Gennaro Carotenuto - rodelu.net
22 de abril de 2005
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Vaticano

El pastor alemán

Quedaron frustradas todas las esperanzas del sur del mundo. Con un cónclave rapidísimo, Joseph Ratzinger, que ha tomado el nombre de Benedicto XVI, sucede a Juan Pablo II, de quien fue el principal inspirador. Para él fundamentalismo quiere decir tener una fe clara, y el diálogo es relativismo. Se acerca así la liquidación del Concilio Vaticano II, festeja George W Bush, mientras los católicos progresistas apenas disimulan la inquietud. 

Gennaro Carotenuto
Desde Ciudad del Vaticano
Joseph Ratzinger, 78 años, alemán, durante más de dos décadas tutor de la doctrina de la fe, refinadísimo intelectual y teólogo, desde el martes 19 de abril es papa, asumiendo el nombre de Benedicto XVI. El cónclave, en apenas 24 horas, solucionó las dudas y las expectativas del mundo, católico y no católico. En torno a su nombre la Iglesia Católica ha dado la respuesta más clara que se hubiese podido esperar, aunque es una respuesta que preocupa a muchos. Con Ratzinger, el catolicismo busca la restauración como respuesta a la modernidad. Una respuesta que desde ahora tiene rasgos antimodernos –en una polémica entre lo laico y lo sagrado que dura desde la época de Pio IX– y que la encuentra conducida por el más riguroso entre sus príncipes, el más famoso entre sus cardenales, un hombre que durante décadas ha ocupado el lugar que en el pasado era el del inquisidor, y que en el último cuarto de siglo ha sido el primer consejero e inspirador de Juan Pablo II. Y Juan Pablo II había diseñado, durante 27 años, el sagrado colegio para que un papa continuista pudiera proseguir y probablemente endurecer su obra. Han sido –se dice, se murmura, se supone– casi 50 los votos para Ratzinger en la primera votación en la tarde del lunes. La noche hubiese podido hacer declinar la candidatura, pero cuando en las votaciones de la mañana los números se consolidaron en 60 o 65, a los cardenales tiene que haberles parecido claro que Ratzinger estaba tomando vuelo. El almuerzo aclaró a los progresistas que no era posible resistir ya que el pantano, el centro moderado, se subía al carro del ganador. Y a primeras horas de la tarde han sido muchísimos los votos para Ratzinger, más de 90 se supone, seguramente una mayoría cómodamente superior a los 77 votos requeridos entre los 115 cardenales.

LA NAVE DE PEDRO

El día antes de su elección como papa, Joseph Ratzinger, decano del colegio cardenalicio, había celebrado la misa pro elección del pontífice. Quizás fue la primera vez en la historia que quien celebró esta misa fuera también un papable. Su homilía hizo temblar por su dureza y asperidad, y apareció un guante de desafío a la misma Iglesia y al mundo. No dio un paso atrás el futuro papa, ni tendió una mano a la parte moderada del colegio. Fue interpretado como si ya no buscara votos el cardenal que vino de la Bavaria profunda, la región más conservadora y compactamente católica de Alemania, un país que desde hace 950 años no daba un papa a la Iglesia. Ha sido una homilía tan dura como ya había sido durísima su predicación del viernes santo, cuando en el Vía Crucis había sustituido a un Juan Pablo II agonizante. Sus tonos hicieron pensar que había declinado su candidatura, que estaba libre de ambiciones personales. No era así. Ha quedado claro que era un discurso desde una posición de fuerza, pronunciado por quien sabe que ya no le interesa pactar con nadie y, 24 horas más tarde, aparece un programa claro para la Iglesia del tercer milenio.

“A quien tiene una fe clara lo etiquetan como fundamentalista. Sin embargo –afirmó el futuro Benedicto XVI en la misa– el verdadero enemigo es la dictadura del relativismo, que barre cada regla para sacrificarla al ídolo del individualismo.” La imagen de que la nave de Pedro –la Iglesia– se está enfrentando a una terrible tempestad ya había sido utilizada por Ratzinger el viernes santo. Y el relámpago en los ojos del inquisidor casi llama a la venganza de Dios aunque transfigurada en la misericordia de Cristo, donde estaría la verdadera libertad.

La doctrina que ve el camino de la salvación sólo en Cristo ya había sido expresada con la encíclica “Dominus Iesus”, que había quemado las naves del diálogo que las iglesias locales, las africanas, la india, pero también las latinoamericanas, estaban llevando. El encuentro y el diálogo son la norma en todos los continentes donde los cristianos son minoría. Pero en el diálogo está el pluralismo, y el pluralismo es relativismo frente a creencias imperfectas, cuando sólo en el catolicismo se encuentra el único camino posible a la salvación. “En estas décadas –ha afirmado Ratzinger– hemos conocido muchos vientos de doctrinas, corrientes ideológicas, modas de pensamiento. El barco chico de muchos cristianos ha sido puesto en riesgo por estas olas: el marxismo, el liberalismo hasta el libertinaje; el colectivismo, el individualismo radical.” Peligros graves para los barcos chicos tanto como “las sectas religiosas, el ambiguo misticismo, el sincretismo”. Contra todos estos peligros “necesitamos un pastor que no nos deje a merced de las olas”, un pastor que no busque diálogo, democracia. Este pastor era él mismo, Joseph Ratzinger, y la mayoría de los 115 cardenales –todos elegidos por Wojtyla, es necesario una vez más recordarlo– lo han individualizado fácilmente. En este discurso programático aparece el verdadero Ratzinger. Sus primeras apariciones públicas han sido diplomáticas. Ha saludado con un gesto un poco torpe –tendrá tiempo para mejorar– a los miles y miles que asistieron a San Pedro, definiéndose como un humilde trabajador en la viña del señor. El miércoles, muy diplomáticamente, impostó su discurso citando al Concilio, el compromiso ecuménico, el diálogo con las religiones, las culturas, los jóvenes. Lo ha hecho siempre debajo de la pintura del Juicio Universal y afirmándose –no hubiese podido ser de otra manera– continuador de Juan Pablo II, del cual siente la mano sobre sí.

BENEDICTO XV Y LA INÚTIL MASACRE

Los comentaristas de todo el mundo, los religiosos y los laicos, después de casi un mes de incienso y canto gregoriano, en el momento de la proclamación de Joseph Ratzinger como sucesor de Pedro buscaban en bagajes historiográficos, a veces escasos y lejanos, el motivo de la elección del nombre Benedicto por parte del nuevo papa. Y todos se han precipitado a registrar lo único que recordaban de Benedicto XV, papa durante la Primera Guerra Mundial. Y han reeditado el ícono de un papa pacifista, que gritó contra “la inútil masacre” de la guerra. Desde el inicio esta elección, totalmente inesperada, por Ratzinger pareció una ayuda para poder definir su figura de manera más agradable al preocupado frente pacifista: “Por lo menos eligió un nombre contra la guerra”. Pues la fama de “papa pacifista” de Giacomo della Chiesa (Benedicto XV) es largamente inmerecida. Guardó silencio sobre la guerra durante tres largos años y sólo el 1 de agosto de 1917 habló de inútil masacre. No es todo: su corazón latía junto a los imperios centrales, Alemania y Austria-Hungría, mientras tenía pésimas relaciones con Gran Bretaña, Francia, Holanda y los mismos ambientes nacionalistas italianos. El discurso sobre la inútil masacre fue sólo una ayuda a favor de su bando, que marchaba inexorablemente hacia una derrota militar.

Publicado en Brecha el 22 de abril de 2005

Gennaro Carotenuto
Columnista del semanario Brecha de Uruguay
gc@gennarocarotenuto.it
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