| Vaticano
El pastor
alemán
Quedaron
frustradas todas las esperanzas del sur del mundo. Con un cónclave
rapidísimo, Joseph Ratzinger, que ha tomado el nombre de Benedicto
XVI, sucede a Juan Pablo II, de quien fue el principal inspirador. Para
él fundamentalismo quiere decir tener una fe clara, y el diálogo
es relativismo. Se acerca así la liquidación del Concilio
Vaticano II, festeja George W Bush, mientras los católicos progresistas
apenas disimulan la inquietud.
Gennaro
Carotenuto
Desde Ciudad
del Vaticano
Joseph Ratzinger, 78 años, alemán,
durante más de dos décadas tutor de la doctrina de la fe,
refinadísimo intelectual y teólogo, desde el martes 19 de
abril es papa, asumiendo el nombre de Benedicto XVI. El cónclave,
en apenas 24 horas, solucionó las dudas y las expectativas del mundo,
católico y no católico. En torno a su nombre la Iglesia Católica
ha dado la respuesta más clara que se hubiese podido esperar, aunque
es una respuesta que preocupa a muchos. Con Ratzinger, el catolicismo busca
la restauración como respuesta a la modernidad. Una respuesta que
desde ahora tiene rasgos antimodernos –en una polémica entre lo
laico y lo sagrado que dura desde la época de Pio IX– y que la encuentra
conducida por el más riguroso entre sus príncipes, el más
famoso entre sus cardenales, un hombre que durante décadas ha ocupado
el lugar que en el pasado era el del inquisidor, y que en el último
cuarto de siglo ha sido el primer consejero e inspirador de Juan Pablo
II. Y Juan Pablo II había diseñado, durante 27 años,
el sagrado colegio para que un papa continuista pudiera proseguir y probablemente
endurecer su obra. Han sido –se dice, se murmura, se supone– casi 50 los
votos para Ratzinger en la primera votación en la tarde del lunes.
La noche hubiese podido hacer declinar la candidatura, pero cuando en las
votaciones de la mañana los números se consolidaron en 60
o 65, a los cardenales tiene que haberles parecido claro que Ratzinger
estaba tomando vuelo. El almuerzo aclaró a los progresistas que
no era posible resistir ya que el pantano, el centro moderado, se subía
al carro del ganador. Y a primeras horas de la tarde han sido muchísimos
los votos para Ratzinger, más de 90 se supone, seguramente una mayoría
cómodamente superior a los 77 votos requeridos entre los 115 cardenales.
LA NAVE DE PEDRO
El día antes de su elección
como papa, Joseph Ratzinger, decano del colegio cardenalicio, había
celebrado la misa pro elección del pontífice. Quizás
fue la primera vez en la historia que quien celebró esta misa fuera
también un papable. Su homilía hizo temblar por su dureza
y asperidad, y apareció un guante de desafío a la misma Iglesia
y al mundo. No dio un paso atrás el futuro papa, ni tendió
una mano a la parte moderada del colegio. Fue interpretado como si ya no
buscara votos el cardenal que vino de la Bavaria profunda, la región
más conservadora y compactamente católica de Alemania, un
país que desde hace 950 años no daba un papa a la Iglesia.
Ha sido una homilía tan dura como ya había sido durísima
su predicación del viernes santo, cuando en el Vía Crucis
había sustituido a un Juan Pablo II agonizante. Sus tonos hicieron
pensar que había declinado su candidatura, que estaba libre de ambiciones
personales. No era así. Ha quedado claro que era un discurso desde
una posición de fuerza, pronunciado por quien sabe que ya no le
interesa pactar con nadie y, 24 horas más tarde, aparece un programa
claro para la Iglesia del tercer milenio.
“A quien tiene una fe clara lo etiquetan
como fundamentalista. Sin embargo –afirmó el futuro Benedicto XVI
en la misa– el verdadero enemigo es la dictadura del relativismo, que barre
cada regla para sacrificarla al ídolo del individualismo.” La imagen
de que la nave de Pedro –la Iglesia– se está enfrentando a una terrible
tempestad ya había sido utilizada por Ratzinger el viernes santo.
Y el relámpago en los ojos del inquisidor casi llama a la venganza
de Dios aunque transfigurada en la misericordia de Cristo, donde estaría
la verdadera libertad.
La doctrina que ve el camino de la
salvación sólo en Cristo ya había sido expresada con
la encíclica “Dominus Iesus”, que había quemado las naves
del diálogo que las iglesias locales, las africanas, la india, pero
también las latinoamericanas, estaban llevando. El encuentro y el
diálogo son la norma en todos los continentes donde los cristianos
son minoría. Pero en el diálogo está el pluralismo,
y el pluralismo es relativismo frente a creencias imperfectas, cuando sólo
en el catolicismo se encuentra el único camino posible a la salvación.
“En estas décadas –ha afirmado Ratzinger– hemos conocido muchos
vientos de doctrinas, corrientes ideológicas, modas de pensamiento.
El barco chico de muchos cristianos ha sido puesto en riesgo por estas
olas: el marxismo, el liberalismo hasta el libertinaje; el colectivismo,
el individualismo radical.” Peligros graves para los barcos chicos tanto
como “las sectas religiosas, el ambiguo misticismo, el sincretismo”. Contra
todos estos peligros “necesitamos un pastor que no nos deje a merced de
las olas”, un pastor que no busque diálogo, democracia. Este pastor
era él mismo, Joseph Ratzinger, y la mayoría de los 115 cardenales
–todos elegidos por Wojtyla, es necesario una vez más recordarlo–
lo han individualizado fácilmente. En este discurso programático
aparece el verdadero Ratzinger. Sus primeras apariciones públicas
han sido diplomáticas. Ha saludado con un gesto un poco torpe –tendrá
tiempo para mejorar– a los miles y miles que asistieron a San Pedro, definiéndose
como un humilde trabajador en la viña del señor. El miércoles,
muy diplomáticamente, impostó su discurso citando al Concilio,
el compromiso ecuménico, el diálogo con las religiones, las
culturas, los jóvenes. Lo ha hecho siempre debajo de la pintura
del Juicio Universal y afirmándose –no hubiese podido ser de otra
manera– continuador de Juan Pablo II, del cual siente la mano sobre sí.
BENEDICTO XV Y LA INÚTIL
MASACRE
Los comentaristas de todo el mundo,
los religiosos y los laicos, después de casi un mes de incienso
y canto gregoriano, en el momento de la proclamación de Joseph Ratzinger
como sucesor de Pedro buscaban en bagajes historiográficos, a veces
escasos y lejanos, el motivo de la elección del nombre Benedicto
por parte del nuevo papa. Y todos se han precipitado a registrar lo único
que recordaban de Benedicto XV, papa durante la Primera Guerra Mundial.
Y han reeditado el ícono de un papa pacifista, que gritó
contra “la inútil masacre” de la guerra. Desde el inicio esta elección,
totalmente inesperada, por Ratzinger pareció una ayuda para poder
definir su figura de manera más agradable al preocupado frente pacifista:
“Por lo menos eligió un nombre contra la guerra”. Pues la fama de
“papa pacifista” de Giacomo della Chiesa (Benedicto XV) es largamente inmerecida.
Guardó silencio sobre la guerra durante tres largos años
y sólo el 1 de agosto de 1917 habló de inútil masacre.
No es todo: su corazón latía junto a los imperios centrales,
Alemania y Austria-Hungría, mientras tenía pésimas
relaciones con Gran Bretaña, Francia, Holanda y los mismos ambientes
nacionalistas italianos. El discurso sobre la inútil masacre fue
sólo una ayuda a favor de su bando, que marchaba inexorablemente
hacia una derrota militar.
Publicado en Brecha el 22
de abril de 2005
Gennaro
Carotenuto
Columnista del semanario Brecha
de Uruguay
gc@gennarocarotenuto.it
http://www.gennarocarotenuto.it
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