| La
Nación de Argentina - 15 de abril de 2005
Tsunamis
silenciosos
Bernardo
Kliksberg *
Para LA NACION
WASHINGTON
Una de
las maneras concretas de rendirle homenaje al papa Juan Pablo II y de recordarlo
es prestar la mayor atención a sus continuos llamados y advertencias
sobre el drama de la pobreza. “El género humano está enfrentando
formas de esclavitud que son nuevas y más sutiles que las del pasado”,
advirtió en una ocasión, refiriéndose a los pobres,
y agregó: “Para muchísimas personas la libertad permanece
como una palabra sin significado”.
La pobreza denunciada constantemente
por el Papa no es neutra. La pobreza mata.
Algunas de las estrellas más
famosas del planeta –entre ellas Brad Pitt, Cameron Diaz, Emma Thompson,
Bono y George Clooney– acaban de lanzar una campaña televisiva internacional
para llamar la atención sobre esto. En un aviso que llegará
a 70 países, las celebridades hacen chasquidos con sus dedos cada
tres segundos: los últimos datos indican que cada tres segundos
está muriendo un niño en el mundo por extrema pobreza. Son
30.000 por día. Una tragedia muy superior a la horrorosa catástrofe
del tsunami, pero silenciosa.
El drama de la pobreza toma múltiples
formas. Informes recientes indican que más de mil cien millones
de personas no disponen de agua potable. Esa carencia, según Unicef,
es la causa de 4000 muertes de niños por día.
Por otra parte, 2600 millones de
personas no tienen conexión a una red de cloacas, elemento imprescindible
de salud preventiva. Cada mes mueren 150.000 niños africanos de
malaria, enfermedad prevenible. Bastarían dos o tres dólares
de aporte anual de los ciudadanos de los países ricos del mundo
para enfrentarla efectivamente. A pesar de los progresos, el sida sigue
matando en gran escala en las áreas más pobres. En 2004,
murieron por sida tres millones de personas, de ellas, 2,3 millones en
el Africa subsahariana. El tratamiento con medicamentos antirretrovirales
sólo llega a 700.000 de los 5,8 millones de personas que lo necesitan
urgentemente. Los demás no tienen forma de acceder a estos medicamentos.
La pobreza esta convirtiendo en infernal
la vida de muchos niños, forzándolos a trabajar. Unicef llama
al problema “una cicatriz en la conciencia mundial del siglo XXI”. Uno
de cada doce niños trabaja bajo las peores formas de explotación.
El 97 por ciento de ellos se halla en las naciones en desarrollo. Ciento
ochenta millones de niños y jóvenes menores de 16 años
son sometidos a trabajos peligrosos, esclavitud, trabajos forzados y reclutamiento.
Sólo en Africa, la mitad de los niños de cinco a catorce
años está trabajando. En América latina, según
Unicef, el 17 por ciento de los niños trabaja, “empujados por la
pobreza y la falta de educación”.
Los pobres son, asimismo, los que
pagan los costos principales por las catástrofes naturales. Representan
un porcentaje muy importante de las víctimas y de los afectados.
Tienen un índice de vulnerabilidad mucho más alto, porque
viven en los lugares más expuestos, en viviendas precarias, y los
sistemas de prevención y protección son muy débiles
en esas áreas.
Como los efectos de éstas
y otras expresiones de la pobreza son letales, hay una brecha creciente
entre las esperanzas de vida en diferentes regiones y grupos sociales.
Mientras que en los 26 países más ricos llega a los 78 años,
en los 49 más pobres es de sólo 53 años. Mientras
que la mortalidad infantil para menores de cinco años en Suecia
fue de tres por mil en 2004, y en Noruega de cuatro por mil, en el Africa
subsahariana llega a 168 por mil, y en América latina, al 71 por
mil. A su vez, las disparidades entre grupos en cada una de las regiones
son muy agudas. En el 20 por ciento más pobre de Haití, la
tasa es 163 por mil, y en Bolivia, 146 por mil.
No cabe ningún fatalismo frente
a estas cifras. Los fenomenales avances científico-tecnológicos
en múltiples campos simultáneos, como la biotecnología,
la genética, la nanotecnología, la ciencia de los materiales,
la informática y otros, han terminado con los pronósticos
sombríos sobre la imposibilidad de alimentar a la población
mundial. Según los estimados, con sus capacidades actuales el mundo
puede abastecer al doble de habitantes. El secretario general de la ONU,
Kofi Annan, declaró recientemente que el planeta está en
condiciones de garantizar su pleno desarrollo a todo niño que nazca
en este momento.
El tema tiene que ver con prioridades,
solidaridad, realización de esfuerzos concretos de todos, pero especialmente
por parte de quienes más pueden ayudar. Una proyección de
Onusida dice que si se hiciera lo apropiado en todos esos ámbitos,
incluyendo la duplicación de la ayuda externa, se evitarían
43 millones de nuevos casos de sida en los próximos veinte años.
Según el Proyecto del Milenio
de la ONU, se necesita, entre los aspectos principales, que los países
más ricos eliminen barreras aduaneras, aumenten sus inversiones
en los países pobres, reduzcan la deuda y otras medidas similares.
Un punto clave es que crezca su solidaridad. En la reunión mundial
del milenio, de 2000, se comprometieron a aportar no menos de un 0,70 por
ciento de su producto bruto para combatir la pobreza en el mundo. El aporte
promedio actual de los 22 países más ricos sólo llega
a la tercera parte de ello, el 0,25 del producto bruto. Sólo cinco
países han cumplido con la meta: Suecia, Dinamarca, Luxemburgo,
Holanda y Noruega.
Mientras que los cambios necesarios
no se produzcan, los tsunamis silenciosos de la pobreza seguirán
cobrándose vidas a diario, a ritmo creciente. Son noticias escasamente
difundidas. Como lo destaca Jeffrey Sachs, no se suele publicar que 20.000
personas murieron ayer de extrema pobreza. Tampoco que, según refieren
las estadísticas de la Organización Panamericana de la Salud,
190.000 niños mueren anualmente en América latina por causas
evitables vinculadas con la pobreza.
Frente a estas realidades, resuena
con mucha fuerza la voz del papa Juan Pablo II, cuando subrayó,
poco tiempo atrás: “En el mundo de hoy no basta con limitarse a
la ley del mercado y a la globalización. Hay que fomentar la solidaridad”.
Dijo además: “Un modelo de desarrollo que no tenga presente estas
desigualdades y que no las afronte con decisión no podría
prosperar de ningún modo”.
*El autor es director de la Iniciativa
Interamericana de Capital Social, Etica y Desarrollo (BID-Noruega). |