| Página12
de Argentina - 3 de abril de 2005
Cómo
fueron los últimos días
del Juan
Pablo II en el Vaticano
Crónica
íntima de un telón anunciado
Las escenas en el departamento
papal recordaban las registradas en cuadros de la colección vaticana.
Su último mensaje y cómo funcionó el aceitado gabinete
íntimo que fue variando sus declaraciones.
Stephen
Khan *
En una enorme cama Juan Pablo II luchaba
por su último acto. Era una escena que podría haber salido
directamente de las galerías de arte del Museo del Vaticano. Al
lado del Pontífice, dos monjas arreglaban las sábanas sabiendo
que restaba poco tiempo. Cerca de la cama estaban sentados, en sillones
de madera, otra monja y el hombre conocido en Roma como el “guardián
del portón”: el arzobispo Stanislaw Dziwisz. Es un hombre acostumbrado
a insistir que “Il Papa sta bene” –el Papa está bien–. Dziwisz y
un puñado de otros asesores estuvieron en el corazón de la
legendaria maquinaria del Vaticano que en las últimas semanas ha
estado abrumado de trabajo y muchas veces parecía contradecirse.
Sin embargo, este fin de semana no se hizo ninguna declaración sobre
su buena salud.
El viernes por la noche, el arzobispo
y otros cuatro que habían dedicado su vida al Papa lo acompañaban
mientras él se estaba yendo. De repente el Pontífice, casi
sin poder hablar, indicó que necesitaba al arzobispo. Dziwisz caminó
hacia la cama. Allí el Papa, que hacía lo imposible por mantenerse
consciente, miró hacia el hombre que unas 24 horas antes le había
administrado los últimos ritos por tercera vez. El arzobispo supo
que la oscuridad estaba cayendo. El papa Juan Pablo II miró hacia
arriba, casi sin poder hablar, y juntos prepararon su último mensaje
personal a los 1,1 mil millones de católicos del mundo. El Pontífice
intentó explicarse y el arzobispo Dziwisz tomó nota: “Estoy
contento y ustedes también deberían estarlo. Recemos juntos
con alegría”. El médico personal del Papa, Renato Buzzonetti,
y su equipo no estaban en la habitación en ese momento. Un ventilador
electrónico, equipos de succión y tubos para respirar eran
lo único que evidenciaban que esta partida ocurría en el
siglo XXI.
El vocero del Vaticano, Joaquín
Navarro Valls, lloró al revelar que el Papa había solicitado
quedarse en su departamento después de ser “informado de la gravedad
de su situación”. No retornaría al hospital donde le practicaron
una cirugía a principios de año. Un grupo de altos cardenales
llegaron a las habitaciones papales para rendir sus honores. El cardenal
Szoka, gobernador de la Ciudad del Vaticano, dijo que ayer visitó
al Papa mientras le estaban dando oxígeno. “Me vio y me reconoció”,
dijo el cardenal. “Lo bendije y, mientras lo hacía, él intentó
persignarse. Estaba lúcido, perfectamente consciente, pero tenía
muchas dificultades para respirar.” El cardenal Mario Francesco Pompedda,
un funcionario del Vaticano, dijo que el Papa abrió sus ojos y sonrió
cuando entró a la habitación. “Me reconoció. Fue una
sonrisa maravillosa, una sonrisa paternal”, dijo. “Quería decirme
algo, pero no pudo. Me impresionó su expresión de serenidad.”
Una aceptación de lo inevitable
parecía haber invadido al Vaticano. Finalmente, se tomó conciencia
de la gravedad de la situación y se lo transmitió a los seguidores
reunidos en la plaza San Pedro y alrededor del mundo. No siempre fue así.
El mes pasado, el Papa tuvo que someterse a una cirugía para facilitar
su respiración y días después de que le insertaran
un tubo, el Vaticano declaró que su recuperación estaba procediendo
mejor de lo que esperaban los médicos y que pronto podría
volver a usar su voz. Al mismo tiempo, sin embargo, fuentes médicas
advertían de la gravedad de su condición y decían
que tendría que seguir internado por lo menos dos meses más.
El Papa, de 84 años, sufría
de Parkinson y fue hospitalizado dos veces este año por problemas
respiratorios. Sin embargo, altos prelados del Vaticano sugirieron que
Juan Pablo II se recuperaba bien. El optimismo del Vaticano sobre el estado
de salud papal es tradicional. También parece haber sido una suerte
de defensa contra los rumores de que podría romper con la tradición
y abdicar a causa del rápido deterioro en su salud. Una aparente
brecha entre la elite papal se abrió después de que el cardenal
Angelo Sodano, secretario de Estado del Vaticano, dio a entender que tal
vez hubiera llegado la hora para que el papa Juan Pablo II dejara su función
mientras estaba vivo. El Papa ya había dicho que la abdicación
no era una opción.
Sin embargo, la esperanza que mostraba
el Vaticano a principios de febrero fue solamente el primero de una serie
de mensajes aparentemente contradictorios que continuaron hasta la semana
pasada. Hacia finales de febrero, el Vaticano proclamó que la salud
del Juan Pablo II “seguía siendo buena”; que estaba comiendo regularmente
y que había comenzado con los ejercicios de rehabilitación
para respirar y hablar después de la operación en su garganta.
El Papa hizo una breve aparición desde la ventana del hospital –persignándose
y saludando a los fieles–: la primera vez que fue visto en público
desde su internación.
Pero para el 24 de marzo, su condición
parecía haberse deteriorado significativamente y el cardenal Giovanni
Battista Re, en reemplazo del Pontífice en una ceremonia religiosa,
despertó especulaciones en torno al inminente fallecimiento del
líder de la Iglesia Católica. El alto cardenal del Vaticano
declaró que Juan Pablo II estaba “abandonándose serenamente”
a la voluntad de Dios. Pero 24 horas después, el viernes santo,
en un intento por despejar las dudas en torno de que el deterioro mental
del Pontífice podría impulsar el comienzo de la sucesión
mientras seguía vivo, el cardenal Ratzinger dijo que el Papa había
estado lúcido durante el fin de semana. “El Papa está absolutamente
lúcido”, insistió Ratzinger el 25 de marzo. “Su mente está
viva y tiene un sentido de juicio que tal vez es más fuerte –la
capacidad de elegir lo esencial y para gobernar–, mientras sufre, mediante
pocas pero esenciales decisiones.” Sin embargo, el deterioro era evidente
el domingo de Pascua cuando el Papa apareció brevemente frente a
su ventana para bendecir a los fieles. Fue la primera vez en su pontificado
de 26 años que el Papa delegó las ceremonias de Pascua en
sus cardenales.
El día siguiente pasó
por alto el tradicional rezo pospascual por primera vez en su papado. El
martes, el Vaticano solamente decía: “El Santo Padre continúa
su lenta y progresiva convalecencia. El Papa pasa muchas horas en su sillón.
Celebra misa en su capilla privada y está en contacto con sus asesores,
siguiendo las actividades de la Santa Sede y la Iglesia”. Hace dos días,
el Vaticano, una vez más, daba a entender que la situación
se estaba tornado crítica. “Las condiciones generales y las condiciones
cardiorrespiratorias del Santo Padre han empeorado.” Por lo menos un medio
italiano informó que el Pontífice había muerto, diciendo
que su electrocardiograma estaba plano. La información fue descartada
rápidamente. Navarro Valls, que también es médico,
dijo que “una septicemia había provocado un colapso cardiocirculatorio”,
y que el Papa seguía consciente y sereno”. Comenzaba el final.
* De The Independent de Gran Bretaña.
Especial para Página/12.
Traducción: Ximena Federman. |