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14 de abril de 2005
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La Vanguardia de España - 14 de abril de 2005

Sartre, una vida espléndida

ES COHERENTE CON SU obra: compromiso radical con los hombres y el mundo desde la libertad, también desde la libertad de equivocarse

Francesc de Carreras *
Mañana se cumplen veinticinco años de la muerte de Jean-Paul Sartre. En este corto periodo de tiempo, el filósofo y escritor francés ha pasado, súbitamente, de la gloria al olvido. 

Excepto en su país, hoy nadie lee a Sartre, sus libros apenas se reeditan, para las generaciones actuales nada significa. 

Sin embargo, pienso que de la obra escrita de Sartre cabe salvar algunos libros, sin los cuales el relato de la cultura europea del siglo XX sería incompleto, y cabe extraer de su vida, de los aciertos y errores de su agitada vida, algunas ilustrativas lecciones. Quizás este veinticinco aniversario y el próximo centenario de su nacimiento -a conmemorar el 21 de junio de este año- sean la ocasión propicia para ref lexionar sobre los valores que aportó Sartre como agitador intelectual. 

La trayectoria personal, filosófica, literaria y política de Sartre, sólo es inteligible si la contemplamos desde su punto de partida: la filosofía existencialista. En efecto, el núcleo fundamental de su pensamiento lo estableció Sartre en la etapa que discurre entre 1930 a 1945, a partir sobre todo de las enseñanzas de Husserl y la posterior lectura de Heidegger. Sus obras clave de esta época son la novela La náusea (1938), las piezas de teatro Las moscas (1943) y Apuerta cerrada (1944) y su compleja obra filosófica El ser y la nada (1943), así como su brillante conferencia El existencialismo es un humanismo (1945). Toda la evolución posterior, aparentemente contradictoria, cobra sentido y coherencia a partir de los presupuestos establecidos en esta primera etapa. 

¿Qué es el existencialismo sartriano? Dicho brevemente, es aquella filosofía según la cual "la existencia precede a la esencia", es decir, la naturaleza humana no es algo previo y preconcebido, preestablecido, sino que el hombre, cada hombre, no es más que el conjunto de todos sus actos y sólo existe en cuanto se realiza. Por tanto, la esencia del ser humano no está predeterminada sino que se construye día a día mediante los actos que, desde la libertad y la responsabilidad, conforman su existencia. 

En efecto, el hombre no únicamente es libre sino que está condenado a ser libre. Solo, arrojado al mundo, sin apoyo ni socorro alguno, el ser humano se inventa cada instante a sí mismo precisamente porque está dotado de libertad, condición y fundamento de su existencia. De esta libertad se deduce su responsabilidad. El hombre, debido a su libertad, es responsable de lo que hace y, en consecuencia, también es responsable de lo que es: recordemos que la existencia precede a la esencia, el ser es producto del existir. Al configurar libremente su existencia los seres humanos inventan su esencia y al ser responsables de lo que hacen determinan moralmente lo que son. 

Ser libre, inventarse a sí mismo, construirse a sí mismo, significa que la vida del hombre es un constante proceso de elección, de escoger entre opciones diversas: al elegir libremente lo que somos, elegimos nuestra propia naturaleza, nuestra manera de ser. Lo imposible es no elegir: aún pensando que no elegimos estamos también, sin escapatoria posible, eligiendo. Por tanto, estar "condenados a ser libres" significa no poder escapar a nuestra condición humana, a nuestra responsabilidad de hombres libres, a la obligación de escoger entre diversas opciones, a determinar voluntariamente nuestro propio ser mediante nuestra manera de actuar. En definitiva, a configurar nuestra esencia mediante nuestra propia existencia. Pero el hombre no es un fin en sí mismo sino que, precisamente para conformar su esencia mediante su existencia, necesita proyectarse hacia fuera, hacia el mundo y hacia los demás hombres, trascenderse a sí mismo. De ahí la noción de compromiso: la obligatoriedad de elegir proviene de la libertad, la inevitabilidad de actuar está condicionada por la responsabilidad. Comprometernos con los demás y con el mundo, aún sin esperanza alguna, es la consecuencia inmediata de nuestra responsabilidad. El existencialismo de Sartre, más que una metafísica, es una doctrina para la acción, una ética del compromiso fundado en la libertad y responsabilidad individual. 

Desde estos presupuestos, Sartre eligió -para decirlo en sus propios términos- el compromiso con aquellos que él consideraba los "condenados de la tierra", si me permiten utilizar el célebre título de la obra de Franz Fanon que él prologó. Este compromiso le llevó de la resistencia francesa contra los nazis al comunismo soviético, chino o cubano; del apoyo a los anticolonialistas argelinos a encabezar el mayo del 68, el pacifismo antinuclear, los movimientos contra la guerra de Vietnam, la defensa de la primavera de Praga o a elogiar el Estado de Israel. Asimismo, le llevó también a la ruptura de casi todos estos compromisos. 

En definitiva, su existencia es coherente con su obra: compromiso radical con los hombres y el mundo desde la libertad, también desde la libertad de equivocarse. En su vida privada se saltó todas las convenciones sociales establecidas, en su vida pública optó por comprometerse con las causas que creía defendían esta libertad. Sus aparentes contradicciones y sus evidentes errores son producto de esta necesidad de comprometerse. Rossana Rossanda lo retrató así, hace veinticinco años, en su necrológica: "Vivió y murió corriendo, generosamente, saltando todos los obstáculos, cayendo, levantándose y pensando de nuevo, poniéndolo todo en cuestión. Una vida espléndida".

*FRANCESC DE CARRERAS, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB

 
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