no habla de la guerra según le va en ella. Y en esta región del mundo, en
décadas recientes, nos ha ido razonablemente bien: desde que se apagaron
formalmente los conflictos en Centroamérica y perdió gasolina el de Perú, y con
la excepción de Colombia, donde los combates siguen siendo pan de cada día, las
matanzas que hay aquí son por enfermedades, miseria y abandono, por violencia de
género o porque las corporaciones policiales se toman demasiado en serio su
labor contra la delincuencia. Es cierto que el ciclo narcotráfico-combate al
narcotráfico se lleva al otro mundo a gran cantidad de personas, pero los
latinoamericanos podemos refugiarnos al menos en el consuelo de que si no somos
narcos, soplones, pistoleros o policías, es muy poco probable que los
mencionados nos lleven entre las patas en su combate concertado de todos los
días. La persecución de los migrantes no es guerra, sino cacería, porque, como
lo sabe perfectamente cualquier conservador que se respete, esa clase de
viajeros no son seres humanos, sino venados, y los venados casi nunca responden
a los balazos.
Además, los fenómenos mencionados tienen su mayor universo de bajas entre los
pobres, de modo que no afectan a las clases medias más que cuando éstas se
sientan a ver noticiarios televisivos que necesitan unos close ups de
carne humana para recordar a sus audiencias que la tele posee, como la misa, su
propia sacralidad: no sólo es entretenimiento, sino también medio de contacto
con el misterio y la trascendencia de la muerte.
Así que la guerra-guerra se ha vuelto referencia cultural distante,
circunscrita al cine, a los informativos de la noche o, si es que aún tienen uno
que otro lector, a los libros de historia y crónica. Vivimos la guerra de manera
similar a nuestra percepción de los vampiros, referencia universal de la cultura
que puede causar espanto momentáneo en las salas cinematográficas pero que no
lleva a nadie a una reflexión profunda sobre su entorno social y los peligros de
su deterioro.
Sin embargo, la cáscara de la civilidad, la convivencia, la democracia y la
paz es muy delgada, y bajo ella permanece siempre despierto el reptil violento y
estúpido que todos llevamos dentro. Asoma de cuando en cuando en forma de furia
individual, que la mayor parte de las veces se desagua en un puñetazo en la
pared y unas voces destempladas. Hace ya tiempo que no hemos encauzado esos
desfogues en forma de pelotones, atentados y emboscadas. Pero hay veces que una
frustración de más, un matiz lacerante en el estilo del adversario, un abuso de
poder mal calculado, da por resultado dos o más asambleas opuestas de reptiles
beligerantes dispuestos a cobrarse, unos a otros, los agravios. A partir de ahí
la institucionalidad, el estado de derecho, la tolerancia, el régimen de
partidos y demás componentes de la piel delicada de la civilización se van al
carajo. En ese momento los departamentos de marketing de la industria
bélica de las naciones ricas y consolidadas -esas que se sienten más a salvo que
nadie de las regresiones a la barbarie- detectan el potencial de un nuevo
mercado y emprenden el negocio de producir y entregar yugoslavias a domicilio.
Lo demás ya se conoce: edificios derrumbados, tripas regadas en la calle,
caravanas de civiles que tratan de escapar del infierno con sus pertenencias
sobre la cabeza, asesinatos sin nombre ni justicia posibles, muertes por hambre
y sed, funerales cada vez más austeros, hasta llegar a la incineración de pilas
de cuerpos, muertos sin derecho a lápida y vivos con las vidas truncadas.
La cultura popular de Estados Unidos ha generado el deporte de prepararse
para la guerra. Lo practican a conciencia esos individuos que gastan buena parte
de su salario en hacer acopio de cartuchos de escopeta, latas de atún, papel
higiénico y agua embotellada; acondicionan sus sótanos como refugios de larga
duración y rezan para que el Apocalipsis sea benigno con ellos. En lo personal,
encuentro más adecuado y esperanzador prepararse para la paz y empeñarse en
persuadir al mayor número posible de personas -una o dos sería espléndido- de
que guarden su reptil importantísimo, no dejen salir de sus hipotálamos los
deseos de destruir a toda costa al adversario y se conduzcan con buena fe y de
manera civilizada.
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