| La
República de Uruguay - 8 de abril de 2005
En la alianza fraguada en los
80, sólo EEUU ganó
Juan
Pablo II, Papa del imperio
Entre 1977 y 1979 fueron asesinados
cinco sacerdotes en El Salvador, seguidores de la Teología de la
Liberación y miembros activos de la Iglesia de los Pobres, que trabajaban
con las comunidades y sectores más oprimidos y reprimidos del país.
Monseñor Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo de El Salvador, viajó
al Vaticano en agosto de ese año, con un dossier minucioso sobre
la brutal represión que venían sufriendo la Iglesia y el
pueblo salvadoreños.
Augusto
Zamora R. *
El Papa Juan Pablo II se negó
a ver el dossier y a hablar del asunto. Monseñor Romero regresó
abatido pues había creído, hasta su entrevista, que al Papa
le ocultaban información. En marzo de 1980, monseñor Romero
era asesinado mientras celebraba misa. Ese mismo año, cuatro religiosas
estadounidenses morían también asesinadas, luego de ser torturadas
y violadas por el Ejército salvadoreño. El Vaticano condenó
los crímenes pero no emitió condena alguna contra el régimen
que los propiciaba. El silencio se hizo norma.
De enero de 1980 a febrero de 1985,
23 religiosos fueron asesinados en Guatemala. Con ellos, decenas de miles
de civiles, en el mayor baño de sangre sufrido por la región
en las últimas décadas. Se repetía el guión.
Condena opaca y formal y silencio ante la dictadura criminal. La jerarquía
departía con generales y oligarcas, mientras sacerdotes, religiosos
y comunidades cristianas de base eran sistemáticamente perseguidas
o muertas.
En Nicaragua había triunfado
en julio de 1979 la revolución sandinista. Con ella llegó
al poder, por vez primera en la historia latinoamericana, la "iglesia de
los pobres". Cuatro sacerdotes fueron designados ministros. El padre Miguel
D´Escoto, ministro del Exterior; Ernesto Cardenal, ministro de Cultura;
Fernando Cardenal, ministro de Educación y Edgar Parrales, ministro
de Bienestar Social. El Vaticano se revolvió indignado. Todo lo
que era silencio en El Salvador y Guatemala, se hizo estridencia contra
la revolución sandinista y sus curas ministros. El Papa exigió
a los sacerdotes que abandonaran los cargos y empezó una persecución
sistemática contra los que apoyaban a la revolución. Curas
y monjas progresistas eran obligadas a abandonar Nicaragua para ser sustituidos
por otros reaccionarios. Cuando Juan Pablo II visita Nicaragua en 1983,
el padre Ernesto Cardenal se arrodilla ante el Papa, quien responde agitando
una mano condenatoria. La foto da la vuelta al mundo. En la misa pública,
el Papa se niega a orar por los asesinados por la contra. Sus actos se
tornan políticos y la visita, preparada con tal celo por el gobierno
sandinista que había construido una plaza especial para la misa
papal, deriva en una completa ruptura.
En una reunión con el presidente
Ronald Reagan, según relata el periodista Bob Woodward, se oficializa
una alianza informal entre el Vaticano y EEUU, para combatir la "amenaza
comunista" en Centroamérica. En Nicaragua, las iglesias se convierten
en nidos de la contrarrevolución y los obispos en dirigentes políticos.
La cruzada anticomunista del Papa barrerá Centroamérica y
la Iglesia católica se dividirá en dos sectores irreconciliables,
la iglesia oficial y la popular. Ganará la oficial, a un costo estremecedor
en vidas y bienes. La iglesia de los pobres es barrida por la suma de las
purgas vaticanas y la represión de las dictaduras. El epílogo
será el asesinato de siete jesuitas en la Universidad Centroamericana
de El Salvador, en 1989. La Iglesia católica cae en grave descrédito
y el vacío espiritual es llenado por la más peligrosa y destructora
arma de que dispone EEUU: las sectas religiosas.
Promovidas por EEUU y protegidas
por las oligarquías y las fuerzas armadas, como arma de combate
ideológico contra la teología de la liberación, las
sectas protestantes se propagan como hongos por la geografía centroamericana.
Su difusión es más avasalladora en los países donde
los movimientos progresistas y populares eran más fuertes: Guatemala,
El Salvador y, tras la derrota electoral del sandinismo, Nicaragua. Las
sectas enraízan en las zonas más pobres y entre la población
más analfabeta, convirtiéndose en una calamidad, pues su
fanatismo religioso embrutece a sus seguidores, agudizando atraso y subdesarrollo
y haciéndolos presa fácil de políticos ultraderechistas,
tanto o más fanáticos que ellos.
El resultado ha sido un descenso
dramático del número de católicos que, como pasa en
Guatemala, son hoy la mitad de la población. En Nicaragua se acerca
vertiginosamente a esa cifra, en tanto los católicos comprometidos
siguen condenados a las catacumbas. Como Papa llegado del frío,
Juan Pablo II no fue capaz de comprender la tragedia que afligía
a la región centroamericana ni al resto de Latinoamérica.
La cruzada contra la iglesia de los
pobres le llevó a someter en 1984 al padre Leonardo Boff al ex Santo
Oficio, que le condenó en 1985 al silencio y a la privación
de todos sus cargos. Gustavo Gutiérrez fue obligado a "revisar"
sus obras, en un proceso similar al sufrido por Galileo. Los obispos defensores
de la Teología de la Liberación eran recluidos en diócesis
minúsculas y excluidos de facto de la Iglesia oficial, como los
obispos brasileños Helder Camara y Pedro Casaldáliga. La
Diócesis de Río de Janeiro, a cargo de Paulo Evaristo Arns,
fue dividida en cinco. Y así. Alrededor de 500 teólogos fueron
represaliados por defender una teología que situaba al Dios cristiano
al lado de los oprimidos.
La cruzada anticomunista tuvo éxito,
al precio de derrumbar a la propia Iglesia católica y de privar
de esperanza a unos pueblos necesitados perentoriamente de ella. En la
alianza fraguada en los 80, sólo EEUU ganó. América
Latina sigue condenada. *
* Profesor de Derecho Internacional
Público y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma
de México. |