| Brecha
de Uruguay - 29 de abril de 2005
Cuando la
vida no importa
La privatización
de la guerra
En Irak trabajan 20 mil mercenarios
para empresas privadas, con lo cual éstas representan el segundo
contingente militar (luego de los 148 mil soldados de la coalición)
de ocupación del país. La privatización de la guerra
es ya una realidad en América Latina.
Raúl
Zibechi
Darío Azzellini, politólogo,
especialista en conflictos bélicos latinoamericanos, acaba de presentar
la “versión Cono Sur” de su libro La privatización de la
guerra, editado en Bolivia. Junto al coautor, Boris Kanzleiter, busca desentrañar
los motivos por los cuales los grandes ejércitos estatales decidieron
“tercerizar” buena parte de las funciones que antes cumplían.
Donald Rumsfeld es uno de los principales
impulsores de esta privatización, que sigue con las fuerzas armadas
la misma lógica que décadas atrás se impuso en los
negocios privados. En América Latina, el banco de pruebas es Colombia,
pero las empresas que gestionan las nuevas guerras privatizadas operan
en todo el continente. A continuación un extracto del diálogo
que Azzellini mantuvo con BRECHA.
—¿Los miembros de estos ejércitos
privados son mercenarios?
—Sí, son mercenarios, pero
distintos a los clásicos mercenarios que conocemos. Son personas
con elevada formación capaces de manejar aparatos sofisticados.
En América Latina todas las estaciones de radar que tiene Estados
Unidos son manejadas por empresas privadas, ninguna tiene militares estadounidenses.
—¿Cómo modifica la
lógica de la guerra?
—Hay una relación entre los
cambios en el modelo económico y la guerra. Estamos volviendo a
algo similar a las economías de enclave de la colonia. Ya no se
trata del control territorial ni de la imposición de un modelo de
sociedad, sino que las fuerzas militares controlan sólo los puntos
económicamente interesantes. En Irak es muy claro, sólo les
interesa controlar los pozos petroleros, como antes los colonizadores controlaban
los ingenios azucareros, las minas y otros enclaves coloniales.
Esto implica una relación
más estrecha entre los ejércitos y las empresas multinacionales,
y los ejércitos privados trabajan para ambos. Algunas empresas,
incluso, como la célebre Halliburton, son dueñas de ejércitos,
pero hay empresas militares que tienen acciones en empresas privadas, como
el caso de la minería en varios países de África.
Asistimos por un lado a la militarización
de la economía, pero con la globalización estas empresas
militares desarrollan la capacidad de saltar por encima de cualquier control
democrático. Si Estados Unidos envía 600 soldados a Colombia,
esa decisión debe pasar por el Congreso. Pero si quien envía
esos soldados es una empresa privada, a raíz de un contrato firmado
por el Pentágono, ahí el parlamento no tiene nada que decir
y ni siquiera se entera de lo que está sucediendo. En América
Latina todos los programas antinarcóticos están manejados
por empresas militares privadas. Los ejércitos, por lo menos en
teoría, pueden ser investigados o controlados por el Estado, pero
las empresas privadas pueden eludir los controles sin problema. Si hay
muertos, nadie se entera. En Colombia han muerto ocho empleados estadounidenses
pero como pertenecen a empresas privadas nadie dice nada.
—¿Qué control tiene
el Estado de Estados Unidos sobre esas empresas?
—Tiene un control absoluto, salvo
cuando no le interesa controlarlas. Son parte del proyecto político-militar
de Estados Unidos y todo lo que hacen es supervisado por el Pentágono.
Hay una empresa privada, la Military Profesional Ressources Incorporated
(MPRI)), que asegura en su página web que tiene más generales
por metro cuadrado que el Pentágono y está presente en todas
las reuniones de ese organismo. O sea, ya forman parte de esas instituciones.
Por lo tanto, decir que el Estado se está debilitando es falso.
Es cierto que ya no es el Estado liberal de antaño, porque se han
privatizado muchas funciones.
—¿La privatización
de la guerra es un rasgo de fortaleza o de debilidad del imperio?
—La externalización de funciones,
que es de lo que se trata, a nivel de la empresa es fruto del desborde
de las luchas obreras, y en el terreno militar es consecuencia de la derrota
de Vietnam. Los soldados estadounidenses en Vietnam desobedecían
a sus mandos y a veces llegaron a matarlos. Seguir por ese camino era un
problema.
—¿Por qué compara
la privatización de la guerra con la crisis del fordismo?
—Porque es parte del mismo fenómeno:
externalización de funciones, la reacción rápida a
los cambios del mercado, el just in time, y sobre todo porque se trata
de la externalización de la responsabilidad. Se está buscando
la impunidad.
—Según lo que dice, la fábrica
y el territorio militar son dos enclaves a dominar. ¿Pero desde
el punto de vista político cuál es el cambio de fondo?
—Lo que cambia es que estamos cada
vez más ante una dominación represiva basada en lo militar.
Dominación sin hegemonía, porque ya no hay interés
en luchar por los corazones y las cabezas como se planteaba en Vietnam
o durante la Guerra Fría, y se procede a la militarización
de las relaciones sociales. Sea en Colombia o en Irak el control militar
se reduce a ciertos territorios donde hay intereses económicos,
y el resto del territorio es para bombardearlo o hacer incursiones. Es
la policialización de la guerra, porque se trata de acciones punitivas
de venganza sin la menor pretensión de controlar territorio, igual
que en los guetos de las grandes ciudades.
—En el caso de Colombia parece claro
que no pueden derrotar a las FARC. Pero para los pueblos, los campesinos,
los indios, ¿qué ventajas y desventajas tiene esta nueva
modalidad?
—La ventaja principal es que son
pocos los puntos a golpear y el transporte cobra una importancia clave,
y es ahí donde está el principal punto débil de los
ejércitos. Por eso tanto en Colombia como en Irak alcanza con bombardear
los oleoductos para trabar toda la estrategia.
La desventaja es que la población
ya no importa, sólo aquella parte que trabaja en los enclaves que
les interesan. Esto lleva a una deshumanización de la vida, a que
la vida ya realmente no tenga valor. El caso más claro es África:
en Congo hubo entre dos y tres millones de muertos y no pasa nada, la economía
no se ve afectada. Esto se relaciona con el control militar de las migraciones,
porque cuando la vida de la mayoría no importa, hay una búsqueda
por abandonar esos infiernos.
—¿Han perdido alguna guerra
privatizada?
—Hay un caso de una guerra privatizada
que les salió mal, en Nueva Guinea. El gobierno contrató
una empresa británica para combatir a la guerrilla, pero tanto la
población como el ejército se rebelaron contra esa empresa
y el gobierno no tuvo más remedio que dar marcha atrás. En
Irak esto no está funcionando porque no logran sacar todo el petróleo
que quieren ni consiguen apaciguar la resistencia. Esto es un indicador
de que el nuevo modelo no está consolidado y que estamos en un momento
de transición de las viejas a las nuevas guerras.
—En América Latina, además
del caso de Colombia, ¿en qué otros países están
actuando las empresas de la guerra?
—En todos aquellos países
donde hay programas antinarcóticos están estas empresas trabajando,
sobre todo la Dyncorp. Dije que los radares están todos manejados
por empresas privadas, y hay algunas como Wackenhut que está en
todo el continente y también en Uruguay. Esa empresa en Venezuela
estuvo junto al asesor militar de la embajada de Estados Unidos asesorando
a la policía municipal de Chacao (municipio de clase media alta)
sobre cómo llevar a cabo acciones desestabilizadoras. Empresas como
esa están en todo momento dispuestas a trabajar para la CIA y otras
agencias estadounidenses. En general, las empresas petroleras contratan
empresas militares privadas para su seguridad, pero a menudo realizan actividades
de control social y político.
Otro problema más reciente
es que algunas empresas empezaron a reclutar en América Latina ex
militares para empresas privadas en Irak. En Uruguay trabaja una empresa
propiedad de un militar chileno que reclutó, en Chile, 122 militares
vinculados a la violación de los derechos humanos y están
ahora en Irak. Eso también lo está haciendo en Argentina
y Uruguay. |