| La
Nación de Chile - 10 de abril de 2005
Carta de Hans Küng
a los cardenales ante la elección
de un nuevo Papa
“Esperemos
que la Iglesia se renueve”
Küng es uno de los principales
teólogos católicos y mantiene desde hace décadas un
continuo enfrentamiento con las autoridades eclesiásticas. Como
consecuencia de sus investigaciones críticas sobre el papado, el
Vaticano le retiró la autorización para dar clases en 1979.
LND publica en exclusiva este documento donde revela su visión de
la Iglesia y expone a los purpurados que asistirán al cónclave
el perfil del Pontífice que requiere la Iglesia Católica.
Hans
Küng
© The
New York Times
Tras el extremadamente largo pontificado
de Juan Pablo II, os vais a reunir para elegir un nuevo Papa. Se trata
de un momento determinante para la Iglesia Católica del siglo XXI,
comparable a la convocatoria del Concilio Vaticano II en el XX.
Junto con mi ex compañero
de Tubinga, Joseph Ratzinger, ahora prefecto de la Congregación
para la Doctrina de la Fe, probablemente sea el último teólogo
del concilio que se mantiene todavía plenamente activo. Hace cuarenta
y cinco años, en 1960, escribí un libro, Concilio y unión
de los cristianos, que orientó a muchos de los que participaron
en él. En consecuencia, espero, queridos hermanos, como teólogo
en activo desde hace mucho tiempo, que a pesar de todas las críticas
vertidas contra las políticas del difunto Papa siempre ha permanecido
leal a su Iglesia, poder compartir con vosotros algunas reflexiones. Pienso
que podrían ser importantes para la próxima elección.
En el Vaticano II establecimos una
distinción entre los problemas externos de la Iglesia y sus problemas
internos. Probablemente, los católicos compartan en su mayoría
mi opinión de que debería mantenerse la línea de Juan
Pablo II respecto al mundo en general. También el siguiente Papa
debería, desde luego, defender los derechos humanos, promover la
paz mundial y establecer puentes con otras religiones. ¿Pero cómo
están las cosas dentro de la Iglesia?
Las conversaciones sinceras con sacerdotes
y fieles de vuestras diócesis os habrán hecho daros cuenta
de que el estado interno de la Iglesia es peor que hace treinta años.
Una y otra vez ha sido posible señalar una contradicción
entre el compromiso del Papa con el mundo exterior y la falta de compromiso
con los derechos humanos, la paz y el diálogo dentro de la comunidad
eclesiástica. Por supuesto, la participación en el mundo
exterior es más fácil, dado que uno puede hablar a la conciencia
de los demás, mientras que el compromiso con la Iglesia, que exige
autocrítica y una búsqueda de conciencias, puede tener consecuencias
incómodas. El siguiente Papa sólo podrá convencer
a los fieles si empieza la reforma por sí mismo y los que lo rodean.
“La reforma en la cabeza y en los miembros” fue una exigencia ya planteada
a finales de la Edad Media.
¿Pero qué tipo de Papa
necesita nuestra Iglesia en este momento? Ciertamente, vuestros pensamientos
están centrados en esta pregunta. Resumiré todos los requisitos
en cinco criterios. No son aleatorios. Se basan en el Nuevo Testamento,
en la gran tradición católica y en el Concilio Vaticano II.
Un Papa en sintonía con
el Evangelio
La actual situación es grave:
en la mayoría de los países se da un rápido descenso
no sólo de ordenaciones sacerdotales, sino de identificación
de la generación más joven y de las mujeres con la Iglesia
y, de hecho, de la influencia de la Iglesia en el público en general.
En este momento necesitamos un Papa guiado básicamente por las exigencias
del Evangelio de Jesucristo y, en consecuencia, centrado en las necesidades
de los hombres y las mujeres actuales. Nadie quiere volver a la Iglesia
papal medieval, en la que un monarca papal, gobernando de manera teocrática,
pensaba que disponía de absoluto dominio sobre las iglesias apostólicas
del Este y sobre las iglesias de Occidente, y de hecho sobre la conciencia
de hombres y mujeres, y que incluso podía dictar la moral a los
gobiernos mundanos.
A pesar de todo lo que dijo y viajó,
el Papa Wojtyla no consiguió imponer sus puntos de vista rigurosos,
especialmente en materia de moral sexual y matrimonial. A ellos se opusieron
los católicos y los parlamentos nacionales por abrumadora mayoría
(por ejemplo, en Polonia). Las declaraciones y sanciones disciplinarias
del Vaticano, las presiones abiertas u ocultas, no consiguieron prácticamente
nada. Por el contrario, la campaña de “evangelización” provocó
ansiedad respecto al imperialismo espiritual de Roma y contribuyó
a que se rechazase la mención de Dios e incluso del cristianismo
como factor cultural en el preámbulo de la Constitución Europea.
Con vuestra gran experiencia sabréis
que los bien organizados viajes papales no han podido ocultar que no todo
marcha bien en la Iglesia. Las filas sacerdotales están disminuyendo;
pronto, el mundo de habla germana no será la única zona en
la que casi dos tercios de las parroquias carecen de párroco ordenado
o de celebraciones eucarísticas habituales. El clero célibe
está desapareciendo, y su credibilidad se ha visto profundamente
sacudida por los escándalos de pedofilia que se extienden desde
Estados Unidos a Austria.
La primera gran petición que
os planteo la hago en nombre de muchos: elegid un Papa que no se aferre
al derecho medieval de la Iglesia, sino que siga la brújula del
Evangelio, con las puntas dirigidas hacia la libertad, la misericordia
y la bondad afectuosa en el tratamiento de todos los problemas pendientes.
Para ganarse la confianza de los fieles, el próximo Papa no sólo
debe constituir una autoridad formal, jurídica e institucional,
sino también una autoridad personal, pertinente y carismática.
Un obispo colegial
Estamos muy lejos del siglo XIX,
cuando en Roma pensaban que debían protegerse del liberalismo moderno
y del socialismo mediante la centralización y la burocratización.
En aquella época se intentó restablecer el paradigma medieval
y contrarreformista de la Iglesia frente a la modernidad. Recuerdo muy
claramente las múltiples conversaciones que mantuve con teólogos
y obispos durante el Concilio Vaticano II. Estaban de acuerdo en que el
centralismo, el legalismo y el triunfalismo eran giros equivocados. Todo
esto debía quedar superado en el concilio.
Con vuestra gran experiencia, sabéis
que a menudo se han producido en las pasadas décadas ofensas contra
el espíritu de colegialidad. A menudo se ha obligado a los obispos
a hacer cumplir la línea impuesta por el Vaticano, a expensas de
la credibilidad que deberían ofrecer a sus sacerdotes y fieles.
De ahí mi segunda gran petición:
elegid un Papa que restaure la colegialidad del obispo de Roma con los
otros obispos, que existió en la Iglesia de los primeros siglos
y que fue solemnemente confirmada por el Concilio Vaticano II; que no considere
a la Iglesia como un aparato de poder unilateral, que excluye el diálogo
y la democracia, sino como una comunidad de fe, como el pueblo de Dios,
con el Papa y los obispos a su servicio; que, por consiguiente, no considere
los oficios de la Iglesia como una “norma sagrada” ( = jerarquía),
sino como servicio ( = diaconía) a hombres y mujeres; que no se
presente como único gobernante, sino como obispo principal incorporado
al Colegio Episcopal, al servicio de todo el ecúmene; que no espere
de los obispos obediencia ciega y una aplicación de la línea
que él imponga, sino que los considere “buenos pastores” con responsabilidad
propia, en asociación con el Papa, que se identifican principalmente
con los fieles de su diócesis y de su país en el espíritu
de Jesús.
En una palabra, queridos hermanos,
elegid un obispo compañero colegial. Porque “uno solo es vuestro
maestro, y vosotros todos sois hermanos” (Mateo, 23, 8).
Un pastor bien dispuesto hacia
las mujeres
Reverendos cardenales, desde el Concilio
Vaticano II sois perfectamente conscientes de que un gobierno eficaz de
la Iglesia no puede tratar a la mitad de la humanidad, su mitad femenina,
como miembros de segunda clase de la Iglesia, que deben someterse calladamente
a los hombres.
Felizmente han terminado los días
del patriarcado, cuando las mujeres aceptaban en silencio que eran los
hombres los encargados de definir “su” naturaleza y “su” función
en la Iglesia. La Iglesia actual ya no puede legitimar la dominación
de los hombres y la supresión de las mujeres, ni siquiera en nombre
de Dios padre y de Jesús hecho hombre.
Karol Wojtyla, con su gran veneración
por María, admirada por algunas católicas tradicionales,
se enfrentó al enérgico rechazo de millones de mujeres modernas.
Esto se debió, por una parte, a que consideraba que el uso de anticonceptivos
las hacía formar parte de la “cultura de la muerte”, y por otra,
a que declaró que su sexo era inadecuado para desempeñar
cargos directivos. Incluso proclamó que esa era la voluntad de Dios
y una doctrina infalible. Bajo su pontificado, cada vez menos mujeres aceptaban
que los hombres que ejercían el poder las trataran como meros objetos,
que les dieran órdenes.
Por consiguiente, la tercera gran
petición que os hago, en nombre de los incontables hombres y mujeres
de nuestra Iglesia, es que elijáis un Papa que rechace el sexismo
y el patriarcalismo de la Iglesia y la división de sus miembros
en dos clases; que garantice el derecho de los teólogos a expresar
libremente sus puntos de vista; que evite emitir veredictos moralizadores
sobre problemas complejos como la contracepción, el aborto y la
sexualidad; que respete el derecho de los sacerdotes a casarse, un derecho
que claramente está garantizado en el Nuevo Testamento y la Iglesia
del primer milenio, y que reconsidere la prohibición discriminatoria
del matrimonio para los sacerdotes, que no se impuso hasta el siglo XI;
que no excluya de manera despiadada y permanente a los divorciados que
han vuelto a casarse de tomar parte en la eucaristía; que permita
la ordenación de mujeres, algo que, a la luz del Nuevo Testamento,
es urgentemente necesario ante la diferente situación actual; que
corrija la perniciosa encíclica Humanae Vitae promulgada por Pablo
VI sobre la píldora, que ha alejado a muchas católicas de
su Iglesia; y que reconozca explícitamente la responsabilidad personal
de los cónyuges en el control de la natalidad y en el número
de hijos que tiene cada pareja; que, en consecuencia, se tome en serio
las diferentes capacidades, llamadas y carismas en la Iglesia, los cuales
son importantes para construir una comunidad de hombres y mujeres en comunión.
En una palabra, queridos hermanos,
elegid un Papa bien dispuesto hacia las mujeres. Porque “ya no hay hombre
ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas
3, 28).
Un mediador ecuménico
Reverendos cardenales, incluso aquellos
de vosotros que procedéis de países con mayoría católica,
entenderéis que desde el Concilio Vaticano II ni siquiera la Iglesia
Católica romana puede considerarse por encima de las demás,
“la Iglesia que proporciona la salvación”, la única Iglesia
verdadera de Jesús.
Para muchos cristianos no hay ahora
lugar para una arrogancia confesional sobre el ministerio que considere
inválidas las acciones ministeriales de los sacerdotes protestantes
o anglicanos (hombres y mujeres, y sobre todo en la eucaristía);
que considere una transgresión el matrimonio que una a dos religiones;
que considere una ofensa religiosa la participación activa en una
eucaristía protestante; y que quiera prohibir estrictamente las
celebraciones ecuménicas dominicales; un rechazo confesional de
la confraternidad que ya no entiende ni acepta la gran mayoría de
los cristianos, tanto católicos como protestantes, y que de hecho
les parece una ofensa contra el espíritu de Jesús. Durante
su largo pontificado, Juan Pablo II realizó continuos gestos de
buena voluntad. Y demostró que es posible aprobar una Declaración
conjunta sobre la Doctrina de la Justificación entre católicos
y luteranos. Pero a muchos les decepcionó que las palabras y los
gestos ecuménicos no fueran seguidos de verdaderas acciones ecuménicas.
Por el contrario, debido a la continua afirmación de poder por parte
de Roma, las relaciones con el Consejo Mundial de Iglesias dieron poco
fruto, y las relaciones con la Iglesia Ortodoxa rusa se vieron afectadas
por los esfuerzos de misión de los católicos romanos.
De ahí mi cuarta gran solicitud,
hecha también en nombre de muchos amigos de otras iglesias cristianas:
elegid un Papa que asuma como propios los resultados de las comisiones
de diálogo ecuménico y que los ponga enérgicamente
en práctica; que por fin reconozca los ministerios protestante y
anglicano, como desde hace tiempo recomiendan las comisiones ecuménicas
y como ya se practica en muchos lugares; que revoque los repudios que datan
de la Reforma y la excomunión de Martin Lutero.
En una palabra, queridos hermanos,
elegid para Papa a un mediador ecuménico. Porque el Evangelio de
Juan dice de todos los creyentes: “Ruego para que todos sean uno” (Juan,
17, 21).
Un garante de la libertad y de
la apertura en la Iglesia
Como mínimo, desde el Concilio
Vaticano II ha pasado la época en la que podíamos considerar
a nuestra fe cristiana la única religión legítima
en la tierra, y de hecho podíamos difamar la fe de otros y considerarla
producto de la ignorancia, la autojustificación y el pecado. Dos
cosas son incompatibles con el espíritu de Jesús de Nazareth,
que mostró simpatía, incluso amor, hacia muchos no judíos:
- El colonialismo europeo, que en
nombre de Cristo destruyó completa y deliberadamente otras religiones
y culturas, sobre todo en Latinoamérica y África.
- El imperialismo romano, que intentó
controlar las iglesias cristianas establecidas desde hacía tiempo
(apostólicas) y las jóvenes, forzándolas a acatar
una ley eclesiástica que, en muchos aspectos, era cuestionable y
estaba estrechamente regulada por la liturgia, en lugar de apoyar a la
Iglesia a la hora de mantenerse, administrarse y expandirse.
En muchos de sus viajes, Juan Pablo
II mantuvo encuentros periódicos con los representantes de otras
religiones. Las oraciones por la paz de Asís, que inició
en 1986 y 2002, fueron importantes señales de esto. No obstante,
permitió una declaración doctrinal que aprobaba la afirmación
de que los no cristianos viven “objetivamente en una situación muy
defectuosa”.
Por ello, la quinta gran petición
que os hago, para alcanzar un mundo mejor y más pacífico,
es: elegid un Papa que, a pesar de todas sus reivindicaciones de verdad,
no reivindique el monopolio de la verdad; que no sólo desee instruir
a las demás religiones, sino también aprender de ellas, de
sus tradiciones estéticas, espirituales, litúrgicas, éticas,
teológicas y filosóficas, sin confusiones sincréticas
de ningún tipo; que conceda a las iglesias nacionales, regionales
y locales una autoridad adecuada, de forma que puedan adaptar su estilo
de vida y organización bajo su propia responsabilidad.
En una palabra, queridos hermanos,
elegid a un garante de la libertad y de la apertura en la Iglesia. Porque
“donde está el espíritu del Señor, allí está
la libertad” (II Corintios, 3, 17).
Conclusión
En contraste con la época
de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, en grandes partes de la Iglesia
actual prevalecen el pesimismo y el derrotismo. Eso me llena de profunda
preocupación, dado que toda mi vida como teólogo he trabajado
para que los fieles puedan mantener la esperanza en nuestra Iglesia a pesar
de las grandes desilusiones. Ahora, por supuesto, depende de vosotros el
fortalecer las esperanzas de los fieles y sacar a la Iglesia de la crisis
de esperanza, eligiendo a un nuevo Papa. Hay muchísimas personas,
dentro y fuera de la Iglesia, que esperan que se supere la paralización
de las reformas, que se discutan abiertamente los problemas estructurales
que se sufren desde hace mucho tiempo, y que -bien el nuevo Papa en persona,
el Sínodo Episcopal o finalmente un Concilio Vaticano III- encuentren
una solución. |