| Página12
de Argentina - 9 de mayo de 2005
El crimen
de la guerra
Jack
Fuchs *
No
hay una fecha precisa que
registre el comienzo de la guerra como acontecimiento humano,
tampoco una fecha futura que le ponga término. La guerra es un
acontecimiento humano, como el dolor, la memoria, la risa. Hace
unas semanas un grupo de jóvenes, de un colegio secundario católico,
me pidieron una entrevista; me hicieron distintas preguntas. Me
preguntaron, por ejemplo, por qué los judíos fuimos siempre blanco
de persecución. Di un largo rodeo y terminé respondiendo que a mí
también me habían enseñado la historia de la creación según la
Biblia, que yo, seguramente como ellos, tomaba al pie de la letra el
relato, y que cuando en el mundo sólo existían cuatro personas,
Adán, Eva, Caín y Abel, y Caín mata a Abel, liquida entonces en ese
acto ni más ni menos que al 25 por ciento de la humanidad. De modo
que éste es el crimen más feroz, una proporción jamás alcanzada en
ninguna guerra, ninguna catástrofe o epidemia. Y ese crimen es
anterior a la existencia de los judíos, los musulmanes, los
cristianos, anterior a la esclavitud, a las nacionalidades o las
clases sociales; no estuvo motivado ni por el oro, ni el petróleo o
el trigo; es un crimen que parece fundar la lógica de las
generaciones y la historia. Esta lectura de Caín y Abel, atendiendo
precisamente a su carácter simbólico, me permitió poner a los
jóvenes en la pista de que quizá no sea central responder por la
causa que explica la persecución de un grupo particular por otro,
ponerlos en la pista de que, a mi modo de ver, la gran pregunta es
por el rasgo elemental del crimen, por aquello que hace de la
violencia un factor esencialmente necesario y constitutivo. Se
conmemora en esta fecha el 60º aniversario del fin de la Segunda
Guerra Mundial, la derrota del nazismo. Y los judíos conmemoramos
los 60 años de la Shoá. No sé por qué el pueblo alemán no celebra en
esta fecha el sesenta aniversario de lo que llamo sin ironía: el
holocausto alemán. Los jóvenes alemanes se ofrendaron como víctimas
voluntarias. Alemania estaba convencida, entre otros resortes del
delirio colectivo, de que había que luchar y morir por el Führer,
por el Reich, que era deseable y heroico morir por Alemania en los
campos de Europa, en la nieve soviética o en Africa. Al terminar la
guerra no sintieron ningún alivio, cayeron en la bruma de la
derrota, no advirtieron que también ellos se libraban de una fe
autodestructiva, de la vigilancia de la Gestapo, de los campos de
concentración o de la eutanasia obligatoria. Los judíos no
íbamos voluntariamente a la destrucción, quisimos sobrevivir,
hicimos lo posible por sobrevivir en circunstancias absolutamente
adversas. Los asesinos planificaron, calcularon sus fines, sus
movimientos. Las víctimas no planificaron nada. De un momento a otro
uno se encontró en posición de víctima. Aislado, torturado,
prisionero, desnudo, rapado, despojado de todo, de su nombre, de su
historia. De un momento a otro las víctimas éramos un número. Hay
infinidad de testimonios de donde sólo surgen la miseria y el
sufrimiento a los que se somete a la víctima. Pero de las víctimas
no puede aprenderse nada, o casi nada. Sólo una muy dolorosa lección
acerca de lo que un hombre es capaz de soportar para sobrevivir. Los
verdugos en cambio tienen un saber articulado en la preparación
metódica de sus tareas, en la organización, en la anticipación y en
el rasgo estratégico de sus objetivos. Así ocurrió bajo el nazismo.
Desde el ascenso en 1933 a la caída en 1945, los nazis trabajaron
infatigablemente en la organización y ejecución de sus fábricas y
laboratorios de muerte, con la colaboracióny asesoramiento de
científicos, médicos, ingenieros, antropólogos y personal técnico.
Tomaron decisiones acerca de quién debe morir y quién debe
vivir. Para saber qué ocurrió en aquella densa tormenta de
oscuridad sería de enorme valor rescatar los testimonios personales
de los victimarios, el relato confesional de sus experiencias, sus
planes. La guerra es el peor de los crímenes porque revela esa
condición esencial y constitutiva de lo humano en la violencia. Pero
sin la Segunda Guerra Mundial, que comenzó con la destrucción de
Guernica y finalizó con Hiroshima, no hubiera habido Shoá, tanto
como sin la Primera Guerra Mundial no hubiera habido genocidio
armenio. Hay guerras de las que se habla incansablemente, y otras
que caen en olvido y silencio como ocurre actualmente en Sudán,
donde ya hay más de trescientos mil muertos y dos millones de
refugiados. Cuando hablo de la planificación de la masacre,
cuando señalo la intervención de intelectuales y profesionales,
cuando subrayo que no se trató de una barbarie primitiva sino de una
realización muy elaborada y sistemática, estoy refiriéndome a una
inevitable pesadilla que todavía me persigue. La idea de que el
horror pueda ser ejecutado por una banda iletrada no me inquieta
tanto como la realidad de un crimen colectivo orquestado según
normas muy precisas, normas que responden a un alto grado de
organización social. Veo en eso, no puedo ver otra cosa, la paradoja
trágica de la civilización.
* Intelectual, pedagogo y
escritor. Sobreviviente de Auschwitz. |
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