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8 de mayo de 2005
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El Periódico de España - 8 de mayo de 2005

Torturado en Guantánamo

• Brahim Benchekrun, un marroquí que fue interrogado durante dos años y medio en la base de EEUU en Cuba, narra a EL PERIÓDICO cómo sobrevivió 
• El joven fue capturado pocos días después del 11-S
 
Antonio Baquero
Rabat
Un mundo lejano hecho de rejas, violentos militares, ropas naranjas, interrogatorios y torturas. Un espacio de control absoluto, de aislamiento total, de silencio y soledad. Eso es Guantánamo, un planeta aparte creado por la justicia estadounidense en el que Brahim Benchekrun pasó abducido dos años y medio de su vida.
De allí ha regresado tan desorientado como un extraterrestre recién llegado a la tierra. Sus ojos, engarzados en una mirada perdida, danzan incoherentes de un lugar a otro. Además, su expresión de perenne sorpresa transmite la impresión de que todo le parece nuevo, de que todo le es extraño. De todas maneras, la cicatriz 
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Benchekrun dibuja el croquis de las celdas, durante la entrevista con EL PERIÓDICO. Foto: ANTONIO BAQUERO
más visible que ese encierro ha dejado en este marroquí está en su pelo. Pese a que Brahim sólo tiene 26 años, sus cabellos han quedado completamente encanecidos por la presión a la que fue sometido durante la reclusión.

LA DETENCIÓN
De Pakistán, donde estudiaba, a las cárceles de Afganistán

Brahim lo detuvieron en la ciudad paquistaní de Lahore, donde cursaba estudios islámicos, en una de las redadas que las semanas siguientes al 11-S hizo la policía paquistaní entre los árabes que residían en ese país. "Los agentes arrestaban a todos los jóvenes árabes y luego vendían a cada detenido por 500 dólares 390 euros a los estadounidenses", recuerda Brahim. Fue trasladado en avión a la base de Bagram, en Afganistán. Allí pasó una semana antes de que le llevaran a una prisión que los estadounidenses tenían en Kandahar, donde estuvo encarcelado dos meses.
"Estábamos encadenados de pies y manos", relata el exdetenido, que recuerda el frío extremo que pasaban en la cárcel. "No nos daban agua para lavarnos y sólo una vez al mes nos cogían por grupos de 100 presos, nos llevaban a un descampado, nos obligaban a desnudarnos y nos hacían lavar en agujeros que habían practicado en el suelo y que habían llenado con agua. Era humillante, ya que los militares se quedaban mirándonos y nos hacían fotos".
De repente, una mañana, los militares gritaron su número, el 587, pues era así como identificaban a los presos. Los reclusos lo llevaban en un brazalete de plástico blanco. Junto con otra treintena de detenidos, los llevaron a un hangar donde les obligaron a vestirse con un pantalón y una chaqueta naranja, les vendaron los ojos, les colocaron cascos en los oídos y les encadenaron. "Así permanecimos 20 horas hasta que nos subieron en un avión", recuerda. No hubo explicaciones. Nadie les dijo adónde les llevaban ni por qué les trasladaban a ellos sí y a otros no.

LA LLEGADA A LA BASE
Las mismas preguntas una y otra vez: ¿has luchado con los talibanes?

"Antes de subir en el avión, a algunos de los presos les dieron calmantes y a otros les golpearon con un aparato que da cargas eléctricas para desvanecerlos", dice.
Su primera impresión de Guantánamo fue el calor. No veía nada, pues llevaba los ojos vendados, pero sentía que todo ardía a su alrededor. La aplastante canícula le golpeó nada más bajar del avión y amenazó con asfixiarle durante las dos horas que los militares le dejaron tirado en la pista junto a sus compañeros, todos ellos entumecidos y doloridos por casi 30 horas de vuelo. "Eran las dos de la tarde y nos abandonaron bajo el sol sin darnos ni un vaso de agua".
Después, sin comer, beber ni descansar le trasladaron a la sala de interrogatorios. Las preguntas eran las mismas que ya le habían hecho decenas de veces y que le volverían hacer una y otra vez en Guantánamo. "¿Has estado alguna vez en Afganistán? ¿Perteneces a Al Qaeda? ¿Conoces a alguien de esa organización? ¿Has luchado con los talibanes?". Eso sí, nunca le dijeron exactamente de qué le acusaban.

TORTURAS SIN MARCAS
De una habitación con aire acondicionado al máximo a otra con calefacción

Los maltratos y las torturas eran frecuentes. "Durante el interrogatorio, te golpeaban, te gritaban y te insultaban", explica. Había métodos más refinados. "A los americanos no les gustaban las torturas que dejasen marcas. Por eso, a veces, nos metían en una habitación donde la calefacción estaba al máximo y hacía un calor asfixiante. Luego, de golpe, nos hacían pasar a otro cuarto helado donde el aire acondicionado estaba a tope".
A veces, los militares simulaban ejecutarles de un tiro en la sien disparándoles con una pistola descargada. "Su tortura favorita era la humillación", lamenta Brahim, que recuerda cómo los militares mancillaban el Corán. "Sabían que para nosotros el Corán es el libro sagrado. Por eso, lo tiraban al suelo, escupían encima, lo pisaban e incluso lo arrojaban al váter".
Esos actos les herían profundamente. "Les rogábamos que nos torturaran, pero que no mancillaran la palabra de Dios". Además, los militares hurgaban en el extremo pudor que los presos, por ser musulmanes muy conservadores, sentían ante el contacto con las mujeres. "Algunas militares se desnudaban delante de los detenidos y les acosaban". Otras incluso les lanzaban compresas mojadas en sangre que les decían que era de la menstruación, que los musulmanes consideran como extremadamente impura. "Eso me hizo comprender que EEUU no está en guerra contra el terrorismo, sino contra el islam".
"Siempre me preguntaban lo mismo y yo siempre les respondía lo mismo, que era estudiante y que no tenía nada que ver con Al Qaeda", cuenta Brahim, que explica cómo, durante un interrogatorio, el militar que le interrogaba se cansó de preguntarle y cogió un folio donde escribió la palabra Al Qaeda. Abrió la carpeta donde estaba su expediente y metió ese papel. Despreciativo, le dijo: "Acabo de poner en tu expediente que eres un peligroso miembro de Al Qaeda, así que prepárate porque te vas a pudrir aquí durante el resto de tu vida".
Brahim consiguió no hundirse. "Sabía --recuerda-- que aquello lo hacía sólo para atemorizarme. Durante todo ese tiempo, nunca perdí la esperanza. Yo era inocente y por eso estaba seguro de que antes o después recuperaría mi libertad".
Lo terrible era que los días en Guantánamo eran siempre iguales. Los presos se despertaban a las cinco de la mañana para hacer el rezo. Después, una hora más tarde, a las seis, les traían el desayuno. Un vaso de leche en polvo, té, una tostada y un huevo.

LAS ARTIMAÑAS
"Nos comunicábamos por susurros y organizamos varias huelgas de hambre"

A las nueve de la mañana los militares le sacaban de la celda y le llevaban hasta una jaula de 10 metros cuadrados donde daba 20 minutos de paseo. Siempre solo y siempre en silencio. "Estaba prohibido que los presos habláramos entre nosotros. Tanto en el paseo como en las celdas. Pero nos comunicábamos por susurros y conseguimos organizar varias huelgas de hambre".
Otra medida de protesta que hacían los presos era negarse a salir de sus celdas para el paseo. "Entonces, venían siete militares pertrechados con material antidisturbios, te inmovilizaban y te sacaban a la fuerza".
 
Tras el paseo, una ducha con agua fría. A las doce les llevaban la comida. "Pasamos mucha hambre porque te daban lo justo para mantenerte en pie. Además, sólo comíamos verduras y pescado. Rechazábamos la carne porque temíamos que nos pusieran cerdo".
A última hora de la tarde les llevaban la cena. Entre medias, miles de horas vacías. "Sólo podías leer el Corán y pensar", explica este joven, que recuerda que los militares estadounidenses estaban sorprendidos por su entereza. "Nos decían que nosotros no éramos gente normal, que ellos se volverían locos sólo con pasar una semana en un lugar así. Nosotros les respondíamos que la fe en Dios nos daba fuerzas".
Una traductora hispana le dio la noticia de su liberación. "Te hemos interrogado durante dos años y medio y ahora ya estamos seguros de que eres inocente", le dijo. Poco después, fue trasladado a Marruecos con otros cuatro marroquís: Abdalá Tabarak, Mohamed Uzar, 
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Reduane Chekuri y Mohamed Maazuz.

UN SEGUNDO ESPAÑOL
"No lo liberan porque España y Marruecos no se ponen de acuerdo"

Todos ellos han quedado en libertad provisional después de someterles uno a uno a un careo con Nurdín Nafia, uno de los presuntos fundadores del Grupo Islámico de Combatientes Marroquís (GICM). Nafia, condenado a 20 años de cárcel, negó conocerles, por lo que el tribunal acordó su salida de la cárcel y aplazó hasta el 4 de julio la continuación del juicio. Su liberación ha puesto en entredicho las informaciones facilitadas por las servicios de la lucha antiterrorista marroquí a sus homó-
logos occidentales, a los que llegaron a asegurar que Tabarak era el guardaespaldas personal de Bin Laden y el líder de los marroquís integrados en la estructura de Al Qaeda.
Aunque los tres primeros fueron liberados en diciembre, Brahim y Mohamed Maazuz no pisaron la calle hasta finales de marzo. Este joven exdetenido recuerda a los presos que todavía siguen en Guantánamo y asegura que, además de Ahmed Abderramán, el exdetenido ceutí, allí queda otro español. "Se llama Reduan Kassri y es de origen marroquí". Según explica Brahim, a Kassiri "le dijeron que era inocente, pero no lo liberan porque España y Marruecos no se ponen de acuerdo".
Brahim piensa ahora en reconstruir su vida. "El año que viene reanudaré mis estudios", anuncia y confiesa que uno de sus objetivos es denunciar a EEUU ante la justicia internacional. "Yo no pienso en la venganza; solamente quiero justicia".

 
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