| Página12
de Argentina - 6 de abril de 2005
Un poco
de silencio
Rossana
Rossanda *
Ojalá
la tierra sea para él más ligera de lo que fueron los medios.
Juan Pablo II se apagó después de días de padecimiento,
mientras Italia se sumergía en un mar de palabras, imágenes
robadas, indiscreciones. Un voyeurismo indecente. La última fotografía
de su rostro, desfigurado en el inútil intento de hablar a la multitud,
se exhibió en las primeras páginas. Estaba quien lo anunciaba
muerto, quien lo oía hablar en italiano y en alemán, quien
lo consideraba en vigilia y quien en coma. Si hubiesen podido tener las
cámaras a medio metro de su lecho y captar el audio del último
suspiro, lo habrían hecho. Los obispos habituales de la TV no estaban
rezando de rodillas, estaban en los estudios de la RAI o de Mediaset, invitando
a que otros rezaran. En un crescendo alimentado por los habituales conductores
fuimos informados de que lloraban y rezaban todos los católicos,
casi todos las iglesias cristianas, todos los judíos, todos los
musulmanes; faltaron sólo los sentimientos de los budistas. El presidente
de la República, de la cual yo también soy ciudadana, participó
en las misas e hizo declaraciones, que no me representan, impensables en
otro tiempo para un Estado laico.
No sé si este espectáculo
fue deseado por él o si fue fruto de la curia y de los personajes
que lo circundaban. Sin duda Karol Wojtyla aceptó y buscó
a los medios –para introducir a la Iglesia en el tercer milenio, dicen
los vaticanistas– y finalmente fue víctima de su exceso, que nadie
puede ignorar. Así desaparecieron de las primeras páginas
y de los noticieros todas las otras noticias, a menos que tuvieran relación
con la Fórmula 1. Y quizás esta masificación de una
religión fácil ha guiado a buena parte de los que desde el
sábado llenaron la Plaza San Pedro para poder decir, como el abuelo
en el tiempo de las batallas, “yo también estuve ahí” al
apagarse las luces de las dos famosas ventanas.
¿Cómo reprochárselo?
No es esto lo que incomoda a quien, no siendo creyente, considera el cristianismo
como un gran evento de la humanidad. Es el uso que se está haciendo.
¿Por qué hablar de Via Crucis para un anciano que estaba
muriendo de pesadas enfermedades, como les sucede a otros millones en el
mundo, pero sin haber llegado a su edad y sin los tratamientos que se le
prodigaron a él? ¿De martirio? El hebreo de Nazareth, convencido
de ser hijo de Dios, aceptó ser flagelado y morir en un horrendo
suplicio, en soledad, como el último de los esclavos, para salvar
el mundo. Karol Wojtyla, desde que fue electo Papa, no se sintió
más un hombre sino la voz de Cristo, hasta llegar a hablar de sí
mismo en tercera persona.
Pero era un hombre y resulta muy
doloroso este intento de proponerse como símbolo de una vía
de salida para una humanidad que no sólo está secularizada
sino que declara cada día estar privada de ideales y de ideas. Se
lo consumió como una estrella de rock cuando se lo debió
haber protegido. Morir es un duro trabajo, más aún para una
fibra como la suya, que desafiaba la montaña y la nieve.
A su funeral vendrán los
grandes del mundo que ni siquiera soñaron con escucharlo cuando
hablaba a favor de la paz y contra la riqueza. Fue la única autoridad
moral para quien no dedicó atención a una ética terrena.
Ahora viene el tiempo de una reflexión sobre el papado de Juan Pablo
II. Entonces se podrá medir su aporte teológico, tal vez
no tan relevante, su enseñanza ética, tal vez no tan innovadora,
su peso político multiplicado por el hundimiento del comunismo,
su rol no exento de sombras sobre la comunidad eclesiástica. Hay
un día para vivir y un día para morir, dice el Antiguo Testamento.
Que al menos éste sea dedicado al silencio.
* Intelectual y escritora italiana,
fundadora del diario Il Manifesto. De Il Manifesto. Especial para Página/12. |