os días antes de la muerte del pontífice los medios reportaron un hecho
inusitado. El Papa, in articulo mortis, había designado 17 nuevos obispos
y arzobispos. ¡Extraña urgencia! La decisión no era ciertamente asunto
administrativo menor, pero tampoco algo que no hubiese podido esperar al
sucesor. Fue, obviamente, una medida política para colocar, antes de su partida
inminente, hombres de absoluta confianza en puestos claves, porque el cónclave
que dará inicio a finales de este mes será la clave para determinar el futuro de
la Iglesia católica.
El Papa mediático (darling de la televisión mundial) repartía sonrisas
y bendiciones, predicaba el evangelio y aconsejaba la paz, mientras sus dotes de
actor ocultaban la mano de hierro con la que libró desde el primer día de su
pontificado dos batallas cruciales para el futuro de la Iglesia. Ambas podrían
resumirse con la palabra "modernidad", pero esa simplificación ocultaría los
orígenes y distorsionaría la gravedad de las contiendas. La primera fue una
batalla que heredó de Paulo VI y Juan Pablo I contra la orden más influyente de
la Iglesia, la Compañía de Jesús; una lucha para detener las consecuencias de la
teología de la liberación, movimiento iniciado por prominentes jesuitas y
religiosos latinoamericanos, que eventualmente inspiró la clausura de los
colegios donde la orden educaba a los hijos de las clases superiores. ¡Había
llegado la hora del cambio!; la hora de "ejercer la opción preferencial por los
pobres y los oprimidos".
Con autorización de sus poderosos superiores (el padre general de los
jesuitas es conocido en Roma como el "Papa Negro") los jesuitas declararon una
guerra a muerte al capitalismo salvaje (y de paso a la Santa Sede), se unieron a
las guerrillas centroamericanas y cuestionaron la teología tradicional. La
Iglesia -concluyeron- no es un fin en sí misma, se fundó para servir al hombre
en su lucha contra la opresión, la miseria y la desesperanza. Malachi Martin,
teólogo jesuita retirado de la orden, relató que en 1983, cuando Piet-Hans
Kolvenbach sustituyó a Arrupe como padre general, prometió continuar la búsqueda
de la justicia social "sin dejarse llevar por las protestas quejumbrosas de los
papas". Afirmó también en 1987 que la orden -fundada en 1540 por Iñigo de
Loyola- pudo haber sido suspendida por Juan Pablo I (la salvó, quizá, la
inesperada muerte del pontífice), y que de continuar su guerra contra el
pontificado los "hombres del Papa" (título que refleja el voto de obediencia al
Papa que hacen los jesuitas) corrían el riesgo de ser suplantados por una orden
"más afín a la curia romana, como la prelatura del Opus Dei".
La segunda batalla estalló durante el Consejo Episcopal Latinoamericano
(Celam) de Puebla en 1979, cuando el Papa anticomunista condenó al ostracismo a
los teólogos de la liberación e inició una lucha sin cuartel para anular la
"reconciliación de la Iglesia con el mundo", el legado de modernidad del
Vaticano II. "Nuestro apostolado no pertenece al mundo temporal", advirtió
inflexible el mensaje papal, divorciando a la Iglesia de sacerdotes como Pedro
Arrupe, presente en Puebla, que insistían en extender la protección eclesial a
los oprimidos. La inflexibilidad del Papa, afirma el teólogo y jesuita español
José Ignacio González-Faus, detuvo el avance de la Iglesia hacia el Vaticano III
y propició su retroceso al Vaticano I.
"La purga de la Compañía de Jesús -dice, por su parte, el maestro de
teología, Juan José Tamayo-Acosta- parece tener vinculación directa con la
irresistible ascensión del Opus Dei en el Vaticano." Asegura que su elevación a
la categoría de "prelatura personal" y la acelerada canonización de su fundador
convirtieron al Opus en una diócesis independiente no sometida a la jurisdicción
de los obispos locales. "Hoy -asegura- el Opus es una secta; una Iglesia dentro
de la Iglesia" que ha infiltrado la curia romana. El Opus mimó al arzobispo de
Cracovia varios años, concluye Tamayo-Acosta, "diseñando con gran precisión la
estrategia para su elección papal" (aclaración que echa por tierra la "sorpresa"
de su inusitada designación). Con él en la sede de San Pedro el Opus Dei influyó
en los importantes nombramientos de Angelo Sodano (secretario de Estado), Joseph
Ratzinger (Congregación de la Fe) y el médico numerario Joaquín Navarro Valls
(vocero oficial de su pontificado). Ellos aseguraban la "restauración", un
retroceso de la apertura alentada por el Concilio Vaticano II, y garantizaban
que el aborto, el divorcio, la infalibilidad papal, el papel de la mujer y la
homosexualidad permanecerían archivados (por lo menos hasta que los progresistas
sustituyan a la Iglesia secuestrada por el Opus Dei con la "Iglesia del pueblo
de Dios" anunciada en el Concilio Vaticano II y el Celam de Puebla). Hoy, tras
el humo blanco, cuando se apaguen los televisores que siguieron al Papa un
cuarto de siglo, la frase habemus papam podría tener significados
diferentes: continuidad del dogmatismo o apertura.