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30 de abril de 2005
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La República de Uruguay - 30 de abril de 2005

Pese a que en Estados Unidos no se conmemora,
el mundo occidental rinde homenaje a los mártires de Chicago

Ocho trabajadores asesinados, sin saberlo, influirían en los proletarios del mundo

Eran ocho trabajadores, muchos de ellos inmigrantes, o de familias de inmigrantes del viejo continente, que habían llegado a la "tierra prometida" en busca de nuevos horizontes. El capitalismo aún "en pañales" disparó, juicio mediante, literalmente sobre los "subversivos". Como un "boomerang", la tragedia logró todo lo contrario para el poder de turno. Ese día quedó a marcado a fuego.

Nelson Díaz
Hace 119 años, el 1º de mayo de 1886, ocho trabajadores ácratas y militantes sindicales, fueron juzgados y siete de ellos asesinados en Chicago por el simple hecho de reclamar ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso y ocho horas de recreación. En definitiva, los derechos de los asalariados. Fueron detenidos, y tras un juicio sin derecho a una defensa justa, fueron ejecutados August Spies (de 31 años, periodista y director del "Arbeiter Zeitung), Michel Schwab (33 años, tipógrafo y encuadernador), Adolf Fischer (30 años, periodista), Louis Lingg (22 años, carpintero), Samuel Fielden (39 años, pastor metodista y obrero textil), George Engel (50 años, tipógrafo), Albert Parsons (38 años, ex candidato a la presidencia de Estados Unidos por los grupos socialistas) y Rodolfo Schnaubelt, cuñado de Schwab. En tanto, Oscar Neebe (36 años, vendedor) fue condenado a 15 años de trabajos forzados.

El luctuoso hecho fue el disparador del nacimiento del "Día Internacional de los Trabajadores".

La génesis

El 1º de mayo de 1886, los trabajadores de la Federación de Sindicatos Organizados y Uniones Laborales de los Estados Unidos y Canadá realizaron una huelga en reclamo de sus reivindicaciones. El movimiento comenzó a gestarse en 1884, durante el IV Congreso de la asociación de obreros. Los trabajadores no esperaron al 1º de mayo de 1886 para presionar por esta demanda y en varias ciudades de Estados Unidos se desarrollaron huelgas antes de esta fecha. Las movilizaciones lograron que unos 30.000 mil obreros accedieran a este beneficio en abril de ese año.

El 1º de mayo cinco mil trabajadores se declararon en huelga, al tiempo que más de 300.000 trabajadores salieron a las calles para expresar esta demanda. Con diferentes grados de éxito, los trabajadores de varios sectores y ciudades lograron establecer la jornada de ocho y, en otros casos, se lograron jornadas de diez horas diarias con aumento de salarios.

Masacre en Chicago

En ese entonces la ciudad de Chicago era un centro de gran actividad industrial, donde los acontecimientos tomaron un giro diferente. Existía un fuerte ambiente antitrabajadores cultivado por los empleadores y los medios de comunicación a su servicio. Frases como "el plomo es la mejor alimentación para los huelguistas" se repetían entre los empleadores y los periódicos locales.

Estas actitudes crearon respuestas más radicalizadas por parte de los trabajadores, y comenzó a emerger con fuerza el movimiento anarquista en el seno del capitalismo. A través de medios de comunicación obreros -publicados en alemán y en inglés- se impulsó la acción reivindicativa para un público lector formado por inmigrantes de primera generación.

Amanecer de un día agitado

El amanecer del 1º de mayo encontró a la ciudad de Chicago en el más completo silencio. Sólo una usina seguía funcionando. Se trataba de la fábrica de máquinas agrícolas McCormick, la que, desde febrero de ese año, funcionaba con rompehuelgas.

El 3 de mayo se hizo una nueva manifestación frente a esta industria y en la oportunidad hizo uso de la palabra el obrero August Spies. Al término de la jornada se enfrentaron los manifestantes y los "scabs" o "krumiros" (rompehuelgas), tras lo cual una compañía de policías atacó a la muchedumbre y disparó a quemarropa. El resultado fue seis muertos y varios heridos.

Enterado de la matanza, Adolf Ficher escribió una proclama que más tarde serviría como prueba en su contra. En esa proclama, afirmaba que la guerra de clases había comenzado, que la sangre de los muertos pedía venganza.

"Si se fusila a los trabajadores, respondamos de tal manera que los amos lo recuerden por mucho tiempo. Es la necesidad lo que nos hace gritar a las armas".

Esta última frase fue tachada por Spies -director de la imprenta- vigilando en el proceso que los tipógrafos no la incluyeran por error. Sin embargo, quedaron los originales, los que luego fueron incautados por la policía. En la mencionada proclama se citaba a una protesta para el día cuatro de mayo a las 16 horas, en la Plaza Haymarket.

Ese día se reunieron unas 15 mil personas. En el lugar se dirigieron a los manifestantes los dirigentes obreros Spies, Parsons y Fielden.

En un momento, mientras hablaba el último y cuando ya la concurrencia se encontraba bastante mermada, avanzaron 180 policías contra los manifestantes ordenando poner fin a la reunión.

Inexplicablemente, los policías abrieron fuego contra los obreros, matando a 38 e hiriendo a 115 de ellos. Chicago fue puesta en estado de sitio y se inició una batida contra anarquistas, socialistas y trabajadores extranjeros, especialmente originarios de Alemania.

El proceso

Como si se tratara de la novela del inolvidable checo Franz Kafka, la detención se inició de inmediato con la complicidad de la prensa que daba por descontada la absoluta culpabilidad de los dirigentes en los sucesos de los días anteriores. Se dijo que Schanaubelt había arrojado la bomba, que Spies y Fischer le ayudaron y que Lingg la había fabricado.

Simultáneamente, se desarrollaba el examen de candidatos para integrar el Gran Jurado. El juicio se inició el 15 de julio de 1886, promoviendo el fiscal Grinnell los cargos de conspiración y asesinato de policías. Llegó a afirmar que los sucesos fueron promovidos por una revolución el 1º de mayo.

Los testigos contra los dirigentes fueron el capitán de policía a cargo de la represión y los ex anarquistas Waller, Scharader y Sclinger. Diversas afirmaciones de los "testigos" fueron desestimadas por tratarse de falsedades comprobadas.

El juicio resultó una farsa montada con el único objetivo de culpar a los dirigentes obreros y así desbaratar su movimiento.

El 20 de agosto de 1886, el jurado dictaminó condena a muerte para Spies, Schwab, Lingg, Engel, Fielden, Parsons y Fisher y 15 años de trabajos forzados para Neebe. Tras esto, se concedió la palabra a cada uno de los condenados los que hicieron gala de elocuencia y valentía para enfrentar tan dramático momento.

 
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