n vísperas de las elecciones nacionales del 31 de octubre pasado me
encontré con un colega de Búsqueda, le pregunté su pronóstico y me
respondió: "El Frente en la primera vuelta. Cuando viene una avalancha, no
la para nadie". Es lo que sucedió. El 8 de mayo vivimos la extensión y
profundización de este proceso.
En Semana de Turismo estuve en La Paloma. Con compañeros del lugar
recordamos la campaña electoral de 1971 en Rocha, los ataques a cascotazo
limpio al acto del Frente en Lascano, el asesinato (impune) del niño al
paso de la caravana, el intento de apuñalar a Seregni en el acto en la
capital. Los compañeros estaban seguros de que ahora se ganaba. Se ganó
con luz, y el chueco Barrios es el nuevo intendente.
Se venció también en Treinta y Tres, y eso nadie lo creía, salvo
quienes conocían de cerca lo que se gestaba en la entraña del pueblo. Aquí
también recordamos lo sucedido en la dictadura y poco antes, el asesinato
en la tortura del obrero demócrata cristiano Luis Batalla (cuyo retrato
está en la sede del PDC), las vejaciones inauditas a las muchachitas de la
Juventud Comunista.
Acabamos de oír al intendente electo canario Marcos Carámbula, que tras
abrazarse con su colega floridense Juan Giachetto en Paso Pache recorría
el santoral y pequeños pueblos como Castellanos y Bolívar y en contacto
con la gente se maravillaba de que en esa zona, colorada de por vida,
también el Frente resultara vencedor.
Hay años que condensan 20 años de lucha, se ha dicho. Es lo que pasó en
el período entre las dos elecciones. El crecimiento sistemático del Frente
se aceleró considerablemente y produjo una verdadera revolución, sobre
todo en el Interior.
La magnitud de los cambios sobrevenidos el 8 de mayo es tan grande que
a nosotros mismos nos cuesta darnos cuenta cabal de ello. La izquierda
unida confirmó que es el primer partido del país, como sucede desde 1999.
Conservó su porcentaje de las elecciones nacionales de 2004: 50.7%. Tuvo
mayor número de votos que todos los demás partidos juntos: 1:032.662 del
EP-FA-NM contra 1:003.396 del Partido Nacional, más el Partido Colorado,
más el Partido Independiente, más el Partido de los Trabajadores, más el
Partido Intransigente, más el Partido Liberal, más la Unión Cívica, según
escrutinio primario de la Corte Electoral.
En comparación con las municipales de 2000, en que por primera vez se
separaron de las elecciones nacionales, el aumento de los votos fue
considerable. La izquierda retuvo Montevideo por cuarta vez y conquistó 7
intendencias del interior, que hasta ahora eran un feudo incompartido de
blancos y colorados, de manera que pasó a gobernar departamentos con el
75% de la población y más del 80% del PBI. Elevó considerablemente el
número de sus ediles en todos los departamentos sin excepción (en todos
los cuales antes había elegido diputados), en algunos casos en proporción
cuantiosa. El contraste con los dos partidos tradicionales resulta
aleccionador.
En efecto: el Partido Nacional que en octubre de 2004 se había
convertido en el segundo partido y el principal de la oposición, fue el
gran derrotado. Retrocedió sensiblemente en el número de votos, en
porcentaje y perdió 5 de las 13 intendencias que detentaba, las cuales
pasaron en su totalidad a manos del Frente Amplio: Paysandú, Maldonado,
Florida, Rocha y Treinta y Tres.
El caso de Paysandú es emblemático porque era el centro de actuación de
Jorge Larrañaga, ex intendente, presidente del Directorio del Partido
Nacional y líder de su mayor agrupamiento. Maldonado fue otra pérdida
dolorosa. En Treinta y Tres los intendentes son blancos desde tiempos
inmemoriales. Como a su vez los blancos le arrebataron dos intendencias a
los colorados, Artigas y Río Negro, su pérdida neta fue de tres gobiernos
departamentales, quedando con 10, la mayor cuota en el interior.
El Partido Colorado, que en octubre de 2004 sufrió una verdadera
catástrofe, ahora perdió cuatro de sus intendencias y quedó solamente con
una: Rivera. En los 18 departamentos restantes es la tercera fuerza, como
ya lo era a nivel nacional. En muchos departamentos su votación es de un
dígito, en varios del 3% al 5%, en algunos no tiene ningún edil (Maldonado
y San José), en otros tiene apenas 1 (Paysandú y Tacuarembó).
Esto sucede con el partido que durante más de un siglo fue dueño del
poder del Estado.
En varios departamentos su votación es equiparable a la que tenía la
izquierda 50 años atrás. Su consuelo es Montevideo, donde triplicó su
porcentaje, llegando al 25%. Se ha desplegado una campaña mediática
tendiente a supervalorizar este hecho para ocultar el descalabro general.
El mejor comentario al respecto lo formuló Tabaré Viera, reelecto
intendente colorado de Rivera.
Cuando le dijeron que Bordaberry era un triunfador, preguntó: "¿Ganó la
intendencia?". Se non è vero, è ben trovato.
Por otra parte, es visible que en la capital se verificó un trasiego de
votos de los blancos (que no llegaron al 10%) a favor de los colorados,
como lo hicieron en el balotaje nacional de 1999. Del mismo modo, en otros
departamentos votos colorados apuntalaron a los blancos para contener el
aluvión de la izquierda.
De esta suerte puede estarse configurando una nueva forma de
bipartidismo, entre el conglomerado blanqui-colorado de los viejos
partidos por una parte, y por otra una izquierda en crecimiento que ya
cuenta con el respaldo de más de la mitad de la ciudadanía.
En 1971 el Frente, con 18% de los votos, rompió el bipartidismo.
Resistió a la dictadura que pretendió eliminarlo. En la recuperación
democrática siguió creciendo, alcanzó la intendencia de Montevideo para no
abandonarla, en 1999 pasó a ser el primer partido pero la imposición del
balotaje retardó cinco años su acceso a la presidencia, que conquistó en
primera vuelta en octubre pasado junto a la mayoría absoluta de la Cámara
y el Senado.
Ahora extendió su predominio al interior del país, y el crecimiento del
EP-FA-NM no tiene techo a la vista.