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13 de mayo de 2005
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Brecha de Uruguay - Nº 1016 - 13 de mayo de 2005

60 años después del fin de la guerra

Heridas abiertas

Seis décadas después de la rendición de Alemania y la derrota del nazismo, las heridas aún no cicatrizaron. Una inoportuna manifestación neonazi y el debate en torno al monumento conmemorativo, que incluye sólo a una parte de las víctimas, mostraron una sociedad dividida.

Stefan Thimmel
Ya en las vísperas del 8 de mayo de 2005 se juntaron cerca de 20 mil berlineses para recordar el fin de la guerra con una cadena de velas de 30 quilómetros de largo. Aunque esto no se consiguió, en el centro de la ciudad la cadena se mantuvo íntegra y se transformó en un signo contra el olvido y en una manifestación contra la marcha por el centro de Berlín que los neonazis habían planeado para el día siguiente. 60 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, en su “nueva-antigua capital”, los alemanes recordaron este último domingo a millones de víctimas y agradecieron haber sido liberados del nacionalsocialismo. En el parlamento hubo una ceremonia y los políticos depositaron coronas de flores para recordar la guerra que costó la vida a 60 millones de personas.
Pero el 8 de mayo también los neonazis desplegaron sus fuerzas en Berlín. La organización juvenil del Partido Nacionaldemocrático de Alemania (NPD) quiso hacer una marcha que cruzara la Puerta de Brandenburgo –imagen-símbolo de la capital alemana– y pasara ante el Monumento a los Judíos Asesinados de Europa –el “Monumento al Holocausto”, como ya se le dice–, con la consigna “60 años de la mentira de la liberación, acabemos con la cultura de la culpa”. Apenas unos días antes del 8 de mayo la Corte Suprema de Justicia prohibió ese recorrido y aprobó una marcha que pasara a suficiente distancia del monumento. Pero a los neonazis no se les permitió ni siquiera esto en ese domingo tan significativo: en una extraña e inusual unidad, la policía trabajó en conjunto con los contramanifestantes para impedir que justamente ese día las hordas de cabezas rapadas se lanzaran a las calles y pudieran vociferar sin impedimentos sus consignas antisemitas y xenófobas. Había que impedir que en el 60 aniversario del fin de la guerra esas imágenes recorrieran el mundo. Ya en el acceso al sitio de reunión se habían impuesto severas condiciones para la manifestación de los neonazis: un estricto régimen de vestimenta y se había prohibido cualquier forma de signo militar, autorizándose sólo una bandera por cada 50 manifestantes, lo que se sumó a las decenas de consignas y cánticos previamente prohibidos. Y los nazis quedaron encajonados en un rincón de Alexanderplatz –la extensa plaza del centro oriental de la capital alemana– entre las vallas de contención policial y una nutrida cadena de agentes de seguridad. Más de 15 mil personas se habían colocado en el camino de los nazis, bloqueando en numerosos puntos la ruta planeada para la manifestación.
En cualquier otra ocasión esto no habría bastado para impedir que la policía liberara el camino a golpes en caso de ser necesario. Pero no en ésta. Los más de 10 mil policías en servicio estaban en condiciones de hacerlo, pero no tenían la menor voluntad. Después de más de cinco horas de espera, y con la justificación de que por la cantidad de contramanifestantes no podría garantizarse su seguridad, se subió a los cerca de 2.500 nazis jóvenes y viejos en trenes y se los envió a la periferia de la ciudad. Para mucha de esta gente tatuada con figuras marciales y sus “camaradas” vestidos completamente de negro, era una provocación, a la que sin embargo no se opusieron de ningún modo. Lo que en otra ocasión no habría ocurrido por falta de voluntad política, se consiguió en este día tan cargado simbólicamente: la policía y los manifestantes –desde los portadores de velas hasta los antifascistas radicales– impidieron la marcha de los neonazis por el centro de la ciudad. Pronto podrá verse si el nuevo modelo de la llamada “Alemania correcta” funcionará también en días menos cargados de simbolismo. Porque el NPD y otros partidos extremistas de derecha harán con seguridad nuevos intentos, para lo que apelarán al derecho de manifestación.

ORGULLOSO DE ALEMANIA

En su discurso del 8 de mayo el presidente Horst Köhler certificó a los alemanes que ahora “se los considera y se los requiere en el mundo”. Y agregó: “Tenemos hoy un buen motivo para estar orgullosos de nuestro país”. Köhler no se refirió de manera directa a la cuestión de si los alemanes se sintieron liberados con el fin de la guerra. La discusión acerca de quién fueron liberados los alemanes en 1945 por los aliados, sin embargo, todavía no está resuelta. Hasta la década del 80 la versión oficial era que el pueblo alemán había sido liberado de Hitler y de un grupo numéricamente menor de seductores. Pero los alemanes no consiguieron liberarse solos del nacionalsocialismo, y tuvo que ser una alianza de más de 50 estados quien lo hiciera. Así es que la discusión sobre la complicidad del pueblo alemán es un poco más amplia.
Para los viejos y para los nuevos nazis alemanes la respuesta a esta pregunta es inequívoca y por eso no hay nada que celebrar el 8 de mayo. Para ellos esa fecha representa el inicio de la cultura de la culpa –como nombran siempre el recuerdo de los crímenes nazis– y de la reeducación a manos de las potencias de ocupación. “Para que Alemania pueda volver a vivir, tiene que acabar esta servidumbre de la culpa”, según las palabras del presidente del NPD. Él también está orgulloso, pero no de la Alemania actual: “En este día me avergüenzo de ser un integrante de la República Federal, pero estoy más orgulloso que nunca de ser un alemán”. Y los nazis alemanes no están solos. Representantes de Rumania, Noruega, Suecia, Grecia, Bélgica, Sudáfrica y de las falanges de España vinieron ese domingo especialmente a la “antigua capital del Reich alemán” para expresar su solidaridad. “Viva la Europa de las patrias”, dijo el representante de una organización fascista rumana. En Alemania, esta eterna gente de ayer son sobre todo hombres jóvenes de entre 20 y 30 años, que se reúnen en confraternidades listas a ejercer la violencia y cuentan con un importante respaldo sobre todo en las regiones del este de Alemania. Un motivo para el éxito del NPD en la antigua RDA es la insatisfacción de mucha gente con la situación económica. Con las consignas “Puestos de trabajo sólo para alemanes” y “Abajo el capital (judío) internacional”, el partido da en el blanco del miedo ante un futuro incierto y ofrece al mismo tiempo las soluciones. Los jóvenes son los más activos, como resulta de las últimas estadísticas criminales: en comparación con el año 2003, en 2004 el número de condenas a extremistas de derecha subió 8 por ciento. En especial se verifica el aumento en las penas por delitos de antisemitismo.

MONUMENTO POLÉMICO

Dos días después de las ceremonias oficiales y de que se bloqueara la marcha de los neonazis en Berlín, y un día después de que el jefe del gobierno alemán, Gerhard Schröder, viajara a Moscú por invitación de su buen amigo Vladimir Putin para participar de las festividades del 60 aniversario del fin de la guerra, se inauguró en Berlín el Monumento a los Judíos Asesinados de Europa. Ese nombre oficial raramente se usa. Ya antes de la inauguración se hablaba de “Monumento al Holocausto”. Pero la monumental instalación no es exactamente eso: homosexuales, militantes de izquierda, gitanos y víctimas de eutanasia entre otros no están incluidos, aunque también ellos sufrieron horrores y miles fueron asesinados. Y por eso una de las críticas contra el concepto del monumento es que establece una jerarquía de víctimas. Y si para los “putos” o los sinti y roma ya hay planeados “sitios de conmemoración”, hay otro grupo al que aún se ignora completamente. Todavía hoy, 60 años después del fin de la guerra, no se recuerda a los desertores ni a los objetores del servicio militar que se opusieron a los asesinatos. 30 mil desertores y objetores fueron condenados a muerte, y más de 20 mil de ellos ejecutados. Otros miles perdieron la vida en los campos de concentración y en los batallones de castigo. Y recién en 2002 se rehabilitó a quienes resistieron a la maquinaria de guerra, cuando el gobierno alemán declaró inválidos los procesos de jueces nazis.
Para la mayoría fue demasiado tarde. Hoy sólo están con vida unos 40 de esos hombres. En el debate público este tema sigue siendo un tabú: para muchos alemanes los desertores siguen siendo traidores que quisieron eludir su responsabilidad mientras otros morían por su patria. De este modo no quiere verse que la tragedia que se describió en los discursos del domingo no habría sido posible si hubieran sido más los soldados que en el frente o en los campos de concentración se hubieran opuesto a la guerra.
Fue la comunidad judía de Alemania la que se opuso a que los judíos tengan un papel destacado en las conmemoraciones del holocausto. Salomon Korn, miembro del Consejo Central Judío, se manifestó por un monumento que incluyera a todos: judíos, homosexuales, sinti y roma, víctimas de eutanasia y desertores. Todo esto fue objeto de profusos comentarios en los diarios. Para muchos la tardía y por momentos acerba discusión de décadas es ya parte del proyecto: también el debate es el monumento. Y es además el reflejo de la Alemania actual, que con todos sus logros y contradicciones es la sucesora del nacionalsocialismo, quiera la gente verlo o no. El peligro de que neonazis alemanes y de todo el mundo reinterpreten y hagan objeto de abusos para fines propios un monumento concebido para que sea accesible a cualquiera, es evidente. “El sitio donde Adolf Hitler pasó sus últimos días, luchó y murió es el lugar ideal para un monumento nacional”, escribió una voz anónima en un sitio web neonazi.
A escasos metros del monumento está la sede de gobierno del Reich desde donde Hitler ejerció su poder. Y los 2.711 bloques de concreto podrán para el dueño de esa voz recordar el conjunto de las 2.700 divisiones, regimientos y batallones del ejército y de las ss-armadas. Una interpretación a la que hay que enfrentarse. También porque el monumento sólo habla de las víctimas y no de los autores, como criticó Paul Spiegel, el presidente del Consejo Central Judío en su discurso el 12 de mayo.
Después de estos tres días de mayo de 2005, la capital alemana cambió por lo menos exterior y ediliciamente. Al lado del sitio donde el 30 de abril de 1945 Adolf Hitler se suicidó, los alemanes tienen a partir de ahora la ocasión de recordar a los judíos asesinados de Europa. Que asuman como propio el monumento y que la fortalecida –según se repite– democracia alemana siga cerrándole el paso a los nazis como ocurrió el 8 de mayo, permitirá comprobar entre otras cosas si también los hombres pueden cambiar.

¿Qué quieren los neonazis?

El Partido Nacionaldemocrático de Alemania (Nationaldemokratische Partei Deutschlands; NPD) es un partido de extrema derecha, sujeto a vigilancia por el sistema de protección a la Constitución. Se fundó en 1964 y hoy tiene 5 mil miembros registrados. Su objetivo es una nueva Alemania: la economía, la política y la cultura deben ser exclusivamente alemanas. El NPD pretende que se expulse del territorio nacional a la población residente no alemana, que se reintroduzca una moneda nacional, que el país se retire de instituciones internacionales como la OTAN o la UE y que sea abolido el derecho de asilo. Esta mezcla de xenofobia, modelo de sociedad conservadora, consignas socialistas y creencia en un liderazgo autoritario del NPD se inspira en el programa del NSDAP, el Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores de Adolf Hitler. Tal como el NSDAP, el NPD querría abolir el sistema constitucional de derecho democrático. El NPD alcanzó su mayor éxito en los años sesenta, cuando llegó a los parlamentos de siete estados alemanes. En las elecciones parlamentarias de 2004, por primera vez desde 1968 volvió a instalarse en un parlamento estatal, en el estado de Sajonia. Obtuvo 9,2 por ciento de los votos.

El arquitecto 

Peter Eisenman nació en 1932 en Newark, Estados Unidos. En los años cincuenta y sesenta estudió en la Columbia University, en Estados Unidos y en la Universidad de Cambridge, en Inglaterra. En 1967 fundó el Instituto de Arquitectura y Estudios Urbanos en Nueva York. Entre 1983 y 1989 Eisenman llevó a cabo su primer gran proyecto, el Centro de Artes Visuales Wexner en la Universidad de Ohio. Desde la construcción de este edificio poco convencional, este descendiente de emigrantes judíos alemanes de Estrasburgo se transformó en un arquitecto solicitado en todo el mundo. Se lo reconoce entre los teóricos líderes de la arquitectura mundial y es uno de los arquitectos más provocadores de la actualidad.
Con relación a la controversia sobre los diferentes monumentos para los distintos grupos de víctimas del nacionalsocialismo, Eisenman tiene una postura clara. Desde el principio fue partidario de un monumento para todas las víctimas del Holocausto y no sólo para los judíos asesinados de Europa. “Habría preferido otro nombre”, dijo pocas semanas antes de la apertura del monumento en Berlín. Actualmente, Eisenman se concentra en el tramo final del concurso para la construcción del nuevo Museo Judío de Varsovia. A la pregunta de si hoy, y en vista de declaraciones anteriores, todavía se considera un arquitecto judío, dijo “no, soy judío, pero no soy un arquitecto judío y no creo que haya algo como una arquitectura específicamente judía”. Pero el trabajo en el monumento parece haberlo cambiado: “Siempre que llego a Berlín lo hago como estadounidense, pero me voy como judío”.

 
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