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13 de abril de 2005
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Coletillas al Margen

¿De cuáles Derechos Humanos
hablamos en Cuba?

Carlos Angulo Rivas
Hace tres semanas la revista TIME nos dio a conocer en un amplio informe que en el mundo mueren ocho millones de personas todos los años, única y exclusivamente por ser demasiado pobres para permanecer vivas. Dramática revelación si se tiene en cuenta que el mundo desarrollado vive en el esplendor del nuevo milenio rodeado de un bienestar jamás imaginado, gracias a los adelantos tecnológicos, a la ciencia y a la bonanza de los círculos capitalistas defensores a muerte de la globalización y el neoliberalismo, fórmula puesta en boga luego de la era Reagan – Thatcher y la caída del muro de Berlín. El mismo informe de TIME indica que no sólo mueren ocho millones de personas al año por inanición o extrema pobreza sino además que en un mundo de plenitud y abundancia (como a diario la prensa y la TV nos pinta) mil cien millones de habitantes sobreviven apenas y están bajo el eminente peligro de desaparecer en cualquier momento absorbidos por el hambre y la miseria. 

Los datos del artículo en mención salen a la luz gracias al libro “The end of poverty” del economista Jeffrey D. Sachs, quien a menudo se pregunta cómo puede ocurrir tamaña crueldad frente al apogeo y el derroche de las clases privilegiadas en las grandes ciudades del mundo, principalmente norteamericanas y europeas. Sachs reprocha las políticas modelo del Fondo Monetario Internacional y sus ajustes estructurales, a las que llama muy limitadas señalando el enorme daño que causan a los países pobres.  El Banco Mundial mediante la frialdad de sus informes estadísticos define tres grados de pobreza y nos dice que la mitad de los seis mil millones de habitantes de la tierra son pobres. La pobreza extrema o absoluta corresponde a los mil cien millones de habitantes que sobreviven con un dólar o menos al día; la pobreza moderada (de uno a dos dólares por día) y coloca en la pobreza relativa a todos los que están debajo de la línea promedio de ingresos a nivel nacional en cada país. Nos interesa comentar a los catalogados como de pobreza extrema o insoportable, aquella donde abuelos, padres y niños no pueden alcanzar las necesidades básicas de la supervivencia de los seres humanos, pues todos ellos padecen de hambre crónica, enfermedades, falta de agua, ausencia de sanidad, servicio social, techo, vestido, zapatos y educación; indigencia que el artículo define como “la pobreza que mata”. 

¿Cómo echarle la culpa al sistema socialista o a la extinta "guerra fría" de tamaña tragedia mundial? ¿O a las guerras civiles por culpa del comunismo agazapado? ¿O al terrorismo llevado a la popularidad, por George W. Bush? Imposible ¿verdad? ¡Por supuesto, que imposible! porque la responsabilidad de este asesinato masivo está en el rumbo que lleva el llamado primer mundo en su afán de dominación mundial o de colonización por otros medios. El resultado del desarrollo capitalista en nuestro planeta habla por sí mismo y los señores del poder no tienen una solución a la mano frente a la pobreza que aumenta en proporción injustificable en África, Asia del Sur y en América Latina y el Caribe, región esta última donde la extrema pobreza se incrementó en más del 25 % entre 1981 y el 2001. Y si ninguna teoría puede justificar la brutal forma de explotación colonial en los siglos pasados, hoy menos se justifica la persistencia en subyugar a los pueblos en base a la superioridad tecnológica, económica, política y militar, aprovechándose de factores religiosos, étnicos, geográficos, raciales, culturales e institucionales de los países más pobres. 

Nos encontramos así ante la disyuntiva de definir y elegir, pues la peor violación de los derechos humanos es matar a la gente o dejarla morir -y si es por hambre- la acción visible y contable de desaparecer personas se convierte en un crimen execrable o de lesa humanidad. Así en este aspecto fundamental de la existencia del hombre sobre la tierra, los derechos políticos son relativos y por supuesto menos importantes que los derechos sociales, económicos, educativos y culturales. De tal suerte, por este camino llegamos a la conclusión de primero sostener la vida y la justicia social, antes que la confusa libertad individual de unos cuantos cuando la mayoría de los pueblos del tercer mundo tiene sólo la libertad de morirse de hambre en desesperación, angustia mortuoria y además llena de harapos. ¿De qué les sirve la democracia formal representativa, forrada en pergaminos de libertad, a los mil cien millones de pobres absolutos del mundo? No olvidemos que en Cuba se practica la democracia participativa y como hemos observado y venimos observando les viene como anillo al dedo a los países pobres, tal como ahora también celebramos el acontecimiento de la revolución bolivariana en Venezuela. Este breve análisis nos llama a superar la pobreza a fin de alcanzar el respeto a los derechos humanos de la carta fundamental de la Naciones Unidas. No desviemos el curso de la única y verdadera libertad: el ser humano primero. 

Reconocido por todos los organismos internacionales, el gobierno de La Habana tiene un record inmejorable en todo lo concerniente a la eliminación de los problemas sociales y los de la desigualdad. De allí el dilema de la Casa Blanca por obtener a como dé lugar los votos necesarios en Ginebra, en la Comisión de Derechos Humanos,  para cumplir con su consigna anual, la obsesión enfermiza de censurar a Cuba sin ton ni son valiéndose de un grupillo insignificante de disidentes cubanos sin apoyo popular, envalentonados por los medios de difusión del imperio y de la oposición reaccionaria de Miami; y que cuente que es contra el bienestar general de todo un pueblo. Y ojo que en Cuba no se castiga la libertad de pensamiento pero sí, con razón y energía, a quienes mediante el sabotaje pretenden acabar con un proceso de revolución permanente cuyos resultados sociales son admirados en el mundo entero. En consecuencia la puntería norteamericana sobre Cuba es poner en el tapete de la discusión cuestiones políticas menores que nada tiene que ver con la violación de los derechos humanos, esta violación más bien perpetrada por el gobierno de Bush en las cárceles militares de Afganistán, Irak y Guantánamo, donde los prisioneros han sido maltratados, denigrados, torturados y hasta asesinados; y donde asimismo se les ha quitado el derecho a una defensa legal. 

A pocos días de que se vote la resolución preparada por Estados Unidos contra Cuba la renuencia a apoyar el documento-consigna es casi unánime, aunque la diplomacia estadounidense trabaja febrilmente a través del chantaje político y económico amenazando con cortar “ayudas” inversiones y favores. Y es que sopesando la reunión de la Comisión de Derechos Humanos en su 61 confluencia anual la situación de violaciones sistemáticas a las garantías fundamentales del hombre se vienen dando en la cancha de quienes levantan el dedo acusador sin mirar a su alrededor. De esta manera obtenemos el boomerang de las acusaciones puesto que los relatores y los presidentes de los grupos de trabajo, espoleados por la enorme variedad de las organizaciones no gubernamentales, exigen claridad en las resoluciones, fundamentalmente frente al gobierno de George W. Bush y su falta de respeto a las convenciones y leyes internacionales. Una vez más con el voto contra Cuba y las abstenciones, sabremos de la falta vergüenza de los gobiernos esbirros o copatrocinadores de una consigna que por gastada y sin sustento posible no tiene mayores consecuencias, excepto la de avergonzar a los pueblos de los respectivos países incluido el norteamericano.

Carlos Angulo Rivas
reppam@sympatico.ca

 
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