| Página12
de Argentina - 3 de abril de 2005
El Papa
que ganó la guerra fría
Claudio
Uriarte
“¿Cuántas
divisiones tiene el Papa?”
Josef Stalin
Por el carácter
visceral de su anticomunismo, uno se sentiría tentado a compararlo
a Pio XII, el Papa que silenciosamente dio el visto bueno a las atrocidades
de los nazis y de los fascistas en el entendimiento de que representaban
la barrera de choque de la Cristiandad contra la Rusia de Stalin. Pero
a Pio XII, después de la Segunda Guerra Mundial, le tocó
presidir en medio del ascenso de esa Rusia dentro de lo que sería
la formidable potencia militar de la Unión Soviética, mientras
que Karol Wojtyla, el primer papa en salir de una Polonia católica
convertida en semicolonia soviética, fue quien inició, en
estrecha alianza con los cuadros sindicales liderados por el electricista
portuario Lech Walesa, el desmoronamiento de ese imperio. En ese sentido,
su paralelo histórico más correcto no es con Pio XII –a quien,
no obstante, quiso canonizar– sino con su gran colaborador contemporáneo,
el presidente norteamericano Ronald Reagan, muerto –en poética simetría–
el año pasado.
Fue, en cierto modo, un espectacular
movimiento de pinzas, por el que la potencia espiritual de mayor ascendencia
en la zona del mundo bajo dominio más estricto del imperio soviético
–la Europa Oriental– y la mayor potencia económica y militar del
mundo se unieron para atacar a ese imperio con dos profundos arietes: la
Iglesia Católica, con una nueva militancia destinada a espolear
una religiosidad ascendente en medio de la esterilidad del ateísmo
oficial, y Estados Unidos, con un gasto sin precedentes en armamentos ofensivos.
Esta doble política tenía dos objetivos: 1) obligar a limitar
toda nueva excursión del “imperio del Mal” fuera de sus fronteras;
y 2) doblegarlo por medios económicos, hacerlo boquear en su prosecución
de unas Fuerzas Armadas y de una industria pesada del viejo estilo que
estaban claramente en desventajosa asimetría respecto a las altas
tecnologías militares y las economías de escala del capitalismo
post-keynesiano. Así, mientras las huelgas y las misas se multiplicaban
a la luz de las velas en la gris y contaminada Polonia de la industrialización
forzada, los planes quinquenales y la agricultura destruida, simuladores
de rayos láser y estaciones de alerta electrónica temprana
se aprestaban en el Pentágono para cerrar los cielos norteamericanos
a los misiles soviéticos y posibilitar así un primer golpe
devastador a la amenaza que se presumía desde el Este. Si se quisiera
una representación cinematográfica, fue como una mezcla de
La Pasión de Cristo con La Guerra de las Galaxias.
Y fue Polonia, primero con el golpe
de Estado del general Wojciech Jaruzelski en 1981 y luego con la elección
negociada del primer gobierno no comunista de la historia medio lustro
después, la pieza que puso en marcha el desmoronamiento de la fortaleza
entera del Pacto de Varsovia y luego de la propia Unión Soviética.
Aparte de su penuria económica, el viejo mundo comunista padecía
de penuria espiritual. Y no sólo a nivel popular, sino en el de
la misma nomenklatura. Los jerarcas ya no creían en lo que hacían;
habían perdido la confianza en sí mismos. Cuando Mijail Gorbachov
subió al poder en 1985, ese agotamiento de la fibra moral del antiguo
comunismo ya se había completado. Desde ese momento, el temido bloque
del Este del pasado pasó a asemejarse más bien a una casamata
devorada desde adentro y desde sus cimientos por las termitas, a la espera
del mínimo golpe de viento para desplomarse y deshacerse en polvo.
Ese golpe no tardó en llegar,
con el redoble de las fugas de ciudadanos de Alemania Oriental en 1989.
Erich Honecker claramente necesitaba de tanques soviéticos para
impedir el derrumbe del Muro de Berlín y de su gobierno, pero Gorbachov
no estuvo dispuesto a dárselos. La consecuencia fue no sólo
su caída y la de su régimen sino la de todo el resto de Europa
Oriental, que a su vez abrió el camino para la implosión
de la URSS en 1991. Pero este triunfo de la cruzada anticomunista redentora
de Wojtyla no demoraría en generar dialécticamente su opuesto,
con el abrupto y dramático paso del Papa a las trincheras de los
enemigos del capitalismo. “El comunismo tenía semillas de verdad”,
proclamó asombrosamente en su encíclica Centessimus Annus,
el mismo año en que se derrumbó la URSS. En el fondo, su
conversión no era tan asombrosa, ni tampoco era una conversión.
Como católico, Juan Pablo II había identificado al comunismo
ateo, y supresor sistemático de las libertades religiosas, como
el enemigo principal, pero el triunfo del capitalismo no venía acompañado
por un renacer de la devoción y de la cristiandad sino por todo
lo contrario: la entronización del materialismo del dinero, de la
busca de la satisfacción instantánea, de un paradójico
reino gnóstico del “haz lo que quieras, que ésa será
ley general”. Y con todo ello, del aborto, la pornografía, la libertad
sexual, las drogas y el SIDA.
En el fondo, el triunfo del capitalismo
globalizado terminó resultando en la constitución de un enemigo
mucho más formidable que el comunismo. Bajo el comunismo, los cristianos
podían reunirse secretamente a rezar en su versión moderna
de las catacumbas, pero el capitalismo barrió con todo eso sembrando
el planeta de luces, consumismo e indiferencia moral. Por eso Karol Wojtyla
pasó sus últimos años como un pontífice cada
vez más fuera de época, obstinado en políticas cada
vez más retrógradas –como la censura al uso de los preservativos–,
enclaustrado entre una vida que ya no podía comprender y una muerte
política y espiritual que hace mucho que ya había llegado
a él.
En ese sentido, su heredero más
vigente no será quien lo suceda en el trono de Pedro sino quien
representa su combinación más parecida entre ejercicio del
poder y vocación de cruzado: el presidente norteamericano George
W. Bush. Y no porque Bush esté muerto política ni espiritualmente
–y menos aún por Medio Oriente, que los encontró en veredas
irremediablemente opuestas–, sino porque es quien puede traer al nuevo
milenio algo del credo del hombre que fue el compañero de ruta anticomunista
del mayor referente de W. antes de que la guerra volviera a ser caliente. |