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de Argentina - 10 de abril de 2005
Jean Paul Sartre
A 100 años del nacimiento
de y a 25 de su muerte
El Ser
y la Patria
Hace cien
años nacía Jean-Paul Sartre, filósofo, narrador, dramaturgo
y activista que se convertiría en el paradigma del intelectual comprometido
del siglo XX. Mientras la Biblioteca Nacional de Francia le dedica en París
una gigantesca muestra-homenaje, Radar conmemora el aniversario reconstruyendo
el formidable impacto que el autor de La náusea tuvo en el mundo
intelectual argentino en los años ’50, cuando sentó las bases
de una cultura crítica que aún persiste. Sobre la fertilidad,
los vaivenes históricos y la vigencia de la decisiva marca sartreana
escriben Horacio González, José Pablo Feinmann, Oscar Terán,
Nicolás Casullo y Tomás Abraham.
Sergio
Di Nucci
Una de las características
más desconcertantes de los acontecimientos latinoamericanos es la
tendencia a convertirse en mitología antes de llegar a ser historia.
Para generaciones de argentinos, el filósofo, ensayista, novelista,
dramaturgo y activista francés Jean-Paul Sartre encarnó como
ninguna otra figura del siglo XX el mito del intelectual comprometido.
Sólo en los veinticinco años que siguieron a su muerte empezó
a imponerse una visión más sobria, menos encarnizada, más
histórica en suma. Hay que decir que no es seguro que esto lo desfavorezca.
Si para la
generación de los años ‘50 en Argentina, el intelectual dominante
fue Sartre, para las del ‘60 y ‘70 lo fueron, en grados desiguales, los
estructuralistas Claude Lévi-Strauss, Louis Althusser y Jacques
Lacan. Esta es la opinión de uno de los más fervientes admiradores
de Sartre por aquella década, y uno de los pocos que le fueron fieles
en las que siguieron: el entonces veinteañero Juan José Sebreli.
Entre las primeras obras de Sartre traducidas al castellano se contaban
los relatos de El muro, la novela La náusea, la conferencia-panfleto
“El existencialismo es un humanismo” y el Teatro, todas ellas publicadas
por editorial Losada por los años 1947 y 1948. Sin embargo, casi
una década antes, José Bianco había traducido el cuento
“La chambre” (bajo el título “El aposento”) para la revista Sur,
que a lo largo de los años continuó reproduciendo con alternancias
la evolución del filósofo parisino.
Un iracundo
ensayo aparecido en la revista Contorno en julio de 1956, titulado “Sur
o el antiperonismo colonialista”, demostrará la universalidad argentina
de Sartre. Oscar Masotta –que junto a Carlos Correas formaron, como gusta
decir Sebreli, el primer grupo existencialista en Argentina– acusará
de espiritualismo hemorrágico a Victoria Ocampo y su grupo apoyándose,
justamente, sobre el autor que la revista había introducido al público
argentino. Masotta reproduce una cita más o menos larga del San
Genet, comediante y mártir.
Aquello que
Sartre encontraba de ejemplar en el novelista y poeta Jean Genet, ladrón,
presidiario, homosexual, tendrá su paralelo en el redescubrimiento,
por parte de los de Contorno, de un escritor grosero y arrabalero, popular
y extremado, Roberto Arlt. En los ‘60, Masotta publicará Sexo y
traición en Roberto Arlt, un libro todavía sartreano con
contratapa de Sebreli. Pero ya por entonces se orientaba hacia el estructuralismo
y el lacanismo. La evolución de Masotta fue ejemplar de las ideas
y creencias más prestigiosas en Argentina durante los lustros siguientes:
será el espejo de las modas intelectuales argentinas hasta entrados
los años ‘70. Carlos Correas, por su parte, escribirá su
San Arlt, un libro de cientos de páginas que deberá esperar
a los ‘90 para encontrar editorial.
Del existencialismo
gozaban de mayor popularidad e institucionalización, en los ‘40
y ‘50 argentinos, los filósofos alemanes Karl Jaspers y Martin Heidegger
–en la veta del existencialismo más o menos ateo– y el español
Miguel de Unamuno –en la religiosa–. Por eso, como se ha repetido en tonos
no exentos de heroísmo, la admiración en Argentina por Sartre
tenía un sentido político y antiinstitucional: ahí
estaban estos jóvenes que atacaban a la universidad porque allí
se estudiaba a los filósofos equivocados que no decían nada
de la realidad nacional ni de la vida cotidiana en la Argentina peronista.
Pero ¿qué
se sabía, a ciencia cierta, de Sartre y su obra? Según Carlos
Correas, bien poco: “La editorial Losada –señala en su excelente
La operación Masotta–, próxima a la delictuosidad intelectual,
nos ha agraviado con las ‘traducciones’ de Situations y las ya nefastas
de L’imaginaire, Critique de la raison dialectique y Les mots (...). Que
generaciones de argentinos se hayan formado en estas traducciones es una
neta causa, aunque no la única, del desconocimiento de Sartre en
Argentina”. “Quien dice filosofía ajena al marxismo dice, en nuestro
país, filosofía universitaria”, señala Masotta, al
que Eliseo Verón, desde la Universidad de Buenos Aires, le exigirá
precisamente adecuarse a valores universitarios: la mesura, la corrección,
la conciliación y el profesionalismo a que estaba acostumbrado el
mismo Verón.
Lo que reclamaba
la generación que luego fue llamada “denuncialista” –un término
que no disgustaría hoy a ninguno de los integrantes de la revista
Contorno– está en sintonía con el título del libro
al que Sartre, según él mismo, le debe su propio programa
vital: Hacia lo concreto, de Jean Wahl. Por supuesto, las dicotomías
en Argentina eran un poco injustas y estaban polarizadas en torno del peronismo.
Porque otro sartreano a su modo era Carlos Astrada, entonces jefe del Departamento
de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, y los debates sobre
Sartre pasaron en buena medida por las páginas de la revista Cuestiones
de Filosofía. Por otra parte, Miguel Angel Virasoro, profesor de
Filosofía Contemporánea, tradujo El ser y la nada. En el
bando enemigo ubicaban, con apresuramiento, a la revista Sur y la mayoría
de sus colaboradores. Según Sebreli, que colaboró en ambas
publicaciones, había más continuidades que rupturas entre
las izquierdas y derechas de las dos revistas. El mismo David Viñas,
que dejará sentir la lectura de Sartre en su obra narrativa y crítica,
publicó en Sur. Los colaboradores de ambas revistas admiraron, con
diferentes énfasis, a H. A. Murena y su ensayo clave “Reflexiones
sobre el pecado original de América Latina”, inspirado a su vez
en otro ancestro común, otro ensayista de la realidad nacional,
Ezequiel Martínez Estrada.
Lo que se llama
una “cultura crítica” en la Argentina, en la década de 1950,
se debe entonces al impacto que produjo, en las zonas laterales a las instituciones,
el existencialismo de corte sartreano, que para conservar su capacidad
revulsiva será fusionado en los años siguientes con el marxismo.
Ese impulso sartreano se irá extinguiendo en la década del
‘60 merced al éxito del que gozó en Argentina el estructuralismo.
Para aquellos que no abandonaron las enseñanzas de Sartre y Marx,
se trataba de un éxito cimentado en el derrumbe de estalinismo y
la exaltación del tercermundismo.
En 1974, La
Opinión, el diario de los simpatizantes de la izquierda intelectual,
podía anunciar que publicaría “miles de palabras” con Sartre
y recomendar a los lectores que reservaran su ejemplar con el “Autorretrato
a los 70 años”, una entrevista al filósofo ya ciego que después
integraría la décima serie de Situaciones, palabra clave
del existencialismo que presidió las sucesivas recopilaciones de
sus escritos dispersos. El ejemplar, efectivamente, se agotaba; los lectores,
efectivamente, lo reservaban. Eran lectores que entendían la alusión:
esas “palabras” de la convocatoria despertaban el eco de otras, Las palabras,
el título de las memorias de Sartre. Por entonces, otro autor de
los círculos de Sur y de Borges, Patricio Canto, hermano de Estela,
publicaba en la editorial Tiempo Contemporáneo una traducción
de la última obra voluminosa de Sartre, El idiota de la familia,
un análisis “total” de la vida y la obra de Gustave Flaubert, novelista
“burgués” y “artista” por excelencia del siglo XIX francés.
Esta edición anunciaba los tiempos por venir: los revisores técnicos
de la traducción se llamaban Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo.
En los ‘70,
y hasta su muerte, Sartre había recuperado en la Argentina sus fueros
de intelectual comprometido. Había defendido al único acontecimiento
latinoamericano del siglo que había gozado de repercusión
permanente, la revolución cubana. En el horizonte de 1973, ya la
Noche de los Bastones Largos de Onganía había ahogado las
esperanzas universitarias de la Argentina intelectual. El antiuniversitario
Sartre volvía a valorarse. Las esperanzas revolucionarias de 1973
se ahogaron a su vez en 1976, y después de 1984 el ambiente intelectual
era nuevamente universitario. En los ‘90, Carlos Correas podía reseñar
El Siglo de Sartre, la biografía crítica de Bernard-Henri
Lévy. El libro no lo entusiasmaba. Uno de los reparos que le hace
se vincula con la Argentina: el desconocimiento de la relación del
filósofo con una muchacha argentina. Para entonces, Sartre había
entrado en la historia. |