| Coletillas al Margen
Derechos
Humanos como tragicomedia
Carlos
Angulo Rivas
De los ilustres
postulados posteriores a la segunda guerra mundial nació la declaración
universal de los derechos humanos en la vocación de concebir un
mundo sobresaliente donde dominara por encima de todo la justicia social,
única certeza con la cual se podía dotar al hombre, a la
familia y a los niños de la auténtica libertad a la que tienen
derecho. Los pueblos de la Naciones Unidas representados por sus gobiernos
se comprometieron solemnemente a dar igualdad de derechos a hombres y mujeres
como la manera más eficaz de promover el progreso social, elevando
el nivel de vida y la dignidad del ser humano en el sentido cabal y completo
del significado primario de la libertad. Pero a continuación en
los años ulteriores a la buena voluntad exhibida por este mandato,
elevado a ley internacional, el mundo de nuestros días, el realmente
existente, es desequilibrado y arbitrario, despótico y tiránico,
abusivo y vejatorio. No de otra manera se puede entender que frente al
gran desarrollo científico y tecnológico alcanzado hasta
inicios de este milenio, se mueran de hambre mil cien millones de seres
humanos considerados por el Banco Mundial como de pobreza absoluta, la
“pobreza que mata” en la definición del economista Jeff Sachs. Resultado
irrefutable que muestra la brutal y cruel indiferencia de los países
industrializados, defensores de la globalización y el capitalismo
salvaje, ante el sufrimiento del prójimo; lamentable actitud, reñida
con la supuesta vocación por los derechos humanos que dicen profesar.
De entre todos, el fundamental derecho
humano es el derecho a la vida. Sin este derecho los demás no pueden
existir por la sencilla razón del aniquilamiento por hambre de hombres,
mujeres y niños. ¿De cuáles libertades podemos hablar
sin la fuerza vital de la existencia humana sobre la tierra? La respuesta
a esta pregunta emerge por si sola, pues la satisfacción de los
derechos sociales para la subsistencia; de los económicos; de los
del trabajo, la educación, la cultura y la salud son los prioritarios
e indispensables para obtener la prerrogativa de la dignidad y el libre
desarrollo de la personalidad pensante, ambas cualidades inherentes a la
legítima libertad de poder expresarse y reconocer valores. Partiendo
de este enfoque de lo fundamental todo ser humano tiene derecho a un nivel
de vida razonable acorde al mínimo bienestar de alimentación,
vestido, vivienda, asistencia médica y protección social
en cuanto a maternidad y niñez, a la educación gratuita,
la cultura, el desempleo, las enfermedades, la invalidez y la vejez. Sin
embargo, los comisionados y representantes oficiales de la Comisión
de Derechos Humanos de la ONU con sede en Ginebra han convertido el noble
oficio de su encargo en un circo anual de mentiras políticas y conveniencias
económicas provenientes del chantaje de los países más
poderosos. Un cubileteo de mediocres comediantes descubiertos en la luz
meridiana de sus erradas condenas y exoneraciones.
El problema de fondo de estas reuniones
circenses anuales, manejadas al antojo de la superpotencia hegemónica
del mundo, no ha sido resuelto y no será resuelto en tanto la apertura
hacia la justicia social no se tenga en cuenta y se agiten banderas de
elementos nocivos al verdadero desarrollo social, movidos por el interés
extranacional de promover sabotajes y crímenes a los procesos revolucionarios
y democráticos que si pueden exhibir conquistas sociales innegables
y reconocidas por los organismos internacionales. La reciente condena a
Cuba, la consigna sin atenuantes patrocinada cada año por la Casa
Blanca, nos muestra la vergonzosa y censurable parcialidad de los miembros
de la CDH, sobre todo la de los integrantes de la Unión Europea,
vinculada ahora, por este hecho, a una nueva y sorpresiva visión
colonialista. Viraje a tener en cuenta por cuanto demuestra una voluntad
de proseguir en los errores de potenciar la pobreza en el orbe antes que
la superación de ella. Cuba es un ejemplo como país pobre
o del tercer mundo, insuperable en sus metas educativas y sociales; y la
verdadera respuesta al inmisericorde bloqueo político y económico
de Estados Unidos, no condenado por la CDH, es cero en analfabetismo; asistencia
social universal, médica y escolar gratuita; casi nula mortalidad
infantil comparable sólo a la de los países ricos; apenas
dos por ciento de desempleo; eliminación de la muerte por inanición
o pobreza extrema; y en cooperación internacional colaboración
con todos los países pobres a través de más de treinta
mil voluntarios y profesionales de la salud y la educación; etc.
En consecuencia, la ausencia de reconocimiento de la CDH al esfuerzo del
gobierno cubano por sostener una vida honorable para sus conciudadanos,
como el principal derecho humano de todos, cae por si solo en la indignación
de los pueblos del mundo, aunque sus melindres gobiernos se hayan rendido
ante la degradación que significa apoyar la sinrazón de una
gastada consigna con tal de justificar el ilegal bloqueo económico
y político.
Pero eso no es todo. La comedia de
la CDH, como acertadamente la llamó el presidente Fidel Castro,
se mostró cínicamente al descubierto al eludir censurar a
Estados Unidos como violador de los derechos humanos por las detenciones
arbitrarias y las torturas en las cárceles militares de Abu Ghraib,
de la base naval de Guantánamo y otras, cuyas escenas filmadas han
sido mostradas al mundo entero. Doble estándar, doble moral de la
CDH que no deja lugar a dudas de los intereses que allí se manejan
en singular burla de la opinión pública mundial. En suma
para todos los observadores internacionales no sorprende la actitud burocrática
obediente de los miembros de la CDH, de doblez y fingimiento teatral que
corresponde a una comedia, pero desgraciadamente también a la tragedia
de no velar por el cumplimiento de los derechos humanos en el mundo; cumplimiento
que deben iniciarse y sostenerse en la protección social de los
hombres, mujeres y niños en salvaguarda de la libertad y la dignidad
a la que tienen pleno derecho.
Carlos
Angulo Rivas
reppam@sympatico.ca
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