E HA ESCAMOTEADO el pronunciamiento de Juan Pablo II contra
el neoliberalismo global al que consideró, mucho más que inhumano, antihumano,
como una de las facetas de la "cultura de la muerte" del hipermaterialismo
consumista que se apoderó del alma occidental, que fue vendida, una vez más en
su ilusa apuesta faustiana, al Mefistófeles financiero.
THE WALL STREET JOURNAL, prominente portavoz globalizador, fustigó
como "marxismo recalentado" a la encíclica papal Laborens Exercens,
apología de Juan Pablo II por la dignidad laboral. Seguramente que no ha de
estar enterado sobre las encíclicas papales el peculiar obispo de Ecatepec,
Onésimo Cepeda, anterior agente de bolsa (no es broma), quien ha adoptado una
postura herética en favor de la globalización depredadora.
EN CONTRASTE CON LA difundida postura papal contra el modelo soviético, desde
su natal Polonia, tampoco se han puesto en relieve sus tres enormes aciertos en
geopolítica: su rechazo a las dos guerras de los Bush (padre e hijo) contra Irak
y su vigorosa apología en favor del "diálogo de las civilizaciones", en
contrapunto con el "choque de las civilizaciones" del racista Huntington. Juan
Pablo II fue eminentemente antitotalitario tanto contra el irredentismo
soviético como contra el unilateralismo bushiano, que, por cierto, tiene al
mundo al borde de una nueva guerra mundial debido al "hundimiento de la
globalización", según asevera Niall Ferguson que sucedió con la Primera Guerra
Mundial, que descarriló a su similar del siglo XIX (Foreign Affairs,
marzo-abril, 2005).
EL HISTORIADOR BRITANICO Ferguson -biógrafo de la dinastía de banqueros
Rothschild y apologista neoimperial del bushismo- aduce que la "economía mundial
desde alrededor de 1870 hasta la Primera Guerra Mundial prosperó en forma
similar a la actualidad". Los movimientos marítimos de las comunicaciones, de
los capitales y los migrantes fueron azorantes: "la emigración total desde
Europa, de 1880 a 1910, fue en exceso de 25 millones". Niall Ferguson se asusta
con muy poco, porque ésa ha sido la cifra de los migrantes en búsqueda de la
libertad económica desde México a EU en los últimos 15 años, que se exacerbó en
forma exponencial con el TLCAN, modelo en su esencia antihumano que impide el
"libre paso de personas" del lado mexicano.
SEGUN FERGUSON, LA PRIMERA Guerra Mundial "hundió" la globalización; luego la
"economía global se desintegró efectivamente con la aparición de la Gran
Depresión y una guerra mundial mucho mayor". Viene el punto nodal: "pareciera
excesivamente pesimista preocuparse de que este escenario pudiera repetirse de
cierta manera: que la globalización de nuestra época pueda colapsarse como la de
nuestros abuelos". Sin necesidad de llegar a los "ciclos largos" del
inconmensurable historiador francés Fernand Braudel, si la innovación
tecnológica del momento histórico define su globalización, entonces los "ciclos
Kondratev" explican juiciosamente no solamente su inherente ciclicidad, sino
denotan también que el mundo se encuentra en el inicio del fin de su aplicación
(acelerada por la "conectividad"), lo cual no significa que se acabe el mundo,
que es otro asunto.
EL PROBLEMA ES QUE los muy incultos oráculos de la globalización financiera
se engañaron al pretender decretar su irreversibilidad lineal (la locura del
"fin de la historia" del nipón-estadunidense Fukuyama, ex empleado del texano
bushiano James Baker III y quien ya renegó de sí mismo).Pero los aún más ignaros
publicistas cacarearon que "esta globalización" era diferente a las demás (la
otra locura de la "nueva economía" de Alan Greenspan) e inundaron los multimedia
con los epítetos paganos sobre sus atributos "irreversibles", "inmortales" e
"inevitables".
CON EL BENEFICIO DE la "percepción retrospectiva" (sic), Ferguson expone los
cinco factores que, a su juicio, precipitaron el "hundimiento de la
globalización" decimonónica: 1) la "sobrextensión imperial" de Gran Bretaña, 2)
la rivalidad de los grandes poderes (Gran Bretaña y Alemania por el control de
los mares, y Rusia y Alemania por el dominio terrestre), 3) un "sistema
inestable de alianzas", 4) la "presencia de un régimen maligno (sic) que
apadrinó el terror" (el gobierno serbio) y 5) "la llegada de una organización
terrorista hostil al capitalismo" (los bolcheviques).
CON EL DEBIDO RESPETO a Ferguson, los tres primeros puntos no explican en sí
solos el fin del modelo globalizador, que han constituido la tónica histórica no
solamente para desencadenar otras guerras, sino para enterrar a otros imperios,
con o sin globalización de por medio, como enseñan tanto Tucídides en su
Guerra del Peloponeso, como Donald Kagan en sus Orígenes de la
guerra. Es mucho más profundo que eso. La etiología de Ferguson es muy
cuestionable e, incluso, en su segundo punto se contradice con su libro
Piedad de la guerra: la explicación de la Primera Guerra Mundial sobre su
origen, que atribuye a Gran Bretaña, cuya motivación era frenar el poderío
global de Alemania. Los dos puntos adicionales que esboza son muy frágiles y
parecen haber sido diseñados para apuntalar la semiótica bélica del
unilateralismo bushiano y su "guerra contra el terrorismo global", forzosamente
islámico.
LA PARTE MAS ATRACTIVA de su escrito se centra en el "universo paralelo"
entre las economías de las dos globalizaciones, con una gran diferencia
financiera: "los principales bancos centrales de Nueva York (sic) y Frankfurt
determinan el volumen de moneda producida con base en una mezcla opaca de reglas
y discrecionalidad", es decir, toda una metáfora de eufemismos que Ferguson
emplea tangencialmente para diluir la nocividad letal de las "cuentas
invisibles" (off-balance-sheet) de las trasnacionales, que gracias a la
desregulación de los paraísos fiscales (off-shore) evaden los
impuestos y blan-quean sus crapulosas contabilidades.
REPITE LO ABURRIDAMENTE consabido sobre la vulnerabilidad financiera de EU
(déficit y deuda) y se prolonga demasiado en un dato que también ha expuesto en
forma brillante Ibrahim Warde ("El destino del dólar se juega en Pekín", Le
Monde Diplomatique, marzo, 2005): a diferencia del globalizador del siglo
XIX, Gran Bretaña, que había sido acreedor y exportador de capitales, el
globalizador moderno, EU, "juega un papel diametralmente opuesto: el de mayor
deudor que absorbe alrededor de tres cuartas partes de los ahorros del mundo".
LA PARTE FINANCIERA es la mejor del escrito de Ferguson, quien tampoco dice
nada novedoso y se queda muy lejos del diagnóstico anatómico-patológico,
obligatorio para conocer las causales de su defunción, del andamiaje financiero
de la globalización que acabó cavando su propia tumba por sus excesos
especulativos y cuyos estertores empezaron a ser audibles desde 1998, cuando la
firma estadunidense de "fondos de cobertura de riesgo" LTCM presentó su quiebra
y puso de cabeza al sistema monetario internacional, como expusimos en el "Lado
oscuro de la globalización".
AMEN QUE LAS DOS globalizaciones no son similares -la del siglo XIX fue
industrial, estimulante del empleo (la producción a gran escala) y permisiva de
los flujos migratorios, mientras la actual es criminalmente financierista,
abusivamente computacional (por su asombrosa "conectividad" instantánea, que con
el teclazo de una computadora mueve capitales que arrodillan a los países
dependientes) y lesivamente antilaboral y antimigratoria-, el neoliberal
Ferguson parece no haber leído al genial historiador británico Eric Hobsbawm y
su visión inigualable de todo el siglo XIX (La era de la revolución
1789-1848; La era del capital 1848-1875 y La era del imperio
1875-1914). Para Ferguson la globalización decimonónica inicia cuando
Hobsbawm demuestra que ya había empezado su declive inexorable: "deberían ser
discernibles la tranquila, pero expansionista década de 1850, la más turbulenta
de 1860 (fecha en que se acuña el término "capitalismo") y el auge y la
depresión de principios de la de 1870". Según él, el "hundimiento de la
globalización" fue producto de la Primera Guerra Mundial, mientras para Hosbawm
la crisis financiera de 27 años de duración del modelo globalizador antecede por
41 años a la Primera Guerra Mundial. No es lo mismo.
EL TRIUNFO DEL "CAPITALISMO" decimonónico fue "breve e inestable", a juicio
de Hobsbawm, porque "se demostró que no era monolítico, sino que estaba lleno de
fisuras". Lo que parecía "irresistible" hacia finales de la década de 1870 ya no
se le consideraba así. Este historiador elige la fecha de 1873 (quiebra de la
bolsa de Viena que arrastró a las otras plazas) como "el equivalente victoriano
del colapso de Wall Street de 1929". Ferguson se equivoca por 41 años (¡nada
más!), lo que desmonta de tajo su frágil teoría sobre las causales del fin de la
globalización decimonónica. Según Hobsbawm, en 1873 "comenzó el más curioso, y
en muchos sentidos sin precedentes, desconcierto y depresión de los negocios, el
comercio y la industria" que los "contemporáneos llamaron a este estado la
Gran Depresión y habitualmente se le da la fecha 1873-1896".
LA CORRELACION CRONOLOGICA entre la Primera Guerra Mundial y el fin de la
globalización sentenciada por Ferguson es muy endeble. Al contrario, se asienta
la ciclicidad de la globalización decimonónica que tuvo un auge de 25 años y una
depresión consecutiva de 23 años, dos décadas antes de la Primera Guerra
Mundial. La misma ciclicidad es aplicable a la globalización financiera del
siglo XX, que duró solamente ocho años: desde la desintegración de la URSS, en
1991, hasta la quiebra de la correduría especulativa LTCM en 1998, que seis años
más tarde manifiesta su metástasis inequívoca.
SI EL "MEDIO ES el mensaje", como profirió Marshall McLuhan, lo interesante
proviene del aviso de alerta que a los cuatro vientos lanza Niall Ferguson desde
sus púlpitos universitarios de primer nivel (Harvard, Stanford y Oxford, y el
fascistoide Hoover Institution) y en las páginas del influyente Foreign
Affairs para prevenir a los "inversionistas que fueron tomados desprevenidos
cuando llegó la Primera Guerra Mundial".