| Radar/Página12
de Argentina - 10 de abril de 2005
Jean Paul Sartre
A 100 años del nacimiento
de y a 25 de su muerte
La carne
del pensar
Tomas
Abraham
Sartre
irrumpe en la filosofía del siglo XX con trabajos sobre la fenomenología
y sus efectos en el campo de la psicología. Fue en 1933, al viajar
a Alemania por recomendación de Raymond Aron, como se acerca al
pensamiento de Husserl y a su método concreto de aproximación
a las cosas. A la filosofía le faltaba carne. Estaba excedida de
moralina neokantiana, espiritualismo bergsoniano y respetabilidad académica.
No era más que la legitimación de la mediocridad de la burguesía
republicana.
Lo que le interesa
es el problema de la conciencia y su inscripción en el mundo a través
del diagrama de la intencionalidad. La conciencia es pensada como una dirección,
un espectro que se abre como una lente multifocal, impulsado por un movimiento
centrífugo. Siempre estamos afuera, y de perfil. La plenitud del
ser, que se da en el objeto que es en sí, no le corresponde al ser
humano, que se define por la fisura consciente y porque estamos sesgados
respecto del mundo. Estamos condenados a elegir permanentemente por esta
característica ontológica que nos hace reflexivos y nos obliga
a decidir.
El hombre es
decisión, y en este sentido se lo caracteriza como libre. Mateo
es un personaje de las novelas de Sartre. Es un hombre solitario, escéptico
y apático, a pesar de las bellas mujeres que lo miman. No es un
melancólico sino lo que después se llamó “existencialista”.
Un ser que vive con desgano, que no cree en ningún ser superior,
que envidia a los que creen en el sentido de la vida y de la historia que
le resultan lejanos y extraños, y que roza las más imprevisibles
aventuras por azar. Fumar un corto negro sin filtro o morder una pipa curva,
pasearse con perramus sin rumbo, meterse en algún lugar para escuchar
jazz y dejarse llevar a un dormitorio cualquiera por Juliette Greco son
parte de la cosmética de aquella filosofía.
Sartre se hace
popular con el teatro. Su primera obra, Las moscas, pretende aludir a un
mundo opresivo, pero con la suficiente sofisticación como para que
aplaudieran con entusiasmo el comité de censura que controlaba la
cultura con la lista Otto –que prohibía la circulación de
autores negros, judíos, homosexuales, comunistas– y los espectadores
uniformados y colaboracionistas.
Sartre crea
un concepto rico y curioso: el de mala fe. Es el “no me di cuenta” por
un lado y el de las circunstancias atenuantes. En fin, el mundo de la excusa.
Con dureza condenó a todos los que habían de algún
modo colaborado con la ocupación alemana y pidió generosamente
paredón para varios. Para Sartre, la política era el dominio
de lo relativo, y se ofuscaba cuando se condenaba a la historia en nombre
de la moral. Así justificó la invasión soviética
a Hungría y durante años se enfrentó a los que denunciaban
la existencia del Gulag.
En su novela
Las palabras, Sartre cuenta que siempre fue un comediante, que si no fuera
así no se hubiera dedicado a la literatura. Piensa que el escritor
es un comediante que hace “como si”: hay una artificialidad que vuelve
inauténtica su labor. El mundo de la burguesía todo lo falsea,
lo hace decorado de cartón, premia la impostura y nos clava una
máscara en el rostro. Nada hay de vocación y destino en el
escritor; sólo una grandeza de enano por la que se autopromueve
en ridículos parnasos. A la literatura le falta realidad.
Esto no sólo
se debe a que los libros son irrisorios frente al hambre de los niños
sino a que toda la literatura tiene algo de puesta en escena y exige una
habilidad que la justifique. El escritor es un payaso frente al héroe
de nuestro tiempo, aquel que verdaderamente está en lo real, el
que come la carne de la vida: el revolucionario, el que eligió que
su vida era también la de los demás.
Es cierto que
el mismo Sartre se cansaba de su propio entusiasmo revolucionario y que,
cuando el agotamiento era extremo, simplemente entregaba su cuerpo para
que jóvenes maoístas lo pasearan por los medios en pro de
su revolución cultural.
Sartre recelaba
de la estatura intelectual de Merleau Ponty, envidiaba el coraje de Paul
Nizan, atacó primero y luego añoró la presencia de
Albert Camus. Antes de que su pluma maníaca volviera una y otra
vez sobre sí misma al ritmo alocado de las anfetaminas, Sartre ya
había escrito algunas de las más bellas páginas de
la filosofía moderna. |