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28 de abril de 2005
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El Periódico de Catalunya - 27 de abril de 2005

Acabarán 'fusilando' al sargento

Josep Pernau
Hay una historia que se cuenta en muchos de los países iberoamericanos del caudillismo, los amotinamientos y las sediciones. Se explica que sucedió en todos ellos. Podría ser. Todo comenzó con un intento de golpe de Estado. Lo que ocurre siempre: un general ambicioso, al frente de un sector de la tropa, se sublevó. Un manifiesto del general señalaba que los sables se mantendrían en alto en nombre del pueblo, que por fin vería colmadas sus ansias de justicia, pan y libertad. Al pueblo, naturalmente, no se le habían consultado tan altos ideales de los golpistas.

El poder, a cargo de otros jefes militares, no se conformó con la rendición que le exigían, y con llamamientos a derramar la sangre hasta morir, opuso sus fuerzas a los rebeldes, que se habían atrincherado en una zona de la capital. El estado de guerra duró unas horas. Hubo bajas en ambos bandos, hasta que la rebelión fue sofocada. Una columna de presos, con el general en cabeza, recorrió la capital. Era el momento de impartir justicia. El general sedicioso, acompañado por sus inmediatos colaboradores, partió hacia el exilio en un país vecino, y un sargento, como responsable de la insurrección, fue fusilado en la plaza pública.

Sirva la historia de metáfora de lo que ha ocurrido en Washington, en el año 2005, con la investigación del Pentágono sobre las torturas en la prisión iraquí de Abú Graib. A parecido desenlace se ha llegado después de 1.700 entrevistas y del estudio de 15.000 páginas de documentos. Los altos mandos, con el general Ricardo Sánchez al frente, se comportaron como caballeros. Sólo la tropa, a espaldas de sus jefes, cometió abusos, por lo que 125 soldados merecen un castigo ejemplar. El caso del sargento fusilado y del general amnistiado sigue vigente.

 
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