| Página12
de Argentina - 9 de abril de 2005
Quién
se queda con el mundo
Claudio
Uriarte
Por una
vez, es posible parafrasear sin exageración al viejo Goethe y decir
que “se ha hecho historia, y hemos tenido el privilegio de ser testigos
de ella”. O recordar a Hegel y su exultante alusión a Napoleón:
“Hoy he visto al Emperador a caballo, hoy he visto a la Razón a
caballo”, sólo que lo que vendría a encarnar ahora la Razón
–o quizá mejor el espíritu de los tiempos– está en
un ataúd.
Cualquiera sea la versión
que se prefiera, es claro que el Papa que yace ahora bajo la Basílica
de San Pedro no es el mismo, en términos políticos duros,
que el que comandaba desfallecientemente el Vaticano antes de que empezara
su extraordinaria agonía, hace casi dos meses. Juan Pablo II era
entonces una fuerza política agotada, pero la larga agonía
televisada –que coincidió, casi milagrosamente, con los ritos penitenciales
de la Semana Santa, como si el Karol Wojtyla que intentaba hablar y no
podía, y sostenía sentado la cruz desde su departamento vaticano
mientras sus feligreses desfilaban ante su ventana, se confundiera con
el calvario de Cristo–, su muerte, su velatorio, el peregrinaje de los
millones de fieles y su abrumador entierro ayer modifican esa condición.
Como el Cid, Juan Pablo II sigue ganando batallas después de muerto.
Y esto no era para nada predecible,
ni esperado. Desde al menos el final de la Guerra Fría, Juan Pablo
II y su Vaticano estuvieron en una guerra cultural creciente con el capitalismo
secular, destructor de valores, enaltecedor del materialismo y gran neutralizador
de la esfera de la discriminación moral. Pero ahora, después
de estos dos meses sin precedentes –cuyo efecto probablemente seguirá
multiplicándose en los nueve días que faltan para el inicio
del cónclave de cardenales, para ser seguidos por los 15 o 20 días
de la elección de un nuevo Papa, su entronización, y la inevitable
atención mundial que concitarán su biografía, su personalidad,
los relatos de sus amigos, los testimonios sobre su humanidad y sus primeros
actos–, puede decirse que estamos en medio de la operación de proselitismo
espiritual y religiosa más gigantesca y abarcadora de la historia.
Por semanas, cientos de miles de jóvenes seguramente indiferentes
a las ordenanzas papales contra la anticoncepción peregrinaron a
Roma y lloraron junto a católicos practicantes, no practicantes,
seguidores de otros cultos, agnósticos y hasta ateos declarados.
Fue como si la trascendencia histórico-universal del fin de este
Papa, cuya vida abarcó –y en muchas ocasiones protagonizó–
más de 26 tumultuosos años, se confundiera con un ansia de
trascendencia y de lugar de pertenencia espirituales que aquel materialismo
capitalista parece incapaz de dar, especialmente en una cultura globalizada
que destruye toda noción de patria, identidad cultural o simplemente
lugar propio. En este sentido, la casi incontenible afluencia de nativos
de Polonia –el país del que provino el Papa, pero que ahora tiene
como presidente al ex comunista y laico Alexsandr Kwasniewski– fue la línea
que subrayó la tendencia.
En esta puja por lo que Hegel llamaría
“el espíritu del mundo”, será interesante ver la evolución
de las tensiones implícitas en la relación con esa paradoja
que es el turbocapitalismo de derecha cristiana que encarna la administración
Bush. Es una cuestión de ver quién se queda con el mercado
de los desafectos. Por el momento, la Iglesia Católica parece haber
recibido un inmenso impulso de viento histórico. Aunque todos los
jóvenes de la Plaza San Pedro no necesariamente se muestren en misa
este domingo, el hecho de que pudieran idolatrar a un hombre tan a contrapelo
de su tiempo, de sus prácticas, culturas y estilos de vida sugiere
la presencia de un rico espacio de elasticidad que puede convertirse en
una de las canteras en las que puede trabajar el nuevo Papa. Y el disgusto
casi universal con la política exterior estadounidense calza a la
perfección con otra política exterior –la del Vaticano–,
muchas de cuyas matrices son diametralmente opuestas a las de George W.
Bush –aunque más no sea por el permanente litigio inmobiliario-espiritual
que confronta en Jerusalén a las principales religiones monoteístas,
que encuentran a la Santa Sede en contradicción siempre latente
con Israel, el punto de referencia de Washington en Oriente Medio–. También
será importante observar la relación futura entre el catolicismo
y el Islam.
Algo nuevo parece haber aparecido
en el mundo. Y como todo lo realmente nuevo, su despliegue será
tan impredecible como apasionante. |