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12 de mayo de 2005
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Brecha de Uruguay - Nº 1015 - 6 de mayo de 2005

Vietnam, 30 años

La resurrección

La notable recuperación de un pequeño país arrasado por una superpotencia, sin mediar un Plan Marshall como el que recibió Europa luego de la Segunda Guerra Mundial, es algo cercano al milagro. Un país destruido que se pone de pie con sus solas fuerzas merece no sólo la admiración sino que debería despertar el entusiasmo. Al parecer, los pequeños y pobres pueden hacer algo más que mendigar para salir de su postración.

Raúl Zibechi
Las crónicas de estas semanas en las que la celebración del 30 aniversario del fin de la guerra, de la liberación del sur, llevó a Vietnam a cientos de periodistas insisten en que la población hizo su opción por dejar el pasado en paz y dedicarse a construir el futuro. Con el mismo tesón y la misma energía con los que resistieron a la potencia militar más formidable que haya existido en la historia de la humanidad.
“No olvidamos pero perdonamos.” Esta frase, que reaparece casi obsesivamente en los reportajes, parece ser una de las claves del exitoso presente de los vietnamitas, cuya economía crece a ritmos tan vertiginosos como los de la vecina China. Una frase que, ciertamente, suena tan ajena para Occidente como sorprendente resultó la heroica resistencia al invasor.
Tal vez sea la historia personal de Kim Phuc –la niña quemada con napalm huyendo desnuda de la devastación, foto que ilustra la portada de esta Lupa– la que puede representar la travesía de todo un pueblo. Aquella niña, cuya foto dio la vuelta al mundo y transformó la visión de muchos occidentales sobre la guerra, es hoy una mujer 33 años mayor, que atravesó un calvario de dolor y sufrimientos. En un reciente reportaje de la BBC, Kim recuerda el dolor físico del momento, el dolor físico de los ejercicios de recuperación, que le provocaban desmayos casi diarios. Y recuerda el otro dolor, cargado de pesadillas, de rencor y odio, de rechazo a sí misma y al mundo; y a la vida.
“Vivía en aquella batalla interna y oscura”, recuerda Kim desde Canadá. Residió años en Cuba, donde fue adoptada por una pareja, se casó con un vietnamita y tuvo dos hijos, Thomas y Steven, a los que cada día enseña una palabra nueva en español. No olvida, pero creó una fundación para ayudar a los niños de todo el mundo que son víctimas de la guerra, y fue nombrada embajadora de buena voluntad por la UNESCO.
Se siente feliz de que “la gente pueda ver ahora otra fotografía de mi vida, adulta, en la que se ve amor, esperanza y perdón”. Kim siente que esta foto de su nueva vida hace posible que la gente pueda elegir algo mejor que la guerra, algo mejor que el rencor. “Es hora de sanar y enfocarnos en una vida mejor”, concluye.
¿Quién tendría más justificación que los vietnamitas, que la propia Kim Phuc, para haberse instalado el resto de sus vidas en el odio y el rencor? Tres décadas después del horror, un pequeño pueblo oriental parece volver a indicarnos un camino posible, diferente pero no menos esperanzador.
 
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