LA
HIPOCRESÍA Y LA SIMULACIÓN
DEL GOBIERNO
URUGUAYO
El triunfo
de la revolución cubana hizo fecundar la idea en los años
sesenta y setenta en el subcontinente latinoamericano, desde México
hasta el Uruguay y la Argentina, del poder de las guerrillas urbanas y
rurales para los cambios de gobierno. Fidel Castro, pero sobre todo el
Che, creían en una internacionalización de la guerrilla como
una vía para echar abajo los regímenes burgueses y minar
el imperialismo estadunidense. Basta recordar la famosa frase del Che:
"Hay que crear uno, dos, muchos Vietnams." Una gran excepción era
Chile: el ascenso de Salvador Allende en 1970 nos dio la ilusión
y la creencia a muchos jóvenes de un socialismo democrático,
o como se decía entonces, de un socialismo con rostro humano.
Pero los principios
de los setenta eran un mal momento para el desarrollo de los regímenes
de izquierda en América Latina. Con la llegada en Estados Unidos
a la presidencia de Richard Nixon y a la Secretaría de Estado de
Henry Kissinger, dos furibundos anticomunistas, se estimuló a las
fuerzas armadas de varios países latinoamericanos para contener
lo que se veía como un avance del comunismo. La respuesta fue desproporcionada:
se exterminó a mucho de lo mejor de las sociedades latinoamericanas
de entonces. Vaya paradoja: Kissinger, uno de los mayores criminales de
los últimos cincuenta años, recibió por sus supuestos
méritos para terminar una guerra que iba perdiendo Estados Unidos
el Premio Nobel de la Paz. A veces hay justicia poética: ahora,
por el miedo de ser aprehendido y encarcelado por sus delitos, después
de ser citado y buscado por la justicia francesa, chilena y argentina,
Kissinger no se atreve a poner un pie fuera de las fronteras de Estados
Unidos.
En 1973 empezó
la larga noche sudamericana. En otros países, que serían
luego parte de la Operación Cóndor, como Paraguay y Brasil,
ya existían gobiernos militares. Pocos imaginaron su prolongada
duración y su espesa oscuridad. En ese 1973, ante el caos político
y económico, creado por malos regímenes democráticos
y por la acción de la guerrilla tupamara, los militares uruguayos
dan el golpe de Estado, y en Chile, la junta militar, encabezada por Augusto
Pinochet, apoyada por Estados Unidos, la Democracia Cristiana y el terrorismo
empresarial de Patria y Libertad, derroca a Salvador Allende. En 1974,
a la muerte de Juan Domingo Perón, sube al poder su viuda Isabelita.
En su breve mandato, dirigida por su ministro de Bienestar Social, José
López Rega, actúa indiscriminada e impunemente la Triple
A (Alianza Anticomunista Argentina), que empieza la sistemática
eliminación de militantes de izquierda.
Los Montoneros
cometen el gravísimo error de irse a la clandestinidad y volverse
una guerrilla activa. El Ejército Revolucionario del Pueblo no mide
la desproporción de fuerzas frente a los militares. El 24 de marzo
de 1976 la junta militar, encabezada por el general Jorge Rafael Videla,
toma el poder. Los derechos humanos pasan a la bodega de las cosas desechables
e inútiles. Se planifica con minuciosa crueldad el terrorismo de
Estado. En cosa de siete años (1976-1983), en el periodo llamado
el Proceso, las fuerzas armadas argentinas (la peor rama fue la Marina),
matan y desaparecen a cerca de treinta mil personas. Por una "idea" de
Pinochet y de su jefe de carabineros, Manuel Contreras, y estimulada por
Henry Kissinger en nombre de la Doctrina de la Seguridad Nacional, nace
la Operación Cóndor, que internacionalizaría el terrorismo
de Estado. Forman el grupo Chile, Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay.
La información fluye. Las policías de cada país pueden
pasar a los otros, para aprehender, torturar y matar a militantes y disidentes
peligrosos o a aquellos que creen que lo son.
En ese marco
de persecución desenfrenada y delirante es aprehendida por los Grupos
de Tarea en agosto de 1976 en la ciudad de Buenos Aires una joven pareja
de casados: Marcelo Gelman, de veinte años, que tenía alguna
experiencia en agrupaciones de izquierda, y María Claudia García
Irureta Goyena, de diecinueve, que no tenía nexo con nada, quienes
son conducidos a Automotores Orletti, uno de esos cuchitriles inmundos
que sirvieron como centros clandestinos de detención en Buenos Aires
en los años de infamia y de horror y donde eran hacinados los disidentes
y los supuestos disidentes. Luego de un cambio de centro de detención
a fines de septiembre, a principios de octubre le dan a Marcelo un tiro
en la nuca y meten su cuerpo en un tambo de 200 kilos de grasa, con cemento
y arena, que arrojan en un río cercano a Buenos Aires.
¿Pero
cuál era el crimen de María Claudia? No hay otro: ser en
aquel momento, terriblemente equívoco, joven, bonita y tener un
embarazo adelantado, es decir, la imagen ideal para un matrimonio estéril.
La muchacha no tenía la menor importancia política para la
dictadura uruguaya, nada tenía que ver con la subversión.
Un jefe de la policía uruguaya, que no tenía hijos, quiso
darle un "regalo" a su esposa. María Claudia es trasladada a Montevideo
con una preñez de ocho meses y medio. Se le encierra en la cárcel.
Tiene a la hija a principios de noviembre y dejan que la amamante durante
dos meses y medio. Entonces le arrancan a la hija y la joven corre un destino
idéntico al de su joven marido... pero es enterrada en Montevideo.
El jefe de policía uruguayo, por medio de un artilugio elemental
(la niña aparece una noche de mediados de enero en una canasta frente
a la puerta de su casa), hace el "regalo" a su esposa.
Con todo lo
ferozmente atroz de los hechos, países como Argentina y en menor
medida Chile (aunque más tardía), hicieron la crítica
de su pasado reciente. No es posible la reconciliación si no hay
una revisión clara y una delimitación precisa de los hechos
para que la justicia hable.
No es posible
ver hacia el futuro si en el presente el camino por el que se va a pasar
está lleno de sombras. Miembros de las juntas militares argentinas,
algo que no había ocurrido nunca, gracias a la valentía del
presidente Raúl Alfonsín, pasaron años en la cárcel
en la década de los ochenta hasta que se dictaron, bajo enormes
presiones, la ley de Obediencia Debida y la ley de Punto Final; algunos
de esos capos militares han vuelto ahora, por delitos que no prescriben,
al arresto domiciliario. Por su lado, gracias a la orden de arresto dictada
por el juez español Baltasar Garzón, Pinochet pasó
más de un año en arresto domiciliario en la ciudad de Londres.
Aun los argentinos
han encontrado a lo largo de los años varias vías de denuncia
–penales y publicitarias (filmes, libros y pintas y carteles callejeros)–
para que no haya perdón ni olvido. Los generales del periodo oscuro,
sin autoridad moral, apenas si han podido levantar la cabeza. Pero desde
la vuelta de los civiles en 1985 los uruguayos han visto escasamente el
penoso invierno militar de doce años. Debe decirse en mínimo
descargo de los militares uruguayos que, comparados con los argentinos,
los chilenos, los paraguayos y aun los mexicanos, fueron como palomas mensajeras
de la paz. Frente a los treinta mil desaparecidos argentinos en los doce
años de dictadura uruguaya desaparecieron 176 uruguayos, ya en el
propio país, ya en Chile, ya en Argentina, ya en Brasil. Sin embargo,
los gobiernos uruguayos civiles posteriores se negaban a aceptar que hubiera
habido crímenes y desaparecidos en el periodo de la dictadura. Les
costó trabajo; tardaron casi diecisiete años en hacerlo.
Sólo hasta hace poco se creó la Comisión para la Paz,
que preside Carlos Ramela como representante directo del presidente Jorge
Batlle, pero que carece de poder coercitivo para presionar a los militares
ni sus recomendaciones tienen una mínima capacidad ejecutoria. Hace
unos días, en un informe oficial, la Comisión declaró
que de las treinta y dos denuncias presentadas se comprobó en veintiséis
lo que pasaba siempre con los desaparecidos: se les detuvo ilegalmente,
se les torturó y se les mató en la mesa de torturas.
Ramela, en
una referencia especial, dijo que en el caso de la desaparición
de María Claudia García Irureta Goyena de Gelman, por desgracia
"no hemos podido aclarar algunas contradicciones en cuanto a su destino
final". ¿Cuáles contradicciones? Pese la aseveración
poco ingeniosa y mucho menos creíble de los militares uruguayos
de que la muchacha fue llevada de nuevo a la Argentina, María Claudia,
como no lo desconocen Batlle ni Ramela, está enterrada en Montevideo.
Como es sabido, el presidente Batlle dijo al senador Rafael Michelini (éste
lo declaró ante la justicia argentina) que un capitán de
la policía militarizada uruguaya, Ricardo Medina, era quien le había
dado el tiro en la nuca a la muchacha. Sin embargo (advirtió) no
pensaba elucidar el caso porque no estaba dispuesto a darle a un argentino,
en este caso el poeta Juan Gelman, lo que no iba a darle a los uruguayos.
El gobierno
uruguayo debe dejar su política de hipocresía y simulación
y afrontar los hechos como son. Saben dónde están los restos
de la muchacha. Deben entregarlos para que se les dé cristiana sepultura
y no se ignore que algún día una muchacha de diecinueve años
existió, y que fue ultimada por ser joven y bonita y tener una hija
que podía serle arrebatada para dársela a un jefe de policía
uruguayo, es decir, uno de los muchos que dirigían la represión
y encarcelaban y mataban y desaparecían en aquellos años
a los que no pensaban como ellos.