| Radar/Página12
de Argentina - 10 de abril de 2005
La increíble
historia de los hermanos Ovitz
El doctor
Mengele y los siete enanitos
Cómo fue que
los siete hermanos de la Compañía Teatral Liliput, una de
las más celebradas en la Europa oriental de entre guerras, salvaron
su vida en Auschwitz actuando y bailando para Mengele.
Sergio
Kiernan
El 18 de mayo de 1944 el doctor Joseph
Mengele fue feliz. Estaba en el laboratorio de Auschwitz cuando uno de
sus asistentes le avisó que habían llegado más trenes.
Los vagones de carga llenos de una humanidad doliente y lista para la esclavitud
o la muerte eran rutina para Mengele, un trabajo de oficina, pero el |
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Los siete hermanos recién
desembarcados en Haifa (Israel), en 1949. La de la izquierda es Perla,
la más longeva y la que contó la historia.
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asistente agregó un detalle que
lo hizo bailar. Literalmente: elegante como siempre en su uniforme y delantal,
con las botas de caballería relucientes, el médico dio unos
pasitos de punta y taco y salió volando al patio de los rieles.
Es que en el tren que llegaba de Hungría había enanos. Mengele
amaba a los enanos.
El mísero sádico no
se merecía encontrarse entre sus prisioneros con un fenómeno
probablemente único y ciertamente famoso en los escenarios húngaros:
la Compañía Teatral Liliput, compuesta por los siete enanos
Ovitz –hermanos y hermanas– y dieciséis personas de estatura normal,
los Slomowitz y los Fischmann, empleados que los rapidísimos enanos
declararon de inmediato como sus parientes “normales”. A Mengele se le
hizo agua la boca con este grupo familiar y los testimonios coinciden en
que se reía en voz alta. Fascinado ya freudianamente por todo lo
anómalo –los siameses, los gemelos, los enanos– que era su material
para crueles e inútiles experimentos, el médico ordenó
que la compañía teatral fuera llevada a una de las barracas
de prisioneros especiales.
Así comienza una historia
olvidada y surrealista de esa locura que fue el Holocausto, rescatada por
los periodistas israelíes Yehuda Koren y Eilat Negev en su libro
Eramos gigantes en nuestro corazón, que acaba de editar en inglés
la editorial Carroll and Graf. Koren y Negev alcanzaron a entrevistar al
último de los Ovitz, la bella Perla, que murió a fines de
los ‘90, y a varios de los que los conocieron en Hungría e Israel,
y se encontraron con un cuento difícil de calibrar: los enanos salvaron
la vida porque eran unos mentirosos compulsivos y un cerrado grupo de manipuladores,
que se limpiaron a Mengele.
La historia de los enanos Ovitz comienza
en Rozália, un pueblito de Maramures, al norte de Transilvania,
que antes de la Primera Guerra Mundial pertenecía a Hungría
y hoy descansa en Rumania. Es un país montañoso de bosques
oscuros aptos para duendes y leyendas, con campesinos de pobreza inmemorial,
judíos y un pueblo razonablemente grande, Sighet, donde nació
el Premio Nobel Elie Wiesel, otro húngaro deportado a Auschwitz.
En esa Rozália nació en 1868 Shimshon Eizik Ovitz, que pasó
apenas los noventa centímetros de altura, para consternación
de su muy ortodoxa familia, adscripta a la línea talmúdica
que afirma que los defectos de nacimiento son la cuenta por los pecados
de los padres. Shimshon, sin embargo, fue un hijo tratado con cariño
que se dedicó a la animación de fiestas y, con los años,
al espiritualismo, terminando como una especie de sabio consejero de almas
perdidas.
A los 18, por medio de una celestina
profesional, el enano se casó con una mujer de estatura normal que
murió joven, lo que hizo que prontamente se volviera a casar con
otra “alta”. El activo Shimshon tuvo en total diez hijos, de los cuales
siete resultaron enanos. Rozika, Franziska, Avram, Frieda, Micki, Erzsebet
y Perla –”Piroska”– estaban afectados por un tipo de enanismo muy raro,
la displasia seudoachandroplástica, que afecta a 1 niño en
60.000 y tiene la característica de dejarles piernas pequeñísimas
y frágiles, pero una cabeza normalmente proporcionada y muchas veces
de rasgos armoniosos.
Shimshon enseñó a sus
hijitos a tocar instrumentos, a cantar y contar historias, y a sonreír,
siempre sonreír. Cuando eran adolescentes, fundó la Compañía
Liliput y comenzó a recorrer Maramures con enorme éxito.
Pronto tenían la mejor casa de la aldea, se compraron el auto más
grande que encontraron para ampliar las giras y contrataron a los primeros
Slomowitz y Fischmann como asistentes. Se hicieron famosos en el circuito
local del vaudeville porque eran realmente talentosos, tenían buen
oído para las melodías de moda y, como prácticamente
todos los judíos húngaros, hablaban idish, rumano, alemán
y húngaro. Hungría, una dictadura, se alió al triunfante
Hitler hasta que los rusos hicieron picadillo sus ejércitos a principios
de 1943. Para 1944, quedaba claro que era cosa de meses que Stalin acampara
en Budapest y el gobierno buscaba desesperadamente abrirse del Eje y hacer
la paz por separado. El 19 de marzo de 1944, el Führer ordenó
invadir al aliado ladino que hasta se negaba a entregar a sus 800.000 judíos,
e instaló un gobierno más afín, formado por nazis
locales. La invasión pescó a los Ovitz de temporada en un
teatro estatal en medio del campo, detalle que muestra cómo la farándula
húngara ignoraba abiertamente las leyes antijudías de 1940:
la Compañía Liliput era un éxito, sus enanos eran
famosos y a nadie le importaba un pito que fueran judíos.
Pero con la Wehrmacht llegó
Adolf Eichmann, que rápidamente organizó la deportación
de todo judío que no estuviera en Budapest, territorio al que no
podía acceder para no quemar que el gobierno era títere.
Los Ovitz llegaron a Auschwitz entre los 400.000 compatriotas arrestados
y fueron parte del 20 por ciento que sobrevivió a los nazis.
Mengele prontamente puso a los Ovitz
a trabajar. Auschwitz realmente era un universo concentracionario e incluía
una gran cantidad de artistas: los oficiales del campo recibían
muchos visitantes que había que entretener. Los enanos y sus “parientes”
de estatura normal no usaban el uniforme a rayas, comían mejor que
el resto de los prisioneros –lo que no es mucho decir–, hacían comedia
una vez por semana, en alemán y para jerarcas de visita, y también
regularmente se sometían a dolorosas extracciones de sangre y fluido
raquídeo. No se quejaban, muy conscientes de que la estaban sacando
barata.
Para diciembre de 1944 las cámaras
de gas dejaron de funcionar. En enero, Mengele se escapó a Alemania,
primera escala de una fuga que terminaría en una playa brasileña,
y dejó en Auschwitz I y en Birkenau 50.000 hojas de apuntes “científicos”
que prueban palmariamente que, científicamente hablando, era un
cretino. Los Ovitz vieron entrar a los soviéticos al campo el 27
de enero de 1945 y pronto estaban de vuelta en Transilvania, donde se enteraron
de que su familia había sido exterminada y su casa saqueada por
los vecinos. Como eran previsores, habían enterrado sus joyas en
el jardín, capital que les permitió reconstituir la Compañía
Liliput y poner rumbo al oeste, parando sólo en la costa belga.
Para 1949 estaban en Israel, volviendo a la fama. La vejez los encontró
tranquilos, viviendo de sus dos cines en Haifa. |