| Brecha
de Uruguay - Nº 1017 -20 de mayo
de 2005
Caso Lanata
La tele.uy
Daniel
Gatti
El
mensajero antes que el mensaje. Por ese curioso lado, más curioso
aun tratándose de colegas, es que algunos periodistas vernáculos
han enfocado el “caso Lanata”. Poniendo énfasis en la “otredad”
del argentino, en su soberbia, su supuesto o real desprecio por la labor
de los “comunicadores” uruguayos, su condición de dador de lecciones,
las carencias formales de su programa levantado, su desconocimiento de
los temas que trataba, y otras yerbas por el estilo. Más allá
de que todo o parte de esas afirmaciones pudieran haber sido ciertas, el
arbolito, el muy pequeño arbolito, tapó otra vez el bosque.
Si en Uruguay
la prensa, tiene, en lo que atañe al poder político, una
tradición de investigación, de denuncia, de meter el dedo
en la llaga, no puede decirse lo mismo de la televisión. Ni siquiera
las propuestas más modernas, más aggiornadas han logrado
–o pretendido– modificar esa tendencia. Cambio en su dirección mediante,
Teledoce, se dijo –incluso desde BRECHA–, había intentado este año,
tal vez poniéndose oportunistamente en consonancia con l’air du
temps, tal vez por olfato comercial, o por ambas cosas al mismo tiempo,
incluir en su grilla programas impensables apenas unos meses atrás.
Daniel Figares salió del placard mediático en que había
sido confinado, los cierres fueron confiados a una fresca Planta baja y
a Lanata se lo fue a buscar a Buenos Aires para proponerle el retorno a
la televisión uruguaya tras su casi confidencial paso por TV Libre.
Todo bien. Los espectadores, agradecidos. Pero natura volvió por
sus fueros y lo que podía haber sido no fue. Primó el reflejo
genuflexo (siempre pronto a activarse, ¿quién dice que no
opere en otro sentido en el futuro?), las viejas complicidades, el amiguismo.
Figares volvió al placard y Lanata a Buenos Aires. Queda Planta
baja, tarde, por las noches, solitario. Figares denunció presiones
tras uno de sus programas más vistos (la entrevista a Luis Alberto
Lacalle), Lanata denunció presiones tras dos de sus programas más
vistos y censura previa a sus propuestas a futuro. Y ahí está
el meollo del asunto: las presiones, la censura, o los intentos de.
La otredad
de Lanata, su no uruguayidad, jugaba a favor de la audiencia, de esa parte
del público deseosa de ver por fin un programa de la televisión
vernácula metiéndose con el poder y con los poderosos. Bastaba
que hiciera de sí mismo, que intentara ser más o menos fiel
a su reputación de destapador de jodas y de conductor irreverente
(un flanco débil: su complaciente entrevista a Tabaré Vázquez)
para que algo positivo se pusiera en movimiento. En comparación,
claro está, con la oferta que recibe el sufriente telespectador
uruguayo. No era “moderno” Lanata.uy. Más bien feúcho, hasta
viejo, centrado en el tal gordo, con poca tensión. Probablemente
esa fealdad, esa vetustez, le hayan quitado rating. Probablemente su intención
de destape, su voluntad de tocar a “los intocables” hayan hecho que viernes
a viernes uno esperara, de todas maneras, surfeando sobre Tinelli, con
qué saldría el programa del argentino. Incluso cuando después
no llenara las expectativas o dominara el gusto a poco. Pero, ahora, la
sensación global es de orfandad, de que lo escaso que había
ya no está.
|