| Clarín
de Argentina - 7 de mayo de 2005
Aniversario
Jean-Paul
Sartre: cien años de libertad
El año Sartre anima una
relectura de su vasta obra, que impregnó los debates de la segunda
mitad del siglo XX. El filósofo Edgardo Castro propone aquí
un recorrido por sus temas e influencias. El escritor Clément Rosset
protesta por la transformación del existencialismo en militancia.
Y David Viñas esboza una apología apasionada.
Edgardo
Castro
Los intelectuales y el poder" es el
título de una extensa conversación entre Michel Foucault
y Gilles Deleuze que tuvo lugar en 1972. Foucault comienza refiriendo la
inquietud de un maoísta que comprendía bien por qué
Sartre se ocupaba de política, un poco menos por qué lo hacía
Foucault, pero para nada en el caso de Deleuze. El en ámbito de
la filosofía alemana, Nietzsche y sobre todo Heidegger fueron los
nombres en torno a los cuales se planteó la cuestión de las
relaciones entre los filósofos y la política. En gran medida,
el centenario del nacimiento de Sartre está convirtiéndose
en la ocasión para desplazar este interrogante hacia el paisaje
intelectual francés del siglo XX y retomar el tema de aquella conversación
entre Deleuze y Foucault.
El intelectual y el profesor
El compromiso político de
Sartre, sus luchas y sus causas son nuevamente objeto de un debate que
se ve fortalecido por la comparación con el otro pensador político
francés nacido en el mismo año; compañero de estudios
gracias al cual Sartre descubrió la fenomenología: Raymond
Aron.
Cuenta Simone de Beauvoir que una
tarde en el bar Bec de Gaz de la calle Montparnasse, mientras tomaban la
especialidad de la casa, cóctel de albaricoque (o, según
otras tradiciones, una simple jarra de cerveza), recién llegado
del Instituto francés de Berlín, Aron convenció a
Sartre de que la fenomenología respondía exactamente a sus
preocupaciones filosóficas. Y Sartre se encaminó hacia Friburgo:
hacia Husserl y Heidegger.
Pero el tiempo terminó enfrentándolos.
En un rincón, el intelectual militante, el pensador de izquierda,
vinculado al marxismo —aunque las relaciones no siempre fueron buenas:
sus libros estuvieron prohibidos en los países del Este— y al maoísmo;
en el otro, el defensor de ideas liberales, el investigador cercano a la
derecha francesa —aunque las relaciones tampoco fueron siempre buenas:
"profesor en Le Figaro, periodista en el Collège de France",
dijo de él De Gaulle—.
En medio del fervor de los acontecimientos
del 68, el 19 de junio de ese año, precisamente, Le Nouvel Observateur
publicó una larga entrevista, reproducida luego en Situations
VIII y titulada: "Las bastillas de Raymond Aron", en la que Sartre
afirmaba: "Aron no se discutió nunca a sí mismo y es por
eso que a mis ojos es indigno de ser profesor"; no se puede suponer que
"pensar sólo detrás del escritorio —y pensar la misma cosa
desde hace treinta años— represente el ejercicio de la inteligencia".
"Un intelectual, para mí, —decía allí Sartre, diferenciándose
de Aron— es eso: el que es fiel a un conjunto político y social,
pero que no cesa de discutirlo".
La herencia de Hegel
Resulta imposible comprender por
qué y cómo los filósofos franceses del siglo XX hacen
política sin tener presente a Hegel. Y en particular, la interpretación
que de él hace, así como la influencia y la personalidad
de Alexandre Kojève. La obra filosófica de Sartre, en efecto,
se puede leer como una extensa discusión con el hegelianismo desde
una perspectiva existencialista que se combina con elementos del psicoanálisis
y del marxismo. A partir de esta discusión, Sartre llegará
a una concepción filosófica de la política del siglo
XX opuesta a la de Kojève.
En 1927, Kojève —ruso, sobrino
de Kandinsky y apenas tres años mayor que Sartre— se instala en
París. Kojève había conocido a Alexandre Koyré
a causa de una curiosa historia sentimental: Kojève terminó
casándose con la esposa del hermano de Koyré, otro emigrado
ruso que dictaba un curso sobre la filosofía religiosa de Hegel
en la Ecole Pratique des Hautes Etudes. Cuando Koyré fue transferido
a El Cairo, Kojève se encargó de reemplazarlo en aquel curso.
Esta sustitución terminó convirtiéndose, junto con
la recepción de Husserl y de Heidegger, y luego de Nietzsche, en
uno de los acontecimientos fundadores de la filosofía francesa del
siglo XX.
Y aquella curiosa historia sentimental
fue una de las muchas casualidades que hicieron posible el célebre
seminario de Kojève sobre la Fenomenología del espíritu
de Hegel. De 1933 a 1939, generalmente los lunes a las 17,30, para seguir
el comentario párrafo por párrafo del texto de Hegel, se
reunían casi todos aquellos que luego serían los intelectuales
de la posguerra: Raymond Queneau, Gaston Fessard, Jacques Lacan, Raymond
Aron, Georges Bataille, Maurice Merleau-Ponty, Jean Hyppolite, André
Breton... En la lista de los asistentes formales o informales, sin embargo,
no figura Sartre.
A Kojève, en realidad, no
le interesaba tanto el texto de Hegel, sino, más bien, las consecuencias
especulativas que podía extraer de su sistema. En 1947, Gallimard
publicó el contenido del seminario bajo el título de Introducción
a la lectura de Hegel. El capítulo de la dialéctica del
amo y del esclavo es una de las claves de la interpretación de Kojève:
el hombre es fundamentalmente deseo de reconocimiento, lucha por el reconocimiento
y la historia es historia de los deseos deseados. A partir de aquí,
la Fenomenología aparece como una obra de antropología
filosófica y Hegel, como un pensador existencial. La otra tesis
fundamental de Kojève y la más importante es la del final
de la historia (no sólo de la filosofía, como pensaba efectivamente
Hegel). Como explicará más tarde en su última entrevista,
"siempre se producen acontecimientos, pero desde Hegel y Napoleón
no se ha dicho nada más, no se puede decir nada nuevo". Por ello,
tampoco son posibles nuevas revoluciones; la revolución china, por
ejemplo, es sólo la introducción del código napoleónico
en ese país.
De aquel seminario también
había participado Robert Marjolin. Después de la guerra,
Marjolin le hizo un lugar a Kojève en el seno de la DREE (la Dirección
de las Relaciones Económicas Exteriores de Francia). El emigrado
ruso se convierte en asesor de los economistas franceses. El filósofo
es ahora funcionario. Entre sus muchos sucesos en este campo, será
uno de los principales negociadores por Francia de los acuerdos que culminaron
en el GATT, dará consejos acerca de cómo devaluar, entrará
en contacto con el futuro primer ministro, Raymond Barre, y los futuros
presidentes del Fondo Monetario. Con la creación del Mercado Común,
Kojève se desempañará en los organismos de la Comunidad,
interesándose particularmente en la creación de un banco
común europeo y en la elaboración de un sistema aduanero-tarifario.
La muerte, de hecho, lo sorprenderá en Bruselas.
Durante estos años de funcionario,
Kojève comienza a elaborar la idea de que el nuevo capitalismo representa
el estadio final de la historia, la forma política del reconocimiento
recíproco. Esta es la teoría que expondrá, invitado
por Carl Schmitt, en la conferencia "El colonialismo desde una perspectiva
europea". Una frase resume su posición: "Marx es Dios, Ford es su
profeta". Kojève explicará, en efecto, que el nuevo capitalismo
ya no es contradictorio con el marxismo, que ha integrado en sus mecanismos
el potencial revolucionario de éste último y que, por ello,
está destinado a mundializarse. Kojève, un "marxista de derecha".
El final de la historia implicaba,
de este modo, que también el hombre había acabado, había
muerto. Su deseo estaba satisfecho; ya no era necesario luchar por el reconocimiento,
sino sólo administrarlo y extenderlo. Así Kojève podía
decir: "nos dirigimos hacia un modo de vida ruso-americano, antropomórfico
pero animal, quiero decir, sin negatividad", volvemos a la naturaleza,
nos convertimos en "monos sabios".
Resucitar la libertad
Sartre, afirma el Diccionario
de los intelectuales franceses en el artículo que le dedica,
encarna mejor que nadie la figura del intelectual francés comprometido
con los combates de su tiempo. Pero sería un error concluir, forzando
la contraposición y adoptando las expresiones enfervorizadas de
Sartre, que Aron haya sido sólo un académico, un intelectual
de escritorio. El mismo diccionario, esta vez en el artículo "Aron",
aclara que pocos intelectuales se han comprometido como él. Por
ejemplo, en los años 40, cuando posterga temporalmente su carrera
universitaria para sumergirse en el periodismo político de las revistas
Combat
o Le Figaro. O, como aconteció en la época de la guerra
de Argelia, cuando se opuso a la derecha francesa en nombre de la libertad.
Deberíamos decir, más
bien, que Sartre y Aron veían las relaciones entre teoría
y práctica de manera inversa. Para Sartre, diciéndolo muy
esquemáticamente, hay una prioridad de la acción sobre la
teoría. Para Aron, en cambio, la prioridad es elaborar los instrumentos
teóricos de la acción política.
Ahora, como dijimos, es posible leer
la obra de Sartre, en particular, El ser y la nada (1943) y la Crítica
de la razón dialéctica (1960), como una extensa discusión
con Hegel-Kojève. En la primera de estas obras, Sartre parte de
la fenomenología. No tanto la de Husserl, que había criticado
en sus trabajos anteriores (como La trascendencia del ego, 1936),
sino sobre todo la de Heidegger. El subtítulo de la obra, Ensayo
de ontología fenomenológica, lleva la marca de esta filiación.
La primera parte de la obra está
dedicada a mostrar la relación entre la conciencia y la negación.
Hay una diferencia fundamental entre el ser que se convierte en fenómeno
para la conciencia (lo que la conciencia conoce) y el ser propio de la
conciencia. Mi conciencia, en efecto, no existe como distinta, como puesta
por mí, mi conciencia soy yo mismo. Del ser distinto de mí,
del ser en-sí, puedo distinguir, entonces, el ser-para-mí,
el ser de la conciencia. Ese ser fuera de mí es lo que de hecho
es, en plena adecuación consigo mismo. En la conciencia, en cambio,
no encontramos esta adecuación. La conciencia está presente
a sí, es consciente de sí misma (si no sería inconciencia);
pero esta presencia no es simple coincidencia, lo que también la
volvería inconsciente. La distancia que separa la conciencia de
sí misma no es un ser, sino la nada que proviene de ella misma.
Esta negación, sin embargo, no tiene un fundamento, algo que la
preceda, sino que es sólo su propia actividad. La conciencia, en
definitiva, no es, deviene tal. Su actividad precede a su ser, su existencia
a su esencia.
En este sentido, el hombre se crea
su esencia, se elige a sí mismo y decide sin puntos de apoyo ni
criterios preestablecidos. Por ello, es libre. Esta libertad es, sin embargo,
una condena. El hombre no puede no ser libre. La angustia, precisamente,
nos revela nuestra condena a la libertad.
En unas páginas muy densas
(277-298 de la edición francesa), Sartre compara la conciencia hegeliana
con las filosofías de Husserl y de Heidegger. Retoma la célebre
dialéctica entre el amo y el esclavo, que era una de las claves
de la interpretación de Kojève, y acusa a Hegel de un doble
optimismo. Por un lado, un optimismo epistemológico: la relación
entre mi conciencia y la de los otros sería, finalmente, sólo
una relación cognoscitiva, de mutuo re-conocimiento. Para Sartre,
no hay reciprocidad. La relación con los otros es siempre conflictiva
y mi maldición es ser siempre un "otro". Por otro lado, hay en Hegel
un optimismo más fundamental, un optimismo ontológico: la
verdad es la verdad del Todo. Hegel se sitúa desde la perspectiva
del Todo. Las conciencias son sólo sus momentos. Y cada conciencia,
en la medida en que es pensamiento, un cogito, puede reconciliarse
con el Todo. La Historia sería el nombre de esta reconciliación.
Para Sartre, en cambio, inspirándose en Heidegger, la conciencia
no se reduce al cogito, es existencia, es proyecto.
En la Crítica de la razón
dialéctica, Sartre retoma el problema de la relación
de la conciencia individual con la dialéctica histórica.
Se inspirará ahora en el marxismo, pero corrigiéndolo desde
su existencialismo. También aquí se trata de evitar un optimismo
triunfalista. La totalidad, lo universal, la Historia no existen como tales;
sólo tienen realidad en los individuos: "el fundamento concreto
de la dialéctica histórica es la estructura de la acción
individual". No se trata de superponer la Historia a los individuos, sino
de leerla desde adentro. Toda situación histórica es el resultado
de la dialéctica entre los proyectos de los individuos que, puesto
que se fundan en la libertad, no están predeterminados. La Historia,
entonces, es una multiplicidad de ficciones (totalizaciones) que no tienen
realidad en sí mismas, que son la exteriorización de las
acciones individuales.
Razones para rebelarse
Existe, claramente, una continuidad
entre los dos textos de Sartre El ser y la nada y Crítica
de la razón dialéctica, pero también profundas
diferencias. Más allá de la rehabilitación de la capacidad
negadora de la conciencia, el hombre de la primera obra aparecía
como una "pasión inútil", un dios fracasado. Su concepción
de la angustia podía conducir o conducía, según las
críticas de los marxistas, a una forma de quietismo o, al menos,
al indiferentismo. El hombre había recuperado su libertad, pero
no disponía de brújula. La reflexión sobre moral prometida
por Sartre y que debía seguir a El ser y la nada, de hecho,
nunca fue llevada a término. Sus esbozos fueron publicados póstumamente
como Cuadernos para una moral. En los trabajos que separan ambas
obras (como Materialismo y revolución, de 1946), Sartre reformula
el tema de la intersubjetividad para hacer posible la colaboración
de los hombres en un proyecto común.
En la Crítica de la razón
dialéctica, para señalar alguna de las diferencias, la
posibilidad de una acción común pasa a través de una
reformulación del concepto de libertad a fin de dar cuenta de la
materialidad de los condicionamientos de la situación en la que
el hombre decide su proyecto. El hombre ya no será simplemente "lo
que hace", sino "lo que hace con lo que se le da". Los hombres, afirma
ahora, son todos esclavos en la medida en que sus experiencias vitales
se desarrollan en situaciones originariamente condicionadas por la penuria.
La acción histórica es nuevamente necesaria. Para superar
la serialidad de lo colectivo (que se podría comparar a la animalización
del hombre en el nuevo capitalismo, según Kojève), Sartre
describe la constitución de grupos en fusión, reunión
de individuos que reconocen un proyecto común de liberación.
Dios ha sido separado de su profeta,
Marx ha sido separado de Ford. Ya no es necesario convertirse inevitablemente
en funcionario. Más bien, todo lo contrario. O, como dice el título
de un texto sartreano, hay razones para rebelarse.
Poder y libertad
Luego del encuentro con Aron que
le hace descubrir la fenomenología, Sartre, atraído por ella,
compró el libro de Emmanuel Levinas sobre la Teoría de
la intuición en Husserl. Pero la relación con Levinas
no se detiene aquí. Bernard-Henri Lévy (en El siglo de
Sartre, 2000), en efecto, sugiere que el último Sartre ha sido
levinasiano. Para sostenerlo, se basa en la extensa entrevista que le hiciera
al filósofo su secretario privado, Benny Lévy (o Pierre Victor),
publicada como entrevista en Le Nouvel Observateur en 1980, con
el título "La esperanza ahora". A través de esta entrevista
podemos acceder al libro que ambos preparaban desde 1975: Poder y libertad.
Benny Lévy era el jefe de
aquellos a los que los franceses llamaban "los maos". En 1970, solicitó
a Sartre que se hiciera cargo de la dirección del periódico
maoísta La causa del pueblo, y a partir de junio de 1974,
Lévy se convertió en su secretario y su confidente. Sartre
escribió en una oportunidad a Giscard d'Estaing para que Benny Lévy
obtuviera la nacionalidad francesa, cuya carencia lo obligaba a vivir casi
en la clandestinidad. Según Lévy, en reconocimiento a esa
intervención, Sartre nunca atacó a Giscard d'Estaing.
La masacre de Berlín alejó
a Benny Lévy de los grupos revolucionarios ligados a la violencia;
y el descubrimiento del pensamiento de Emmanuel Levinas lo hizo renacer
filosóficamente. No fue sólo un reencuentro con la filosofía,
también con el judaísmo. Comenzó a estudiar hebreo
y a leer el Talmud.
En 1946, Sartre había escrito
las Reflexiones sobre la cuestión judía. Con este
escrito, Sartre tuvo el mérito, como Vladimir Jankélevitch,
de haber roto el silencio filosófico sobre la cuestión en
Francia. Pero para él, que por esa época no había
logrado superar los prejuicios asimilacionistas, el "judío" finalmente
no existe: es creado por la mirada del "otro". A partir de su viaje a Israel
en 1967, comenzó a modificar esta posición. Pero Benny Lévy,
según aquella entrevista, lo llevó mucho más lejos:
lo llevó inclusive a reconocer la especificidad del judaísmo
y de su cultura. La prioridad de la ética y la noción de
mesianismo son los temas de Levinas que Benny Lévy discutirá
con Sartre y que, según Bernard-Henri Lévy, hacen del último
Sartre un levinasiano.
Las respuestas de Sartre, aun antes
de ser publicadas, fueron objeto de escándalos y tensiones. Ellas
no coinciden con la versión oficial de los últimos días
del filósofo que nos ofrece Simone de Beauvoir en La ceremonia
del adiós. Para su compañera de medio siglo, como también
para Raymond Aron, se trata sólo de una retractación de su
ateísmo arrancada malvadamente a un anciano.
Annie Cohen-Solal, en su biografía
Sartre.
1905-1980, publicada en 1985, narra los pormenores de esta historia.
Cuando el manuscrito llegó a las manos de Jean Daniel, director
de Le Nouvel Observateur, quienes estaban en contra de Benny Lévy,
con Simone de Beauvoir a la cabeza, llamaron a Daniel por teléfono
para evitar la publicación de la entrevista. Finalmente, llamó
el mismo Sartre y pidió a Daniel que la publicara íntegramente.
No vamos a expedirnos aquí
sobre este último Sartre, pero una frase suya en esa conversación
con Jean Daniel nos parece la mejor conclusión: "La trayectoria
de mi pensamiento se les escapa a todos".
Perfil
Ivana
Costa
Hombre de estatura pequeña —un
metro cincuenta y siete centímetros, documenta su biografía—
y altísima incidencia en los debates de su tiempo, Jean-Paul Sartre
concentró todos los atributos que definían el valor de un
intelectual. Intentó una filosofía singular; fue a la guerra,
animó la Resistencia; enseñó en La Sorbona; escribió
una preciosa obra narrativa y teatral; adhirió al comunismo, a la
revolución cubana, al maoísmo; ejercitó la crítica
literaria con minucia y talento notables y alentó las revueltas
del 68. Hasta su particular relación de pareja con Simone de Beauvoir
parecía el ensayo público de un modelo alternativo al amor
burgués. "La figura de Sartre —escribió Jean Luc Nancy— concentra
de manera saliente los aspectos esenciales de un tiempo de duda, oscilación
y decisión, sobre el cual giró el curso de la praxis filosófica
del siglo XX. Y con él, la relación de este siglo con su
propia historia, sus posibilidades y sus exigencias." Sin embargo, el pensamiento
de Sartre aparece hoy eclipsado por la fuerza de la militancia y de las
palabras pronunciadas a viva voz ("Quiso cambiar el mundo —seguía
Nancy— pero no llegó a percibir cómo el mundo, y el pensamiento,
se transformaban"), que ponen en duda su vigencia y su valor. Es hora,
pues, de evocar la raíz griega de su existencialismo, de releer
Las
palabras; o destejer la trama de la Crítica de la razón
dialéctica para toparse con polémicas que hoy enfrentan
a "neoconservadores" y "emancipacionistas". Allí, el Sartre que
estas páginas procuran reencontrar. |
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| Sartre
básico
París,
1905-1980, filósofo y escritor
Novelista, dramaturgo, filósofo,
encarnó la figura del "intelectual comprometido" entre los 50 y
los 70. Con su pareja, Simone de Beauvoir, fueron uno de los centros sobre
los que giró la intelectualidad francesa de posguerra. Se vinculó
inicialmente a la fenomenología, como revelan sus primeros ensayos.
Con su novela "La Náusea" (1939) aparecieron, sin embargo, enfoques
que definirían un camino filosófico propio hacia el existencialismo,
filosofía que reivindica la libertad individual como fuente de la
dignidad humana. En "El ser y la nada" (1943) definió la conciencia
como "nada", opuesta al "ser" y ajena a todo determinismo. Pero en "El
existencialismo es un humanismo" (1946) se concentró en la libertad
como herramienta para la lucha política contra la injusticia. Vinculado
al PC francés, se alejó tras la invasión a Hungría.
Su autobiografía "Las palabras" le valió el Nobel en 1964,
que rechazó. Piezas como "A puertas cerradas" aún marcan
un camino en el teatro del siglo XXI. |
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| Otras
fuentes sobre Sartre
>Libros
Crítica de la razón
dialéctica J.P. Sartre, Ed. Losada, 2004
El ser y la nada J.P. Sartre,
Ed. Losada, 2004
Reflexiones sobre la cuestión
judía J.P. Sartre, Ed. Sudamericana, 2003
La náusea J.P. Sartre,
Ed. Losada, 2003
El siglo de Sartre B-H. Levy,
Ediciones B, 2001
Sartre 1905-1980 Annie Cohen-Solal,
Edhasa, 1990
>Internet
Jean-Paul
Sartre. Philosophy & Existentialism
Filosofos.org
Dividing
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