La sentada
del pequeñoburgués
Agustín
Díaz Pacheco
La
muerte no perdona, la existencia y su final es un misterioso antes y temido
después, y una lucha tenaz contra sus numerosas dolencias, el fallecimiento
de Karol Wojtyla ha motivado reflexión ante el sufrimiento
físico y psicológico de un hombre que, como todo ser humano,
debe ser respetado, aunque muchos no compartan sus ideas religiosas. Se
concita una opinión, Juan Pablo II demostró ser un conservador
en los temas concernientes a la teología y moderadamente avanzado
en lo social, cuestiones inerciales.
El contrapunto
ante su fallecimiento, el martes 9 de marzo en el Congreso de los Diputados
(Madrid), cuando varios diputados del PSOE (partido muy a la derecha del
programa de Bad Godesberg, y que recibe el voto de bastantes creyentes),
de ERC (nostálgicos del republicanismo elemental…), y de Izquierda
Unida (innegable vocación extraparlamentaria la suya, en la que
coinciden estalinistas, y expertos en hacerse gratuito harakiri),
optaron por no levantarse, ante una mayoría del todo innegable que
sí lo hizo, guardando un minuto de silencio por Juan Pablo II.
Mientras, un
hombre situado en las antípodas, Fidel Castro, ha manifestado: “Juan
Pablo II fue un hombre excepcional y luchador tesonero, incansable”; a
la vez que recordaba que Karol Wojtyla declaró durante su estancia
en La Habana que el bloqueo a Cuba era “injusto y éticamente inaceptable”
– quede constancia de la cuasiplural actitud crítica ante ciertas
decisiones del dirigente cubano, pero mucho más lo son, hasta adquirir
la más inquebrantable oposición ante un siniestro cowboy:
George W. Bush-; pero un pelotón de pequeñoburgueses irrespetuosos
que militan en el PSOE, ERC o IU, ha dejado plena constancia de la más
sorprendente intolerancia. Harían mejor en preocuparse ante los
muchos problemas que afectan a la ciudadanía española, no
convertirse en asalariados parlamentarios, evitar la indiferencia de los
políticos profesionales y entregar alguna parte de su dinero a pobres,
necesitados, y meritorias ONG´s. Pero no, los jacobinos de saldo
se disfrazaron de contestatarios, y si en ciertos –sin generalizar- ámbitos
nunca faltan ciertos hipócritas que dicen ser cristianos y luego
se contradicen conscientemente, en los parlamentarios entregados a la sentada
pequeñoburguesa se abre una hipótesis: si ostentaran el poder,
lo pasaríamos fatal. Unos, descendientes del anticlericalismo –del
todo trasnochado-; otros, republicanos de pose y ambición, y el
resto, herederos inconfesos del estalinismo, aunque se vistan de manera
oportunista como partícipes de una nueva izquierda y mostrarse inclinados
hacia alianzas para avanzar en democracia.
La totalitaria
actitud de quienes protagonizaron la sentada, los pequeñoburgueses
de turno, es difícil que coincidieran con quien sí mantiene
convincentes argumentos contra la jerarquía que lo ha intentado
amordazar. Es Leonardo Boff, clave de la teología de la liberación,
que propone: “Una señal de que la Iglesia se moderniza y camina
con la historia en su mejor versión, es el espíritu democrático
y la voluntad de ser ciudadano activo y no un consumidor pasivo de bienes
religiosos” (El País, página 4; 11/4/2005). Quedan
ahora las explicaciones de ciertos políticos profesionales…
Agustín
Díaz Pacheco
Escritor español, reside
en La Laguna (Tenerife, Canarias)
lykos87@yahoo.es
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