| La
Vanguardia de España - 1 de mayo de 2005
Temas de debate:
Diálogo entre la razón y la fe
"El diálogo
multicultural
sobre
los valores es imprescindible"
"Existen valores
que se sustentan en la esencia
del ser humano"
El entonces cardenal Joseph Ratzinger,
actual Papa Benedicto XVI, y el filósofo Jürgen Habermas, profesor
de la escuela de Frankfurt y padre del patriotismo constitucional,
celebraron el día 19 de enero del 2004 un diálogo en la Academia
Católica de Munich sobre los Fundamentos morales prepolíticos
del Estado liberal, desde las fuentes de la razón y de la fe.
La diversidad de las posiciones de uno y otro respecto a las raíces
de la legitimidad del Estado democrático puso de relieve la oposición
entre revelación y razón. Pero también hubo coincidencias
entre ambos, como es la necesidad de controlar los peligros que religiones
y razón suponen para los derechos del hombre, mediante lo que Habermas
califica de aprendizaje recíproco entre razón y fe. La Vanguardia
ofrece los textos completos leídos por Jürgen Habermas y Joseph
Ratzinger, en un diálogo que, a buen seguro, será referencia
básica en el futuro.
| “La decisión
mayoritaria no resuelve la cuestión de las bases éticas del
derecho y de cosas irrevocablemente justas”
“Los derechos humanos son un repertorio
de elementos normativos que se han sustraído al juego de las mayorías”
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| “La cuestión
de la ley y la ética se ha desplazado para frenar el poder anónimo
del terrorismo global"
“La ciencia como tal no puede
generar una ética y no se obtiene conciencia ética mediante
debates científicos” |
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"Si el terrorismo se alimenta
también de fanatismo religioso, cabe preguntarse si superar la religión
sería un progreso"
"Pero también cabe preguntarse,
que dado que la razón no es un potencia fiable, si no es necesario
ponerle freno" |
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"Por tanto, es bueno plantearse
la cuestión de si razón y religión no debieran limitarse
recíprocamente"
"Nos hemos de liberar de la falsa
idea de que la fe ya no tiene nada que decir a los hombres de hoy" |
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Joseph
Ratzinger
En la época de aceleración
del ritmo de la evolución histórica en la que nos encontramos,
hay, a mi entender, ante todo dos factores característicos de un
fenómeno que hasta ahora se había venido desarrollando lentamente:
por un lado, la formación de una sociedad global en la que los distintos
poderes políticos, económicos y culturales se han vuelto
cada vez más interdependientes y se rozan e interpenetran recíprocamente
en sus respectivos espacios vitales. El otro es el desarrollo de las posibilidades
humanas, del poder de crear y destruir, que suscita mucho más allá
de lo acostumbrado la cuestión acerca del control jurídico
y ético del poder. Por lo tanto, adquiere especial fuerza la cuestión
de cómo las culturas en contacto pueden encontrar fundamentos éticos
que conduzcan su convergencia por el buen camino y puedan construir una
forma común, jurídicamente legitimada, de delimitación
y regulación del poder. El eco que ha encontrado el proyecto de
ética global presentado por Hans Küng muestra, en cualquier
caso, que la cuestión está abierta. Y eso no cambia aunque
se acepte la perspicaz crítica que Spaemann dirige a ese proyecto
(1), ya que a los dos factores mencionados anteriormente se añade
otro: en el proceso del encuentro y la interpenetración de las culturas
se han quebrado en buena parte una serie de certezas éticas que
hasta ahora resultaban fundamentales. La cuestión de qué
es entonces realmente el bien, especialmente en el contexto dado, y por
qué hay que hacer el bien, aunque sea en perjuicio propio, es una
pregunta básica que sigue careciendo de respuesta.
Me parece evidente que la ciencia
como tal no puede generar una ética, y que por lo tanto no puede
obtenerse una conciencia ética renovada como producto de los debates
científicos. Por otro lado, es indiscutible que la modificación
fundamental de la imagen del mundo y el ser humano a consecuencia del incremento
del conocimiento científico ha contribuido decisivamente a la ruptura
de las antiguas certezas morales. Por lo tanto, sí existe una responsabilidad
de la ciencia hacia el ser humano como tal, y especialmente una responsabilidad
de la filosofía, que debería acompañar de modo crítico
el desarrollo de las distintas ciencias, y analizar críticamente
las conclusiones precipitadas y certezas aparentes acerca de la verdadera
naturaleza del ser humano, su origen y el propósito de su existencia,
o , dicho de otro modo, expulsar de los resultados científicos los
elementos acientíficos con los que a menudo se mezclan, y así
mantener abierta la mirada hacia las dimensiones más amplias de
la verdad de la existencia humana, de los que la ciencia solo permite mostrar
aspectos parciales.
PODER Y LEY. En un sentido
concreto, es tarea de la política someter el poder al control de
la ley a fin de garantizar que se haga un uso razonable de él. No
debe imponerse la ley del más fuerte, sino la fuerza de la ley.
El poder sometido a la ley y puesto a su servicio es el polo opuesto a
la violencia, que entendemos como ejercicio del poder prescindiendo del
derecho y quebrantándolo. Por eso es importante para toda sociedad
superar la tendencia a desconfiar del derecho y sus ordenamientos, pues
solo así puede cerrarse el paso a la arbitrariedad y se puede vivir
la libertad como algo compartido por toda la comunidad. La libertad sin
ley es anarquía y por ende destrucción de la libertad. La
desconfianza hacia la ley, la revuelta contra la ley se producirán
siempre que ésta deje de ser expresión de una justicia al
servicio de todos y se convierta en producto de la arbitrariedad, en abuso
por parte de los que tienen el poder para hacer las leyes.
La tarea de someter el poder al control
de la ley nos lleva, en fin, a otra cuestión: ¿de dónde
surge la ley, y cómo debe estar configurada para que sea vehículo
de la justicia y no privilegio de aquellos que tienen el poder de legislar?
Por un lado se plantea, pues, la cuestión del origen de la ley,
pero por el otro también la cuestión de cuáles son
sus propias proporciones internas. La necesidad de que la ley no sea instrumento
de poder de unos pocos, sino expresión del interés común
de todos, parece, al menos en primera instancia, satisfecha gracias a los
instrumentos de la formación democrática de la voluntad popular,
ya que estos permiten la participación de todos en la creación
de la ley, y en consecuencia la ley pertenece a todos y puede y debe ser
respetada como tal. Efectivamente, el hecho de que se garantice la participación
colectiva en la creación de las leyes y en la administración
justa del poder es el motivo fundamental para considerar la democracia
como la forma más adecuada de ordenamiento político.
Y, sin embargo, a mi entender queda
una pregunta por responder. Dado que difícilmente puede lograrse
la unanimidad entre los seres humanos, los procesos de decisión
deben echar mano imprescindiblemente de mecanismos como, por un lado, la
delegación, y por el otro la decisión de la mayoría,
esta última de distintos grados según la importancia de la
cuestión a decidir. Pero las mayorías también pueden
ser ciegas o injustas. La historia nos proporciona sobrados ejemplos de
ello. Cuando una mayoría, por grande que sea, sojuzga mediante leyes
opresoras a una minoría, por ejemplo religiosa o racial, ¿puede
hablarse de justicia, o incluso de derecho en sentido estricto? Así,
el principio de la decisión mayoritaria no resuelve tampoco la cuestión
de los fundamentos éticos del derecho, la cuestión de si
existen cosas que nunca pueden ser justas, es decir, cosas que son siempre
por sí mismas injustas, o, inversamente, cosas que por su naturaleza
siempre sean irrevocablemente justas y que por lo tanto estén por
encima de cualquier decisión mayoritaria y deban ser respetadas
siempre por ésta.
La era contemporánea ha formulado,
en las diferentes declaraciones de los derechos humanos, un repertorio
de elementos normativos de ese tipo y los ha sustraído al juego
de las mayorías. La conciencia de nuestros días puede muy
bien darse por satisfecha con la evidencia interna de esos valores. Pero
esa clase de autolimitación de la indagación también
tiene carácter filosófico. Existen, pues, valores que se
sustentan por sí mismos, que tienen su origen en la esencia del
ser humano y que por tanto son intocables para todos los poseedores de
esa esencia. Más adelante volveremos a hablar del alcance de una
representación semejante, sobre todo teniendo en cuenta que hoy
en día esa evidencia no está reconocida ni mucho menos en
todas las culturas. El islam ha definido un catálogo propio de los
derechos humanos, divergente del occidental. En China impera hoy una forma
cultural procedente de Occidente, el marxismo, pero eso no impide a sus
dirigentes preguntarse -si estoy bien informado- si los derechos humanos
no serán acaso un invento típicamente occidental que debe
ser cuestionado.
NUEVAS FORMAS DE PODER Y NUEVAS
CUESTIONES EN TORNO A SU CONTROL. Cuando se habla de la relación
entre el poder y la ley y de los orígenes del derecho, debe contemplarse
también con atención el fenómeno del poder mismo.
No pretendo definir la naturaleza del poder como tal, sino esbozar los
desafíos que se derivan de las nuevas formas de poder que se han
desarrollado en los últimos cincuenta años. En los primeros
años posteriores a la Segunda Guerra Mundial imperaba el horror
ante el nuevo poder de destrucción que había adquirido el
ser humano con la invención de la bomba atómica. El hombre
se veía de repente capaz de destruirse a sí mismo y a su
planeta. Se imponía la pregunta: ¿qué mecanismos políticos
son necesarios para impedir esa destrucción? ¿Cómo
pueden crearse esos mecanismos y hacerlos efectivos? ¿Cómo
pue-den movilizarse las fuerzas éticas capaces de dar cuerpo a esas
formas políticas y dotarlas de efectividad? Pero lo que nos preservó
de facto de los horrores de la guerra nuclear durante un largo periodo
fue la competencia entre los bloques de poder opuestos y su temor a desencadenar
su propia destrucción si provocaban la del otro. La limitación
recíproca del poder y el temor por la propia supervivencia se revelaron
como las únicas fuerzas capaces de salvar a la humanidad.
Lo que nos angustia en nuestros días
no es el temor a una guerra a gran escala, sino el miedo al terror omnipresente,
que puede golpear eficazmente en cualquier momento y lugar. Ahora nos damos
cuenta de que la humanidad no necesita una guerra a gran escala para hacer
imposible la vida en el planeta. Los poderes anónimos del terror,
que pueden hacerse presentes en todo lugar, son lo bastante fuertes para
infiltrarse en nuestra vida cotidiana, y ello sin excluir que elementos
criminales puedan tener acceso a los grandes potenciales de destrucción
y desencadenar así el caos a escala mundial desde fuera de las estructuras
políticas. Así, la cuestión en torno a la ley y la
ética se ha desplazado hacia otro terreno: ¿de qué
fuentes se alimenta el terrorismo? ¿Cómo podemos poner freno
desde dentro a esa nueva enfermedad del género humano?A este respecto,
resulta muy inquietante que el terrorismo consiga, aunque sea parcialmente,
dotarse de legitimidad. Los mensajes de Bin Laden presentan el terror como
la respuesta de los pueblos excluidos y oprimidos a la arrogancia de los
poderosos, como el justo castigo a la soberbia de estos y a su autoritarismo
y crueldad sacrílegos. Parece claro que esa clase de motivaciones
resultan convincentes para las personas que viven en determinados entornos
sociales y políticos. En parte, el comportamiento terrorista también
es presentado como defensa de la tradición religiosa frente al carácter
impío de la sociedad occidental.
En este punto cabe hacerse una pregunta
sobre la que igualmente deberemos volver después: si el terrorismo
se alimenta también del fanatismo religioso -y efectivamente, así
es-, ¿debemos considerar la religión como un poder redentor
y salvífico o más bien como una fuerza arcaica y peligrosa,
que erige falsos universalismos y conduce, con ellos, a la intolerancia
y el terror? ¿No debería la religión ser sometida
a la tutela de la razón y limitada severamente?Y en tal caso, ¿quién
sería capaz de hacerlo? ¿Cómo habría que hacerlo?
Pero la pregunta más importante sigue siendo: si la religión
se pudiera ir suprimiendo paulatinamente, si se pudiera ir superando, ¿representaría
tal cosa un necesario progreso de la humanidad en su camino hacia la libertad
y la tolerancia universal o no?
En los últimos tiempos ha
pasado a primer plano otra forma de poder que en principio aparenta ser
de naturaleza plenamente benéfica y digna de todo aplauso, pero
que en realidad puede convertirse en una nueva forma de amenaza contra
el ser humano. Hoy en día, el hombre es capaz de crear hombres,
de fabricarlos en una probeta, por así decirlo. El ser humano se
convierte así en producto, y con ello se invierte radicalmente la
relación del ser humano consigo mismo. Ya no es un regalo de la
naturaleza o del Dios creador: es un producto de sí mismo. El hombre
ha penetrado en el sanctasanctórum del poder, ha descendido al manantial
de su propia existencia. La tentación de intentar construir ahora
por fin el ser humano correcto, de experimentar con seres humanos, y la
tentación de ver al ser humano como un desecho y en consecuencia
quitarlo de en medio, no es ninguna creación fantasiosa de moralistas
enemigos del progreso.
Si antes habíamos de preguntarnos
si la religión es realmente una fuerza moral positiva, ahora debemos
poner en duda que la razón sea una potencia fiable. Al fin y al
cabo, también la bomba atómica fue un producto de la razón;
al fin y al cabo, la crianza y selección de seres humanos han sido
también concebidos por la razón. ¿No sería,
pues, ahora la razón lo que debe ser sometido a vigilancia? Pero
¿quién o qué se encargaría de ello? ¿O
quizá sería mejor que la religión y la razón
se limitaran recíprocamente, se contuvieran la una a la otra y se
ayudaran mutuamente a enfilar el buen camino? En este punto se plantea
de nuevo la cuestión de cómo, en una sociedad global con
sus mecanismos de poder y con sus fuerzas desencadenadas, así como
con sus diferentes puntos de vista acerca del derecho y la moral, es posible
encontrar una evidencia ética eficaz con suficiente capacidad de
motivación y autoridad para dar respuesta a los desafíos
que he apuntado y ayudar a superarlos.
FUNDAMENTOS DEL DERECHO: LEY-NATURALEZA-RAZÓN.
En este punto se impone ante todo echar una mirada a situaciones históricas
comparables a la nuestra, suponiendo que sea posible la comparación.
En cualquier caso vale la pena recordar brevemente que Grecia también
tuvo su propia Ilustración, que la validez del derecho fundamentado
en lo divino dejó de ser evidente y que se hizo necesario indagar
en busca de fundamentos más profundos del derecho. Así nació
la idea de que frente al derecho positivo, que podía ser injusto,
debía existir un derecho que surgiera de la naturaleza, de la esencia
del hombre, y que había que encontrarlo y usarlo para corregir los
defectos del derecho positivo.
En una época más cercana
a nosotros, podemos examinar la doble fractura que se produjo en la conciencia
europea en el inicio de la modernidad, y que puso las bases para una nueva
reflexión sobre el contenido y los orígenes del derecho.
En primer lugar está el desbordamiento de las fronteras del mundo
europeo-cristiano, que se consumó con el descubrimiento de América.
En ese momento se entró en contacto con pueblos ajenos al entramado
de la fe y el derecho cristianos, que hasta entonces había sido
el origen y el modelo de la ley para todos. No había nada en común
con esos pueblos en el terreno jurídico. Pero ¿eso significaba
que carecían de leyes, como algunos afirmaron -y pusieron en práctica-
por entonces, o bien había que postular la existencia de un derecho
que, situado por encima de todos los sistemas jurídicos, vinculara
y guiara a los seres humanos cuando entraran en contacto diferentes culturas?
Ante esa situación, Francisco de Vitoria puso nombre una idea que
ya estaba flotando en el ambiente: la del ius gentium (literalmente
el derecho de los pueblos), donde la palabra gentes se asocia,
sobre todo, a la idea de paganos, de no cristianos. Se trata de una concepción
del derecho como algo previo a la concreción cristiana del mismo,
y que debe regular la correcta relación entre todos los pueblos.
La segunda fractura en el mundo cristiano
se produjo dentro de la cristiandad misma debido al cisma, que dividió
la comunidad de los cristianos en diversas comunidades opuestas entre sí,
a veces de modo hostil. De nuevo fue necesario desarrollar una noción
del derecho previa al dogma, o por lo menos una base jurídica mínima
cuyos fundamentos no podían estar ya en la fe, sino en la naturaleza,
en la razón del hombre. Hugo Grotius, Samuel von Pufendorf y otros
desarrollaron la idea del derecho natural como una ley basada en la razón,
que otorga a ésta la condición de órgano de construcción
común del derecho, más allá de las fronteras entre
confesiones.
El derecho natural ha seguido siendo
-en especial en la Iglesia católica- la figura de argumentación
con la que se apela a la razón común en el diálogo
con la sociedad secular y con otras comunidades religiosas y se buscan
los fundamentos para un entendimiento en torno a los principios éticos
del derecho en una sociedad secular pluralista. Pero por desgracia el derecho
natural ha dejado de ser una herramienta fiable, de modo que en este diálogo
renunciaré a basarme en él. La idea del derecho natural presuponía
un concepto de naturaleza en el que naturaleza y razón se daban
la mano y la naturaleza misma era racional. Pero esta visión ha
entrado en crisis con el triunfo de la teoría de la evolución.
La naturaleza como tal, se nos dice, no es racional, aunque existan en
ella comportamientos racionales: ese es el diagnóstico evolucionista,
que hoy en día parece poco menos que indiscutible (2). De las diferentes
dimensiones del concepto de naturaleza en las que se fundamentó
originariamente el derecho natural, solo permanece, pues, aquella que Ulpiano
(principios del siglo III después de Cristo) resumió en la
conocida frase: "Ius naturae est, quod natura omnia animalia docet" (3).
Pero precisamente esa idea no basta para nuestra indagación, en
la que no se trata de aquello que afecta a todos los animalia, sino
de cuestiones que corresponden específicamente al hombre, que han
surgido de la razón humana y que no pueden resolverse sin recurrir
a la razón.
El último elemento que queda
en pie del derecho natural (que en lo más hondo pretendía
ser un derecho racional, por lo menos en la modernidad) son los derechos
humanos, los cuales no son comprensibles si no se acepta previamente que
el hombre por sí mismo, simplemente por su pertenencia a la especie
humana, es sujeto de derechos, y su existencia misma es portadora de valores
y normas, que pueden encontrarse, pero no inventarse. Quizá hoy
en día la doctrina de los derechos humanos debería complementarse
con una doctrina de los deberes humanos y los límites del hombre,
y esto podría quizá ayudar a renovar la pregunta en torno
a si puede existir una razón de la naturaleza y por lo tanto un
derecho racional aplicable al hombre y su existencia en el mundo. Un diálogo
de esas características solo sería posible si se llevara
a cabo y se interpretara a escala intercultural. Para los cristianos ese
concepto tendría que ver con la Creación y el Creador. En
el mundo hindú correspondería al concepto del Dharma,
la ley interna del ser, y en la tradición china a la idea de los
órdenes del cielo.
LA INTERCULTURALIDAD Y SUS CONSECUENCIAS.
Antes de intentar llegar a alguna conclusión, quisiera transitar
brevemente por la senda en la que acabo de adentrarme. A mi entender, hoy
en día la interculturalidad es una dimensión imprescindible
de la discusión en torno a cuestiones fundamentales de la naturaleza
humana, que no puede dirimirse únicamente dentro del cristianismo
ni de la tradición racionalista occidental. Es cierto que ambos
se consideran, desde su propia perspectiva, fenómenos universales,
y lo son quizá también de iure; pero de facto tienen que
reconocer que solo son aceptados en partes de la humanidad, y solo para
esas partes de la humanidad resultan comprensibles. Con todo, el número
de las culturas en competencia es en realidad mucho más limitado
de lo que podría parecer.
Ante todo es importante tener en
cuenta que dentro de los diferentes espacios culturales no existe unanimidad,
y todos ellos están marcados por profundas tensiones en el seno
de su propia tradición cultural. En Occidente esto salta a la vista.
Aunque la cultura secular rigurosamente racional, de la que el señor
Habermas nos acaba de dar un excelente ejemplo, ocupa un papel predominante
y se concibe a sí misma como el elemento cohesionador, lo cierto
es que la concepción cristiana de la realidad sigue siendo una fuerza
activa. A veces, estos polos opuestos se encuentran más cercanos
o más lejanos, y más o menos dispuestos a aprender el uno
del otro o rechazarse mutuamente.
También el espacio cultural
islámico está atravesado por tensiones similares; hay una
gran diferencia entre el absolutismo fanático de un Bin Laden y
las posturas abiertas a la racionalidad y la tolerancia. El tercer gran
espacio cultural, la civilización india, o, más exactamente,
los espacios culturales del hinduismo y el budismo, están también
sujetos a tensiones parecidas, por más que, al menos desde nuestro
punto de vista, puedan parecer menos dramáticas. También
esas culturas, a su vez, se ven sometidas a la presión de la racionalidad
occidental y a la de la fe cristiana, ambas presentes en sus ámbitos,
y asimilan tanto una cosa como la otra de formas muy variables, sin dejar
de mantener pese a todo su propia identidad. Las culturas tribales de África
(y también las de América Latina, que experimentan un resurgimiento
gracias a la acción de determinadas teologías cristianas)
completan el panorama. En buena parte parecen poner en cuestión
la racionalidad occidental, pero al mismo tiempo también la aspiración
universal de la revelación cristiana.
¿Qué se deduce de todo
esto? Para empezar, tal como lo veo, el hecho de que las dos grandes culturas
de Occidente, la de la fe cristiana y la de la racionalidad secular, no
son universales, por más que ambas ejerzan una influencia importante,
cada una a su manera, en el mundo entero y en todas las demás culturas.
En ese sentido, la pregunta del compañero iraní del señor
Habermas me parece de una cierta entidad; se preguntaba si desde el punto
de vista de la sociología de la religión y la comparación
entre culturas, no sería la secularización europea la anomalía
necesitada de corrección. Personalmente no creo imprescindible,
ni siquiera necesario, buscar la clave de esa pregunta en la atmósfera
intelectual de Carl Schmitt, Martin Heidegger y Leo Strauss, es decir,
de una situación europea marcada por la fatiga del racionalismo.
Lo cierto es, en cualquier caso, que nuestra racionalidad secular, por
más plausible que aparezca a la luz de nuestra razón configurada
a la manera de Occidente, no es capaz de acceder a toda ratio, y
que en su intento de hacerse innegable acaba topando con sus límites.
Su evidencia está ligada fácticamente a determinados contextos
culturales, y debe reconocer que no es reproducible como tal en el conjunto
de la humanidad y, en consecuencia, no puede ser operativa a escala global.
En otras palabras, no existe una definición del mundo, ni racional,
ni ética ni religiosa con la que todos estén de acuerdo y
que pueda servir de soporte para todas las culturas; o por lo menos actualmente
es inalcanzable. Por eso mismo, esa ética denominada global tampoco
pasa de ser una mera abstracción.
CONCLUSIONES. ¿Qué
se puede hacer, pues? En lo que respecta a las consecuencias prácticas,
estoy en gran medida de acuerdo con lo expuesto por el señor Habermas
acerca de la sociedad postsecular, la disposición al aprendizaje
y la autolimitación por ambas partes. Voy a resumir mi propio punto
de vista en dos tesis y con ello concluiré mi intervención.
1. Hemos visto que en la religión
existen patologías sumamente peligrosas, que hacen necesario contar
con la luz divina de la razón como una especie de órgano
de control encargado de depurar y ordenar una y otra vez la religión,
algo que, por cierto, ya preveían los padres de la Iglesia (4).
Pero a lo largo de nuestras reflexiones hemos visto igualmente que también
existen patologías de la razón (de las que la humanidad hoy
en día no es consciente, por lo general), una desmesurada arrogancia
de la razón que resulta incluso más peligrosa debido a su
potencial eficiencia: la bomba atómica, el ser humano entendido
como producto. Por eso también la razón debe, inversamente,
ser consciente de sus límites y aprender a prestar oído a
las grandes tradiciones religiosas de la humanidad. Cuando se emancipa
por completo y pierde esa disposición al aprendizaje y esa relación
correlativa, se vuelve destructiva.
Hace poco, Kurt Hübner formuló
una exigencia similar, afirmando que esa tesis no implica un inmediato
"retorno a la fe", sino "que nos liberemos de la idea enormemente falsa
de que la fe ya no tiene nada que decir a los hombres de hoy en día,
porque contradice su concepto humanista de la razón, la ilustración
y la libertad" (5). De acuerdo con esto, yo hablaría de la necesidad
de una relación correlativa entre razón y fe, razón
y religión, que están llamadas a depurarse y redimirse recíprocamente,
que se necesitan mutuamente y que deben reconocerlo ante el otro lado.
2. Esta regla básica
debe concretizarse luego de modo práctico en el contexto intercultural
de nuestro presente. Sin duda, los dos grandes agentes de esa relación
correlativa son la fe cristiana y la racionalidad secular occidental. Esto
puede y debe afirmarse sin caer en un equivocado eurocentrismo. Ambos determinan
la situación mundial en una medida mayor que las demás fuerzas
culturales. Pero eso no significa que las otras culturas puedan dejarse
de lado como una especie de quantité négligeable.
Eso representaría una muestra de arrogancia occidental que pagaríamos
muy cara y que de hecho ya estamos pagando en parte. Es importante que
las dos grandes componentes de la cultura occidental se avengan a escuchar
y desarrollen una relación correlativa también con esas culturas.
Es importante darles voz en el ensayo de una correlación polifónica
en el que ellas mismas descubran lo que razón y fe tienen de esencialmente
complementario, a fin de que pueda desarrollarse un proceso universal de
depuración en el que, al cabo, todos los valores y normas conocidos
o intuidos de algún modo por los seres humanos puedan adquirir una
nueva luminosidad, a fin de que aquello que mantiene unido el mundo recobre
su fuerza efectiva en el seno de la humanidad.
Traducción: Joan Parra
| Más
allá de guardián de la ortodoxia
Con fama de ser el guardián
de la ortodoxia desde su paso por la Congregación para la Doctrina
de la Fe, Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, forma parte de un grupo de teólogos
(Balthasar, Küng, De Lubac) que revolucionó la teología
europea y que influyó en el concilio Vaticano II. Su sólida
formación intelectual se puede seguir en Informe sobre la fe, una
obra escrita en forma de diálogo con el periodista Vittorio Messori |
Citas del escrito
1. R. Spaemann, ‘Weltethos als Projekt’,
en: Merkur 570/571, páginas 893-904
2. La presentación más
brillante de esa filosofía de la evolución, todavía
dominante a pesar de algunas correcciones de detalle, se encuentra en J.
Monod, El azar y la necesidad, Tusquets, Barcelona 1993. Para la distinción
de los resultados efectivos de la investigación frente a las filosofía
que los acompaña, véase R. Junker - S. Scherer (Hg.), Evolution.
Ein kritisches Lehrbuch, 4. A., Gießen 1998. Sobre la discusión
en torno a la filosofía que acompaña a la teoría de
la evolución: J. Ratzinger, Fe, verdad y tolerancia, Sígueme,
Salamanca (2005)
3. Sobre las tres dimensiones del
derecho natural medieval (dinámica del ser en general, finalidad
de naturaleza común a seres humanos y animales finalidad específica
de la naturaleza racional del ser humano) véanse las observaciones
formuladas en el artículo de Ph. Delhaye, Naturrecht, en: LThK2
VII 821-825. Es interesante el concepto de derecho natural que figura al
inicio del Decretum Gratiani: “Humanum genus duobus regitur, naturali videlicit
iure, et moribus”. “Ius naturale est, quod in lege et Evangelio continetur,
quo quisque iubetur, alii facere, quod sibi vult fieri, et prohibetur,
alii inferre, quod sibi nolit fieri”
4. Este asunto he intentado tratarlo
con más detalle en mi libro mencionado en la nota 2 (Fe, verdad
y tolerancia); véase también M. Fiedrowicz, Apologie im frühen
Christentum, 2. A., Paderborn (2001) 5. K. Hübner, Das Christentum
im Wettstreit der Religionen, Tübingen (2003), página 148 |