| Brecha
de Uruguay - Nº 1017 -20 de mayo
de 2005
Una piedra
en el zapato
Amnistía
Internacional
y la
dictadura uruguaya
El 20 de mayo es recordado aquí
por el día en que aparecieron los cadáveres de Zelmar Michelini,
Héctor Gutiérrez Ruiz, William Whitelaw y Rosario Barredo.
Por esa misma época, Amnistía Internacional llevaba adelante
una campaña internacional contra la tortura en Uruguay, la primera
sobre un país en particular, y sus grupos locales apadrinaban a
cientos de uruguayos y uruguayas encarcelados. Esta Lupa* recuerda aquella
historia.
Marisa
Ruiz**
Amnistía
Internacional (AI) fue fundada en Londres en 1961. Su objetivo, que se
conoce en el ámbito interno como “mandato”, era ayudar a toda persona
presa, en países bajo regímenes de distinto signo, por sus
ideas políticas, religiosas o por su raza. Con el transcurso del
tiempo fue ampliando sus objetivos hacia la abolición de la tortura,
la supresión de la pena de muerte y la defensa de los derechos económicos
y sociales.
Sus grupos
de base eran –y siguen siendo– nacionales y trabajaban en particular para
la liberación o mejoramiento de las condiciones de los prisioneros,
a los que adoptaban y denominaban “prisioneros de conciencia”. Enviaban
cartas a los propios presos y a las autoridades gubernamentales, pidiendo
juicios justos o la libertad de estos prisioneros. Se carteaban, además,
con los familiares y muchas veces les proporcionaban ayuda económica.
Amnistía
tiene un secretario general, y un Cuerpo Ejecutivo Internacional elegido
por los grupos nacionales. El Secretariado Internacional posee varios departamentos:
legal, de programas, administrativo, un centro de documentación
y un equipo de investigadores. Estos investigadores son los que estudian
los casos denunciados ante la organización, los que deciden la oportunidad
de realizar campañas y escogen a los presos para que sean “prisioneros
de conciencia”. Fueron ellos los principales promotores y gestores de la
extensa campaña sobre Uruguay del año 1976. El Centro de
Documentación fue el encargado de recopilar y recibir las denuncias
que establecieron los antecedentes para el desarrollo de esa campaña.
AMNISTÍA
Y URUGUAY
En diciembre
de 1972, en el marco del 24 aniversario de la Declaración Universal
de los Derechos Humanos, AI inició una campaña mundial por
la abolición de la tortura. En Uruguay la tortura ya era una práctica
cotidiana de los aparatos represivos, en especial contra militantes de
las organizaciones guerrilleras.
Amnistía
mantenía por entonces contactos con organizaciones y figuras de
la izquierda que denunciaban esas prácticas, por ejemplo con el
Partido Comunista y con Zelmar Michelini, quien establecería canales
fluidos de comunicación con el grupo humanitario tras su exilio
en Argentina. Paralelamente, en Europa AI se hacía eco de las denuncias
sobre la situación uruguaya provenientes de Buenos Aires.
A raíz
de las denuncias de torturas que llegaban por diversos canales, Amnistía
y la Comisión Internacional de Juristas enviaron en abril de 1974
a Montevideo una misión en conjunto integrada por Inger Fahlander
y Niall MacDermot. La misión se entrevistó con ministros
de la dictadura, personal de varios ministerios, el secretario del Consejo
de las Fuerzas Armadas, el vicepresidente del Consejo de Estado, el presidente
de la Suprema Corte de Justicia, jueces militares y civiles. Y por supuesto
con abogados de presos políticos.
Fahlander
y MacDermot recabaron abundantes pruebas de torturas y malos tratos en
las prisiones del régimen cívico-militar. “La opinión
general de los abogados defensores es que casi todas las personas detenidas
en cuarteles militares y algunas detenidas en comisarías de Policía
siguen siendo duramente maltratadas antes y durante los interrogatorios.
Las estimaciones más prudentes que escuchamos son de que esto ocurre
en alrededor del 50 por ciento de los casos”, señalaban en su informe.
Ambos delegados comprobaron igualmente irregularidades de todo tipo en
los procedimientos de la justicia militar (presumarios, sumarios, tipo
de personal judicial que estaba al frente de los trámites legales);
que los detenidos eran llevados encapuchados ante el juez sumariante y
a veces torturados frente a él; que los defensores de oficio militares
no eran abogados; que los acusados debían realizar gran parte del
proceso jurídico sin poder hablar con un abogado; que las demoras
de los procesos eran inmensas: desde 1972 se estimaba que habría
entre 3.500 y 4 mil acusados y en ese ínterin sólo 32 habían
sido juzgados y sentenciados. Detectaron a su vez diversas irregularidades
en los procedimientos de detención.
Frente a este
panorama, las organizaciones visitantes realizaron varias sugerencias a
las autoridades uruguayas. Pidieron por ejemplo instalar una oficina central
de información sobre los arrestos, la inmediata intervención
de abogados después de las detenciones, que el juez de instrucción
fuera notificado de los casos apenas la persona fuera detenida o en su
defecto ésta fuera liberada a los diez días. Se recomendaba,
también, el traslado de los sospechosos de los cuarteles a las cárceles.
¿Cuál
fue la singularidad de Uruguay para ser elegido por Amnistía para
realizar una campaña contra la tortura, por primera vez haciendo
foco en un país? Para esta opción operaron varios factores:
la fluida información que llegaba desde las organizaciones de exiliados;
la importancia del tema tortura en AI; el desconocimiento del caso uruguayo
en el panorama internacional; y la posibilidad de que, por su debilidad
económica, la dictadura fuese susceptible a presiones internacionales.
Eddy Kaufman,
que llegó a Londres en 1975 para ocuparse de la jefatura de la Sección
de Investigación sobre las Américas de AI, recordaba, en
2002, respecto de la campaña: “Como director, Uruguay fue el país
más importante para mí (...). La tragedia de este país
era poco conocida, a diferencia de la chilena. ¿Qué gobierno
hizo algo sobre Uruguay, hasta Venezuela por el caso de Elena Quinteros?
Era un país olvidado, y pudimos traerlo a la conciencia mundial.
La campaña era central y tenía gran respaldo del exilio uruguayo,
que se organizó con muy buena coordinación”.
COMIENZA
LA ACCIÓN
La decisión
institucional de realizar la Campaña contra la Tortura en Uruguay
(CTU) fue tomada durante la reunión del Consejo Internacional en
Saint Gallen, Suiza, en setiembre de 1975. Se resolvió hacer énfasis
en los 22 casos conocidos hasta entonces de muertes por esa causa, tomando
como ejemplo emblemático el asesinato de Álvaro Balbi, un
joven de 31 años, padre de cuatro hijos, detenido el 29 de julio
del 75 por las Fuerzas Conjuntas. El cadáver de Balbi había
sido entregado el 31 de julio a sus familiares, a los que se les dijo que
había muerto por un ataque de asma por enfriamiento. Una larga carta
escrita por su padre, Selmar Balbi, ex maestro y ex director de escuela,
al presidente Juan María Bordaberry causó una fuerte impresión
por la dignidad que trasuntaba y fue utilizada profusamente en la CTU.
Ejercer presión
sobre las autoridades uruguayas para detener las prácticas de tortura
y alertar a la comunidad internacional sobre la situación de los
derechos humanos en el país fueron los objetivos centrales de la
iniciativa de AI. En ese marco, se puso a toda la militancia de la organización
a recolectar firmas a nivel internacional, solicitando que un cuerpo independiente
visitara el país para investigar las denuncias de tortura. Las firmas,
más de 348 mil, fueron entregadas en junio de 1976 al embajador
uruguayo ante las Naciones Unidas, Carlos Giambruno, por los representantes
de AI Iván Morris y Andrew Blane.
Desde octubre
de 1975, en que se emitió el primer documento de la CTU, hasta agosto
de 1976, cuando apareció la evaluación de la misma, se produjo
una serie de acontecimientos que cambiaron la situación de personas
y organizaciones en Uruguay. Entre ellos, una persecución mayor
contra el Partido Comunista, el golpe militar en Argentina, los asesinatos
de Michelini y Gutiérrez Ruiz y la destitución de Bordaberry.
Estos hechos fueron recogidos en algunos de los 12 documentos centrales
de la campaña y tuvieron su impacto en la misma.
Los exiliados
uruguayos tuvieron destacada participación en esta iniciativa de
Amnistía Internacional. Marta Ponce, que fuera exiliada en Holanda,
rememoraba en junio de 2002 cómo colaboró en obtener informaciones
sobre la situación de los presos en Uruguay a partir de cartas enviadas
a sus familiares en Montevideo: “(...) Conocí a Inger Fahlander
y la gente que estaba trabajando sobre Uruguay. Ellos me presentaron la
lista de presos que tenían, y entonces fuimos informando lo que
sabíamos de cada preso y empezamos a escribir cartas. Me conseguí
las guías telefónicas de Uruguay. Era una especie de trabajo
detectivesco. Buscaba el nombre, la familia, y le mandaba una carta rezonza
a la familia. Por ejemplo: ‘Quiero conectarme contigo, saber cómo
está tu familia, que me cuentes’. Y la gente empezó a contestar.
Así fui armando un currículum de todos los presos que pude”.
El 6 de diciembre
de 1975, el secretario general de Amnistía, Martín Ennals,
envió al presidente Bordaberry una carta con la lista de los 22
muertos por tortura y el pedido de que se realizara una investigación
independiente sobre esos casos. En otra carta, en enero de 1976, denunciaba
la campaña represiva masiva lanzada contra el Partido Comunista
y un nuevo asesinato por tortura.
Al no haber
respuesta alguna de Bordaberry, el 19 de febrero de 1976 se dio inicio
a la CTU con una conferencia de prensa en Nueva York. Ahí sí
el gobierno uruguayo reaccionó, por vía de su canciller Juan
Carlos Blanco, que protestó contra el lanzamiento en Estados Unidos
y Europa de “una nueva etapa de la campaña que procura perjudicar
a nuestro país, campaña que recrudece toda vez que las Fuerzas
Armadas y la Policía asestan un golpe rudo a los enemigos del país”.
Blanco agregaba que no reconocía a “la asociación Amnesty
International ni personería ni autoridad moral para referirse a
asuntos propios de Uruguay”.
Sin embargo,
numerosos medios de prensa del mundo entero se hicieron eco de la iniciativa
de AI: los estadounidenses The New York Times y The International Herald
Tribune, los españoles Cambio 16 y Triunfo, el francés Le
Monde, el suizo La Tribune de Genève, el británico The Times,
los mexicanos Excelsior y Siempre...
En marzo de
1976 AI dio a conocer una carta de un oficial uruguayo “arrepentido” en
la que se hacía una prolija descripción de las violaciones
a los derechos humanos en los centros de detención uruguayos, así
como dos fotos de personas torturadas, una de ellas con el método
de “la bandera” y la otra con “el caballete”. Se trataba de las primeras
fotos reales de torturados que la organización había recibido
en toda su historia (véase recuadro). La carta, cuya autenticidad
fue garantizada por AI (al igual que las fotos), acusaba a las Fuerzas
Armadas como cuerpo: “Los interrogatorios al comienzo los efectuaban los
oficiales o suboficiales de inteligencia, pero hace tiempo que todos estamos
en diversas formas obligados a participar directamente. Quieren comprometernos
a todos”.
También,
con el doble fin de propagandear la campaña y acallar las críticas
y acusaciones de ser “comunista” lanzadas contra AI por la dictadura, se
publicó una petición dirigida a Bordaberry de parte de 40
prominentes “disidentes” soviéticos protestando contra las torturas
practicadas contra los detenidos políticos en Uruguay. Esa misiva,
fechada el 10 de mayo, estaba firmada por integrantes del grupo AI de Moscú,
por el premio Nobel Andrei Sakharov, su mujer Yelena y otros antiguos prisioneros
de conciencia de AI. Añadían sus firmas Alexander Lunts y
Vitaly Rubin, líderes del movimiento de la inmigración judía
en Moscú. Este documento representa la síntesis de la campaña,
al mostrarse al mundo entero cómo los disidentes soviéticos
firmaban por los presos uruguayos, muchos de ellos comunistas.
EVALUANDO
LA CAMPAÑA
En su documento
de balance de la CTU, fechado el 9 de agosto de 1976, AI destacaba que
en ella habían participado secciones de la organización en
cuatro continentes y que la petición central había sido suscrita
por ciudadanos de unos 70 países. En algunos casos había
funcionado mejor la recolección de firmas que la prensa; en otros
había sido más exitosa la campaña de cartas.
Diversas ONG
internacionales jugaron un papel significativo. Entre ellas destacaron
la Unión de Abogados Árabes, el Consejo Internacional de
Mujeres Socialdemócratas, Pax Christi, la Unión Internacional
de Estudiantes, la Federación Mundial de Juventudes Democráticas
y el Congreso Mundial de Iglesias. También se contó con el
apoyo de diez centrales de trabajadores latinoamericanas, mientras a título
individual tomaron parte en la campaña premios Nobel, intelectuales
de prestigio, ministros, dirigentes políticos, parlamentarios, religiosos.
Difundir la
situación uruguaya y detener la tortura habían sido los dos
principales objetivos de la campaña. ¿Fueron alcanzados?
El primero sin duda que sí, lográndose que varios gobiernos
y parlamentos tuvieran una visión crítica sobre Uruguay,
que se esperaba entorpecería futuras negociaciones económicas
que la dictadura emprendiera. La campaña tuvo igualmente un fuerte
impacto sobre la elite del régimen uruguayo, que organizó
una contracampaña, publicándose artículos en los periódicos
y saliendo sus principales personeros a desmentir públicamente los
dichos de AI. El 12 de mayo, en La Paz, Bolivia, Bordaberry llegó
a sostener: “No hay torturas en Uruguay. Una campaña internacional
de prensa que nosotros no podemos contrabalancear porque somos un pequeño
país está determinada a mostrar una falsa imagen de mi gobierno”.
Mucho más
difícil de evaluar resultó el otro objetivo, el cese de torturas
y el mejoramiento en las condiciones carcelarias. A la hora del balance
se reconocía incluso que estas últimas podían haber
empeorado durante la campaña y que las personas presas de conciencia
de Amnistía y sus familiares habrían llevado la peor parte.
Lo que sí comenzó a atenuarse fue la cantidad de presos y
torturados, aunque tal vez –se admitía– esto se debiera más
que a ninguna campaña a que los activistas más connotados
de todas las tiendas políticas ya estaban en prisión, exiliados
o inactivos. “Amnistía ha tenido éxito en transformar las
limitadas herramientas que le concede su estatuto –prisioneros políticos
y tortura– en un instrumento mayor para fomentar los derechos humanos en
Uruguay”, se concluía en el informe evaluatorio.
AI acompañaría
luego todo el proceso de resistencia a la dictadura que culminaría
en 1985, denunciando los hechos represivos y logrando finalmente, en 1983,
retornar a Uruguay para visitar las cárceles y brindar un –otra
vez duro– informe sobre la situación de los derechos humanos en
el país.
* Basada en
fragmentos de una investigación recientemente concluida sobre Amnistía
Internacional y la dictadura uruguaya, realizada con el apoyo del Rectorado
de la Universidad de la República y radicada en el Centro de Estudios
Interdisciplinarios Uruguayos de la Facultad de Humanidades y Ciencias
de la Educación. La publicación de la misma en forma de libro
es esperada para este año.
NDR: Las profusas
citas incluidas en este trabajo debieron ser suprimidas en la edición
por razones de espacio.
** Investigadora
en Historia, presidenta de la sección uruguaya de Amnistía
Internacional, que cumple 20 años precisamente en este mes de mayo.
A sus militantes Ruiz dedica este trabajo.
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