| Página12
de Argentina - 4 de abril de 2005
Cómo
son los desafíos que el sucesor de Juan Pablo II deberá afrontar
para el catolicismo del siglo XXI
La Iglesia
que existe
y la
Iglesia que se viene
“No se puede dar respuestas antiguas
a preguntas nuevas”, ha proclamado el cardenal brasileño Claudio
Hummes, arzobispo de San Pablo y uno de los candidatos a la sucesión
de Juan Pablo II. Y de eso precisamente se trata la sucesión, en
un mundo profundamente cambiado desde que Karol Wojtyla fuera entronizado
hace 26 años, con claves en lo político, lo social y la moral
sexual.
Washington
Uranga
Los procedimientos eclesiásticos
posteriores a la muerte del Papa, establecen que durante el período
de “sede vacante” que sigue inmediatamente al deceso del jefe de la Iglesia
Católica todos los cardenales, incluidos aquellos que tienen más
de ochenta años y que no estarán en el cónclave que
elegirá al sucesor de Juan Pablo II, se reunirán en Roma
para participar de los funerales del Pontífice fallecido y para
comenzar a fijar una agenda de los temas que deberá afrontar el
catolicismo en el período que se avecina. Este encuentro de los
cardenales tiene una importancia fundamental, porque si bien no se emiten
votos sí se discute sobre los desafíos, los interrogantes
y comienza a delinearse, en consecuencia, cuál debe ser el perfil
del próximo heredero del apóstol Pedro, aquel señalado
por Cristo para conducir los destinos de su Iglesia. Si bien la agenda
de los temas se ha venido configurando en los últimos años,
ahora se aceleran los diálogos, las propuestas y las discusiones.
No puede extrañar, entonces, que de forma inmediata el cardenal
brasileño Claudio Hummes, arzobispo de San Pablo y uno de los mencionados
en la lista de los candidatos a Papa, haya salido inmediatamente a señalar
que la Iglesia tiene que adaptarse al mundo moderno y que “no puede dar
respuestas antiguas a preguntas nuevas”.
La cuestión social
¿Cuáles son algunos
de los temas que estarán en la agenda de las reuniones de cardenales
durante los encuentros de la “sede vacante” y en el mismo cónclave?
En primerísimo lugar aparecen las cuestiones sociales. Existen amplias
corrientes en el catolicismo que apoyan un compromiso cada vez mayor de
la Iglesia con los pobres, a favor de la justicia y la equidad. Existe
en esto un discurso común, si bien prácticas sociales y eclesiásticas
diferentes. Hay quienes expresan su vocación “al servicio de los
pobres” y aseguran que la Iglesia debe ser portavoz y vocero de sus reclamos.
Generalmente estos grupos, vinculados a los sectores más conservadores,
parten de la base de que por la posición privilegiada que tiene
la Iglesia puede dialogar con los factores de poder y generar condiciones
para disminuir la opresión. De esta manera, se cierra el camino
a un discurso más claramente antisistema. Esta ha sido la postura
sostenida por Juan Pablo II en gran parte de su enseñanza social
llamando muchas veces a “humanizar” las relaciones económicas pero
sin criticar directa y claramente al capitalismo que es hegemónico
en el mundo actual. Con variantes, es la postura del Opus Dei hoy, alejado
ya de la defensa de las actitudes ultraconservadoras de otro tiempo.
Frente a esto, y atravesando una
gama de matices, están quienes sostienen, entre ellos algunos cardenales
del Tercer Mundo y varios de los europeos, que la Iglesia Católica
sólo recuperará su fuerza profética, si asume como
suyo el discurso de los más pobres pero dándoles a éstos
el papel protagónico que merecen. Hummes, para seguir con la cita
anterior, no sólo criticó la concentración de la riqueza
y del poder que se da a través de la globalización, sino
que señaló que “los pobres se volverán todavía
más pobres”. Entonces, dicen quienes sostienen esta postura, no
se trata de hablar por los pobres, sino de dejar hablar a los pobres, garantizar
que se expresen, que manifiesten sus demandas y ofrecerles, desde una perspectiva
cristiana y con todo el poder simbólico y real de la Iglesia, respaldo
a sus reivindicaciones de justicia y equidad. Esta postura no es agradable
para gran parte de los cardenales y en particular para el círculo
que rodeó a Juan Pablo II en el último tiempo, mucho más
acostumbrado a escuchar las razones de los personajes del poder que los
reclamos del pueblo sencillo. Pero más allá de los argumentos
que se manejan entre quienes conforman la cúpula eclesiástica
en todo el mundo, el tema de la relación del catolicismo con la
sociedad y con los pobres se plantea día a día en la cotidianidad
del quehacer eclesiástico, en todos los países y las latitudes,
en las parroquias y en las capillas. La pobreza y la desigualdad crecen
en el mundo y, como en tantos otros temas, en la Iglesia Católica
existe un divorcio entre el magisterio pontificio y universal y la práctica
de aquellos curas, monjas o misioneros que son la cara del catolicismo
en los barrios, en las periferias de las ciudades, en los tugurios y las
aldeas de todo el mundo. El compromiso de estos agentes con los más
pobres es siempre mucho mayor que el que reflejan las declaraciones de
las cúpulas. Eclesiológicamente el debate se da entre los
conservadores que entienden a la Iglesia como “sociedad perfecta”, mediadora
de las demandas de los pobres y en condiciones de entablar un diálogo
con otros poderes, y quienes creen en una iglesia “servidora” aliada con
los excluidos de la sociedad, aunque esto le traiga contradicciones con
el sistema dominante.
Sexo y moral
Siendo importante, éste no
es, sin embargo, el único tema. Hay un largo listado de cuestiones
que fueron prácticamente “clausuradas” en su discusión por
Juan Pablo II, quien llegó a utilizar toda su autoridad para evitar
que el debate continuara dentro de la propia Iglesia. La mayoría
de estos temas están vinculados con la moral sexual, la concepción
sobre la familia y otros asuntos como el desarrollo de la bioética
que abre nuevos desafíos para la humanidad en general, pero que
la Iglesia no puede desconocer. Es impensable que la Iglesia, cualquiera
sea el sucesor de Juan Pablo II, modifique su postura en contra del aborto.
Pero no son pocos, incluidos muchos cardenales, los que están convencidos
de que hay que introducir cambios en todo aquello que se refiere a las
normas morales sobre sexualidad, uso de preservativos, de las relaciones
sexuales por fuera del matrimonio y acerca de la doctrina que sostiene
la indisolubilidad del matrimonio católico. En todos estos asuntos
también la Iglesia Católica se ha ido apartando de manera
fundamental de las prácticas sociales y de la vida de la gente.
Y las diferencias de la institución católica en este terreno
se plantean fundamentalmente con los jóvenes, quienes se sienten
cada vez menos atraídos por la prédica católica en
la materia. Muchos dicen que si la Iglesia no modifica y adecua su mensaje
en este campo seguirá perdiendo el favor de la juventud.
La competencia por los fieles
A no pocos preocupa también
la pérdida de feligresía, especialmente en aquellos países
de “tradición católica”, algo que va unido además
a un modo muy liviano de entender la “pertenencia”. En otras palabras:
la Iglesia Católica perdió fieles y muchos de los que se
consideran parte de ella responden más bien a una adhesión
cultural o a una tradición, pero no participan de manera activa
en la vida de la comunidad católica y no consideran que deben seguir
en todos sus aspectos las tradiciones y las enseñanzas de la Iglesia
y de su jerarquía. En un reportaje publicado en Página/12
(16-08-2004), el venezolano Otto Maduro, sociólogo de la religión,
decía que en gran parte de América latina otras Iglesias
cristianas están ganando adeptos porque se acercan a la gente asumiendo
a las personas a partir de su propia realidad, sin condiciones previas,
sin imponer dogmas. Aunque puedan hacerse consideraciones de valor sobre
esta estrategia, los resultados están a la vista. Mientras el catolicismo
pierde fieles, más y más gente se suma a los grupos e iglesias
pentecostales, a las sectas y a nuevos movimientos religiosos. Esto también
porque no hay en la Iglesia una “actitud misionera”, es decir, de proselitismo
y de militancia en busca de nuevos adeptos. Esta fue una preocupación
de Juan Pablo II y él mismo se lanzó como peregrino por elmundo
a sumar fieles a la Iglesia, tratando de romper la inercia de la institución.
También es cierto que la actitud misionera y proselitista requiere
de una “novedad” en el anuncio que el catolicismo no ha tenido en el último
tiempo.
El lugar de la mujer
Lo anterior no está desligado
de los problemas que se viven en el seno de la misma Iglesia. Otro de los
debates clausurados por Juan Pablo II está relacionado con la presencia
de la mujer en la Iglesia y su igualdad con el varón. Desde una
mirada externa parece increíble que una institución como
la Iglesia se resista todavía a una igualdad ampliamente aceptada
en el mundo. Y no se trata solamente de cuestiones como el camino al sacerdocio
de la mujer dentro de una institución con una jerarquía reservada
exclusivamente para los varones, sino del acceso efectivo de las mujeres
a puestos de liderazgo, conducción y toma de decisiones. En este
sentido, el catolicismo está muy a la zaga de otras Iglesias cristianas.
Junto con esto se plantea la cuestión de los ministerios. Hay cada
día menos vocaciones sacerdotales y religiosas en la Iglesia. En
parte porque sigue vigente la norma del celibato obligatorio para los sacerdotes,
en parte porque las mujeres no pueden acceder al sacerdocio ministerial,
pero también porque como muchos reclaman no se impulsa de manera
decidida la creación de otros ministerios y servicios que bien podrían
desempeñar los laicos y laicas. Hay muchas funciones hoy reservadas
a los sacerdotes que bien podrían ser desempeñadas por los
laicos, incluida la función que hoy cumplen los párrocos
al frente de una comunidad, ciertas responsabilidades en la liturgia y
la administración de algunos sacramentos. Son asuntos a los que
se resisten los clérigos porque disminuiría sustancialmente
su poder en la institución eclesiástica.
Más allá de Roma
En los diálogos que se planteen
en Roma en la etapa previa a la elección del Papa no puede faltar
la cuestión del poder en la Iglesia y de la llamada colegialidad
episcopal. Después del Concilio Vaticano II (1962-65), el papa Pablo
VI (1963-78) fue un decidido impulsor de la descentralización e
internacionalización de la curia. De esta manera ganaron peso y
protagonismo las conferencias episcopales (asambleas de los obispos de
cada país) y los obispos tuvieron mayor participación en
las decisiones de la Iglesia. Juan Pablo II no siguió en esa línea.
El cardenal alemán Jozef Ratzinger fue el encargado de generar normas
que redujeron significativamente el peso de las conferencias episcopales,
y reforzaron el poder central del Papa y de la curia romana. La “colegialidad”
reclamada por el Vaticano II se hizo por momentos muy formal y se sustituyó
por un “romano centrismo” criticado por muchos. Por otra parte, si bien
la curia vaticana dejó de ser mayoritariamente italiana como en
otro tiempo, está lejos de alcanzar una internacionalidad que represente
la gran diversidad de culturas, miradas, pensamientos teológicos
y eclesiológicos que existen hoy en el catolicismo de todo el mundo.
En cuanto al poder en la Iglesia merece un capítulo aparte el papel
de los fieles laicos y laicas. La Iglesia sigue siendo una monarquía
absoluta, donde el poder lo concentran los clérigos y donde la opinión
de los laicos tiene poca relevancia.
El diálogo interreligioso
Si bien sería imposible agotar
la lista de temas pendientes y que pueden entrar en un eventual “plan de
gobierno” del nuevo Papa y condicionar el perfil de quien finalmente sea
electo, hay quienes atribuyen suma importancia al diálogo interreligioso
y ecuménico. Juan Pablo II impulsó el diálogo interreligioso,
pero siempre partiendo de la centralidad y dela preeminencia de lo católico.
El documento “Dominus Iesus” (2000), firmado por el Papa pero escrito por
Ratzinger, es considerado un paso atrás en el camino ecuménico.
El papel que las religiones tienen que jugar en el mundo hoy, en particular
en la búsqueda y consolidación de la paz, es fundamental
y la Iglesia Católica puede tener un protagonismo muy grande en
la materia. Pero para ello será necesario asumir que ese diálogo
tiene que darse en pie de igualdad, en particular con el islamismo que
es con quien menos se avanzó en acercamiento y dada la preeminencia
que esa religión está teniendo hoy en el escenario mundial.
Y en lo que respecta al diálogo por la unidad de los cristianos
con las otras Iglesias cristianas no católicas, el Vaticano y el
nuevo Papa tendrán que revisar las posturas sostenidas hasta ahora,
en particular acerca del lugar que se le asigna al pontificado. También
es cierto que en la agenda que se debate con las otras Iglesias cristianas
se incluyen muchos de los asuntos que están entre los ya mencionados
en la discusión interna propia del catolicismo (el ministerio, el
lugar de la mujer, la moral sexual, etc).
Con todos estos temas y seguramente
otros que serán aportados a partir de la realidad particular que
los cardenales de todo el mundo lleven hasta Roma, el colegio cardenalicio
tendrá que hacer una suerte de “programa del pontificado” del que
saldrá también el perfil de quien tenga que ser elegido para
conducir los destinos de la Iglesia Católica en los próximos
años. De esa elección no quedará al margen la consideración
de la trayectoria, los apoyos que unos y otros puedan tener o lograr, los
juegos de poder y las alianzas ideológicas, doctrinales o de regiones
geográficas. Pero, sin duda, las definiciones de los candidatos
respecto de la agenda programática de la Iglesia Católica
al inicio del siglo tendrán un peso también decisivo. |