concentraciones.
Las organizaciones juveniles católicas que discrepan del Vaticano
sufren castigos y penurias cuando los obispos locales, a instancias de
Roma, les retiran las subvenciones. El papel cada vez mayor de un movimiento
archiconservador y falto de transparencia como el Opus Dei en muchas instituciones
ha creado un clima de incertidumbre y sospecha. Obispos que antes criticaban
al Opus ahora se esfuerzan en llevarse bien con él, mientras que
muchos seglares que antes participaban activamente en la Iglesia han retrocedido
resignados.
Los pecados del pasado
A pesar de que, en 2000, Juan Pablo
II se vio obligado a confesar públicamente las transgresiones históricas
de la Iglesia, dicha confesión no ha tenido consecuencias prácticas.
El elaborado y grandilocuente reconocimiento
de los pecados de la Iglesia, realizado en compañía de cardenales
y en la catedral de San Pedro, fue vago, difuso y ambiguo. El Papa sólo
pidió perdón por las transgresiones de "los hijos y las hijas"
de la Iglesia, pero no por los de "los Santos Padres", los de la propia
Iglesia, ni los de las jerarquías presentes en el acto.
El Papa nunca habló sobre
la relación de la curia con la Mafia; de hecho, ayudó más
a encubrir que a descubrir escándalos y actos criminales. El Vaticano
también ha reaccionado con mucha lentitud a la hora de perseguir
los escándalos de pedofilia en los que se ven envueltos miembros
del clero católico.
Consecuencia. La confesión
papal, hecha con escaso entusiasmo, no tuvo repercusiones, no sirvió
para corregir ni para hacer nada, fueron sólo palabras.
Para la Iglesia católica,
este pontificado, a pesar de sus aspectos positivos, ha sido una gran desilusión
y, a fin de cuentas, un desastre. Con sus contradicciones, el Papa ha conseguido
polarizar a la Iglesia, distanciarla de muchísimas personas y sumirla
en una crisis histórica, una crisis estructural que ahora, tras
un cuarto de siglo, está revelando carencias fatales en materia
de desarrollo y una enorme necesidad de reforma.
En contra de las intenciones del
Concilio Vaticano II, se ha restaurado el sistema medieval de Roma, un
aparato de poder con rasgos totalitarios, gracias a unas políticas
intelectuales y de personal astutas e implacables. Se metió a los
obispos en cintura, se sobrecargó a los párrocos, se calló
a los teólogos, se privó a los seglares de sus derechos,
se discriminó a las mujeres, se ignoraron las peticiones de los
sínodos nacionales y los fieles, y a ello hay que añadir
los escándalos sexuales, la prohibición del debate, la explicación
simplificada de la liturgia, la prohibición de los sermones de teólogos
laicos, la incitación a la denuncia, la denegación de la
Sagrada Comunión... ¡No se puede culpar al "mundo" de todo
eso!
El resultado es que la Iglesia católica
ha perdido por completo la gran credibilidad de la que gozó durante
el papado de Juan XXIII y tras el Concilio Vaticano II.
Si el próximo Papa continúa
la política de este pontificado, no hará más que reforzar
una enorme acumulación de problemas y convertir la crisis estructural
de la Iglesia católica en una situación sin salida. El nuevo
Papa tiene que optar por un cambio de rumbo e inspirar a la Iglesia para
que emprenda nuevos caminos, en el mismo espíritu que Juan XXIII
y de acuerdo con el impulso de reforma surgido del Concilio Vaticano II.
*Hans Küng es uno de
los principales teólogos católicos. Küng es suizo y
vive en la ciudad alemana de Tubinga, y lleva décadas de disputas
con las autoridades eclesiásticas. Debido a sus críticas,
el Vaticano le retiró la autorización de la Iglesia para
enseñar en 1979. Sin embargo, Küng, de 75 años, sigue
siendo sacerdote y, hasta su jubilación en 1995, enseñaba
Teología en la Universidad de Tubinga.
Traducción de María
Luisa Rodríguez Tapia. |