Gennaro Carotenuto - rodelu.net
15 de abril de 2005
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Claroscuros de un papa

Dos imágenes que enmarcan el pontificado de Juan Pablo II: la primera es la foto en el balcón de La Moneda en la que bendice a Pinochet, y la segunda la del encuentro con Fidel Castro. Sin embargo, Karol Wojtyla fue mucho más que eso.

Gennaro Carotenuto desde Roma
En medio hay una guerra sin cuartel contra la teología de la liberación. Una guerra sucia, que tuvo que oscurecer la figura del mártir salvadoreño Óscar Romero y que sin embargo el papa no ganó. Karol Wojtyla no pudo con la iglesia de los pobres y ésta es hoy el motor del catolicismo aunque no tenga cardenales en el consistorio. Éste ha sido diseñado como un todo conservador durante 27 años de wojtylismo y ha quemado –por la edad o por haberla aislado políticamente– la generación del Concilio Vaticano II y de Medellín. La guerra imposible y no ganable contra la teología de la liberación aparece como el símbolo de un pontificado donde hay luces pero también sombras, victorias y no pocas derrotas.

Algunas voces críticas exaltan la centralidad del conservadurismo del papa. El silencio sobre las dictaduras latinoamericanas, el haber abierto las puertas del Vaticano a organizaciones como el Opus Dei, llegando al insulto de la santificación de José María Escrivá de Balaguer, cómplice y soporte de todos los crímenes del franquismo. Las consecuencias nefastas de este conservadurismo en temas de moral sexual y del papel de la mujer son que incluso algunos consideren al papa cómplice de los responsables de la difusión de enfermedades sexuales como el sida en África. Son acusaciones injustas.

La causa de la mortalidad en África está en la persistencia del dominio colonial causante del subdesarrollo. El catolicismo es parte de este sistema de dominio pero dio pasos objetivamente importantes para ser parte también de la solución. No es posible al mismo tiempo criticar una religión –que es cada vez más expresión de las culturas del Tercer Mundo y de sus idiosincrasias– por ser paternalista y por no serlo no cambiando sus dogmas “à la carte”. Wojtyla fue papa y monarca, y el secularismo de la sociedad moderna no puede pretender que absuelva a los nietos de los mismos pecados por los cuales fueron condenados al infierno los abuelos. Un individuo, una sociedad o un Estado laico pueden y deben regular y defender el divorcio o el aborto y favorecer la contracepción. No pueden, en cambio, pretender que un papa católico los apruebe. Sin embargo, pocos papas vivieron una transformación tan radical de la sociedad contemporánea. Juan Pablo II llegó a San Pedro cuando apenas aparecía la tevé en color, y murió entre satélites y SMS. Supo cabalgar esta revolución mediática, pero su época es la de la máxima laicización de la sociedad y del máximo alejamiento de ésta de los preceptos católicos. Millones de jóvenes –los “papaboys”– reinterpretan sus preceptos en temas de moral sexual, simplemente no aplicándolos. La Iglesia se adecua y anula matrimonios, tanto como los estados los disuelven con el divorcio. La histeria planetaria que está caracterizando la muerte de Juan Pablo II es parte de este contexto. Su muerte, como su pontificado, se desdibujan en cien grandes eventos mediáticos, en los cuales todos aplauden y todos se sienten autorizados a no cumplir.

De alguna manera, la Iglesia Católica, que carece de respuestas ante la modernidad, utiliza el icono del papa, la mediatización del icono del papa, para dar una respuesta, apenas exterior, a la modernidad misma. Si George W Bush, objeto de ásperas críticas en estos años, asiste tranquilamente a su funeral, cabe la duda de que Juan Pablo II haya sido apenas un inocuo icono pop en nuestra modernidad, una camiseta del Che, una publicidad de Coca-Cola. Y su fe, su religión católica, aparece entonces como parte de una industria que se hace nueva religión, una “religión catódica”.

ECUMENISMO Y GUERRAS

Con el tiempo sale a la luz que el hombre que según la vulgata mayoritaria derrotó al comunismo, es antes que nada “un defensor de la fe” y un nacionalista polaco, es decir antirruso. No por casualidad su última monografía define –reabriendo el debate– al comunismo como un “mal necesario”. Y Wojtyla fue tan “defensor de la fe” como actor en la creación de un Estado católico croata que abrió las puertas a la carnicería balcánica. Con el tiempo sale también a la luz que el papa ecuménico –en el sentido de comunión entre cristianos– es en realidad el papa monarca que –exaltando el primado de Pedro– no quiso o no supo dar significativos pasos hacia protestantes y ortodoxos por motivos tanto teológicos como políticos. Por otra parte, tantos protestantes como ortodoxos hicieron muy poco para favorecer estos acercamientos. Si Wojtyla fue ecuménico, no lo fue hacia los otros cristianos sino hacia las otras religiones del mundo.

Era menos difícil, pero más importante y pudo enmarcarlo en un cuadro de valores compartidos que está entre sus aportes fundamentales. A cambio, en la secular diatriba entre cristianos, Wojtyla quiso encarnar y endurecer la primacía de Roma y la centralidad del papado. La encarnó en un contexto profundamente modificado por el mundo que durante su pontificado se hace unipolar y con el neoliberalismo triunfante. El aliado de Ronald Reagan contra el socialismo real se convirtió en el enemigo más autorizado de George W Bush en su agresión al mundo islámico. No es una contradicción. Es el repudio a la ética calvinista del individuo contra la solidaridad de una Iglesia Católica que “se hace” Sur y por eso comparte los destinos de todos los sures del mundo. Se hace Sur porque sus fieles son cada vez más “Sur” y más pobres y más derrotados por el modelo.

El conservador Wojtyla, el fiero adversario de la teología de la liberación, el amigo del Opus Dei, bien sabía que el catolicismo del siglo XXI será una religión del Sur o no será.

Cuando el planeta entero explota y el “cristiano renacido” George W Bush, junto al anglicano Tony Blair, pretenden imponer la superioridad de Occidente armándose de la cruz y de la justicia infinita, sólo Karol Wojtyla tuvo la fuerza moral para evitar que el planeta entero se precipitara en una guerra de religiones, una nueva cruzada del racismo apocalíptico protestante en búsqueda del dominio del planeta. Tuvo –él solo– la autoridad para decirle al islam, y hacerse escuchar, que no eran “los cristianos” los que pretendían hacer la guerra contra mil millones de musulmanes. Este es el aporte más importante del pontificado de Juan Pablo II, y el diálogo entre religiones se ha vuelto central frente al diálogo dentro de “la” religión cristiana. Es el diálogo que Wojtyla supo mantener con el islam en su rechazo a la guerra infinita, priorizando valores solidarios y espirituales frente al materialismo de la modernidad que conlleva la ética protestante del individualismo. Por ahora, Wojtyla ha sido el factor que ha evitado que el planeta entero se precipite en una guerra sin cuartel.

Gennaro Carotenuto
Columnista del semanario Brecha de Uruguay
gc@gennarocarotenuto.it
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