| Coletillas
al Margen
¿De
cuáles Derechos Humanos
hablamos
en Cuba?
Carlos
Angulo Rivas
Hace tres
semanas la revista TIME nos dio a conocer en un amplio informe que en el
mundo mueren ocho millones de personas todos los años, única
y exclusivamente por ser demasiado pobres para permanecer vivas. Dramática
revelación si se tiene en cuenta que el mundo desarrollado vive
en el esplendor del nuevo milenio rodeado de un bienestar jamás
imaginado, gracias a los adelantos tecnológicos, a la ciencia y
a la bonanza de los círculos capitalistas defensores a muerte de
la globalización y el neoliberalismo, fórmula puesta en boga
luego de la era Reagan – Thatcher y la caída del muro de Berlín.
El mismo informe de TIME indica que no sólo mueren ocho millones
de personas al año por inanición o extrema pobreza sino además
que en un mundo de plenitud y abundancia (como a diario la prensa y la
TV nos pinta) mil cien millones de habitantes sobreviven apenas y están
bajo el eminente peligro de desaparecer en cualquier momento absorbidos
por el hambre y la miseria.
Los datos
del artículo en mención salen a la luz gracias al libro “The
end of poverty” del economista Jeffrey D. Sachs, quien a menudo se pregunta
cómo puede ocurrir tamaña crueldad frente al apogeo y el
derroche de las clases privilegiadas en las grandes ciudades del mundo,
principalmente norteamericanas y europeas. Sachs reprocha las políticas
modelo del Fondo Monetario Internacional y sus ajustes estructurales, a
las que llama muy limitadas señalando el enorme daño que
causan a los países pobres. El Banco Mundial mediante la frialdad
de sus informes estadísticos define tres grados de pobreza y nos
dice que la mitad de los seis mil millones de habitantes de la tierra son
pobres. La pobreza extrema o absoluta corresponde a los mil cien millones
de habitantes que sobreviven con un dólar o menos al día;
la pobreza moderada (de uno a dos dólares por día) y coloca
en la pobreza relativa a todos los que están debajo de la línea
promedio de ingresos a nivel nacional en cada país. Nos interesa
comentar a los catalogados como de pobreza extrema o insoportable, aquella
donde abuelos, padres y niños no pueden alcanzar las necesidades
básicas de la supervivencia de los seres humanos, pues todos ellos
padecen de hambre crónica, enfermedades, falta de agua, ausencia
de sanidad, servicio social, techo, vestido, zapatos y educación;
indigencia que el artículo define como “la pobreza que mata”.
¿Cómo
echarle la culpa al sistema socialista o a la extinta "guerra fría"
de tamaña tragedia mundial? ¿O a las guerras civiles por
culpa del comunismo agazapado? ¿O al terrorismo llevado a la popularidad,
por George W. Bush? Imposible ¿verdad? ¡Por supuesto, que
imposible! porque la responsabilidad de este asesinato masivo está
en el rumbo que lleva el llamado primer mundo en su afán de dominación
mundial o de colonización por otros medios. El resultado del desarrollo
capitalista en nuestro planeta habla por sí mismo y los señores
del poder no tienen una solución a la mano frente a la pobreza que
aumenta en proporción injustificable en África, Asia del
Sur y en América Latina y el Caribe, región esta última
donde la extrema pobreza se incrementó en más del 25 % entre
1981 y el 2001. Y si ninguna teoría puede justificar la brutal forma
de explotación colonial en los siglos pasados, hoy menos se justifica
la persistencia en subyugar a los pueblos en base a la superioridad tecnológica,
económica, política y militar, aprovechándose de factores
religiosos, étnicos, geográficos, raciales, culturales e
institucionales de los países más pobres.
Nos encontramos
así ante la disyuntiva de definir y elegir, pues la peor violación
de los derechos humanos es matar a la gente o dejarla morir -y si es por
hambre- la acción visible y contable de desaparecer personas se
convierte en un crimen execrable o de lesa humanidad. Así en este
aspecto fundamental de la existencia del hombre sobre la tierra, los derechos
políticos son relativos y por supuesto menos importantes que los
derechos sociales, económicos, educativos y culturales. De tal suerte,
por este camino llegamos a la conclusión de primero sostener la
vida y la justicia social, antes que la confusa libertad individual de
unos cuantos cuando la mayoría de los pueblos del tercer mundo tiene
sólo la libertad de morirse de hambre en desesperación, angustia
mortuoria y además llena de harapos. ¿De qué les sirve
la democracia formal representativa, forrada en pergaminos de libertad,
a los mil cien millones de pobres absolutos del mundo? No olvidemos que
en Cuba se practica la democracia participativa y como hemos observado
y venimos observando les viene como anillo al dedo a los países
pobres, tal como ahora también celebramos el acontecimiento de la
revolución bolivariana en Venezuela. Este breve análisis
nos llama a superar la pobreza a fin de alcanzar el respeto a los derechos
humanos de la carta fundamental de la Naciones Unidas. No desviemos el
curso de la única y verdadera libertad: el ser humano primero.
Reconocido
por todos los organismos internacionales, el gobierno de La Habana tiene
un record inmejorable en todo lo concerniente a la eliminación de
los problemas sociales y los de la desigualdad. De allí el dilema
de la Casa Blanca por obtener a como dé lugar los votos necesarios
en Ginebra, en la Comisión de Derechos Humanos, para cumplir
con su consigna anual, la obsesión enfermiza de censurar a Cuba
sin ton ni son valiéndose de un grupillo insignificante de disidentes
cubanos sin apoyo popular, envalentonados por los medios de difusión
del imperio y de la oposición reaccionaria de Miami; y que cuente
que es contra el bienestar general de todo un pueblo. Y ojo que en Cuba
no se castiga la libertad de pensamiento pero sí, con razón
y energía, a quienes mediante el sabotaje pretenden acabar con un
proceso de revolución permanente cuyos resultados sociales son admirados
en el mundo entero. En consecuencia la puntería norteamericana sobre
Cuba es poner en el tapete de la discusión cuestiones políticas
menores que nada tiene que ver con la violación de los derechos
humanos, esta violación más bien perpetrada por el gobierno
de Bush en las cárceles militares de Afganistán, Irak y Guantánamo,
donde los prisioneros han sido maltratados, denigrados, torturados y hasta
asesinados; y donde asimismo se les ha quitado el derecho a una defensa
legal.
A pocos
días de que se vote la resolución preparada por Estados Unidos
contra Cuba la renuencia a apoyar el documento-consigna es casi unánime,
aunque la diplomacia estadounidense trabaja febrilmente a través
del chantaje político y económico amenazando con cortar “ayudas”
inversiones y favores. Y es que sopesando la reunión de la Comisión
de Derechos Humanos en su 61 confluencia anual la situación de violaciones
sistemáticas a las garantías fundamentales del hombre se
vienen dando en la cancha de quienes levantan el dedo acusador sin mirar
a su alrededor. De esta manera obtenemos el boomerang de las acusaciones
puesto que los relatores y los presidentes de los grupos de trabajo, espoleados
por la enorme variedad de las organizaciones no gubernamentales, exigen
claridad en las resoluciones, fundamentalmente frente al gobierno de George
W. Bush y su falta de respeto a las convenciones y leyes internacionales.
Una vez más con el voto contra Cuba y las abstenciones, sabremos
de la falta vergüenza de los gobiernos esbirros o copatrocinadores
de una consigna que por gastada y sin sustento posible no tiene mayores
consecuencias, excepto la de avergonzar a los pueblos de los respectivos
países incluido el norteamericano.
Carlos
Angulo Rivas
reppam@sympatico.ca
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