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6 de abril de 2005
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La Nación de Chile - 3 de abril de 2005

El fin de un papado atípico, polémico y decisivo

Luces y sombras de la era Wojtyla

Pocas veces el trono de Pedro fue ocupado por un hombre más simple y complejo a la vez que el polaco Karol Wojtyla. Pocas veces también, un Papa adquirió el protagonismo histórico que Juan Pablo II tuvo en el siglo XX. La espada de hierro con la que gobernó el Vaticano y la fuerza épica con que vinculó la fe y la moral tienen su génesis en los surcos del horror nazi, el olor a muerte del gueto de Varsovia, su trágica historia familiar y las largas jornadas de trabajo forzado en las minas de su país.

Julio César Rodríguez / Mirko Macari
Poco antes de partir el cónclave de octubre de 1978, donde se elegiría al sucesor de Juan Pablo I, un cardenal sudamericano andaba en Roma preguntando: “He oído hablar de un cardenal que parece que se llama ‘Bottiglia’ o algo así. ¿Quién es?’”. En italiano, bottiglia significa botella. Pero el cuento no acaba ahí, porque luego de que saliera la fumata blanca de la Capilla Sixtina, Karol Wojtyla se habría acercado a ese purpurado diciéndole en tono de broma: “¿Sabe ahora quién es el cardenal Bottiglia?”. 

En ese momento, los miles de periodistas que estaban en Roma buscaban desesperados en sus nóminas para encontrar algún dato más sobre este desconocido, del cual tampoco ellos sabían mucho. No era ninguno de los que habían entrado al cónclave como “papabile”. Lejos de ahí, un hombre se tomaba la cabeza mientras musitaba perplejo un temeroso “Virgen Santa”. Se trataba de Edward Gierek, secretario general del Partido Comunista polaco, quien intuía que la elección del nuevo líder de la cristiandad no era precisamente lo que se diría una buena nueva: él sí sabía quién era. 

Cuando Wojtyla estrenó el trono papal la situación del catolicismo era compleja. En ese momento, la Unión Soviética había consolidado una fuerte influencia ideológica en Latinoamérica, África y Asia. Estados Unidos seguía manteniendo su desconfianza hacia el catolicismo y Europa Occidental miraba con desprecio a una institución que desde la Ilustración la consideraba su enemiga. Internamente, el panorama de la Iglesia Católica no era mejor. Junto al aumento de las secularizaciones y la caída de las vocaciones sacerdotales, el movimiento de mayor predicamento era la Teología de la Liberación, una mirada socialista de las Escrituras muy cotizada en América Latina.
  

Pecados y perdón 

Juan Pablo II fue una de las figuras históricas más relevantes del siglo XX y como tal sería un reduccionismo encasillarlo simplemente como un “Papa conservador”. 

Pero si de todas formas intentáramos jugar con las categorías seculares de conservadores y progresistas, tampoco se lo podría catalogar de conservador a secas. Y hay hechos que así lo demuestran. Hablando en sus tradicionales audiencias públicas de los miércoles, fue él quien aclaró que el cielo no está entre las nubes, que en el infierno la gente no se quema y que el purgatorio no es un lugar sino una situación por la que pasa el alma antes de llegar a Dios. En su momento, estas afirmaciones resultaron impactantes, porque marcaron un cambio notorio en el críptico lenguaje de la Iglesia y alteraron el imaginario popular donde se alojan los mitos que permiten la existencia de cualquier cuerpo social. Wojtyla, sin embargo, mostró realismo en tiempos donde imperan los conceptos cientificistas. Fue él quien también habló de los llamados “pecados históricos”, por los que pidió perdón públicamente. Mencionó, entre otros, a la Inquisición -en la que miles fueron condenados a morir en la hoguera acusados de “herejía”-, lo que fue la justificación bíblica y filosófica de la esclavitud y la imposición de la fe por la fuerza a muchas culturas aborígenes, especialmente en Latinoamérica. Luego, Wojtyla se atrevió, y sólo transcurridos algunos siglos, a levantar la condena que pesaba sobre Galileo Galilei. El científico italiano había sido obligado a retractarse, en el siglo XVII, de sus dichos acerca de que la Tierra no era el centro del universo, proyectando las tesis de Copérnico, lo que para la Inquisición contradecía abiertamente la lectura literal de las Sagradas Escrituras. 

Por eso, todas estas decisiones pueden ser calificadas de históricas. Una paradoja considerando que desde joven a Wojtyla nunca le interesaron ni la política ni la historia, disciplinas que consideraba muy mundanas. De hecho, en la escuela prefirió la literatura y luego la filosofía, ambas claves para entender su magisterio y su mentalidad. De joven lo complicaba tener una posición sobre la Guerra Civil española, aunque finalmente apoyó a los obispos que se opusieron a la República, no sin quedar horrorizado por el bombardeo de Guernica. 

Cuando los aviones alemanes soltaron sus bombas sobre Cracovia, en septiembre de 1939, Karol se encontraba, como tantas veces, en la catedral de los reyes polacos, esperando su turno para confesarse y comulgar. Bajo la ocupación nazi, la política se convertía en un asunto de vida o muerte. En esa época, cuando muchos podían pensar que Dios había abandonado a su suerte al pueblo más devoto de Europa, Wojtyla buscaba una respuesta que iría configurando sus preocupaciones sociales: “Polonia vivía en nosotros, pero esta Polonia no vivía en la verdad, porque los campesinos eran golpeados y encarcelados por reclamar, con toda razón, sus derechos políticos. Se engañó a la nación, se le mintió. Creo que nuestra liberación pasa por la puerta de Cristo”, pensaba entonces. Él apoyaba espiritualmente a la resistencia, pero se negó rotundamente a participar en cualquier acción armada de los partisanos. “La oración es más eficaz”, decía. 

Karol empezaba su segundo año de universidad cuando las fuerzas de ocupación nazis decretaron trabajos forzados para todos los adultos. Para no ser trasladado al corazón del Tercer Reich, consiguió, junto a otros jóvenes intelectuales, un puesto como obrero en la planta química de Solvay. “Durante seis meses le tocó trabajar en una cantera donde observaba cómo esos hombres vestidos pobremente, entumecidos del cansancio, preparaban cargas de dinamita, picaban piedra y llevaban los pedazos hasta un pequeño tren. Debía permanecer durante ocho horas a la intemperie. Los otros trabajadores lo llamaban el estudiante y lo observaban cómo aprendía a soportar el frío vestido con un uniforme de tela azul, pantalones del mismo color y una gorra. En los pies llevaba zuecos de madera. Comían una sopa de papas y un pedazo de pan. Los días de más suerte la carne de caballo permitía hacer un goulash”, cuentan Carl Bernstein y Marco Politi en el libro “Su Santidad”. La historia de este Papa estuvo siempre lejos de la opulencia de algunos círculos eclesiales y especialmente vaticanos. Su experiencia bajo la órbita soviética, cuando Polonia pasó a ser un país satélite de la URSS, lo haría abominar de las reivindicaciones sociales que se inspiraran en el marxismo, aunque compartía con éste la preocupación por las condiciones de explotación. El problema es que el comunismo operaba para él sobre una premisa inaceptable: un mundo sin Dios. Pero desde que cayó la “cortina de hierro”, Wojtyla no dejó de predicar con fuerza contra lo que él llama el “capitalismo salvaje”, criticando las desigualdades entre el norte y el sur del planeta y abogando por una ética donde los pobres son el resultado de un ignominioso pecado social. 

La experiencia personal de Wojtyla lo ha llevado a otra de sus iniciativas con las que ha sorprendido al mundo. Ésta es el mea culpa en torno a la cuestión judía. Subsiste de modo mayoritario entre los historiadores la idea de que la Iglesia Católica de la época no hizo lo suficiente por evitar el holocausto durante el auge del nazismo, y algunos incluso atribuyen al mismo Papa Pío XII sentimientos antisemitas. A pesar de todos estos enormes pasos que Juan Pablo II ha hecho andar a la Iglesia, la posición del Vaticano durante su pontificado en materia de moral sexual sigue siendo, a nivel de opinión pública informada, la que lo identifica como un conservador.
  

Mujeres, a imagen de María 

La explicación católica del género humano parte de la idea del “pecado original”, en el cual cayó Adán a instancias de Eva. Desde esa primera literatura bíblica la relación Iglesia-mujer es pedregosa. 

¿Por qué algunos han acusado a Wojtyla de misógino? ¿Cómo se explica ese distanciamiento tan grande del mundo moderno en cuestiones de la cintura para abajo como la homosexualidad, el divorcio y celibato eclesiástico? 

Juan Pablo II expresa sus convicciones acerca del género femenino en su encíclica “Mulieris dignitatem”, donde el Papa reconoce en ellas la virtud del altruismo y desliza también ciertos elementos de naturaleza en lo que es la sumisión al hombre: “La mujer lleva consigo la memoria de todo hombre, porque cada uno de nosotros ha pasado por el seno materno. La mujer es la memoria del mundo humano”. 

Una de las primeras obras que interpretó el actual Papa cuando era parte del Teatro Rapsódico en la Polonia de la preguerra, versaba sobre una esposa acusada por el marido de ser débil y poco virtuosa, justamente por no ser fiel al arquetipo de María como esposa casta y sufrida madre de Dios. La idealización de la mujer es también parte del imaginario de la piadosa literatura polaca y, por ende, de un joven Wojtyla que se empapaba en esa letras. 

En “Mulieris dignitatem”, Juan Pablo II expresa su negativa rotunda al sacerdocio femenino. Posición que lo llevó a fuertes encontrones en el mundo anglosajón, donde religiosas y grupos feministas católicos han hecho de este asunto una verdadera reivindicación de género. En el primer viaje que hizo a Estados Unidos, en 1979, se vio frente al problema. Durante uno de los actos, Theresa Kane, presidenta de las religiosas estadounidenses, explicitó la posición de éstas: “Santo Padre, yo os insto encarecidamente a que seáis abierto y que contestéis las voces de las mujeres de este país que piden la posibilidad de ser incluidas en todos los misterios de la Iglesia”. Categórico y convencido, Wojtyla en su turno de hablar le recordó el ejemplo de María, quien en el cadalso de la cruz “obedeció y guardó silencio”. 

Un conservador es siempre alguien que sospecha de la innovación, del cambio. Sólo hombres son sacerdotes porque Jesús eligió doce apóstoles, entre los que no hubo ninguna mujer. Desde ahí en adelante siempre fue igual. ¿Por qué cambiar esta tradición? Desde viejos padres de la Iglesia, como San Agustín, las mujeres son portadoras del pecado y la tentación. Wojtyla refrendó de joven esta idea con su experiencia. Un sacerdote y amigo suyo desde los tiempos de seminaristas, quien también se llamaba Karol, dejó su matrimonio con la Iglesia para contraer uno de carne y hueso. El final de este Karol fue horrible. Su mujer se suicidó y él se convirtió en alcohólico. Para Wojtyla, esto no era otra cosa que el castigo por dejar el celibato.
 

Sexo, la piedra de toque

La doctrina en materia de moral sexual del Pontífice no puede ser más clarificadora de sus pétreas convicciones en estos temas. Se pudo caer el mundo pero él no permutó ni una coma del magisterio que creyó correcto. El 19 de noviembre de 1980, a dos años de haber empezado su pontificado, realizó una visita a Alemania. Terminada la misa papal de los actos públicos, una muchacha llamada Barbara Engel, representante de la Liga Alemana de la Juventud Católica, subió al estrado. Al margen del texto oficial que debía pronunciar, arremetió improvisadamente: “Los jóvenes encontramos dificultad para entender a la Iglesia en la Alemania Federal. Es una Iglesia miedosa, apegada al orden establecido, que subraya demasiado las diferencias entre las dos confesiones cristianas, reacciona con prohibiciones a las demandas de los jóvenes contra los problemas amistosos, de la sexualidad, de las relaciones de pareja; no responde a la cuestión del puesto de la mujer en la Iglesia y se mantiene inmóvil en el celibato obligatorio, a pesar de lacarencia de sacerdotes. Sabemos que el Evangelio nos desafía a dar mucho, pero pensamos que el miedo y la limitación de horizontes no deben oprimirnos. Los problemas sociales y del mundo nos plantean muchos interrogantes. Los jóvenes piden a la Iglesia confianza e interlocutores creíbles. Queremos participar en la construcción de la Iglesia, pero de una Iglesia que sea verdadera, efectivamente católica, católica en el sentido de abrazar a todo el mundo y a todos los mundos”.Terminado el discurso se produjo un instante de silencio. El Papa se paró de su asiento y en vez de hablar, sólo procedió a entregar una medalla a la muchacha sin decirle nada. Wojtyla se empezaba a encontrar con los problemas de un mundo occidental muy lejano a la espiritualidad mística de su natal Polonia. La modernidad y la secularización soplaban fuerte sobre los viejos armarios de la Iglesia. 

Juan Pablo II, en sus viajes siguió su pastoral esgrimiendo un “no” rotundo a temas muy debatidos de ética sexual. No a la píldora, no a la homosexualidad, no a las relaciones prematrimoniales, no a la masturbación, no a otros tipos de control de natalidad. 

No sólo en Europa y Estados Unidos se ha cuestionado el manejo papal en esta materia, también Latinoamérica, la hija fiel (cerca del 90 por ciento de la población en esta región es católica), se distanció, al menos por lo que indican las cifras, de la doctrina defendida por Juan Pablo II. En 1950, América Latina tenía 42,11 nacimientos por cada 1.000 mujeres. Ese indicador alcanzó a fines del siglo XX a 22,87 y se proyecta que para el año 2050 esa cifra será de 13,72. Los abortos clandestinos, según la OMS, aumentan día a día y “se tornan cada vez más peligrosos por las precarias condiciones en que se realizan”. Los gobiernos toman cartas en el asunto y en esta parte del mundo hay cada vez más carta libre para la entrada de condones, anticonceptivos o esterilizaciones, las que vivieron su momento cumbre en Perú, bajo el gobierno de Fujimori, cuando se esterilizaron a cerca de 250 mil mujeres, lo que le costó al cuestionado mandatario una dura disputa con el ahora arzobispo de Lima y miembro del Opus Dei, Juan Luis Cipriani. 

La polémica sobre la sexualidad fue habitual mientras Wojtyla estuvo sentado en el trono de Pedro. Aunque, a decir verdad, este es el Papa que menos permaneció sentado. 

Cada vez que recorrió el mundo predicando sobre el tema se temió mucho, en distintos ámbitos de la Iglesia, que el Sumo Pontífice fuese tomado poco en cuenta.En el Sínodo de los Obispos de 1980, dedicado a la familia, el entonces presidente del Episcopado norteamericano, John Quinn, declaró que en Estados Unidos el 80 por ciento de las mujeres y el 70 por ciento de los sacerdotes no seguían las indicaciones del Papa en materia sexual.En Bélgica fue una joven de familia polaca, Veronika Oruba, quien se dirigió al Pontífice poniendo el dedo en la llaga: “Santidad, existe una total ruptura entre la vida cotidiana y las enseñanzas del Papa. Nos inquieta el saber que el uso de los anticonceptivos puede poner a las parejas de esposos al margen de la Iglesia”. 

La doctrina católica basada en la indiscutible ley natural sigue apareciendo como la razón principal para que no se produzca evolución en algunos temas sexuales. Por ejemplo, no se puede prevenir el sida con el uso de condones, y menos en relaciones homosexuales, pero tampoco en una pareja casada donde uno de los dos tenga el sida. Monseñor Carlo Caffara, decano del Instituto de Estudios de Asuntos Matrimoniales y Familiares del Vaticano, declaró que una pareja así tiene dos opciones: abstenerse del sexo o correr el riesgo de infección practicándolo de forma “natural” sin la interferencia artificial del condón. “Al parecer, para la Iglesia Católica el condón es más maligno que morirse de sida. La doctrina papal se ha trivializado a sí misma al aferrarse a la imagen de pecado mortal de los actos no naturales, el debate se ha reducido a un nivel carente de toda seriedad. Se oponen al condón y a la masturbación tanto como al adulterio o la pedofilia”, afirma Gary Wills, quien ha publicado diversos libros sobre temas pontificios.
  

La Santa Alianza en América Latina

Wojtyla recorrió los cinco continentes, visitando más de cien países. Dicen que es el único personaje de la historia que ha tenido contacto directo con tan elevado número de personas, cerca de doscientos millones de seres humanos. 

Es en América Latina donde se le llamó ‘Maradona de la fe’ y ‘Goleador de la Iglesia’, entre otros muchos calificativos de exuberante imaginación. El Papa viajero se vistió con los más variados atuendos en los más variopintos escenarios: llevó poncho y sombrero mexicano en esa ciudad; dijo misa en Seúl revestido con un manto de dragón que llevaban los antiguos emperadores de lo que hoy es Corea, o cubrió su cabeza con una corona de plumas del ave del paraíso en Nueva Guinea y con un sombrero de cowboy en Norteamérica, todo esto le dio la imagen de un Papa al alcance de todos; tanto, que en plena selva de Nueva Guinea, mientras un grupo de muchachas hacía la guardia con sus lanzas y sus erectos y desnudos pechos de adolescentes, él celebraba la misa, mientras otra jovencísima aborigen leía, colocando sus senos también desnudos a dos palmos del Pontífice. Con tal ocasión, un cronista de la Radiotelevisión Italiana comenzó su edición matutina diciendo: “Tetas al aire para el Papa”. 

En América Latina fue que este Papa libró también otra de sus cruzadas. En octubre de 1978, cuando el mundo supo quién era Botiglia, en Centroamérica surgía un nuevo discurso evangelizador, la Teología de la Liberación, que sumaba almas a la insurgencia de izquierda y buscaba proclamar el paraíso aquí en la tierra. Aunque según la doctrina, al Papa lo elige el Espíritu Santo, la decisión de los cardenales parecía a ojos más mundanos bastante temporal y política. En 1981, el actor Ronald Reagan ganaba para la derecha la presidencia de los Estados Unidos. Reagan formó una Santa Alianza contra el comunismo con el Pontífice. Aunque no le gustaba la historia, Juan Pablo II la estaba escribiendo. 

En 1984, la cruzada despliega velámenes y por orden del Vaticano, el cardenal Sales, arzobispo de Río, suspende de su tarea de docentes de Teología a Clodovis Boff y a Antonio Meser. 

En 1985, desde Roma se hace pública la “Declaración de los Andes” en contra de la Teología de la Liberación, acusada de esconder en la retórica el germen de una “Iglesia popular”. 

En 1986 viene el segundo golpe doctrinal. La Congregación para la Doctrina de la Fe, comandada por el cardenal Joseph Ratzinger, ha elaborado un nuevo documento contra la Teología, y paralelamente, el obispo de Sao Felix, Brasil, Pedro Casaldáliga, es conminado a no viajar, hablar ni escribir. De origen catalán, Casaldáliga dirigía la iglesia de una zona del norte de Brasil asentada de latifundios nacionales y extranjeros, con empleados sometidos a regímenes de verdadera esclavitud. “Lugar de extrema pobreza sin médico, ni correo, ni luz, ni teléfono, ni telégrafo. Empezó a trabajar de enfermero. Verminosis, deshidratación, malaria, hepatitis, tétanos, desnutrición... Los niños muertos pasaban por su casa en cajas de cartón, como zapatos, y los adultos muertos, sin caja, a veces asesinados”, relata Pedro Miguel Lamet en la “Rebelión de los Teólogos”. Los sacerdotes de Casaldáliga fueron torturados y golpeados por militares y latifundistas, incluso uno fue asesinado. Debieron celebrar misas apuntalados con armas y soportar las acusaciones de ser “curas rojos”, que les valieron la condena de la jerarquía eclesiástica. En protesta, 149 religiosos belgas publicaron una declaración de solidaridad con monseñor Casaldáliga y en muchos sectores de izquierda empieza a formarse la idea de que el Papa era un reaccionario, abriendo otro frente de resistencia dentro del complejo y heterodoxo mundo católico.Hoy, lo que queda en la retina del público sobre el mediático Juan Pablo II es justamente lo que repiten los medios de comunicación y especialmente la televisión una y otra vez: la imagen de un hombre bueno que no se cansa de hacer llamados a la paz, el amor y la fraternidad. Una mirada que a veces omite las complejidades de una institución milenaria como la Iglesia, institución que trabaja con intangibles como el espíritu, los valores y el más allá, pero que tiene también una incidencia directa en el más acá. 

¿Fue Juan Pablo II un Papa conservador y retrógrado o un mensajero de la fe y la esperanza? La historia lo responderá. La misma historia en la que ya tiene ganado un puesto destacado, a pesar de que en la escuela siempre prefirió el teatro y la literatura. LND

 
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