| Página12
de Argentina - 3 de abril de 2005
Lo que queda
del Papa
Un legado
conservador
que
será duro revertir
Washington
Uranga
Juan Pablo
II gobernó a la Iglesia Católica por más de un cuarto
de siglo, hecho que lo sitúa en un lugar de enorme trascendencia
no sólo para la Iglesia Católica y para el universo religioso
en el mundo, sino también para el conjunto de la humanidad. Sus
posturas, sus definiciones y sus acciones marcaron el último tramo
del siglo anterior y el comienzo de éste. Entre otras razones porque
este Papa –viajero y mediático como ningún otro– se trasladó
por todo el orbe, emitió cientos de documentos, hizo miles de declaraciones
y llegó a saturar las pantallas de la televisión globalizada.
En ese contexto, Juan Pablo II orientó sus acciones de manera particular
a buscar una presencia más activa y significativa de la Iglesia
Católica en la sociedad, participando de los debates y de los temas
políticos, sociales y culturales, para lo cual, y simultáneamente,
buscó consolidar y homogeneizar el frente interno, restaurando la
disciplina eclesiástica después de los cambios, las aperturas
y los movimientos producidos por la gran corriente renovadora impulsada
por Juan XXIII (Angelo Roncalli, italiano, 1958-63), Pablo VI (Giovanni
Montini, italiano, 1963-78) y el Concilio Vaticano II (convocado en 1959
y realizado entre 1962 y 1965).
Un dato insoslayable del pontificado
de Juan Pablo II es su popularidad y el reconocimiento casi unánime
de su figura, ayudado por sus constantes viajes, por la globalización
de las imágenes televisivas, y por el entusiasmo y la expectativa
que su personalidad carismática despertó en grandes sectores
de la población del mundo, en particular entre los jóvenes,
en el Norte y en el Sur, en el Este y en el Oeste. En este sentido el Vaticano
también se dio una política de comunicación que alimentó
y construyó la imagen mediática del Papa. Hombre de profunda
espiritualidad, Karol Wojtyla fue forjando su experiencia religiosa en
el marco de su Polonia natal, viviendo el catolicismo como un espacio de
identidad y, al mismo tiempo, de resistencia y de lucha contra el comunismo.
Esta misma visión es la que proyectó desde Roma en 1978,
una vez que fue electo para conducir los destinos de la Iglesia Católica.
Su primer viaje y su primer encuentro con un grupo de obispos fue a América
latina en enero-febrero de 1979. Asistió en Puebla (México)
a la III Conferencia Episcopal del Episcopado Latinoamericano. Allí,
más de 200 obispos latinoamericanos debatían posiciones en
el marco de una Iglesia que se había volcado en favor de los pobres
y de la teología de la liberación. Un grupo de obispos, apoyados
por el propio Vaticano, comenzó entonces a marcar la posición
de Juan Pablo II: solidaridad ética con los pobres sí, pero
con un catolicismo alejado de la militancia política antisistema.
Algunos bautizaron ese posición como capitalismo con rostro humano.
En lo eclesial: restauración del poder romano y episcopal y límite
a todos los “excesos” que había generado el Vaticano II.
Estos grandes lineamientos esbozados
entonces por Juan Pablo II se prolongaron con matices a lo largo de todo
su pontificado. Criticó con dureza el neoliberalismo (en particular
en su documento Centesimmus annus, 1991), pero no dejó de combatir
nunca al comunismo. Colaboró de manera clara y directa con el sindicato
polaco Solidaridad, liderado por su amigo Lech Walesa, y fue un actor protagónico
en la caída del socialismo histórico.
La doctrina social generada por
Juan Pablo II es abundante y en todos los casos se puede encontrar una
firme defensa ética de la equidad y solidaridad con los pobres.
Su magisterio intentó mantener el equilibrio entre la crítica
al comunismo y al neoliberalismo, llegó a hablar del “capitalismo
social de mercado” y su llamado a “globalizar la solidaridad” se convirtió
para muchos obispos y católicos en un eslogan repetido infinidad
de veces. Esta postura se situó sin embargo muy lejos de latesitura
de la “teología de la liberación” nacida en América
latina a partir de teólogos como el brasileño Leonardo Boff
o el peruano Gustavo Gutiérrez, que fueron duramente criticados
y desautorizados –especialmente el primero– por los hombres más
cercanos al Papa, en particular por el cardenal alemán Josef Ratzinger,
prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo
Oficio). A Boff se lo obligó al silencio, se le prohibió
enseñar y publicar tanto por sus afirmaciones sobre la acción
social de los cristianos como por sus opiniones críticas sobre los
obispos y el poder romano. Finalmente decidió abandonar su condición
de sacerdote franciscano. Ya en 1996, en su viaje a Nicaragua, Juan Pablo
II proclamó el “fin de la teología de la liberación”
entendiendo que estaba ligada al marxismo y que “el marxismo ha muerto”.
Los críticos de Juan Pablo
II mencionan que los documentos de Karol Wojtyla se refieren por lo general
a las consecuencias negativas del neoliberalismo, pero no condenan las
causas profundas del sistema. Debe decirse también que buscó
ponerles límite a las posiciones más conservadoras y que
en 1988, después de muchos intentos de conciliación, excomulgó
al obispo ultraconservador e integrista francés Marcel Lefevbre.
Para Juan Pablo II, la Iglesia estaba llamada a ejercer la mediación
de los conflictos, porque la institución se sitúa claramente
en el espacio de los valores espirituales y morales, por encima de las
contingencias de la política y a salvo de las “contaminaciones”
que da lo estrictamente terrenal. Por eso impulsó decididamente
acciones de mediación en todo el mundo (como en el diferendo entre
Argentina-Chile en 1982), aunque en algunos casos (como en la última
invasión a Irak) no tuvo mayor eco de las partes. En esa misma línea,
Juan Pablo II se proclamó un permanente defensor de la paz, sin
profundizar tanto en las condiciones que se necesitan para garantizarla,
algo que sí había hecho y en lo que había insistido
su predecesor Pablo VI, al subrayar que “la paz es fruto de la justicia”.
El apoyo que Juan Pablo II le dio
al Opus Dei se inscribe en la similitud de miradas que Karol Wojtyla tuvo
con ese movimiento que, desde una visión conservadora, propugna
una sociedad de hegemonía cristiana basada en principios de ética
y moral católica, que incluye rígidas normas morales y valores
sociales que aseguren condiciones de vida digna para todos, pero sobre
la base del reconocimiento de las diferencias de clase como algo naturalmente
dado y establecido. Con Juan Pablo II, el Opus Dei ganó poder y
presencia. En 1982 el Papa le reconoció al Opus el status de “prelatura
personal” (una suerte de jurisdicción no territorial que cobija
a todos sus miembros en el mundo, con un obispo propio que responde sólo
al Pontífice). De allí en adelante, y a pesar del malestar
que ello causó en muchos obispos y laicos, la influencia del Opus
Dei en la estructura de la Iglesia Católica y en el Vaticano fue
creciendo de más en más. Hoy ya existen dos cardenales que
son miembros de esa sociedad religiosa y quien fue vocero de Juan Pablo
II, el laico español Joaquín Navarro Valls, es “supernumerario”
del Opus. José María Escrivá de Balaguer, el sacerdote
español que fundó “la Obra” y cercano colaborador del dictador
Francisco Franco, fue canonizado en tiempo record en el 2002, apenas 27
años después de su muerte. Ese proceso de canonización
despertó no sólo sospechas de que fue “acelerado” en Roma
por importantes aportes económicos del Opus al Vaticano, sino que
abrió un nuevo frente de debate en la Iglesia.
Mientras el Opus Dei y los llamados
“nuevos movimientos eclesiales” que manifestaron su adhesión incondicional
a Juan Pablo II recibieron el beneplácito del Papa, no ocurrió
lo mismo con las comunidades eclesiales de base (CEB), una nueva forma
de pensar y vivir la Iglesia más desvinculada de las estructuras
eclesiásticas, más libre en sus expresiones y cercana a la
teología de la liberación que surgió en América
latina. Junto con la censura a este modo teológico, vino también
larepresión a las CEB, las restricciones a la renovación
litúrgica y la lucha contra el secularismo, entendido como un mal
para toda la sociedad.
El Concilio Vaticano II, esa gran
asamblea eclesial promovida por Juan XXIII y Pablo VI, había abierto
las puertas del catolicismo a una mayor diversidad eclesiológica,
es decir, en la concepción de la institucionalidad católica
y en su modo de presencia en la sociedad. Esa misma libertad generó
crisis institucional (deserciones de sacerdotes y religiosas, presuntas
indisciplinas, diferencias evidentes de opiniones) que Juan Pablo II decidió
corregir exigiendo el alineamiento interno, restringiendo la autonomía
de las iglesias nacionales y locales y cambiando la orientación
en el nombramiento de los obispos, para construir un episcopado más
afín a sus posiciones.
Si bien hay que contabilizar a su
favor los gestos de relaciones con otras religiones (como los encuentros
interreligiosos de Asís en 1986 y 2002), muchos de los líderes
de las otras religiones no dejan de señalar la pretensión
hegemónica de Karol Wojtyla. Son especialmente los cristianos no
católicos, reunidos en el Consejo Mundial de Iglesias (CMI) con
sede en Ginebra, quienes marcan esta dificultad. Recuerdan, por ejemplo,
que Pablo VI había reconocido que la condición de “primado”
que el catolicismo le otorga al Papa se había convertido más
que en una referencia de comunión, como se sostiene desde la Iglesia
Católica, en un obstáculo para la unidad de los cristianos.
Lejos de ese reconocimiento, Juan Pablo II reforzó la idea de primacía
del Papa y del poder episcopal.
No faltaron tampoco los escándalos
durante el gobierno eclesiástico de Juan Pablo II. Uno de los más
importantes estuvo relacionado con los fraudes del Banco Ambrosiano, directamente
vinculado con el IOR (el banco oficial del Vaticano), comandado por el
arzobispo norteamericano Paul Marcinkus. La investigación por este
caso reveló conexiones con la Logia P2 y con el banquero Roberto
Calvi, que tiempo después apareció ahorcado en un puente
de Londres. Más recientemente, uno de los mayores escándalos
a los que tuvo que hacer frente Juan Pablo II estuvo relacionado con las
acusaciones de pedofilia en contra de sacerdotes y obispos católicos,
especialmente norteamericanos.
Independientemente de quien sea
electo como nuevo Papa y de los atributos que tenga, es evidente que las
huellas del pontificado del primer Papa polaco en la vida de la Iglesia
Católica quedarán marcadas por mucho tiempo en la historia
del catolicismo y de la humanidad. Una de esas marcas son los debates clausurados
y que, aun con la renovación que se pueda dar en San Pedro, serán
difíciles de revertir en poco tiempo. Sólo para mencionar
algunos: la doctrina católica sobre familia, sexualidad, aborto
y género; el celibato sacerdotal y el sacerdocio de la mujer; la
autoridad, la colegialidad y la estructura de poder en la Iglesia. |