| Brecha
de Uruguay - Nº 1015 - 6 de mayo de 2005
Vietnam,
30 años
La resurrección
La notable recuperación
de un pequeño país arrasado por una superpotencia, sin mediar
un Plan Marshall como el que recibió Europa luego de la Segunda
Guerra Mundial, es algo cercano al milagro. Un país destruido que
se pone de pie con sus solas fuerzas merece no sólo la admiración
sino que debería despertar el entusiasmo. Al parecer, los pequeños
y pobres pueden hacer algo más que mendigar para salir de su postración.
Raúl
Zibechi
Las crónicas
de estas semanas en las que la celebración del 30 aniversario del
fin de la guerra, de la liberación del sur, llevó a Vietnam
a cientos de periodistas insisten en que la población hizo su opción
por dejar el pasado en paz y dedicarse a construir el futuro. Con el mismo
tesón y la misma energía con los que resistieron a la potencia
militar más formidable que haya existido en la historia de la humanidad.
“No olvidamos
pero perdonamos.” Esta frase, que reaparece casi obsesivamente en los reportajes,
parece ser una de las claves del exitoso presente de los vietnamitas, cuya
economía crece a ritmos tan vertiginosos como los de la vecina China.
Una frase que, ciertamente, suena tan ajena para Occidente como sorprendente
resultó la heroica resistencia al invasor.
Tal vez sea
la historia personal de Kim Phuc –la niña quemada con napalm huyendo
desnuda de la devastación, foto que ilustra la portada de esta Lupa–
la que puede representar la travesía de todo un pueblo. Aquella
niña, cuya foto dio la vuelta al mundo y transformó la visión
de muchos occidentales sobre la guerra, es hoy una mujer 33 años
mayor, que atravesó un calvario de dolor y sufrimientos. En un reciente
reportaje de la BBC, Kim recuerda el dolor físico del momento, el
dolor físico de los ejercicios de recuperación, que le provocaban
desmayos casi diarios. Y recuerda el otro dolor, cargado de pesadillas,
de rencor y odio, de rechazo a sí misma y al mundo; y a la vida.
“Vivía
en aquella batalla interna y oscura”, recuerda Kim desde Canadá.
Residió años en Cuba, donde fue adoptada por una pareja,
se casó con un vietnamita y tuvo dos hijos, Thomas y Steven, a los
que cada día enseña una palabra nueva en español.
No olvida, pero creó una fundación para ayudar a los niños
de todo el mundo que son víctimas de la guerra, y fue nombrada embajadora
de buena voluntad por la UNESCO.
Se siente
feliz de que “la gente pueda ver ahora otra fotografía de mi vida,
adulta, en la que se ve amor, esperanza y perdón”. Kim siente que
esta foto de su nueva vida hace posible que la gente pueda elegir algo
mejor que la guerra, algo mejor que el rencor. “Es hora de sanar y enfocarnos
en una vida mejor”, concluye.
¿Quién
tendría más justificación que los vietnamitas, que
la propia Kim Phuc, para haberse instalado el resto de sus vidas en el
odio y el rencor? Tres décadas después del horror, un pequeño
pueblo oriental parece volver a indicarnos un camino posible, diferente
pero no menos esperanzador. |