Uno
de los hechos más relevantes, comentados y difundidos en estos últimos
días, ha sido la decisión de Teledoce de levantar su programa
al periodista argentino Jorge Lanata, en una clara, alevosa y vergonzante
demostración de autoritarismo empresarial y de violación
flagrante a los elementales principios de un estado republicano y democrático,
de libertad de expresión, opinión y comunicación.
Como orientales
y como periodistas en este país, nos sentimos profundamente ofendidos,
agredidos y avasallados por la impunidad con que se han movido tantos intereses
espurios y bastardos para determinar y confirmar lo que muchos sospechábamos:
que en este país existe una casta de "intocables", ante los cuales
hay quienes optan por ser genuflexos, dóciles y alcahuetes, para
sobrevivir en algunos medios de comunicación. Quienes no aceptan
esas "reglas de juego" deben buscar tribunas alternativas, fuera de los
grandes monopolios criollos de la información. Porque estos grandes
monopolios están subordinados al poder de aquella casta que mueve
los hilos entre bambalinas, para que las marionetas bailen a su antojo.
Como orientales
y como periodistas de este país, nos sentimos también en
la obligación de manifestar al colega Jorge Lanata nuestra mayor
solidaridad y hasta si se quiere, ofrecerle algún tipo de disculpas
por lo que, quizás muy indirectamente, pudiera ser nuestra responsabilidad,
aunque solo sea por una coincidencia de nacionalidad con la empresa infractora.
Dicho este
preámbulo, y dejando en claro nuestra posición respecto a
la manifiesta solidaridad con el colega Lanata, no podemos sin embargo
omitir anotar dos o tres cosas que vienen al caso. Primero, que entendemos
lógico que los distintos medios de comunicación, informativos
radiales, noticieros televisivos, prensa escrita, etcétera, le dieran
al asunto la difusión que el mismo merecía, generando en
la opinión pública una clara tendencia de apoyo al periodista
destituido. Lo que no podemos entender, es por qué sucede tal cosa
con Jorge Lanata y no con las decenas de periodistas uruguayos, "Juan Pérez"
de entre casa, seguramente no tan promocionados ni "marquetineros" como
quien fuera afectado en este caso, que casi todos los días son destituidos,
o censurados de alguna forma en otros medios de comunicación nacionales,
e incluso en el mismo Teledoce donde aconteció ahora este hecho.
No podemos
entender por qué el colectivo popular, la comunidad en sí,
acicateada por la reiteración de la imagen, la voz o la tinta, se
rasga las vestiduras por Lanata y no por los cientos de colegas desocupados,
destituidos, censurados, vapuleados, degradados y condenados al hambre
muchos de ellos, a la disolución familiar, y a una especie de submarginación
entre la incomprensión y el olvido. Segundo, hay otro asunto que
no podemos ni debemos callar, al menos para quedar en paz con nuestra conciencia.
Creemos que el colega Jorge Lanata no debió decir que en el Uruguay
no se puede hacer periodismo en serio y que por eso se iba, porque al decirlo
nos encasilló a todos los que somos periodistas y ejercemos el periodismo
en este país, en una especie de saltimbanquis o payasos, cómicos
o, lo que es más grave, hombres y mujeres que hacemos un periodismo
"no serio" en un país donde "lo serio" es imposible.
Al decir tal
cosa, el colega Jorge Lanata pareció involucrarnos a todos los que
hacemos periodismo en este país, en una especie de farándula
intrascendente, superficial, amanerada, "amaestrada" por los dueños
de la impunidad. Lo triste, lo lamentable, lo grave de todo esto, es que
hemos llegado a pensar que el colega Jorge Lanata se creyó aquello
de que era necesario que llegara él a este país para que
alguien comenzara a denunciar lo sucio, lo feo, lo corrupto, lo trágico.
Y más grave aún es que pareciera que se fue pensando que
ahora que él no va a estar en este país, como no se puede
"hacer periodismo en serio en él", no habrá quien investigue,
denuncie, saque a luz la corrupción y derrumbe la impunidad de los
intocables.
Sinceramente,
¿qué quiere que le diga? Gardel, cantaba tangos; no era periodista.
Pero por si acaso lo hubiese sido, hay otra cosa: Gardel era uruguayo.