| Clarín
de Argentina - 7 de mayo de 2005
Aniversario
de Jean-Paul Sartre
El giro
moralizador del existencialismo
Clement
Rosset
Escritor y
filósofo
Es mérito
de "La Náusea" haber descrito la experiencia crucial sobre la cual
se construye el edificio de la filosofía llamada existencialista:
experiencia de la facticidad del ser, o sea del carácter no necesario
de lo que existe. Esta experiencia actúa como una revelación.
Las gaviotas sobre el mar, los árboles de la plaza de Bouville borran
en un instante la ilusión de la necesidad del ser, con la misma
seguridad que el gusto de la pequeña "madeleine" de Proust —una
vez identificado al menos— revela de pronto la esencia de Combray. "Nunca
antes de estos últimos días —escribe Sartre en "La Náusea"—
había presentido lo que quería decir "existir". Yo era como
los demás, como los que pasean por la orilla del mar vestidos con
ropa primaveral. Decía, igual que ellos, "el mar es verde; ese punto
blanco, allá arriba, es una gaviota", pero no sentía que
existían, que la gaviota era una "gaviota - existente"; generalmente,
la existencia se oculta". La existencia se oculta: en la medida que muestra
perfectamente bien al objeto que existe pero silencia el hecho —eternamente
misterioso— de que existe. Esta tesis fundamental del existencialismo,
cuyos indicios encontramos, quizás, en el poema de Parménides,
y según la cual empleamos el mismo verbo ser en sentidos completamente
distintos cuando decimos que es un árbol o que ese árbol
es, no carece ni de pertinencia ni de solidez; y la haría mía
con gusto, con algunos retoques (referidos sobre todo el hecho de que los
objetos que existen sin causa no son por ello, contrariamente a lo que
dice Sartre, seres necesariamente nauseabundos e incluso obscenos, como
los árboles de la plaza de Bouville). Señalaré, sin
embargo, lo cual no disminuye en nada la verdad de la distinción
existencialista entre la existencia de hecho y la existencia necesaria,
que el primero en establecer esa distinción no fue Sartre sino Schopenhauer.
Schopenhauer no es sólo el autor de una teoría del pesimismo;
es ante todo un filósofo existencialista "avant la lettre", que
niega a la existencia todo principio de razón y considera a ésta
ajena a toda causa y a toda intención —perfectamente absurda, por
lo tanto: "grundlos" (sin razón de ser).
A decir verdad, nunca llegué
a explicarme muy bien cómo ni por qué el existencialismo
de Sartre anunciado por "La Náusea" había adquirido muy pronto
un giro moralizador y político que rápidamente convirtió
a Sartre en el hombre que todo el mundo conoce, sea para alegrarse o para
lamentarlo: un militante poseedor de la verdad que ya no dudaba de nada,
un dador de lecciones tanto más penoso cuanto que éstas eran
la mayoría de las veces imprudentes, un fiscal que no perdonaba
a muchos ("Todo anti-comunista es un perro") al tiempo que avalaba las
causas más dudosas cuando no simplemente criminales. En suma, una
especie de "Sr. Verdad", un poco análogo al "Sr. Inundaciones" o
al "Sr. Verano" que señala enseguida al gobierno francés
cuando se ve desbordado por los acontecimientos. Una obra de título
revelador "El existencialismo es un humanismo" anunció, ya en 1946,
el cambio de rumbo. Para decirlo con una metáfora, parecería
que el pensador de la facticidad se había convertido en un "señor
derechos humanos", sin que se pudiera comprender muy bien la razón
de esa metamorfosis. Esa orientación moral - política del
existencialismo me hizo perder todo el interés, aunque no toda la
irritación, respecto de la obra de Sartre. De hecho, las numerosas
y copiosas obras que siguieron siempre estaban repletas de nociones —culpa,
falta de autenticidad, categoría ontológica del "desgraciado",
mala fe, libre albedrío— que no pertenecen a mi universo mental
y tienen que ver más bien, en mi opinión, con pseudo-ideas
que Spinoza rechaza por ser simples emisiones de voz (flatus vocis). Me
gustaría no obstante, antes de concluir, rendir homenaje a dos obras
de Sartre que me parecen logros, aparte de "La Náusea". Se trata
en primer lugar de "Huis Clos" (A puerta cerrada), que da muestras de un
sentido teatral completamente ausente en las otras obras dramáticas
de Sartre. Por otro lado, unas pocas páginas que Sartre dedicó
a Mallarmé en un ensayo inconcluso y un prefacio a la edición
de Gallimard de las "Poesías" de Mallarmé. Esas páginas,
que manifiestan una inteligencia de la empresa mallarmeana muy superior
a la de numerosos comentaristas de Mallarmé (exceptuando quizás
el breve capítulo que Georges Poulet le dedicó en sus "Etudes
sur le temps humain") fueron reeditadas por Gallimard como "Mallarmé,
la lucidité et sa face d'ombre" (la lucidez y su cara de sombra).
(c) Le Monde y Clarín
Traducción de Cristina Sardoy |