| Brecha
de Uruguay - Nº 1017 -20 de mayo
de 2005
Con la justicia
como telón de fondo
La Marcha
del Silencio
en un
nuevo contexto
Hace nueve años, en una
noche fría, una columna silenciosa marchó decidida detrás
de los retratos de los desaparecidos uruguayos –todavía no se había
instalado esa pueril separación entre desaparecidos de acá
y del exterior que pretendía medir la atrocidad según la
cantidad, y en todo caso desembarazarse de la responsabilidad por porciones
como si el terrorismo de Estado pudiera estibarse como mercadería–.
Samuel
Blixen
Los
manifestantes comenzaban a sacudirse el miedo, a perder el prurito de no
reclamar, de modo que aquella noche, registrada por ojos asombrados que
miraban desde las ventanas, por ojos tímidos que miraban al suelo
para no comprometerse, por ojos vigilantes que acechaban desde las esquinas
anotando detalles, Montevideo, y todo el país, sintió que
era traspasado por el único ruido, el de los zapatos sobre el pavimento.
El recurso
del silencio para gritar un reclamo justo, impostergable, inevitable, de
conocer la verdad y castigar a los responsables de tanto crimen impune,
se demostró válido para sacudir amnesias ministeriales, complicidades
presidenciales, indiferencias corporativas y para horadar la paquidérmica
piel de los responsables directos, esos militares y policías adiestrados
para ser nuevos padres de familia en horas diurnas, y asesinos y torturadores
en las nocturnas; esos oficiales que impusieron a sus pares una herencia
macabra reclamando lealtades y amenazando con confesiones.
No es casual
que se haya escogido la fecha del 20 de mayo para la Marcha del Silencio.
En verdad, todas las desapariciones son iguales, igualmente repudiables,
como todas las torturas, las cortas y las largas, las duras y las blandas,
como todos los asesinatos, por ensañamiento o por imprevisto. Fueron
los articuladores de la impunidad quienes hicieron la diferencia: en su
esquema de valores era aceptable la desaparición de un subversivo,
pero era difícil justificar el asesinato de dos legisladores que,
mal que les pese, se destacaban por su inteligencia y su integridad. Tan
era así que, para facilitar la coordinación trasnacional
que permitió en Buenos Aires el secuestro y el asesinato de Zelmar
Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, Juan María Bordaberry
y Juan Carlos Blanco apelaron a la excusa de acusar a ambos de ser tupamaros.
Y como dijo el tercer candidato al magnicidio, Wilson Ferreira Aldunate,
“en la Argentina de hoy denunciar ante las autoridades a alguien de tupamaro,
es lo mismo que firmar una sentencia de muerte”.
Hoy, diez
años después de la primera Marcha del Silencio, la columna
que recorrerá 18 de Julio, desde la plazoleta de la calle Rivera
hasta la plaza Libertad, puede apostar a que su reclamo de verdad, justicia,
memoria y nunca más es una esperanza cierta, una probabilidad cercana.
No es una dádiva; es hasta donde se ha llegado por la constancia,
la coherencia, la determinación a no claudicar y a no negociar iniquidades.
Este viernes la marcha se desarrolla en un nuevo marco, en un contexto
que ha evolucionado y que hace más tangible la aspiración
de la consigna. Algunos de los elementos nuevos son:
• Los anuncios
del presidente Tabaré Vázquez, el 1 de marzo, sobre la disposición
de su gobierno de aplicar el artículo 4 de la ley de caducidad;
promover la búsqueda de los restos de los desaparecidos; defender
la total independencia del Poder Judicial; considerar que los asesinatos
de Michelini y Gutiérrez Ruiz y la desaparición de María
Claudia García de Gelman están excluidos de la ley de caducidad.
• El ingreso
de técnicos universitarios a los predios del Batallón 13
para investigar la existencia de cementerios clandestinos.
• La ola de
denuncias y de testimonios sobre presuntos enterramientos o episodios relacionados
con el terrorismo de Estado, que revelan la confianza de la gente en la
nueva situación y que extienden el compromiso de búsqueda
de la verdad al conjunto de la población.
• La aceptación
disciplinada de las Fuerzas Armadas frente a la política de derechos
humanos del nuevo gobierno, confirmando su acatamiento al poder civil y
dejando en evidencia la utilización por parte de los gobiernos anteriores
de una eventual desestabilización para mantener una política
cómplice con la impunidad; el relacionamiento jerárquico
fluido entre el presidente, en tanto comandante en jefe de las Fuerzas
Armadas, y los mandos militares.
• La decisión
de los mandos del Ejército de facilitar la ubicación de los
restos de los desaparecidos mediante una investigación interna para
obtener información.
• El pedido
de procesamiento y prisión por el delito de homicidios especialmente
agravados de Blanco y Bordaberry en el caso Michelini-Gutiérrez
Ruiz; el anuncio de pedido de reapertura de las investigaciones judiciales
en el caso María Claudia García de Gelman; las instancias
judiciales en otros casos de desaparecidos (véanse recuadro y nota
adjuntas).
Hay, por cierto,
contornos oscuros en un panorama inevitablemente complejo. Un aspecto nuevo,
y en principio peligroso, lo constituyen las operaciones de inteligencia
que, utilizando ciertos medios de comunicación, realizan algunas
fracciones militares que se mueven, particularmente, entre los oficiales
en retiro, agitando el cuco del malestar. Las “fuentes militares” que últimamente
han brotado como hongos alimentan una usina de versiones que mezclan hechos
auténticos con falsedades, a efectos de generar situaciones favorables
a sus intereses, provocar miedo que paralice ciertas iniciativas y alimentar
resquemores. El propio presidente Vázquez debió desmentir
la versión sobre un malestar en el Ejército a raíz
de la investigación sobre el paradero de los restos de los desaparecidos.
Vázquez agregó que a su juicio en el Ejército se está
trabajando “muy firme y seriamente en el tema”.
El grado de
secreto que rodea toda la actividad en torno a los derechos humanos –una
herencia de los gobiernos anteriores que se justificaba en la excusa de
“no agitar la interna”– provoca otras enojosas situaciones y acaso facilita
operaciones de inteligencia. La información de fuentes militares
sobre la ubicación de ciertos restos óseos en el Batallón
13 elude la cautela con que tales hallazgos fueron comunicados a la Presidencia.
La eventualidad de que no correspondan a prisioneros desaparecidos, o ni
siquiera a seres humanos, puede constituir mañana un elemento para
desacreditar la meticulosa y cuidadosa tarea de los técnicos; en
ese sentido resulta incomprensible que la Presidencia no haya divulgado
los resultados de los exámenes.
Los criterios
de confidencialidad, aceptados incluso por la Universidad de la República,
facilitan la manipulación de la información. En tal sentido,
la Comisión de Derechos Humanos del PIT-CNT, cuya denuncia inicial
en el caso de la desaparición de Elena Quinteros fue el puntapié
de la actual investigación en el Batallón 13, considera que
no se está aplicando el debido proceso –una investigación
administrativa con un instructor a su cargo– y cuestiona que la justicia
no controle in situ los trabajos que los peritos realizan en el Batallón;
en tal sentido sus miembros están analizando la oportunidad de elevar
un pronunciamiento formal.
La comisión
del PIT-CNT desconoce si la investigación en curso es en cumplimiento
del artículo 4 y, según adelantó uno de los miembros,
Raúl Olivera, “desea saber si los peritos en el predio militar trabajan
para el Poder Ejecutivo o para la justicia”. En realidad, hasta ahora no
existe una resolución formal del Ejecutivo que avale las acusaciones.
“Yo no conozco que haya una resolución de una investigación
administrativa y que se haya designado instructor. No sabemos qué
se está buscando en el Batallón 13, si la prueba del cuerpo
de delito en el caso de Elena Quinteros, o si se está investigando
la Operación Zanahoria que Julio María Sanguinetti no quiso
investigar”, dijo Olivera. “La ausencia de la justicia en los trabajos
que están realizando los peritos es evidente. Se está diligenciando
una prueba que tiene que ver con una causa penal, la desaparición
de Elena Quinteros, pero esas diligencias no están dirigidas por
el juez. Después, sobre posibles enterramientos en otros lados (según
una denuncia formulada por BRECHA) no se tomó ninguna iniciativa
en el ámbito judicial ni político para saber si eso es cierto.”
Olivera hizo
una precisión importante: “Cumplir con el artículo 4 implica
dejar afuera un 50 por ciento de los casos de desaparecidos. Hay casos
que no están denunciados penalmente y el artículo 4 se dispara
cuando hay denuncia penal”. En ese sentido, voceros de Madres y Familiares
de Detenidos Desaparecidos anunciaron que se incorporaron tres nuevos casos
de desapariciones de uruguayos en Argentina, pero no se brindaron detalles.
Quizás
la marcha de hoy, viernes, al caer la noche, disipe o atenúe, con
la contundencia del respaldo popular, algunos de los elementos que aun
distorsionan la búsqueda de la verdad e impiden la justicia. n
* La marcha
está convocada bajo la consigna: “Para el pasado: verdad; en el
presente: justicia; por siempre: memoria y nunca más”.
LOS FUNDAMENTOS
DE LA ACUSACIÓN FISCAL
El juez Roberto
Timbal va a “olfatear” cómo viene la mano en el caso Michelini-Gutiérrez
Ruiz, antes de decidir si acoge la solicitud de la fiscal Mirtha Guianze
para que el ex presidente Juan María Bordaberry y el ex canciller
Juan Carlos Blanco sean procesados como coautores de homicidio especialmente
agravado, y encarcelados. La vista fiscal ingresará recién
el martes 24 al despacho del juez, cuyo juzgado está de turno; el
magistrado cuenta con un plazo de hasta 45 días para decidir; si
ordena el procesamiento, seguramente los abogados de los imputados elevarán
una apelación, y lo mismo hará la fiscal si el juez desestima
el pedido. En cualquiera de los dos casos, el expediente sobre los asesinatos
de los dos legisladores (y de otros dos uruguayos, William Withelaw y Rosario
Barredo), ocurridos en Buenos Aires el 20 de mayo de 1976, será
analizado por los magistrados Dardo Preza, William Corujo y Alfredo Gómez
Tedeschi, miembros del Tribunal de Apelaciones.
Este expediente
reviste las mismas connotaciones políticas que el otro por el cual
Bordaberry fue acusado de violación de la Constitución por
la disolución del Parlamento, en 1973. ¿Quién duda
de que Bordaberry dio el golpe de Estado, junto con los militares? Sin
embargo, hasta ahora Bordaberry no ha podido ser enjuiciado en ese caso.
Lo mismo con el asesinato de Michelini-Gutiérrez Ruiz: ¿quién
duda de que el presidente de la República y su principal colaborador,
el canciller, aunque más no fuera por su investidura, son responsables
de aquellos asesinatos? De lo contrario Bordaberry habría tomado
medidas para castigar a quienes lo cometieron. Pero antes y después
de los asesinatos, tal como detalla la fiscal Guianze en su escrito, el
presidente y el canciller actuaron para facilitar los hechos y para ocultarlos
después, todo en función de desarticular una salida política
de transición a la democracia.
El deslinde
de responsabilidades que tanto Blanco como Bordaberry han reiterado a lo
largo de las acusaciones, en el Parlamento y en la justicia, son calificados
por la magistrada como “mendacidades”. Enumerando una abundante serie de
hechos, decisiones políticas, órdenes, trámites, documentos,
Guianze demuestra la determinación de los dos acusados de librar
una guerra contra el marxismo y la subversión, implicándose
decididamente en la Operación Cóndor y en uno de sus principales
objetivos: la eliminación en el exterior de los disidentes peligrosos.
“Como queda dicho, la estructura cupular del aparato de poder imperante
en la época torna imperioso sostener que, por lo menos el presidente
de facto, Juan María Bordaberry, y el canciller en funciones tenían
dominio suficiente sobre la estructura como para decidir la suerte de las
víctimas. No sólo se tiene en cuenta el cargo, formalmente
considerado, sino todo el entorno de los hechos que viene de relacionarse”,
afirma la fiscal, para concluir: “Así descritas las conductas (se
refiere a los viajes de Blanco a Argentina, los documentos de las cancillerías,
y las decisiones de gobierno para facilitar el secuestro y luego para encubrir
los hechos) parece más adecuado considerar coautores, y no autores
mediatos, a aquellos que, desde la estructura de poder dieron las órdenes,
facilitaron los medios o aseguraron la impunidad de los hechos cometidos”.
Por lo que pide que se decrete el enjuiciamiento y prisión de Bordaberry
y de Blanco como coautores responsables, prima facie, de la comisión
de cuatro delitos de homicidio muy especialmente agravados.
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