| El
Periódico de Catalunya - 27 de abril de 2005
Acabarán
'fusilando' al sargento
Josep
Pernau
Hay una
historia que se cuenta en muchos de los países iberoamericanos del
caudillismo, los amotinamientos y las sediciones. Se explica que sucedió
en todos ellos. Podría ser. Todo comenzó con un intento de
golpe de Estado. Lo que ocurre siempre: un general ambicioso, al frente
de un sector de la tropa, se sublevó. Un manifiesto del general
señalaba que los sables se mantendrían en alto en nombre
del pueblo, que por fin vería colmadas sus ansias de justicia, pan
y libertad. Al pueblo, naturalmente, no se le habían consultado
tan altos ideales de los golpistas.
El poder, a cargo de otros jefes
militares, no se conformó con la rendición que le exigían,
y con llamamientos a derramar la sangre hasta morir, opuso sus fuerzas
a los rebeldes, que se habían atrincherado en una zona de la capital.
El estado de guerra duró unas horas. Hubo bajas en ambos bandos,
hasta que la rebelión fue sofocada. Una columna de presos, con el
general en cabeza, recorrió la capital. Era el momento de impartir
justicia. El general sedicioso, acompañado por sus inmediatos colaboradores,
partió hacia el exilio en un país vecino, y un sargento,
como responsable de la insurrección, fue fusilado en la plaza pública.
Sirva la historia de metáfora
de lo que ha ocurrido en Washington, en el año 2005, con la investigación
del Pentágono sobre las torturas en la prisión iraquí
de Abú Graib. A parecido desenlace se ha llegado después
de 1.700 entrevistas y del estudio de 15.000 páginas de documentos.
Los altos mandos, con el general Ricardo Sánchez al frente,
se comportaron como caballeros. Sólo la tropa, a espaldas de sus
jefes, cometió abusos, por lo que 125 soldados merecen un castigo
ejemplar. El caso del sargento fusilado y del general amnistiado sigue
vigente. |