Entre sus anatemas y amenazas, reiteró una pregunta recurrente: dónde
está la Bandera de los 33, haciéndose el desentendido de que son los
secuestradores que operaron en Orletti los que tienen que dar respuesta a
esa inquietud.
En contexto actual, ¿cómo se sitúan otros factores de poder en el
Uruguay en plena transición hacia una democracia con justicia social y
respeto por la dignidad y la libertad de la gente?
1- Sin agotar el tema, empecemos por lo más visible: los medios.
En una nota en Búsqueda acerca de la censura a Jorge Lanata, se daba
cuenta de que se había consultado sobre el asunto a Alfonso Lessa,
"gerente periodístico" de Canal 12. Demasiada proximidad entre el autor de
"La Revolución imposible" y el poder que se posee en un medio que
impone una lista de "intocables" sospechosos de corrupción.
Esta zona de, llamémosle, "implicancias" viene a cuento cuando aparecen
actitudes como las de Paulós. Y colocan la cuestión de la utilización de
los medios controlados por el poder económico y sus relaciones con otras
áreas como la investigación y la reflexión histórica.
2- En su libro A. Lessa sintetiza el discurso de las derechas.
Allí se hace una referencia al destino de la Bandera de los 33 Orientales
que lleva agua al mismo molino.
La obra es presentada por el autor como un trabajo "para la Maestría
en Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad
de la República". Vale decir, se trata de un ensayo elaborado en un
marco del quehacer académico.
El problema carecería de relevancia si no se tratara de una versión muy
sesgada sobre hechos por los que atravesó la sociedad uruguaya, cuyas
secuelas aún arrastra, como lo es la desaparición de personas y los
asesinatos políticos.
Esta obra, como otras editadas en los últimos años, se ha convertido en
una suerte de actualización maquillada de la historia oficial.
3- Con frecuencia surgen referencias "al robo de la bandera de
los 33", ahora para atacar al gobierno popular. Muchas "cortinas de
silencio" contribuyen a dar viabilidad a los exabruptos de Paulós. Entre
ellos el libro mencionado. En él lo que omite el autor es que sobre este
asunto se hicieron varias denuncias judiciales y una comparecencia pública
de un representante nacional que, en el Parlamento, dio testimonio acerca
del destino del símbolo patrio, acusó a los secuestradores de Orletti y se
expuso a las preguntas y opiniones de todos los integrantes de ese ámbito
parlamentario. (Diario de Sesiones de la Cámara del 9 de abril de 1991, p.
174 a 193)
Allí se sostuvo, y esto va para los rebuznos de ahora y los ensayistas
de ayer, que la bandera, ese entrañable símbolo patrio, la habían hecho
suya ya en la clandestinidad, los dirigentes y fundadores del PVP, Gerardo
Gatti y León Duarte, ambos secuestrados y desaparecidos en la Argentina en
junio y julio de 1976. La hicieron suya, de la manera más vital, auténtica
y comprometida. Para ellos y para decenas de jóvenes que luchaban contra
la dictadura, no fue la libertad sino la muerte.
El periodista o el Master, tiene derecho a discrepar con el aporte y la
acusación formulados. Pero Lessa, Paulós y otros deberían reconocer que
existen hechos que ligan el destino de la bandera a la acción de los
esbirros de la dictadura.
4- Antes, como en su momento lo denunciamos, cada vez que se
acercaba un aniversario del 19 de abril, los servicios de inteligencia
retiraban del Penal de Libertad a varios compañeros presos: Carlos
Coitiño, Juan Carlos Mechoso, Raúl Cariboni y otros dirigentes de la ROE y
la OPR a quienes, durante varios días, torturaban salvajemente
indagándolos acerca de la bandera.
5- Más general, la tesis defendida es que la guerrilla
revolucionaria en Uruguay constituyó un reflejo desubicado del "huracán"
originado por la revolución cubana. Las causas internas (miseria, luchas
sociales, represión creciente) son desestimadas.
Para validar esta proposición se toman testimonios de protagonistas
diversos. Muchos son extranjeros y saben poco de Uruguay y menos de la
situación que se vivía en los 60. O son tan "imparciales" como Jorge
Castañeda, el fabulador mexicano hasta hace poco canciller del gobierno
pro norteamericano de Fox. Otros testimonios son más bien alegatos contra
la izquierda y otros no aportan elementos nuevos a lo que se ha dicho en
este terreno.
Así, mientras a algunos hechos se los ignora, aunque están documentados
y accesibles, se dan como dignas de crédito afirmaciones de oficiales de
las FFAA de la dictadura.
6 - Cuado ex jerarcas de Inteligencia, como Paulós, manejan
públicamente informaciones obtenidas mientras revistaban en esos servicios
cabe preguntarse ¿esa información de la que dispone el militar ahora
retirado, está disponible para la investigación histórica, para el
Parlamento y para los magistrados?
Es claro que no. No obstante, se esgrime políticamente. Así ocurrió
cuando se urdió el ataque contra el senador Araújo y Paulós aportó, para
su uso político, los resultados de las indagaciones que los servicios
habían realizado contra el dirigente de izquierda.
¿Qué clase de estatuto pueden tener obras que incorporan de manera
acrítica "conocimientos" de este origen? Como cuando se da por buena la
versión, que es falsa, de "la descentralización de la acción represiva"
por lo que, como los grupos de tareas actuaban libremente, los mandos
superiores todo lo ignoraban y... ¡nada sabían de torturas, muertes y
desapariciones!
7- Así, la debilidad del discurso de la derecha aparece atenuada
por "analistas" que juegan por un lado procurando el prestigio de la labor
universitaria y por otro soplando las cornetas de la confusión desde las
tarimas del poder mediático.
Como cuestión más de fondo, todo proyecto intelectual destinado a
culpabilizar de la dictadura a los movimientos guerrilleros apunta a
fortalecer una tesis peligrosa e incurre en una omisión que no se puede
dejar pasar.
La tesis sostiene que los responsables de la violencia son dos: los
extremistas de izquierda primero, que la provocaron. Y los extremistas de
derecha, que la sofocaron en forma algo excesivamente ruda.
A esta conclusión convergen no una sino varias obras publicadas
recientemente. Las parejitas-dialécticas (ni un extremo ni otro, el "justo
medio") siempre brindan la oportunidad de razonamientos confortables.
Nulos pero mullidos: los culpables están de uno y otro lado. El pasado es
sencillo y simétrico. Fácil de entender y fácil de evitar.
Sobre todo, lo que hay que evitar es la rebeldía. Se evita de este modo
que luego se la reprima.
Pero el discurso de la parejita-capicúa comete una omisión aún más
grave: hay un protagonista que ha desaparecido, un actor cuyo acontecer, a
lo largo de una década y media, no alcanza la relevancia, ni la
distinguida cepa de las andanzas de los dos demonios.
El protagonista que falta es el pueblo organizado. Son los sindicatos
agrupados en la CNT, son los cooperativistas de la Fucvam, son los
partidos que se mantuvieron en la resistencia durante la dictadura,
integrados por militantes que marcharon, a granel, a las cárceles mientras
se esforzaban por organizar gremios, distribuir publicaciones de denuncia
o impulsar cadenas solidarias con los familiares de los presos.
El relato apuntado a condenar a los dos demonios, del mismo modo que
omite a la resistencia obrera, que duró tantos y tan terribles años y
costó tantas bajas, omite también la menor referencia a quiénes fueron los
grupos económicos y políticos que se beneficiaron con la dictadura.
En esa interpretación balsámica se trata de un aparato contra otro, que
disputan en una sociedad donde no hay clases sociales en lucha ni grupos
privilegiados, ni dirigentes políticos cómplices, ni nada que reprochar a
los manipuladores de los medios de comunicación aliados incondicionales de
la dictadura, antes, durante y después de la transición democrática.