| La
Nación de Argentina - 9 de abril de 2005
Los compañeritos
Mario
Vargas Llosa El País
FRANCIA ha celebrado por todo lo alto el centenario de Jean-Paul
Sartre. Documentales, programas y debates sobre su legado intelectual y
político en la radio y la televisión, suplementos especiales en los
principales diarios y semanarios, una profusión de nuevos libros sobre
su vida y su obra y, florón de la corona, una exposición, Sartre y su
siglo, en la Biblioteca Nacional, que es un modelo. Pasé cerca de tres
horas recorriéndola y me quedó mucho por ver.
En ella se pueden seguir, paso a paso, con bastante
objetividad, todos los pormenores de una vida que cubre el siglo XX (al
que Bernard Henri Lévy llamó, en su ensayo laudatorio, El siglo de
Sartre) y cuyos libros, ideas y tomas de posición ejercieron una
influencia, hoy día difícilmente imaginable, en Francia y buena parte
del mundo. Una de las enseñanzas que el espectador saca de la
exposición es comprobar lo precario de aquel magisterio sartreano, tan
extendido hace cuatro décadas y hoy prácticamente extinguido.
Todo está en aquellas vitrinas: desde cómo el niño descubrió
su fealdad, a los diez años, en los ojos de su madre viuda y vuelta a
casar, hasta su decisión, cuando era el estudiante estrella de la Ecole
Normale, de no renunciar a ninguna de sus dos vocaciones, la literatura
y la filosofía, y ser "un Stendhal y un Spinoza al mismo tiempo". Antes
de cumplir 40 años lo había conseguido y, además, algo no deseado ni
previsto por él, se había convertido en una figura mediática que
aparecía en las revistas frívolas y era objeto de la curiosidad
turística en Saint-Germain des Prés junto a Juliette Greco y Edith
Piaf, como uno de los iconos de la Francia de posguerra.
Carteles y fotografías documentan los estrenos de sus obras
teatrales, la aparición de sus libros, las críticas que éstos
merecieron, las entrevistas que dio, la publicación de Les Temps
Modernes, y allí están los manuscritos de sus ensayos filosóficos y de
sus cuentos y novelas, que escribía en libretas escolares o papeles
sueltos en los cafés, en una mesa aparte, pero contigua a aquella en la
que trabajaba su compañera morganática, Simone de Beauvoir.
Su polémica más sonada, con Albert Camus, sobre los campos de
concentración soviéticos, está muy bien expuesta, así como las
repercusiones de este debate en el ámbito intelectual y político.
También lo están sus viajes por medio mundo, sus amores fracturados con
los comunistas, su combate anticolonial, su empeño para enrolarse en el
movimiento de mayo del 68 y la radicalización extrema de sus últimos
años, cuando iba a visitar a la cárcel a los terroristas alemanes,
vendía por las calles el periódico de los maoístas parisinos o, ya
ciego, trepado en un barril, peroraba a las puertas de las fábricas de
Billancourt.
La exposición es espléndida y, para alguien como yo, que vivió
muy de cerca buena parte de aquellos años, participó de esas polémicas
y dedicó muchas horas a leer los libros y los artículos de Sartre, a
devorar todos los números de Les Temps Modernes y a tratar de seguir en
sus churriguerescas vueltas y revueltas ideológicas al autor de Los
caminos de la libertad, algo melancólica. Pero no creo que despierte en
la gente joven de nuestro tiempo el menor interés en redescubrir a
Sastre ni le gane a éste el más mínimo respeto o admiración. Porque,
salvo en el tema del anticolonialismo, donde siempre mantuvo una
posición lúcida, la exposición, pese a sus claros propósitos
hagiográficos, revela lo ciego, torpe y equivocado que estuvo casi
siempre Sartre.
¿De qué le sirvió esa fulgurante inteligencia de que estaba
dotado si, a su regreso de su gira por la URSS a mediados de los años
50, en los años peores del Gulag, llegó a afirmar: "He comprobado que
en la Unión Soviética la libertad de crítica es total"? En su polémica
con Camus hizo algo peor que negar la existencia de los campos de
concentración stalinistas para reales o supuestos disidentes: los
justificó, en nombre de la sociedad sin clases que estaba
construyéndose. Sus diatribas contra sus antiguos amigos, como Maurice
Merlau-Ponty o Raymond Aron, porque no aceptaron seguirlo en el papel
de compañero de viaje de los comunistas que adoptó en distintos
períodos, prueban que su afirmación estentórea "Todo anticomunista es
un perro" no era una mera frase de circunstancias, sino una convicción
profunda.
Parece mentira que alguien que, hace apenas medio siglo,
justificaba, en su ensayo sobre Franz Fanon, el terror como terapia
gracias a la cual el colonizado recupera su soberanía y su dignidad y
que, proclamándose maoísta, proyectaba su respetabilidad y prestigio
sobre el genocidio que se estaba cometiendo en China durante la
Revolución Cultural, hubiera podido ser considerado, por tantos, la
conciencia moral de su tiempo.
Mucho más discreta, para no decir clandestina, ha sido la
celebración de los cien años de Raymond Aron, que prácticamente no ha
salido de la catacumba académica. El y Sartre fueron amigos y
compañeros desde muy jóvenes y hay fotos que muestran a los dos petits
copains abrazados, haciendo payasadas. Hasta el estallido de la segunda
guerra mundial siguieron una trayectoria idéntica. Luego, con la
invasión nazi, Aron fue de los primeros franceses en viajar a Londres y
unirse al general De Gaulle, a quien, sin embargo, criticaría con
severidad durante su gobierno por lo que consideraba su propensión
autoritaria. Siempre fue un decidido partidario de la construcción de
Europa, pero, alejándose también en esto de buena parte de la derecha
francesa, nunca creyó que la unidad europea debía debilitar el
atlantismo, la estrecha colaboración de Europa con los Estados Unidos.
A diferencia de la obra de Sartre, que ha envejecido a la par
de sus opiniones políticas -sus novelas deben su originalidad técnica a
John Dos Passos y, con excepción de Huis Clos, sus dramas no pasarían
hoy la prueba del escenario-, la de Aron conserva una lozana
actualidad. Sus ensayos de filosofía de la historia, de sociología y su
defensa tenaz de la doctrina liberal, de la cultura occidental y de la
democracia y el mercado, en los años en que el grueso de la
intelectualidad europea había sucumbido al canto de sirena del
marxismo, enajenación que él describió magistralmente, en 1957, en El
opio de los intelectuales, han sido plenamente corroborados por lo
sucedido en el mundo con la caída del Muro de Berlín, símbolo de la
desaparición de la URSS, y por la conversión de China en una sociedad
capitalista autoritaria.
¿Por qué, entonces, el glamour del ilegible Sartre de nuestros
días sigue intacto y a casi nadie parece seducir la figura del sensato
y convincente Raymond Aron? (Los franceses lo expresaban en los años 60
mediante esta oprobiosa afirmación: "Es preferible equivocarse con
Sartre que tener razón con Aron"). La explicación tiene que ver con una
de las características que en nuestro tiempo ha adquirido la cultura,
contaminándose de teatralidad, al banalizarse y frivolizarse por su
vecindad con la publicidad y la información. Vivimos en la civilización
del espectáculo y los intelectuales y escritores que suelen figurar
entre los más populares casi nunca lo son por la originalidad de sus
ideas o la belleza de sus creaciones, o, en todo caso, no lo son nunca
sólo por esas razones, intelectuales y literarias. Lo son, sobre todo,
por su capacidad histriónica, la manera como proyectan y administran su
imagen pública, por su exhibicionismo, sus payasadas, sus desplantes,
sus insolencias, toda aquella dimensión bufa y ruidosa de la vida
pública que hoy día hace las veces de rebeldía (en verdad, tras ella se
embosca, por lo general, el conformismo más absoluto) y de la que los
medios pueden sacar partido, convirtiendo a sus autores, igual que a
los artistas y a los cantantes, en espectáculo para la masa.
En la exposición de la Biblioteca Nacional aparece un aspecto
de la biografía de Sartre que nunca se ha aclarado del todo. ¿Fue de
veras un resistente contra el ocupante nazi? Perteneció a una de las
muchas organizaciones de intelectuales de la resistencia, sí, pero es
obvio que esta pertenencia fue mucho más teórica que práctica, pues
bajo la ocupación anduvo muy atareado: fue profesor, reemplazando
incluso en un liceo a un profesor expulsado de su puesto por ser judío
-el episodio ha sido objeto de virulentas discusiones en los últimos
meses-, y escribió y publicó todos sus libros y estrenó sus obras,
aprobadas por la censura alemana.
A diferencia de resistentes como Camus o Malraux, que se
jugaron la vida en los años de la guerra, no parece que Sartre
arriesgara demasiado con su militancia. ¿Tal vez inconscientemente
quiso borrar ese incómodo pasado con las posturas cada vez más
extremistas que adoptó luego de la liberación? No es imposible. Uno de
los temas recurrentes de su filosofía fue el de la mala conciencia,
que, según él, condiciona la vida burguesa, induciendo constantemente a
hombres y mujeres de esta clase social a hacer trampas, a disfrazar su
verdadera personalidad bajo máscaras mentirosas. En el mejor de sus
ensayos, San Genet, comediante y mártir, ilustró con penetrante agudeza
este sistema psicológico-moral por el cual, según él, el burgués se
esconde de sí mismo, se niega y reniega todo el tiempo, huyendo de esa
conciencia sucia que lo acusa. Tal vez sea cierto, en su caso. Tal vez,
el temible despotricador de los demócratas, el anarco comunista
contumaz, era sólo un desesperado burgués multiplicando las poses para
que nadie recordara la apatía y prudencia que mostró frente a los nazis
cuando las papas quemaban y el compromiso no era una prestidigitación
retórica, sino una elección de vida o muerte. |
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