| El
Periódico de Catalunya - 5 de abril de 2005
Necrofilia
televisiva
• La exhaustiva cobertura de la
muerte del Papa por TVE no tiene parangón en la democracia
Román
Gubern
Escritor
La Iglesia católica se ha caracterizado
siempre por su afición al espectáculo y al boato, a la
extraversión litúrgica y a la plástica barroca, en oposición a
la austeridad de la cultura protestante, basada en la
interioridad del diálogo del creyente con Dios sin
intermediarios. En la era de la televisión, la Iglesia
católica ha potenciado su vocación escénica y Juan Pablo
II, que se había formado en su juventud en el mundo del
teatro, lo demostró con creces en sus actos públicos.
Introdujo en sus viajes el gesto espectacular y teatral de
lanzarse desde la escalerilla del avión para besar el suelo
del país que le recibía, una práctica que por cierto ocasionó
fricciones con la diplomacia española cuando se empeñó en
besar el suelo del aeropuerto de Bilbao, lo que venía a
reconocer implícitamente su condición de país
independiente. Las cámaras de los fotógrafos y de las
televisiones se recrearon en aquel ritual tan aparatoso, que
duró lo que la salud del Pontífice le permitió. Y cuando
revisamos las imágenes del atentado que sufrió por obra de
Alí Agca, captado en directo por las cámaras, tenemos
la impresión de asistir a una escena arrancada de una película
de intriga de Hollywood. En efecto, Juan Pablo II ha
sido el papa más mediático de la historia, en parte también
porque su pontificado ha coincidido con la era de la explosión
mediática y de la TV global.
AGONÍA TELEVISIVA Esta
vocación mediática y televisiva la ha arrastrado Juan Pablo
II hasta su agonía, intentando inútilmente articular sus
bendiciones ante la plaza de San Pedro y ante los ojos de sus
atentos teleobjetivos, dando como resultado unas muecas
dolorosas que sólo podían complacer a los mirones sádicos. Y,
como era previsible, el protagonismo televisivo ha perdurado
una vez traspasado el umbral de la muerte, con su cadáver
expuesto con boato en la sala Clementina del Palacio
Apostólico. Ha supuesto el fastuoso broche necrómano de su
protagonismo mediático mantenido a golpe de efecto durante
casi tres décadas y que han incorporado a su augusta figura al
star system electrónico de nuestra mediasfera. La
exhaustiva cobertura de la muerte del pontífice romano
resultaría inimaginable en el caso de la desaparición de otros
líderes religiosos no menos respetables, como el Dalai-lama,
por ejemplo. ¿Supone este exagerado interés mediático que
seguimos anclados en una hegemonía religiosa eurocéntrica? En
el caso de TVE, televisión pública nacional de un Estado
aconfesional, la cobertura de 24 horas de la primera cadena
sólo puede explicarse por el deseo del poder gubernamental de
congraciarse con el poder eclesiástico católico, en un momento
de horas bajas en las relaciones entre ambos. Pues no puede
afirmarse que la programación tuviese especial interés
informativo, con sus imágenes monótonas, reiterativas y
estáticas de postales vaticanas, acompañadas de comentarios
encomiásticos, que no debates, de unos tertulianos católicos,
apostólicos y romanos, sin fisuras en su culto a la
personalidad del Pontífice. La pregunta que surge
inmediatamente es: ¿Se han respetado con esta prolongadísima
emisión monográfica --sin parangón en la historia televisiva
de nuestra democracia-- los derechos constitucionales de los
acatólicos de este país? En el conjunto de loas
electrónicas ante el cadáver mayestático del Pontífice,
algunas pertinentes, se han subrayado sus virtudes pastorales,
teológicas y políticas. Otras características de su
pontificado han quedado en sordina, como el hecho de que entre
el sida y el preservativo haya optado por el primero. O como
las afirmaciones contenidas en su último y reciente libro, que
descalifican a la Ilustración y piden un retorno a la doctrina
de santo Tomás de Aquino, es decir, a la filosofía
escolástica del siglo XIII. De modo que su pontificado con
claroscuros se ha convertido en un reinado
deslumbrante. |